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La película "Tenemos que hablar de Kevin", explora el enigma de cómo se forja la mente de un psicópata adolescente capaz de asesinar a decenas de personas: ¿es el resultado del neurodeterminismo o de la impronta dejada por su infancia y sus padres? Este artículo puede estropear la película para las personas que no la han visto.

Si algo queda claro en Tenemos que hablar de Kevin es que tenemos mucho de qué hablar. Más allá de una factura por momentos impecable, angustiante, con un flujo simbólico que hace del psicoanálisis una poética, la cinta es sobre todo una investigación sobre la naturaleza del mal y de la mente sociópata, que en años recientes hemos visto "brillar" en los casos de los adolescentes asesinos en escuelas de Estados Unidos. ¿Qué puede hacer que un niño sea tan malo o al menos tenga tan poca empatía para que asesine a sus compañeros o a su familia como si esto fuera el último placer, el máximo juego?

La película admite (o al menos coquetea con) varias lecturas, y esta es su gran riqueza (el lector estará de acuerdo en que es preferible alumbrar nuevas preguntas que ofrecer vanas respuestas). ¿Es Kevin el resultado de un neurodeterminismo, de haber nacido con un cerebro indispuesto para empatizar con los demás? ¿Es la "maldad" de Kevin, además de tener ciertas peculiaridades que lo hacen "un hijo difícil", sobre todo el resultado de la falta de amor de su madre, un producto de un determinismo  psicológico, de la infancia como destino?  ¿Es Kevin el resultado de una especie de posesión demoniaca, del diablo como una fuerza de oposición que se infiltra al mundo? Un último ingrediente que se puede añadir a todas las líneas inquisitivas es el de la influencia del mass media, de la cultura celebrity y la violencia a la que son expuestas a través de los medios las personas en Estados Unidos. Adolf Hitler fue el primer pop star, dijo alguna vez David Bowie: alienados de nuestro entorno y de nuestra familia aun así estamos envueltos en una capa de pensamiento colectivo, una mediósfera de la cual no podemos escapar —y que inetractúa con nuestra volición. El deseo de ser aceptados, en la sociedad actual confundido con la fama, y ante la anestesia cotidiana, puede llegar incluso a hacer cosas tan terriblemente extraordinarias como dispararle a docenas de niños.

La película nos sitúa dentro de la mirada y la mente de Eva (Tilda Swinton) y se teje como una pesadilla elíptica interconectada por imágenes asociativas —una marea roja, de cátsup, de sangre, de lipstick,  que empuja y que es también estigma; la luz líquida, fuera de foco, desintegrada en círculos de confusión (o lágrimas deshebradas); la comida siempre pulverizada, hecha batidillo como un estado oral insuperable. Es necesario detenerse y decir que Swinton refrenda ser una de la mejores actrices del mundo: desgarbada pero dueña de una feroz altivez, andrógina pero con una secreta energía sexual (veremos como todos los directores la buscarán siempre para hacer papeles oscuros que representen "la complejidad de la mujer").

Kevin es el fruto de un enamoramiento vertiginoso entre artistas, es un hijo incómodo que complica la existencia de la madre.  La directora Lynne Ramsay rápidamente construye un enigma ambiguo: Kevin muestra un  rechazo casi instintivo a su madre, pero su madre lo rechazó inicialmente.  Notamos en Kevin cierta mirada oblicua que recuerda a la mirada de los vampiros seductores, pero esa mirada intensa y poco empática por momentos también está en su madre (él la imita). El amor a un hijo en ocasiones es algo que no ocurre con su mero nacimiento. Pero este "aprender a amar" que se da de manera natural quizás pueda ser desvíado por circunstancias como el talante arisco —por naturaleza, por genética— del hijo. A lo que se le aúna la falta de tacto de la madre y la aparición intempestiva del hijo que significa el dejar atrás la vida independiente de una mujer.

¿Hasta qué punto las desatenciones de una madre, su incapacidad primera para amar y nutrir, pueden criar un "monstruo"?  Porque Kevin no es criado en un ambiente demasiado disfuncional, su maldad se da en un ambiente estrictamente moral.  Por lo que lo más fácil sería —si le damos el beneficio de la duda, que es el trance del espectador, a la película—  pensar que es el resultado de un desbalance neurológico, posiblemente en el  córtex prefrontal ventromedial. Según el neurocientífico Simon Baron-Cohen lo que nosotros llamamos “mal” es en realidad la falta de empatía en el cerebro, lo cual viene de fábrica, por así decirlo:

Psicópatas como Kevin tienen cero grados de empatía afectiva (simplemente no les importan los sentimientos de los demás) pero tienen excelente empatía cognitiva (capaces de introducirse a la mente de otra persona usando su habilidad para descubrir lo que otra persona piensa, siente o quiere; manipular a los otros a través del engaño).

La neurociencia parece ofrecer el razonamiento más convincentes para explicar la personalidad de alguien como Kevin. Sin embargo, tenemos el caso de James Fallon, un neurocientífico dedicado a estudiar el cerebro de psicópatas, que descubrió que él mismo tenía este perfil que se repite en personas que han cometido asesinatos y crímenes dentro de este perfil. Fallon vive una vida que se ajusta a los parámetros de la normalidad: está felizmente casado, tiene hijos, tiene una carrera profesional exitosa, una buena salud mental y física. Él mismo aclara que tal vez si hubiera sido abusado de niño podría haberse "convertido en uno de esos asesinos de los que hacen películas para cable”.

¿Califica como un abuso el desamor de una madre a su hijo? Eva hace como si amara a Kevin, pero difícilmente le transmite amor. No hay duda de que es algo cruel y fuera de proporción achacar a una madre que intenta amar a su hijo, pero que tal vez no lo logra (porque quizás el amor no es algo que sea accesible para todos, al menos no sin una especie de evolución personal), los despiadados actos que comete este en la adolescencia. Pero, por otra parte, ¿qué puede haber más significativo, más determinante en una persona que la falta de amor de su madre?

Es sabido que el psicoanálisis freudiano considera que la relación entre el hijo y la madre, especialmente los primeros años, determina en buena medida el futuro de una persona —modela, casi indeleblemente, su psique. La madre, que es la amante universal, es a través de quien el hijo aprende y desarrolla una capacidad de amar —en otras palabras, de sentir empatía. Sin suscribir necesariamente al psicoanálisis freudiano (o lacaniano, del cual la película también tiene algo) es evidente que la película también plantea esta posibilidad —sin ser excluyente— como una explicación (o un importante complemento) al enigma de la abyección (de un psicópata) que resulta inexplicable al humano empático.

La madre es perseguida y en cierta forma, aunque también ambiguamente, acepta ella misma la culpa. La sangre, la pintura, la persiguen; la sociedad exige en ella una retribución del orden que ha sido perturbado. Ella es hasta cierto punto la cómplice: lo es al aceptar las manipulaciones de Kevin, para no enfrentarse a su esposo y a la realidad de no poder controlar a su hijo, de no poder experimentar ese amor (idilio cuya ausencia genera una onerosa sombra). Esto se expresa en la escena en la que ella acepta que Kevin mienta sobre cómo se rompió el brazo —ocultando que ella fue la que le provocó esto después de que Kevin la castigara defecándose (¿incontinencia que reclama el amor de la madre que no recibe?)

Es un problema de comunicación —la vida puede ser vista, no sin profundidad, toda ella, como un problema de comunicación. Kevin no habla, al principio parece ser autista, pero más bien oculta su entendimiento (parece que percibe una belleza en el mal, entre Nietzsche y Baudrillard). Es inteligente como su madre (más que ella y también exhibe una androginia) y se recrea ante todos como un ser funcional (resguardando en la médula algo como un designio maligno que quizás sea el resarcimiento del desamor de su génesis). Esto hace que no se hable de Kevin, que pueda crecer estas raíces venenosas en la oscuridad.  Los intentos de la madre de hablar con Kevin son tardíos y trémulos.

Kevin aprende, entonces, a jamás demostrar sus verdaderos sentimientos: a usarlos solamente como un método de obtener algo y de esta forma manipula también a su padre para que tome su lado (impone su voluntad y así también castiga a su madre en ese triángulo amoroso). Pero esto no significa que no quiera comunicar sus sentimientos; existe una necesidad imperiosa de comunicar lo que sentimos y si no lo podemos hacer  por los medios convencionales, la psique encuentra alguna forma de expresarse a sí misma. Los asesinatos, los crímenes atroces, las violaciones, a fin de cuentas tal vez no sean más que intentos de un psicópata de comunicarse con las personas que le son más cercanas —su madre y su padre generalmente (por esto algunas personas han visto en el asesinato una obra de arte).

La comunicación es esencialmente empatía: cuando una persona escucha verdaderamente a otra se sintonizan sus ondas cerebrales: no solo se transmiten palabras, se transmiten estados mentales y emociones. Entre las varias lecturas que admite la película cabe la posibilidad (en este juego de hacer psicoanálisis con un personaje de ficción) de que este vacío comunicacional sea llenado con los medios de comunicación masiva:

Es así: te despiertas y ves TV, te subes al coche y escuhas la radio, vas a tu pequeño trabajo o a tu pequeña escuela, pero no escuchas esto en las noticias de las 6 de la tarde. ¿Por qué? Porque nada está pasando en realidad, y te vas a casa y ves más TV y tal vez es una noche especial y entonces vas al cine. O sea, está tan mal que la mitad de las personas en la TV, dentro de la TV, están viendo TV. ¿Qué ven estas personas? Personas como yo.

Esta crítica a la sociedad, quizás un poco inverosímil enunciada por un adolescente (en la película toma la función del coro), refleja de cualquier forma este deseo de significarse a través de la mirada del otro, de existir al ser visto. Kevin encarna también la tragedia moderna que, alienada de lo íntimo y de lo inmediato, busca su catarsis en la plaza pública, ante el ojo de los dioses (que habitan en la cámara de televisión, si es que son aquellos que todo lo ven). (Es una reflexión un poco inconexa, pero tal vez esta sea la misma razón por la que en las películas estadounidenses un amor épico necesariamente tiene que demostrarse en público: pienso en el hombre que interrumpe el partido de beísbol o la boda de su amada para manifestar su amor y recibir la aprobación del Gran Otro).

Tenemos que hablar con Kevin pero nunca lo hicimos. Al final de la película, Eva todavía intenta hablar con Kevin en prisión —tal vez porque esta sea la única forma de sanar, de continuar con la vida. No lo logra del todo; quizás el único atisbo de un intercambio de empatía es cuando Kevin le responde a la pregunta motriz de la película "¿por qué lo hiciste?", diciendo "Creía que lo sabía, pero ya no lo sé".  El enigma se mantiene, cabe la lectura del neurodeterminismo o de la afectación psicológica por la falta de amor materno (y todas sus intersecciones). Pero tal vez responde que no lo sabe ya, porque en ese gulag de la existencia siente un breve destello de empatía al comunicarse con su madre y entonces lo que hizo ya no tiene sentido, es inexplicable.

Twitter del autor: Aleph de Pourtales /@alepholo

 

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La opinión de una celebridad despierta un debate, inconscientemente ontológico, en México: dilucidaciones sobre la carta, que deriva en un manifiesto, publicada recientemente por la actriz Kate del Castillo.

 Generar polémica requiere poco más que una exageración. Pero para cada polémica en ebullición suele haber algo encubierto; algo para lo cual la fascinación que genera la controversia resulta ser solo una coartada. Además de facilitar que se ventile cierto malestar, cada polémica contiene en su trama una serie de factores angustiantes. Esta angustia es su motor. Kate del Castillo no tiene intenciones de legislar en nuestra nación, como tampoco necesita más ratings ni dinero. Tampoco pretende ser una académica, historiadora o analista política. Sus opiniones son solo eso, opiniones, y merecen ser leídas como tal. El pasado 10 de enero, la afamada actriz publicó en su cuenta de twitter una carta que es una especie de manifiesto personal (http://twextra.com/a4t17t). Con más de 400,000 seguidores y sus provocadores comentarios, la carta no tardó en convertirse en el trending topic del día, para luego proliferar en periódicos y cadenas de televisión. Aún no deja de ser comentada; alguna fibra logró tocar. La viralidad de la información permite observar los patrones de diseminación de la ideas. Aunque tantos de estos oleajes informáticos resultan efímeros, por instantes exhiben aquello que los mueve: las pulsiones humanas.

De tales pulsiones está atravesada la carta de Kate, que comienza diciendo “Hoy quiero decir lo que pienso y pues al que le acomode bien”. Nada más: su personal y subjetiva percepción en un desplante. Sí bien es ingenua en tanto de lo que formula —¿quién no lo es?—, su sinceridad y audacia han sido refrescantes. Lo curioso es la reacción que ha causado por lo mismo, por quienes ella dice “me juzgan y señalan pero también me exigen y me aplauden”. En respuesta a su carta pública resulta mucho más común quien la desprecia y alaba en automático que encontrar un buen análisis de sus declaraciones, o acaso la indiferencia. Se asume tan prontamente que siendo una mujer atractiva y exitosa, entonces debe ser tonta. Puede que lo sea, pero no por ser atractiva y no por la amenaza velada que esto presente para el lector. Así las discusiones han resultado infértiles, tratando con su redacción, la autenticidad de sus sentimientos, y su nivel de “cultura”. De nuevo topamos con esa versión de la cultura que es poco más que el magro territorialismo de algunos intelectuales. Si bien no son lo mismo en sus contenidos y desarrollo, la cultura es por igual una obra maestra del siglo XIX como el refrito de una telenovela en Univisión. Tanto remite este desacierto cultural, donde aún se sitúa lo abstracto por encima de lo palpable, a aquella frase de Oscar Wilde: “La gente dice que la Belleza es superficial. Puede que lo sea. Pero al menos no es tan superficial cómo lo es el Pensamiento. […] El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”.

En dicha carta pública, la actriz anuncia su incredulidad ante la religión, la política y la monogamia. En los mejores fragmentos se muestra empiricista, en un intento respetable por confiar en su propia experiencia más que en alguna autoridad.  Dice “Creo en lo que siento y es por eso que creo en el miedo, me mantiene alerta, todo lo que experimente con mis 5 sentidos es lo que importa, lo que es real”. En otros tramos suena más bien solipsista: “Creo en mi y en mi única verdad, porque soy con quien tengo que lidiar cada segundo, aparte de mi, creo que no creo…". ¿Pero quién puede negar ser un poco solipsista? Si bien hay un cierto anacronismo en su liberación sexual y religiosa, el modo en que busca romper con la doble moral es, creo yo, parte de lo que tanta angustia provoca en su carta. Veamos: “Adoro la primera vez de todo. Por eso creo que no importa cuánto ame a mi pareja necesito sentir eso que se siente las primeras veces […] necesito esa sensación a la cual soy adicta.”

La carta no propone certezas más allá de las que ella articula para sí misma desde sus vivencias. Sin embargo, sí plantea preguntas sobre temas relevantes, mientras admite con frecuencia sus desaciertos y la posibilidad de cambiar de opinión. Es un texto si bien no basado en una investigación rigurosa (que no pretende), sí uno con congruencia dentro de sus propios planteamientos. Es un credo romántico: “Nací desnuda sin leyes ni religión, esas las crea el hombre, como la Biblia y tengo la ligera sospecha de que se la inventaron solo para seguir la manipulación y lucrar a favor de unos cuantos.” Esta es una de las concepciones que me parecen menos atinadas de Kate, porque al nacer ya hay instituciones sociales que duran más de lo que nosotros, tal como hay un lenguaje que al nacer tiene ya nombre para los objetos que nos rodean y para nosotros. Es una común lectura fallida de la obra clásica de Freud: El Malestar en la Cultura. En tal malinterpretación se cree que nuestras pulsiones son puras y el mundo que las regula es maldito (o viceversa). Freud es certero: las leyes que reprimen nuestras pulsiones son creación de estas mismas pulsiones.

Otro de los puntos extraños es cuando menciona, con aires de teoría de conspiración: “No creo en las enfermedades porque he aprendido como sus curas me han sido negadas, escondidas”. Un planteamiento común tanto en los Expedientes Secretos X como en las recientes declaraciones que hace Hugo Chavez sobre su cáncer como parte de un complot. Pero de nuevo, la actriz ofrece cada una de estas autoafirmaciones, como lo que ella ‘cree’ o ‘no cree’ y nada más. Sin embargo la reacción de censura por gran parte de sus lectores muestra no solo una sobre-interpretación de la carta, pero también el modo en que confunden a la actriz con sus personajes en telenovelas, películas y más recientemente con su papel en la serie La Reina del Sur. Que a ratos parece confundir ella también.

La carta es además una declaración pragmática, donde se entrevé un espíritu Nietzscheano y Maquiavélico: “La vida es un negocio, lo único que cambia es la mercancía, ¿qué no?” Alude así a una economía libidinal, a la serie de motivaciones humanas que mueven al mercado y se enmarañan en éste. Se lee una voz que no surge de la misma indignación que tanto se oye a diario y tan ineficiente resulta; sino que habla desde un sitio donde la praxis, y no la moral, sirve de guía. Aunque resulta contradictorio que tras descartar tantas instituciones y deidades falsas, erija al Chapo Guzmán como un Santo que intervenga, su lógica es consecuente: si vivimos bajo el flujo del capital, pues vayamos con los gerentes del negocio más redituable del mundo, a ver si se animan. ¿Acaso difiere tanto su llamado a la intervención generosa de aquel aclamado discurso de Denise Dresser en el foro “México ante la crisis”?   

Ambos casos reminiscentes de aquella obra teatral El Diablo Tentado de Giovanni Papini, donde Virgia instiga al diablo para que haga sus tretas por una causa benévola. Así, la protagonista de Muchachitas busca persuadir al narcotraficante: “¿SR. CHAPO, NO ESTARIA PADRE QUE EMPEZARA A TRAFICAR CON EL BIEN?”, mientras lo exhorta a incinerar prostíbulos y (una muy bizarra) a hacer algo porque los ancianos puedan echarse unos tragos en los asilos. Kate, después de tanto descartar todas las normas va en busca de una Ley y alguien que la encarne. Es paradójico.

La actriz no está obligada a mostrar una retórica impecable, tanto como no tiene por qué exponer un sentido de responsabilidad social. Ni siquiera tiene por qué ser congruente. Su argumentación es consistente, y además su texto fue placentero de leer, que es más de lo que puedo decir de tanto de lo que circula en los oleajes informáticos que deambulan por nuestra cultura.

Blog del autor: Fausto Alzati Fernández / Ataraxia Múltiple