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Viajando con un bull terrier a lugares abandonados de Europa (FOTOS)

Por: pijamasurf - 01/06/2016

Una mujer y su bull terrier de 3 años han viajado por varios países de Europa en busca de sitios desgastados por el tiempo; este es el resultado de su travesía

Sin duda alguna, los perros pueden ser los compañeros más entrañables de una persona. La intimidad con otro ser humano es insustituible, eso es cierto, pero la presencia que un perro puede tener en nuestra vida tiene otra dimensión, otro significado, y como prueba de ello podríamos pensar no sólo en todos los siglos que el perro ha pasado junto al hombre (incluso en las versiones ancestrales de ambos), sino también en cómo un perro lo mismo se encuentra entre personas adineradas que pordioseros, con niños y ancianos, en el campo, en las grandes ciudades, entre pastores, artistas, obreros y un cuantioso etcétera que, sin exagerar, parece abarcar todo el universo de lo humano.

Recientemente, el sitio Bored Panda dio cabida a una pieza de contenido en la que Alice van Kempen narra visualmente su paso por lugares abandonados de Europa, documentando la travesía en Instagram, pero con una compañía singular: una bull terrier que responde al nombre de Claire y con quien lleva 3 años. Escribe Alice:

Juntas hemos explorado edificios abandonados desde hace poco más de 2 años. Hemos visitado prisiones, bases militares, minas de carbón, trenes, aviones, monasterios, iglesias, hospitales, granjas y casas particulares. Hemos viajado mucho por numerosos países europeos en busca de estos lugares.

El resultado es conmovedor en al menos un sentido: el de la amistad. Porque aunque para algunos parezca una desmesura o un lugar común, un perro sí puede ser uno de los mejores amigos que podemos encontrar en la vida, lo cual parece resaltar aún más en la desolación de los escenarios elegidos, cuya estética es lo suficientemente poderosa como para ejercer un contraste emotivo lleno de amor.

Un beso no es nunca sólo un beso: videoensayo explora 120 años de besos en el cine

Por: pijamasurf - 01/06/2016

El British Film Institute realizó esta compilación del beso en la historia del cine para mostrar todo lo que puede significar ese acto

 

Quizá no muchos sepan que entre las primeras imágenes en movimiento registradas con intenciones cinematográficas están las de una pareja besándose. La grabación se realizó en 1896 a instancias de Thomas Alva Edison, y desde que se mostró al público fue censurada y calificada de obscena.

A partir de entonces, es posible que uno de los actos humanos con mayor presencia en el cine sea el de dos personas reuniendo sus bocas, ya sea en una muestra de amor o de sometimiento, de hipocresía o de pasión desbordada.

De Chaplin a Woody Allen, de Hitchcock a Scorsese, de Max Ophüls a Kurosawa, los besos recorren el cine como un motivo recurrente que, por otro lado, ha establecido una dialéctica entre la imaginación y la realidad, un intenso vaivén simbólico en medio del cual nos encontramos nosotros, los espectadores, las personas reales que no vivimos en las condiciones controladas del plató cinematográfico, que nos besamos pero no con el glamour con que esto ocurre en las cintas hollywoodenses, aunque quizá, en cierta parte de nuestra mente, pensamos que es así.

En parte esa es la premisa de la que parte este videoensayo subido recientemente por el British Film Institute, titulado Lips, Love and Power y el cual compila una buena parte de los besos filmados en estos 120 años de labor fílmica, en la mayoría de sus variantes, en sus irrupciones en contra del statu quo, en su abanderamiento franco por la libertad de los cuerpos y, en suma, en todo aquello que puede estar depositado en un beso.

El número, por otra parte, quizá no sea del todo casual pues, como en Las 120 jornadas de Sodoma, 120 años de besos cinematográficos también pueden ser un amplio muestrario de los límites y alcances de la sexualidad humana.