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Viajando con un bull terrier a lugares abandonados de Europa (FOTOS)

Por: pijamasurf - 01/06/2016

Una mujer y su bull terrier de 3 años han viajado por varios países de Europa en busca de sitios desgastados por el tiempo; este es el resultado de su travesía

Sin duda alguna, los perros pueden ser los compañeros más entrañables de una persona. La intimidad con otro ser humano es insustituible, eso es cierto, pero la presencia que un perro puede tener en nuestra vida tiene otra dimensión, otro significado, y como prueba de ello podríamos pensar no sólo en todos los siglos que el perro ha pasado junto al hombre (incluso en las versiones ancestrales de ambos), sino también en cómo un perro lo mismo se encuentra entre personas adineradas que pordioseros, con niños y ancianos, en el campo, en las grandes ciudades, entre pastores, artistas, obreros y un cuantioso etcétera que, sin exagerar, parece abarcar todo el universo de lo humano.

Recientemente, el sitio Bored Panda dio cabida a una pieza de contenido en la que Alice van Kempen narra visualmente su paso por lugares abandonados de Europa, documentando la travesía en Instagram, pero con una compañía singular: una bull terrier que responde al nombre de Claire y con quien lleva 3 años. Escribe Alice:

Juntas hemos explorado edificios abandonados desde hace poco más de 2 años. Hemos visitado prisiones, bases militares, minas de carbón, trenes, aviones, monasterios, iglesias, hospitales, granjas y casas particulares. Hemos viajado mucho por numerosos países europeos en busca de estos lugares.

El resultado es conmovedor en al menos un sentido: el de la amistad. Porque aunque para algunos parezca una desmesura o un lugar común, un perro sí puede ser uno de los mejores amigos que podemos encontrar en la vida, lo cual parece resaltar aún más en la desolación de los escenarios elegidos, cuya estética es lo suficientemente poderosa como para ejercer un contraste emotivo lleno de amor.

Una dosis diaria de LSD y una obsesión con el mito del héroe: la clave para estas increíbles fotografías

Por: pijamasurf - 01/06/2016

Steven Arnold, amigo y protegido de Salvador Dalí, vivió una temporada en una pequeña isla de España, entre LSD y obsesiones creativas, y al final materializó esta obra fotográfica

La relación entre drogas y creatividad siempre ha sido un asunto polémico. Para muchos, la creatividad se presenta tal cual, como una cualidad o como un chispazo, quizá como algo sostenido que algunos pocos elegidos tienen desde el nacimiento o como un lucky strike que llega de pronto a coronar el trabajo realizado. “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”, dijo alguna vez Picasso.

Sin embargo, también está el otro bando, el de aquellos que defienden la influencia positiva que el consumo de ciertas sustancias puede tener sobre las actividades artísticas y que, por decirlo de algún modo, requieren ir más allá de ciertos límites fijados por la convención. Del alcohol a otras drogas prohibidas, hay quienes consideran que ese impulso suplementario es indispensable para entrar a ciertas zonas del alma creativa a las que ordinariamente no tenemos acceso.

Que una u otra cosa sea verdad no es fácil decirlo. Las pruebas se podrían ofrecer en ambos bandos. Y en esta ocasión toca citar un ejemplo para el segundo caso, el de aquellos que concretaron una obra increíble gracias, en parte, a “la apertura de las puertas de la percepción” que usualmente se atribuye a los psicodélicos. Ese fue el caso de Steven Arnold, un fotógrafo ahora casi olvidado que en su tiempo fue protegido de Salvador Dalí y amigo de otros importantes artistas.

Arnold, de origen californiano, vivió una temporada en Formentera, una pequeña isla al sur de Ibiza, durante 3 meses de 1964. Ahí fue uno de los muchos entusiastas que experimentaron recreativamente con el LSD, sustancia que en aquella época aún no tenía las restricciones que conoció después y que, por sus efectos sobre la mente, gozó de enorme popularidad entre artistas de distintas disciplinas e incluso filósofos y otro tipo de pensadores. “Esta nueva droga era tan eufórica y visionaria, tan positiva y ensanchadora de la mente… Ascendía a otra dimensión, una tan bella y espiritual que nunca fui el mismo”, dijo alguna vez Arnold a propósito de la experiencia que tuvo consumiendo diariamente LSD.

En ese estado, el artista dio rienda suelta a una obsesión que por entonces tenía tomados sus intereses intelectuales: el mito del héroe tal y como lo estudiaron, entre otros, Carl G. Jung y más famosamente Joseph Campbell. Arnold combinó ese poderoso arquetipo con algunos de los elementos del surrealismo y, finalmente, la técnica artística del tableau vivant, que congrega a una multitud de personas para evocar escenas clásicas de los imaginarios mítico o religioso.

La obra de ese período es perturbadora y transgresora. Tiene también una poderos fuerza creativa que proviene de la originalidad con que combinó motivos nuevos y antiguos, temas que el arte ya había tratado con su propia forma de acercarse a ellos.

¿Lo hubiera conseguido sin su consumo cotidiano de LSD? No podemos saberlo. Después de todo, lo único cierto es que esa fue la forma en que llegó a su obra.