*

X

¿Cuáles son ahora los 10 estilos más populares de tatuaje y qué significan? (FOTOS)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 09/05/2015

El arte del tatuaje tiene una historia y una tradición que lo han enriquecido con variantes que valdría la pena conocer, para llevar con orgullo cualquiera de sus manifestaciones
aa

Imagen: Fliquet Renouf (Instagram)

En los últimos años, los tatuajes han cobrado popularidad en distintos tipos de población. Parafraseando cierta expresión coloquial, podría decirse que se está tatuando gente que antes no se tatuaba. Lo cual, en cierta forma, supone que en otros períodos de la historia el tatuaje ha estado asociado con personas específicas, a veces incluso oficios o estilos de vida. Puede sonar a prejuicio pero es una realidad que, por ejemplo, entre reos y mafias criminales es común que el tatuaje cumpla funciones de identificación, pertenencia e incluso intimidación. Esto, sin embargo, no hizo más que alimentar la mala fama de una práctica que igualmente podría pertenecer a un oficio común y corriente como el de mensajero o futbolista (como en la actualidad) o, en otro aspecto, ser una celebración del conocimiento o del gusto por algo, que puede cultivarse hasta la maestría artística.

Dicha popularidad, no obstante, ha provocado que muchas personas se acerquen al fascinante mundo del tatuaje con cierta ingenuidad, sin conocer al menos en sus elementos básicos la tradición que se ha tejido en torno al adorno de la piel por medio de las tinturas y la aguja.

Hace unos días, el sitio Design Taxi publicó un interesante y completo infográfico en donde se resume parte de dicho itinerario a partir de una premisa asequible para todos: ¿cuáles son los estilos contemporáneos de tatuajes más solicitados y qué significan?

El infográfico original se encuentra en inglés, pero en Pijama Surf quisimos fragmentarlo, traducirlo y enriquecerlo con otras imágenes para comodidad de nuestros lectores. De cualquier forma, al final de esta nota incluimos el infográfico y algunos enlaces a otras notas sobre el tema (además de los que hemos intercalado en este texto), del cual nos hemos ocupado ampliamente aquí.

 

1. Estadounidense tradicional (vieja escuela)

Original de Sailor Jerry (pseudónimo de Norman Collins), quien trabajaba en Honolulu. Es una combinación de colores vívidos e iconografía atrevida. Jerry tiene fama de ser el primer tatuador occidental en aprender y cartearse con los grandes maestros japoneses de la disciplina.

Los elementos comunes de este estilo comparten cercanía semántica con el mundo de los marineros (anclas, barcos, botellas de licor, sirenas, etc.) o con el imaginario estadounidense (águilas americanas, cherokees, etc.), aunque no exclusivamente. 

a1

American Traditional Tattoo (Instagram)

 

2. Nueva escuela

La década de 1970 se fecha como el inicio de una nueva tendencia de tatuajes en Estados Unidos. A partir de la síntesis de estilos antiguos y tradicionales (en especial el irezumi japonés y la vieja escuela estadounidense), se crearon nuevas imágenes caracterizadas por la exageración, tanto en el motivo como en la técnica con que este se plasma. La apariencia de movimiento del tatuaje es uno de sus rasgos más distintivos.

2

Imagen: World Of NewSchool (Instagram)

  

3. Trash polka

Este estilo se originó en Alemania de la mano de Simone Plaff y Volko Merschky, quienes colaboraban en el Buena Vista Tatoo Club. Su inspiración es la convivencia y la posible síntesis de los opuestos: lo real y lo abstracto, la tecnología y la humanidad, la realidad y sus desechos. “Los opuestos que ahí se encuentran intentan llevar a una danza creativa para armonizar y sintonizarse con el cuerpo”, dice Merschky.

En este sentido, el trash polka está construido notablemente sobre el contraste: los elementos realistas se mezclan con otros más naturales, con inclusión de gráficos geométricos y letras.

Por las necesidades del estilo, casi siempre se le encuentra en tatuajes de gran tamaño.

3

Imagen: Buena Vista Tattoo Club (Instagram)

 

4. Blackwork

Como su nombre indica, estos tatuajes se caracterizan por el uso exclusivo de tinta negra. Las formas son variadas pero casi siempre, por el simbolismo del trazo en negro, se utilizan para dibujar figuras geométricas, religiosas o de inclinaciones abstractas y artísticas.

4

Imagen: BLACKWORKERS (Instagram)

 

5. Puntillismo

Probablemente uno de los estilos más exquisitos. Como en la pintura, los tatuajes hechos con esta técnica dependen únicamente de puntos para expresar sus características, desde su significado general hasta elementos técnicos como la profundidad o el sombreado. Se dice que justo las sombras realizadas con puntillismo son inigualables e identificables de inmediato.

Quizá por esta razón, el puntillismo y el blackwork tienen una relación de cierta complicidad; como se ve en esta imagen, los trabajos de puntillismo casi siempre se encuentran en tinta negra (con uso ocasional del gris y el rojo) y tienen motivos similares a los del blackwork.

5a

Imagen: Meatshop Tattoo (Instagram)

 

6. Geométrico

Sin duda uno de los estilos  más populares de los últimos años, los tatuajes geométricos han seducido a muchísimas personas por la enorme expresividad lograda con el aparente minimalismo de recursos. Lo usual es realizarlos en tinta negra y con algunas zonas de puntillismo. Además de figuras geométricas como tal, también se le encuentra combinado con patrones de la naturaleza.

6

Imagen: Kenji Alucky (Instagram)

 

7. Bosquejo

Otra tendencia contemporánea es el terminado de bosquejo, una elección paradójica que hace ver un tatuaje como si se tratara de un borrador, una obra no terminada o apenas un ensayo.

Estilísticamente su origen podría encontrarse en los cuadernos de artista, en los que es usual que una imagen esté rodeada de las líneas guía que ayudaron a trazarla o que esté coloreada a medias, como a veces también ocurre con tatuajes de este tipo.

7

Imagen: Kamil Mokot (Instagram)

 

8. Acuarela

Los tatuajes con terminado de acuarela tienen dos grandes rasgos distintivos: el color y la falta de líneas. El primero es, en parte, lo que da sentido al estilo, pues como en la pintura, los tatuajes de acuarela tienen no sólo los colores de este tipo de pigmento sino también su aspecto acuoso, casi salpicado. Asimismo, como también ocurre en dicho arte plástico, en este estilo no hay una línea manifiesta que contenga las formas, lo cual es un tanto heterodoxo para la disciplina y, por lo mismo, distingue a personas creativas y arriesgadas.

8

Imagen: Water Color Tattoos (Instagram)

  

9. Surreal

El tatuaje surreal se adscribe de lleno a la corriente artística que acuñó el término y los lineamientos de su práctica en la primera mitad del siglo XX. Las imágenes plasmadas buscan situarse a medio camino entre la realidad y la fantasía, el mundo consciente y el de los sueños. Se trata de un estilo exigente que además de implicar formas, colores y técnicas complejas, también requiere de la creatividad del artista y el poseedor del tatuaje.

9

Imagen: Gianpiero Cavaliere (Instagram)

 

10. Ilustración

Otro de los estilos que han cautivado esta época. La ilustración combina técnicas y acercamientos diversos al tatuaje. Además de la inclinación de las imágenes tatuadas, sus rasgos más distintivos son la fuerte presencia de color y las líneas gruesas y bien definidas.

10a

Imagen: Ben Shaw (Instagram)

 

INFOGRÁFICO

info_t

 

También en Pijama Surf:

Tus tatuajes son permanentes porque tu sistema inmune pasa toda la vida combatiendo la tinta

¿Cómo se verán tus tatuajes cuando seas viejo? Estas fotos pueden resolver tus dudas

9 artistas que han traspasado los límites del tatuaje

5 tatuadores que deberías seguir en Instagram

¿Te atraen los hombres de barba y tatuajes? Hay una razón científica para ello

Te podría interesar:
Todo el esoterismo occidental y buena parte de su homólogo oriental gira en torno a la noción de una misteriosa Palabra o Verbo Secreto que al ser pronunciado da origen al proceso cosmogónico

Estrella Flamígera

 

Pablo Ianiszewski F.

La Palabra Perdida, misterio de misterios, vírgula fecundadora del maremágnum, centella primigenia y simiente de la eternidad. Por su extravío los hombres han caído en desgracia y vagan por sucesivos eones en la más completa oscuridad. Es el secreto mejor guardado de la historia sagrada, esa que no aparece en los libros de texto ni se enseña ya en las escuelas. Conocida es la apertura del Evangelio según San Juan cuando declama: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron”. En estas palabras, pronunciadas millones de veces desde hace 2 mil años, podemos vislumbrar un fragmento del enigma que nos proponemos circunvalar.

Todo el esoterismo occidental y buena parte de su homólogo oriental gira en torno a la noción de una misteriosa Palabra o Verbo Secreto que al ser pronunciado por el Creador da origen al proceso cosmogónico, a la generación de los mundos y el desenvolvimiento del drama universal, con sus infinitas diversificaciones y movimientos, en una danza cuyo arcano exige al neófito un salto de comprensión suprarracional. En nuestro nicho cultural, el misterio de la poderosa Palabra Perdida nos ha llegado de manos hebreas a través de la Torah y el Tanaj, pero sus ecos resuenan tanto en el Evangelio como en el Corán y el Ginza. Desde luego, el estudio comparativo demuestra que esta noción de un Verbo Divino y fecundador tiene su germen pretérito en toda la mitología del creciente fértil y desde luego, en el omnipresente Egipto faraónico. Como nunca es buena idea buscar en las ramas lo que sólo puede hallarse en las raíces, habrá que revisar ineludiblemente el mito de la creación de Heliópolis, que se encuentra registrado en los famosos Textos de las Pirámides, diseminados en distintas locaciones a lo largo del río Nilo, y en el papiro Bremner-Rhind, alojado en el Museo Británico de Londres.

Nos cuenta el mito cosmogónico egipcio que en el principio tan sólo existía el Nun, el confuso e indiferenciado océano primordial, en cuyas oscuras aguas se encontraba totalmente diluido Atum, el padre de todos los Dioses. Allí no existía nada, ni cielo, ni tierra, ni vida, ni muerte. Tan sólo reinaba el caos de lo perfectamente confuso. Sin embargo, de aquella disolución divina surgió una voz, la atronadora entonación de Atum al pronunciar las palabras que abren las alas del Ser. Tomando conciencia de su propia existencia gritó: “¡Ven a mí!”. Y en ese grito desgarrador que atravesó el líquido vacío de lo sin forma, el Dios primordial se dio origen a sí mismo como Atum-Ra, la primera luz. Habiéndose diferenciado del caótico océano de Nun, concibió una segunda separación al hacer brotar en medio de todo una enorme montaña, el axis mundi bajo la forma perfectamente piramidal de la sagrada colina de Benben, que constituirá la primera coagulación de la materia. Este monte será el primer lugar, un establecimiento con el que se da inicio al ordenamiento universal que hace posible la vida. De las siguientes diversificaciones creativas irán surgiendo los principios masculino y femenino en la forma de cuatro parejas de Dioses que, junto a Atum-Ra, estructuran la enéada heliopolitana por la que todas las cosas fueron hechas. Lo que destacamos de la narración es la ineludible presencia de la palabra creadora, bajo cuya articulación se inicia el primer movimiento que contiene en sí el principio del devenir.

¿Qué es este Verbo? En el libro del Génesis se da cuenta del movimiento creativo a partir del mismo océano indiferenciado del mito egipcio, cuando nos señala que al principio las tinieblas cubrían la faz del abismo y el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Entonces Elohim dijo “¡hágase la luz!”. Y la luz fue hecha. Este Fiat lux vuelve a ponernos en presencia del poder de la Palabra Divina, que vemos representada incluso en la ingenuidad de los cuentos de hadas bajo la forma velada de unas “palabras mágicas” que abren las puertas de lo milagroso y sorprendente. La Palabra es un sonido y a la vez un espíritu, o si se prefiere, es un sonido que sirve de carro al espíritu de Dios en su desenvolvimiento y división para gestar las esferas del universo. El acto del habla le confiere al ser humano la capacidad única de interactuar y transmitir la idea, siendo así el medio por el que el reino invisible del Intelecto puede ser dado a luz. En la comunión de las ideas transmitidas el espíritu humano se manifiesta en plenitud. ¿Cómo no afirmar lo propio del espíritu de Dios, el Ruach Elohim?

El Verbo es la línea generatriz de todas las posibilidades en la Mente del Gran Arquitecto, a la vez que el sonido de su enunciación constituye su vehículo transmisor. Pero las tradiciones iniciáticas del mundo entero nos aseguran que la Palabra se ha perdido. La noción de pérdida se sostiene en la estructura mítica que recurrentemente retorna a la necesidad de una búsqueda, de una recuperación de la dignidad olvidada, que en Platón y la corriente que le sigue adquiere una nostalgia que atraviesa las almas que abrazan la muerte, comprendiéndola como la salida de la oscura caverna del reino material. Retornar al origen es el verdadero poder de la Palabra Perdida. Por ella se haría efectivo el completo Tikkun Olam de los cabalistas, la rectificación del mundo tras la caída.

La Palabra que da origen a la Luz es sin embargo una restricción, una contracción de la misma Luz Divina en la teología mística del gran rabí Isaac Luria. Encontramos una noción sumamente parecida a la del tzimtzum de la cábala en la cosmogénesis de Jakob Böhme, cuyo primer acto abre con una contracción en el seno de la Divinidad. Al mismo tiempo que Dios da comienzo a la creación con la pronunciación del primer movimiento, debe restringir su propia magnificencia para dar cabida al espacio y al tiempo, que son inevitables suspensiones de lo Divino, ausencias en donde la radiación espiritual queda constreñida y por ello oculta. A medida que se desenvuelve el proceso de emanaciones a través de las 10 Sephirot, esta ocultación de la Luz se hace progresivamente mayor, añadiendo velos cada vez más densos que impiden la contemplación directa del Rostro Divino. Tenemos aquí una primera pérdida, o más propiamente un ocultamiento. En el mito cabalístico, la Palabra Perdida fue transmitida a Adán y a sus descendientes a través de la línea de Set, como un secreto que debían custodiar, porque les aseguraba el permanente contacto con el Creador. Esa Palabra no es otra cosa que Ha-Shem, el Nombre de Dios expresado gráficamente en el impronunciable Tetragrammaton. Habrá otras pérdidas, como la del Edén y la del Arca de la Alianza que contenía las Tablas de la Ley, así como el sagrado nombre.

El grado de Maestro en la masonería gira precisamente en torno a la Palabra Perdida, entendiéndose nuevamente por ello el nombre secreto de Dios, que tras el simbólico asesinato de Hiram Abif, ya no puede ser encontrado sobre la Tierra. Dicho nombre reaparece en los capítulos del Arco Real, donde se ofrece una palabra sustituta que, según la mayoría de los estudiosos, resulta de la contracción y conjunción de tres formas diferentes para nombrar al Altísimo en las tradiciones hebrea, fenicia y egipcia. Desde luego, este nombre se transmite bajo el juramento de secreto masónico y no debe ser reproducido. Empero, dicha palabra de reemplazo no es el verdadero Nombre Divino, tan sólo una llave para abrir el apetito de la búsqueda. La auténtica Palabra Perdida es de suyo intransmisible e impronunciable, como lo atestigua todo el judaísmo. El temor reverencial al Nombre se evidencia en la práctica cotidiana de aludirlo indirectamente, evitando incluso escribir en forma completa la palabra “Dios”. Pero como en toda regla hay excepciones, pensemos en lo que nos transmite la leyenda sobre el Templo de Salomón, donde una vez al año el sumo sacerdote ingresaba al Sanctasanctorum para pronunciar las cuatro consonantes y pedir perdón por los pecados del pueblo de Israel.

La tradición primordial de la que brota toda sabiduría, parece indicarnos insistentemente en sus múltiples manifestaciones que el hombre ha perdido tanto el contacto directo con Dios como su propio estado de divinidad. ¿No nos dice la misma Escritura que somos dioses? (Salmo, 82:6 y Juan, 10:34). Aquí se hace evidente el trasfondo platónico y hermético que inevitablemente tiñó la formulación de los credos monoteístas en la ribera oriental del mediterráneo. Aunque el contacto del pueblo hebreo con la cultura grecorromana y las distintas tribus semitas del sector puede explicar fácilmente el contagio, no es menos cierto que la transmisión de la doctrina esotérica tradicional se beneficia de dicha “contaminación” en la medida en que le hace posible su traspaso seguro, codificada tras el grueso manto del exoterismo religioso. Asegura la leyenda masónica que el rey Salomón mandó construir una bóveda secreta bajo el Templo de Jerusalén, cámara oculta que mantenía las mismas proporciones que el gran edificio superior. A ella se accedía por una escalera de 24 peldaños divididos en cuatro tramos de tres, cinco, siete y nueve escalones. En la bóveda, de cuya existencia sólo sabían Salomón y los maestros constructores, dispuso un pedestal triangular en el que mandó grabar los diversos sellos y sigilos de la sabiduría secreta. En ese lugar se escondió el mayor tesoro que el hombre pudiese imaginar: la Palabra que encierra el nombre del Gran Arquitecto del Universo. ¿Y no buscaron los Templarios esa misma cripta durante 9 años, excavando bajo los restos del Templo en el monte Sión?

En el misticismo islámico existe la misma cuestión alrededor del nombre esencial de Allah. El Corán desarrolla una teología en la que Dios se presenta bajo 99 nombres que reflejan sus distintos atributos, pero deja en el más absoluto misterio el último y más sagrado de todos ellos: el de su Esencia. Es este centésimo Nombre Divino el que suscita las especulaciones místicas más notables del sufismo, y su custodia es un secreto que guarda celosamente el Shaikh, que no lo comunicará más que a los derviches de mayor rango y realización. El Gran Nombre (Ism al-'Azam) puede obrar prodigios y abrir las puertas de la existencia a la presencia divina. Algo similar ocurre en las religiones dhármicas por el uso del mantra, con su potencial para liberar la mente y su concepción del sonido AUM como núcleo sonoro de la suprema realidad de Brahman. En la cosmogénesis del Corpus Hermeticum, el Verbo (Logos) vuelve a aparecer ocupando el lugar central de potencia creadora. Asimismo figura en las distintas versiones cosmogónicas de los círculos gnósticos de Alejandría, que comparten con la Hermética un mismo trasfondo cultural. Dice el Poimandres:

El Verbo santo vino a abrazar la Naturaleza, y un fuego sin mezcla se lanzó fuera de la naturaleza acuosa hacia lo alto, hacia la región sublime; era ligero y vivo, y activo al mismo tiempo; y el aire, siendo ligero [también], siguió al soplo ígneo, elevándose hacia el fuego a partir de la tierra y el agua, de manera que parecía suspendido del fuego. La tierra y el agua permanecían en su lugar, ambas íntimamente mezcladas entre sí, tanto, que no se distinguían: y eran incesantemente movidas bajo la acción del soplo del Verbo que se encontraba por encima de ellas, según el oído percibía.

Vemos aquí otra vez más el poder articulador de la Palabra de Dios, esa misma que muchas iglesias cristianas pretenden predicar sin comprender demasiado lo que insistentemente repiten a sus fieles.

Volvamos al Fiat lux del Génesis. Hay algo de inefabilidad detrás de un Dios cuya luz no puede ser vista antes de que el sonido de su voz haya sido escuchado. Esta invisibilidad se repite en la voz que escuchan todos los patriarcas y profetas, un rasgo propio de la iconoclasta religiosidad abrahámica. Pero encontramos la misma característica en buena parte de la tradición espiritual del oriente próximo. Es casi seguro que el Nombre Secreto seguirá extraviado hasta el fin de los tiempos, pues hay algo que siempre está perdido en todo camino iniciático: el Santo Grial en las sagas caballerescas, el paraíso en la espiritualidad judeocristiana, el caldero mágico entre los celtas, la Atlántida en la leyenda platónica, la Thule en los mitos hiperbóreos, las manzanas doradas del Jardín de las Hespérides o la Palabra Perdida en el rito masónico. Recuperarlo es la posibilidad de reactivar la condición divina en el hombre, volver a restituir la unidad del Adam Kadmon de los cabalistas o el Insan al-Kamil de los sufíes. Porque todos somos células dispersas de un único Hombre: el Verbo Encarnado.

 

Twitter del autor: @cubicado

Facebook: La prisca sapientia