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El Ramadán no es el nombre de un mes para el ayuno de la religión musulmana. Se trata de una forma pura de atención, esperar a comer para abrirse a un sitio donde se reúne toda la realidad, el silencio y la música

Para mis hermanas y hermanos derviches. Ramadán Kareem.

Esto escribió Yalāl ad-Dīn Muhammad Rūmī sobre el mes y el ayuno de Ramadán:

[...] el rey del ayuno ríe. El corazón de luz se vuelve robusto en la medida en que el cuerpo de cera se vuelve flaco. Los rostros de los amantes son amarillos, pero los rostros del alma y del intelecto son rubicundos. No te fijes en el exterior de la botella, sino en su contenido. Todos han florecido en estado de embriaguez, y los trabajos del Ramadán se han olvidado.

Conocido simplemente como “Rumi”, una estrella de la tierra de “Rum”, el nombre de los turcos selyúcidas para la región de Anatolia donde alguna vez reinaron los césares bizantinos, este poeta nació como un hijo de Balj en la provincia del Gran Jorasán, una región histórica entre los actuales Irán, Afganistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán. Honrado por los árabes como “Mawlānā”, por los persas como “Molānā” y por los turcos como “Mevlâna”, nuestro maestro Rumi vivió y murió en el siglo XIII, pero ya existía desde mucho antes bajo la forma de la Ruta de la Seda, aquella caravana que además de mercancías y objetos valiosos, trasladó también filosofías y religiones, y llevó a distintos países las palabras de Pitágoras, Pablo y Bernabé, Zhuangzi y Zaratustra.

Rumi abandonó una prestigiosa carrera como erudito y jurista cuando conoció al derviche Shams de Tabriz. Desde entonces ya no pudo dejar de conocer porque murió al mundo y se casó con todos sus amantes o con la luz que toma todas las formas del amor, incluida la luz transformadora del sufrimiento, la ausencia y la muerte. Una flauta hueca que necesita ser tocada, así como Adán, Ibrahim, Musa, Isa y Muhammad necesitan el despertar siempre distinto de la revelación coránica. Rumi se convirtió en el gran modelo de la literatura persa, urdú y turca. También en el poeta más vendido en los Estados Unidos junto a Walt Whitman, Wystan H. Auden y Thomas S. Eliot. Sus primeros seguidores fundaron la orden “Mevleví” o de derviches giróvagos, conocida por su ceremonia de meditación en movimiento, “semá”, incorporada también a “tarīqas” sufí de todo el Islam. Esta es la técnica de dar vueltas sobre uno mismo rodeado de "neys" y "bendires" para desaparecer. El yo del derviche no es destruido, pero deja de ser el yo de un tú para ser el tú profundo de Ramadán, o la música que ayuna de sí misma para ser el concierto del maestro del silencio, “la ilahe illallah”, el uno sin segundo y en control sin ningún esfuerzo. Quizá esta mística es el misma de la que habló el compositor experimental John Cage:

El silencio es música, pero la música no es silencio.

Allah puede llenarse de caminos paralelos, opuestos y cruzados en dirección a su silencio. Los colores aparecieron gracias a una luz que, tras aparecerse en esos caminos, los desaparecería. De adherirlos a su propio vestido, nadie podría decir de qué color es la túnica de Allah. Por eso va desnudo. Su desnudez es un misterio cambiante, viajeras y viajeros con colores de ojos, de piel y de labios diferentes, que hablan lenguas familiares y desconocidas. Por eso mismo, esos caminos no pueden llenarse de silencio. Van hacia su propio fin, se vacían, se comunican y se pierden en un punto de no retorno. Un punto que no está en ninguna parte, pero convergen todas las intenciones de aquellos no se resisten a encontrarlo. Para que un peregrinaje por la Tierra sea más que la Tierra, y pueda entenderse que morir a mitad de una de sus rutas no es una experiencia, sino incomprensión, hay que dejar de hablar de las cosas que se aman para dejarlas hablar. Hay que ayunar de la vida para dejar de escuchar cómo se produce la muerte. El silencio de esa gran devoradora puede ser un silencio vivo, o como dijo Rumi:

Hay una dulzura escondida en el vacío del estómago. Somos laúdes, ni más ni menos. Si la caja de resonancia está llena de cualquier cosa, no hay música. Si el cerebro y el vientre se queman limpios con el ayuno, a cada momento sale del fuego una nueva canción. La niebla se disipa y una nueva energía te hace subir corriendo los escalones que tienes delante. Estad más vacíos y llorad como lloran los instrumentos de caña. Más vacío, escribe secretos con la pluma de caña.

Cuando estás lleno de comida y bebida, Satanás se sienta donde debería estar tu espíritu, una fea estatua de metal en lugar de la Kaaba. Cuando ayunas, los buenos hábitos se juntan como amigos que quieren ayudar. El ayuno es el anillo de Salomón. No se lo entregues a alguna ilusión y pierdas tu poder. Pero incluso si has perdido toda voluntad y control, regresan cuando ayunas, como soldados que aparecen del suelo, con banderines ondeando sobre ellos.    

Quien se ha perdido una y mil veces, quien no ha dado con lo que ha deseado tomar, con lo que necesitó recibir o con lo que debía dar, está invitado a seguir el ayuno y a reunirse en el sitio secreto del banquete. Para la también mística y anarquista cristiana Simone Weil, la atención requerida no consiste sólo en descubrir un lugar y a una persona no conocidos, sino un detalle de lo visitado y una característica de esa persona antes no valorados. Más que eso, esto no se trata sólo de una propiedad y de un matiz a los que no se dio hasta ahora el beneficio de la duda como para ser transmisores de una confianza real. Tampoco de la importancia de una relación de cosas. Se trata de enigmas insolubles donde domina la soberanía del ser, la majestad de Dios. Una persona de la que creías no poder aprender nada podría convertirse en uno con el rey que preside sin fin la mesa del paraíso. El “iftar”, la comida para romper el ayuno en Ramadán, y el pan de vida y el vino nuevo de la Eucaristía están abiertos a todo aquel que quiera participar y deje un sitio vacío, haciendo a un lado su ego, para recibir la compañía.
Un resumen de la filosofía de Weil y también de Rumi perfectamente podría ser: la atención es generosidad en estado puro. Los místicos afirman al mundo desconociéndolo gracias a su heterodoxia. Invitados a ese ayuno judío, cristiano, musulmán y ecuménico, como una forma de meditación antes de volver a comer, mientras Rumi imprimía palabras en el Corán del universo, quizá Weil recitó mentalmente “Love” de George Herbert, un poema que le encantaba y uno de los mejores de la literatura metafísica inglesa del siglo XVII.

دلا در روزه مهمان خدایی
طعام آسمانی را سرایی
در این مه چون در دوزخ ببندی
هزاران در ز جنت برگشایی

O heart, you will be God’s guest and worthy of heavenly sustenance when you fast. You will shut the gate to hellfire during this month and you will open a thousand doors to Paradise.
Oh corazón, serás huésped de Dios y digno del sustento celestial cuando ayunes. Cerrarás la puerta al fuego del infierno durante este mes y abrirás mil puertas al Paraíso.

–Rumi, Divan-i Kabir (traducción al inglés de de Jeffrey Osborne, Vol. XV, 2020; traducción al español del autor)

 

Love bade me welcome; yet my soul drew back,
Guilty of dust and sin.
But quick-eyed Love, observing me grow slack
From my first entrance in,
Drew nearer to me, sweetly questioning If I lack’d anything.

‘A guest,’ I answer’d, ‘worthy to be here:’
Love said, ‘You shall be he.’ ‘
I, the unkind, ungrateful? Ah, my dear,
I cannot look on Thee.’
Love took my hand and smiling did reply, ‘
Who made the eyes but I?’

‘Truth, Lord; but I have marr’d them: let my shame
Go where it doth deserve.’
‘And know you not,’ says Love, ‘Who bore the blame?’
‘My dear, then I will serve.’
‘You must sit down,’ says Love, ‘and taste my meat.’
So I did sit and eat.

Me llamó Amor, mas vaciló mi alma, de polvo y de pecado llena.
Amor, veloz, mi desmayo advirtiendo desde que entrara yo primero,
se me acercó, dulcemente inquiriendo si alguna cosa me faltaba.
Un huésped, contesté, digno de ti. Mas dijo Amor: ése eres tú.
¿Yo, el áspero, el ingrato? Ah, Señor, yo no puedo mirarte a ti.
Amor tomó mi mano sonriendo: ¿y quién tus ojos hizo sino yo?
Cierto, mas los eché a perder, arrastro en mi deshonra mi castigo.
Dijo Amor: ¿no sabes quién con la culpa cargó? Cuenta, Señor, conmigo.
Siéntate, dijo Amor: prueba mi carne. Entonces me senté y comí.

–George Herbert, “Love” (ca. 1633; traducción al español del autor)