Este poema hacía llorar a Dostoyevski

La literatura puede llegar a conmovernos porque somos seres empáticos, es decir, somos seres capaces de imaginar lo que siente otro ser vivo e incluso casi sentirlo como propio. Es posible que sin esta capacidad nuestra especie no hubiera sobrevivido, pues vulnerables como somos, desde la infancia hasta la vejez, sólo gracias a que podemos preocuparnos mutuamente unos por otros podemos cuidarnos, ayudarnos o trabajar juntos por un propósito común. 

En este sentido, la literatura es una especie de expresión refinada de esa capacidad empática, pues nos hace sentir, incluso bajo el manto de la ficción, como personas que nunca existieron realmente, lo cual, en vez de sentirse como un engaño, se convierte más bien en un entrenamiento. Como han demostrado varios estudios al respecto, la literatura puede mejorar nuestra habilidad para comprender las emociones, tanto las propias como las de otros. Ese es parte de su milagro.

Mencionamos esto para introducir un poema y una anécdota. El poema es “El caballero pobre”, escrito por Aleksandr Pushkin, considerado el primer gran poeta nacional de Rusia, autor de una obra amplia, diversa e influyente para buena parte de los artistas rusos de su época y de otras posteriores.

La anécdota, que esta relacionada con dicho poema, la cuenta Liubov Dostoyevski, a quien se conoce también con el sobrenombre de “Aimée” (“Amada” en francés, usado también como nombre personal), la segunda hija que tuvo Fiódor Dostoyevski con su esposa Anna. “Aimée” escribió una biografía de su padre que en español se publicó con el título Vida de Dostoyevski por su hija, en la cual cuenta que el escritor acostumbraba leer poemas a sus hijas y que siempre que les leía este de Pushkin, inevitablemente lloraba –tanto lo conmovía–. 

Pero demos paso a los textos. En particular el fragmento de proviene de la edición publicada por la editorial El buey mudo en el 2011, mismo que figura en el sitio narrativabreve.com

 

EL CABALLERO POBRE
Aleksandr Pushkin

Era un pobre caballero
silencioso, sencillo,
de rostro severo y pálido,
de alma osada y franca.
Tuvo una visión,
una visión maravillosa
que grabó en su corazón
una impresión profunda.
Desde entonces le ardía el corazón;
apartaba sus ojos de las mujeres,
y ya hasta la tumba
no volvió a hablar a ninguna.
Púsose un rosario al cuello,
como una insignia,
y jamás levantó ante nadie
la visera de acero de su casco.
Lleno de un puro amor,
fiel a su dulce visión, escribió con su sangre
A.M.D. sobre su escudo.
Y en los desiertos de Palestina,
mientras que entre las rocas
los paladines corrían al combate
invocando el nombre de su dama,
él gritaba con exaltación feroz:
Lumen coeli, sancta Rosa!
Y como el rayo, su ímpetu
fulminaba a los musulmanes.
De regreso a su castillo lejano,
vivió severamente como un recluso,
siempre silencioso, siempre triste,
muriendo por fin demente.

***

[…] Habiendo formado así un poco nuestro gusto literario, empezó a recitarnos las poesías de Pushkin y de Tolstói, dos poetas nacionales a los que tenía particular afección. Recitaba admirablemente sus poesías; había una que no podía leer sin lágrimas en los ojos, "El caballero pobre", de Pushkin, un verdadero poema medieval, la historia de un soñador, de un don Quijote, profundamente religioso, que pasa su vida por Europa y por Oriente combatiendo por las ideas del Evangelio. En el transcurso de sus viajes tiene una visión: en un momento de exaltación suprema, ve a la Virgen Santísima a los pies de la Cruz. Corre desde entonces una cortina de acero sobre su rostro y, fiel a la Madona, no vuelve a mirar a las mujeres. En El idiota refiere cómo recitaba esa poesía una de sus heroínas. 'Un espasmo gozoso recorre su rostro', dice describiendo esta escena. Eso es precisamente lo que le sucedía a él cuando recitaba; su rostro se transfiguraba, su voz temblaba, sus ojos se velaban de lágrimas. ¡Padre querido! ¡Era su propia biografía la que nos leía en aquel poema! También él era un caballero pobre, sin miedo y sin tacha, que combatió toda su vida por las grandes ideas. También él tuvo una visión celeste, pero no fue la Virgen la que se le apareció: fue Cristo el que le salió al encuentro en el presidio y le hizo seña de que le siguiera.

 Vida de Dostoyevski por su hija (El buey mudo, 201; páginas 224 y 225)

 

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Imagen: Un anciano, Abram Efimovich Arkhipov (1891; detalle)

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