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Eternidad en el instante, brevedad, ausencia de dramatismo: por esta y otras características, el haikú es una forma poética que lleva al asombro y la interrogante por la vida y el ser

Dedicado a mi madre, que no es mi madre. Hija de mi espíritu, que no soy yo. Un alma alegre. 

[Recomiendo escuchar el álbum de 1990 “Natural Trip / Majel's Star” de Ken-Ichiro Isoda.]

El haiku es lo que el haiku nos dice que ocurre. Histórica y técnicamente hablamos de poemas tradicionales muy cortos del Japón, “micropoemas” cuya regla es limitarse a solo tres versos de cinco, siete y cinco sílabas o “moras”. Quizá son una reinvención abreviada y naturalista de los mensajes eróticos “tanka”, dos versos más largos. Su pasado en términos mínimos o esenciales se pierde en China. Se les relaciona con las sectas “Chan” o “Zen” budistas, aunque estas pudieron usar el haiku para su pedagogía sin estar detrás de su desarrollo. El Maestro Matsuo Bashō habría popularizado este ejercicio poético en el siglo XVII.   

No son poemas sobre la naturaleza o que naturalicen a los lectores, no necesitan ser mediados o fabricados: son la realidad de estos acontecimientos, la naturaleza que asume todas las posibilidades. Y por naturaleza el haiku no solo contempla a los cuerpos con formas de árboles o a las onomatopeyas de las bestias. Naturaleza es todo lo no siempre imaginado. 

El haiku me parece un “leitmotiv”. No sé si de la poesía o de la vida. ¿A qué me refiero por leitmotiv? No una guía temática o un conductor de estilo. El haiku es emplear la recurrencia de un júbilo secreto que se cultiva en aquello que Bachelard llamaba la felicidad de leer, y que para Mishima, fiel al epicureísmo sentimental de la poética de Lucrecio, revela una sed de experiencia perfecta… punto de contacto en el que el valor absoluto de la conciencia y el valor absoluto del cuerpo encajan exactamente el uno en el otro. 

Como poética, el leitmotiv del haiku suscita la evidencia de un flujo inmotivado, concepto tomado de Castoriadis. La vida queda ilustrada, sin embargo, no ocurre esto porque pueda recrearse sola ni tampoco gracias al ingenio solo del escritor, el amante humilde y sus pasiones. El haiku complementa dialógicamente la conciencia de los sentidos viva en el poder de la hoja en blanco. Es todo menos una respuesta categórica, y, aun así, deja a una cuestión de vida o de muerte personal únicamente como un juego. Es la cosa más santa para el cuerpo consciente, una fuerza centrífuga restauradora de algo distinto al anhelo o al temple creativo y a nutrir el gusto del lector: la naturaleza sin conceptos entre las palabras, destruir y afirmar a la vez. Es la necesidad pura del santo sencillísimo y del pobre diablo. 

Felicidad al escribir. No se sabe (y se siente bien que no se sepa) si nos referimos entonces a una restauración o a la creación como tal. Captar “ex nihilo” o la prolongación de la presencia. En el haiku hablan las cosas entre las cosas sin ser ellas mismas. No es trabajar con ese deseo entre la poesía y la vida, no crea ni restaura una distinción. Discriminar o confluir se confunden. “Coevoluciona”, quizá no la obra, sino el mundo: lo que no tiene referente e incluye al olvido, un desplazamiento siempre nuevo y genealógico de lo que sería ser uno mismo, antes y en el valor cierto de la moral estética, dejando en ruinas toda certidumbre monolítica: son más amplios los ciclos hechos de planetas, el polvo de las causas, los bautizos y las emanaciones del fuego, lo que no alcanzan nunca a decir. 
La confusión dada no es otra que preguntar¿en qué mundo estamos hablando? Radicalizarla supone que sentir sea estar sin saber qué me lo permite. Aquella confusión lleva el leitmotiv armónico, no del cuerpo y la conciencia, sino de las necesidades que me llevan a discriminarlos, aunque no como ellos mismos: realizando lo que sería una prueba original para el gusto, escuchar al material pasional modelarse, flujo asubjetivo de la experiencia. Un testimonio escrito por nuestras manos orgánicas que se ve recogido por manos accidentales. Esa felicidad emergente, un gong, un escuchar intra-exterior, o la provocación libre donde, según Jacques Monod, ni el destino ni las obligaciones están escritos en ninguna parte. 

“Teleonomía”, es decir, el reconocimiento de un propósito sin apelar a una causa final. Valoración animosa de la resonancia, un universo que no es, pero parece soberano en sus asimetrías: hablo de la verdad que niega que aquel exista y provoca la atracción. 

Esa eternidad es distinta a una búsqueda sugerida de meta-identidad. Un esfuerzo que, de hecho, como probablemente sugeriría Wittgenstein, es siempre un hechizo por romper. 

Atracción pura por una identidad espontánea. La gracia, de darse, puede dotar a la subjetividad, al campo psicológico increado y a lo infinito de las mediaciones. Cómo puede darse de manera auténtica y total algo más que la presunción idealista de un don inmediado o que la reducción pura del funcionalismo teórico: hablamos del vacío que, como tal, solo puede ser si se ausenta, si en efecto es nada o es deseo ilimitado por el mundo de la vida.

La ilusión es lo que es por no conducir completamente a un desengaño. Queda el haiku para los poetas (si es que sirve de algo mencionar esa mística por la jerarquía y profesionalización de los creadores de líneas, las mejores mentes de una generación), tienen esta poética, sea lo que sea. Decía Michael Luetchford que cada fenómeno mental tiene un lado físico, y cada fenómeno físico tiene un lado mental. ¿Quién ha visto frontalmente los dos lados de esa presencia hasta perderse con los ojos en aquello en verdad inagotable? 

A la gracia todo se le resbala. Ni subjetivizar ni ser un objeto en la ficción del mundo. Leitmotiv de un cuerpo que no termina de imaginarse virtualizándolo o retrotrayéndose. Caminamos hacia él mientras se le hace escuchar. ¿A él o a quien preste oídos? 

“Maya”, hechizo del haiku que, como sugiere el budismo tántrico, permite la tradición de curarse con el veneno. Ser un venado que traza la acuarela mental de un tigre, acuarela roja como la sangre de sus presas, el llanto real del corazón, las ganas de ser tigre y de no serlo, no despreciar ninguna forma, ninguna circunstancia, aun si la tinta china pide dolor.  Solo así hay convergencia entre la paz de la resolución, la acción, y la paz de la necesidad, la hoja en blanco, la dualidad y la realidad. Vida en la contraposición y la adualidad. 

Según Dhammapada, no hay en el mundo río más caudaloso que el deseo. No hay más ser que quién se ha ahogado y dice de la luz lo que la luz dice. No hay mayor misterio que no poder salir del mundo, salvo entender que el yo no ha sido siempre, aunque tampoco es obediente a ser introducido. En el mismo grado de valor, ser incapaces de ser o de no ser susceptibles. Quedan las texturas y el esfuerzo pelado, fineza en bruto del haiku y la fineza de su síntesis, siempre inacabadas. La flauta y el bambú verdeciendo el mismo dialecto.  

“Tecnotantrismo”, el haiku es querer vivir y querer no vivir para siempre, o como sugería José Ángel Valente, debatirse entre la imposibilidad de decir y la imposibilidad de no decir. Desear no desear, la rara técnica de hacer visible una salida a través de la saturación. La ocasión de abrirnos el camino, el exterior real, el no compromiso, mediante las cosas vistas. Eso son las puertas o los arcos “torii” en el Japón, separan lo profano de lo sagrado en los santuarios “sintoístas”, sitian la diferencia entre lo visible y lo no visto. Pero son también el horizonte irreductible, la ausencia de la nada, la saturación de lo invisible que es también un jardín material que es más que un jardín, una fuente de agua que suena más que el agua.

Haiku del articulista:

la lluvia abre 
la madera en seco,
árboles rítmicos

No hay necesidad de corregir errores, configurar o deconstruir una entidad, ni posibilidad ni propósito. Hablamos de la fuerza espiritual de los matices, el concepto “Té” taoísta o una virtud que mana, tanto de la intuición en la personalidad, como de lo karmático, la necesidad contingente: la estructura evolutiva del cerebro, la inteligencia social, el gong de la física o el efecto eterno, el flujo de un paisaje interior. Entre las cosas, viene esa virtud que, si se explicita, revela lo mistérico en la expresión de una propiedad convertida en poética. La libertad ni sobre ni controlando al universo: solo como la ausencia de este último. Leitmotiv de la espontaneidad, del alma increada. La locura de la sabiduría y la razón apolínea, la razón erótica y la locura nihilista dionisiaca. El haiku no es la sombra de estos dioses, Apolo y Dionisio, Visnú y Shiva, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, el Padre, Yahvé, y el Espíritu Santo, la Ruah. Ellos pueden proyectar una sombra por la fuerza centrífuga del haiku, la cara oscura del más allá, la tranquilidad o un árbol alto que cae sin que nadie lo escuche. 

El haiku es el ruido de los oídos. La fuerza centrípeta de la realidad adual coevoluciona con el espíritu sintético del poema. Esto implica una cultura poética que, para revelarse como tal y a la vez llevar al más allá, lo que es más que cultura, debe convertirnos en impersonalidades por medio de una emoción por el matiz, lo que no distingue las cosas de cómo estas brotan. Teleonomía o esa libertad que, si no implica hacer lo que uno quiera, viene de conocer que no tiene fin buscar uno, un final posible para la destrucción voyerista, voluptuosa, igual o más oscuro incluso. Iluminación de una vida que no existe y, por eso mismo, acoge. 

“Shuniata” y saturación, revivir en el instante, fuera del tiempo y el espacio, en la dualidad como dialecto, la comunicación sin fondo entre el tacto y las texturas, la subjetividad asubjetiva que no puede ser totalmente ni personal ni impersonal: solo sensaciones. 

Hay un Tantra oculto y un Tantra técnico. No son siempre el mismo “Tantra”, pero este, en tanto es la realidad, nunca es solo inmediado: inventa, es creído y fascina. Se entiende liberal como el poema, es decir, no necesario. Se crea con su creador, y es eterno como la necesidad que riela las ilusiones que imitaron desde un inicio inventado todas las lunas. 

La virtud es esa: tienes o no tienes mano para la poética. 

La necesidad más que un bien extra-moral, presenta el más allá del bien y el mal junto al lenguaje, calentando la cultura como si fuera los órganos de un ser vivo. La tranquilidad de la materia o el azar que expande es lo entendemos por Té: el cuidado centrífugo que torna la destrucción, este universo que come, en la energía del afecto que desaparece.

Haiku de Yosa Buson:

acercando el brasero 
a los pies,
parece tan lejos del corazón 

David Mamet insiste en que teatralizamos por naturaleza… Qué bien, se ha puesto a llover. Precisamente hoy, que estoy deprimido… El clima es impersonal, pero nosotros lo explotamos como un fenómeno teatral, es decir, como una trama argumental, intentando comprender lo que significa para el protagonista, o sea, para nosotros mismos. 

El haiku no sustenta y tampoco basa una psicología, y aunque no sustrae al lector de ese campo del ser, vive por no confirmarlo. No tiene una trama argumental y no es un poema que describa intenciones, porque como naturaleza no teatraliza, va por campo abierto y, no obstante, trata de la necesidad. Ocurren sus fenómenos que son más que una fenomenología. Es fe, pero no respondemos a ella disfrazando con nuestra forma al universo: más bien, la fe como virtud restaura un deseo, uno que no ha sido olvidado en un instante preciso. Toda forma, cualquiera, pertenece a la eternidad que no es abarcada y habla de este hecho entre las cosas que aparentemente, aparentando, en apariencia creen hablar de sí. 

El diseño de estos poemas no es una labor de puesta en escena similar a la mística, al encierro del teatro. A ese gesto de cerrar se le denomina “myo”, etimología de “místico”, presente en el resto del Arte, novela, cuento, drama, cine. Todo lo contrario, el “teatro” del haiku no es subalterno a la realidad, y la forma de esta no es conciencia dramática. Nada alcanza a abarcaren el haiku, y esto puede decirse por las medias figuras, lo que se deja ver en las tres líneas no disruptivas del poema, una ficción que supera creer que el creador ha estado o no ante ellas. Languidece, hasta donde la eternidad lo permite, por una virtud no nombrada. 

Todo y nadie es Buda. ¿Ves al Maestro en el piso siendo devorado por las hormigas? Hormigas pisadas por unos novios briosos antes de palmar. Hoy, en mil estancias, entre los inexplorados e infinitos mundos de los olores, lenguas de infiernos y cielos. 

¿Qué le dice qué es lo que ocurre al haiku? Citando a Cioran, “lo que es transitorio es dolor; lo que es dolor es no-yo. Lo que es no-yo no es mío, yo no soy ello, ello no soy yo” (Samyutta Nikaya). Lo que es dolor es no yo. Difícil, imposible estar de acuerdo con el budismo sobre este punto, capital sin embargo. El dolor es lo que más somos nosotros mismos, lo más yo. Extraña religión: ve dolor por todas partes y al mismo tiempo lo declara irreal. 

Y, sin embargo, imposible que alguna cultura se atreva a fundarse en no ver dolor nunca más, en no prestar ya atención a las cosas. La cultura busca que en efecto así sea, y, no obstante, este es real. Imposible creer en el haiku y en el yo. Inimaginable hacer haiku sin el dolor. 

Yo y el dolor o la naturaleza somos indistinguibles. Y no obstante, el haiku en tanto poema es claro y distinto. Es todo menos una respuesta categórica, la menos penosa posible. Bendita es su intensidad, augurio, talismán de lo que no importa cargado de encanto. 

Lo pequeño es hermoso, esa es la crisis del mundo del haiku: nunca lo bastante sintético, sincrético, breve y propio. Es ilimitado el deseo por el mundo de la vida, y ese es el límite. Creer que la eternidad es más que eterna: incluye cántaros, hembras mimosas, ranas en nado, montes rodeados de truenos besadores. Es extraño, pero siempre es incompleta la sorpresa. Familiar y a la vez un estruendo numinoso que aturde y aligera el ruido que lleva el ser. 

Haiku de Masaoka Shiki:

fue un sueño increíble,
dijeron
que me lo había inventado 

Un sintetizador en las manos de la naturaleza. El ambiente recrea la intención de esas manos. El ambiente es el poema, pero las manos creen recibir un temor, ¿suyo, a su alrededor, inconfesable, omnipotente? Semejante a la Luna, que es a veces una pieza, un reflejo, un coito, una rodaja y esconderse. Dónde es esto si no en el ambiente de las mutaciones. 


Alejandro Massa Varela (1989) es poeta, ensayista y dramaturgo, además de historiador por formación. Entre sus obras se encuentra el libro El Ser Creado o Ejercicios sobre mística y hedonismo (Plaza y Valdés), prologado por el filósofo Mauricio Beuchot; el poemario El Aroma del dardo o Poemas para un shunga de la fantasía (Ediciones Camelot) y las obras de teatro Bastedad o ¿Quién llegó a devorar a Jacob? (2015) y El cuerpo del Sol o Diálogo para enamorar al Infierno (2018). Su poesía ha sido reconocida con varios premios en México, España, Uruguay y Finlandia. Actualmente se desempeña como director de la Asociación de Estudios Revolución y Serenidad.


Canal de YouTube del autor: Asociación de Estudios Revolución y Serenidad


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