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Si la felicidad también cumple años, este es su rostro cuando llega a los 100 (FOTOS)

Por: pijamasurf - 04/06/2013

“Venerable” puede utilizarse, en ciertos contextos, como un sinónimo de “anciano”, porque en cierta forma pocas cosas que encarnen mejor la dignidad y el respeto como aquellas personas que han alcanzado una edad avanzada y, en no pocos casos, bien aprovechada. En este sentido la vejez es ese momento en que el misterio del paso del tiempo sobre la existencia se resuelve (sin resolverse realmente).

En esta serie fotográfica su autor, el alemán Karsten Thormaehlen expone uno de los mejores rostros de la vejez, aquel que conserva la belleza que dan la felicidad y la alegría, ese brillo que al cubrir un rostro lo iguala con cualquier otra manifestación de lo bello en sí y quizá incluso lo lleva más allá de todas estas categorías para situarlo en una región donde estas pierden significado e importancia.

“My glass shall not persuade me I am old / So long as youth and thou are of one date”: “Mi espejo no podrá gritarme: ‘¡Viejo!’ / Mientras la juventud y tú sean uno”, dice Shakespeare (en traducción de Fernando Marrufo) en su Soneto XXII. ¿Y no podría ser que aquí el amante a quien va dirigido el poema no sea otro más que la felicidad misma? ¿No se podrá decir, con el Bardo, que la vejez no es tal mientras se ame la felicidad (que acaso sea una forma de decir que se ama la vida?

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Imágenes vía BuzzFeed

Los dos grandes cineastas compartieron además de una amistad un momento de magia metafísica que describe la unidad indivisible.

 

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A Sandro le gustaban los barcos. Su papá siempre estaba de viaje, pero cuando regresaba a casa siempre le traía modelos de barcos, galeones, bergantines, catamaranes, cruceros, barcos industriales, y otras naves. Sandro quería ser ingeniero y diseñar barcos que cruzaran el desierto azul. Pero Sandro sabía un secreto y él no iba a hacer barcos para sumar petróleo. Un día Sandro estaba haciendo la tarea y a la vez ensoñando.

Sandro le dice a su mamá, la hermosa Monica Vitti:

-Mamá, mamá, ¿cuánto es 1+1?

-Ecco Sandro, son 2…

Sandro tenía un frasco de pintura azul en la mano. Coloca una gota de pintura acuosa en una lengüeta de cristal:

-Pero Mamá aaa, mira...

Sandro coloca otra gota encima de la gota azul que ya estaba en el cristal y se hace un único charco translúcido, sólo que más grande.

-Ya viste, mamá, 1+1 es 1…

("Desierto Rojo", Michelangelo Antonioni, 1964)

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En "Nostalgia" (1983), la penúltima película de Tarkovsky, filmada en Italia, el nostálgico e impenetrable protagonista deambula por una casa derruida, como la mente llena de recuerdos y fantasmas. En una de las piezas de ese laberinto de barro hay un pizarrón abandonado, donde, con un gis blanco, desvaído, de hace mil años, está escrito 1+1=1.

Como si fuera la conclusión al final del curso. Es sólo un momento en que la cámara atraviesa esa habitación, pero podría ser la eternidad.

Es difícil encontrar un solo momento que signifique la totalidad de una vida o una obra, pero tal vez en eso dos guiños --de dos grandes amigos-- en la inocente suma de Sandro y en el recuerdo onírico de Tarkovsky, están unidas las razones por las cuales ambos directores hicieron cine , inclinándose siempre a la poesía -espíritu del silencio.

Twitter del autor:@alepholo