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El escritor hace un esfuerzo doloroso y caritativo: habla por el ser humano

Empecé a escribir balbuceando un estilo. También al iniciar este ensayo tuve que balbucear luz. Entendiendo esto, justifico arrimarme a una experiencia más reposada. No aquella de un escritor propiamente dicho, sino la de Puccini, un artista miembro de esa brumosa categoría de los autores clásicos. Su ópera es túnel sinfónico y tautofanía, algo que no sólo me permití cruzar o contradecir con mi sola presencia: me ha desacertado, se adentró en mí y aún remplaza un bucle de dudas sin probable certeza racional. Puccini se deja convertir en un amigo nunca póstumo, uno de esos nombres suficientes, Safo, Quevedo, Nietzsche, Marx, a los que no hay que añadir referencias. Su obra prueba que la pasión también medita. ¿Murió bellamente? Su última palabra escrita: poesía.

Enseñó el Buda: el deseo conduce a sufrir. Escribir sería aceptar y renegar esto a las puertas de una salida que resuena. Lo que advertimos sobre el cambio sobrepasa lo que desear prevé. La mutación es más compleja que la mente predispuesta. ¿En verdad podría yo salir al cambio sin esa receta evolutiva que soy?, nuestra necedad, memoria, arraigo erótico firme y sutil. ¿Cuál sería la importancia de que algo sea, los renglones acerca de una vida, si el caos sin mente es tranquilo e inextenso? Respondo desde líneas mecanografiadas: el acto de escribir es somático. Su primer factor se asemeja a masturbarse, una condenación compulsiva al propio poder. A esto último, o se le ha despreciado como uno más entre los vicios, o se le considera un alivio casi inocente. Y nada más lejos del hecho: no implica un soliloquio físico, sino una avenencia, primero virtual, luego testimonial, entre la soledad energética, las apariencias humanas y una inmanencia pasional. 

“El sutra de Kama”, el Cupido de la India, eleva esta práctica a un apoderarse de la fiera, la lección introductoria y consciente sobre el deseo devorador que posé a la mujer y al hombre antropófagos. Nos consumimos entre nosotros para ser lo mejor de lo humano y contar con qué repartirnos por el universo. Diría Sartre: un humano hecho de todo lo humano. Tragedia que, sin embargo, puede vibrar al unísono. Un corazón rolado, una compasión difícil según asegura la poeta Chantal Maillard; un poder propio que late otro poder casi y cada vez más secreto.

Empero, el escritor masturbador tiene una razón pragmática y moral en el acto de escribir: se come primero así mismo, enseña a imitarlo a sus lectores violentos y procura volverse con ellos sobriedad o mesura ante el festín egoísta del mundo, su compleja y no decidida genealogía. 

Descrito así, no prescrito, podría pensarse que el arte literario refrena. No es el caso. Es una segunda sensibilidad técnica que se forma en y forma a la primera y más amplia. Prepara y afina la mente semimasoquista, semisádica del público; le enseña sobre sí mismo, le muestra su resolución, y quizá, le propone actos más nobles, esa compasión entrelíneas, karuna de la tecnosensibilidad

Es así que el escritor hace un esfuerzo doloroso y caritativo: habla por el ser humano, un animal sin las gracias venéreas de un equino, sin la orientación ordenada de un panal de avispas o un banco de peces, sin la longevidad de los dioses, el temperamento de la cobra o del cordero, pero con carisma oculto de ángel, hecho de memorias de álgida atrición y poca contrición

Un escritor no enseña a lidiar con la pasión sino con lo que podría esperarse del toma y daca entregado a un trasfondo invisible, más importante que la evidencia categórica. No apalabramos la verdad, damos nuestra vida a las palabras: sangre, cebo, soma de nuestras noches sin dormir, impresiones de escusado y de aura, nuestro pobre calor inter e intrasexual.  

Ya lo dijo Pacino en su personaje de Perfume de mujer:

He llegado a las encrucijadas de mi vida y siempre conocí cuál era el camino correcto. Sin ninguna excepción, lo juro. Pero jamás lo seguí. ¿Saben por qué? Porque era demasiado duro.

¿Quién dijo que uno puede pasar todo tiempo como una diva? ¿Quién puede evitar por siempre una gran conclusión, la suma inquietud? En todo caso, una escritora, la poesía con nervio, jamás podría permitirse el lujo de ser sólo lo inadvertido.  

Los budistas cuentan con una escatología que señala tránsitos históricos crueles denominados Mappō. Periodos de confusión violenta definidos por el sálvese quien pueda entre enmarañados pecados estructurales; donde ser ético y generoso puede costar la vida. Esto pasó en Japón y en alientos distintos de este planeta. Los gobiernos Mappō son particularmente corruptos porque el gobernante sólo sabe servirse y traicionar. Lo que caracteriza a un tránsito humano así es la fe en el propio poder, creer en la disrupción de uno mismo para resolverlo todo, sea por narcisismo, sea porque no parece haber de otra. La vida de un lobo feroz contra los demás lobos devoradores. Mappō es una coevolución carente de oportunidad para el dharma búdico, la meditación del kōan y el zazen. El ingenio japonés e intrarreligioso propuso, por ejemplo, la fe simple en el Buda Amida, la secta de la Tierra Pura. Admitir orgánicamente que no podemos solos, convertir el convencimiento de que el propio poder es fútil: en una confianza ilimitada en la otredad.

Los escritores somos masturbadores de luz en esta Tierra impura. Debemos desposeernos y confiar en las peores y mejores mentes de nuestra generación, pero no desde la resignación o la ingenuidad. Porque nuestro dharma es el testimonio de un ser prácticamente mono, salvo por una variación infinitesimal en el ADN: su maldad y su esperanza que una y otra vez se nos comunica. 

A dios le faltaba el mundo. Pero al mundo violento, como obra divina, no le ha hecho falta dios. Qué bestial declaración para decir si este espacio único nuestro es selva de odios; aquello a lo que nos conduce el acto de escribir no la compensa. Y, no obstante, sin los ojos turbios donde nos reunimos todos los que esperamos en el casi infierno: ¿qué sería trascender y salir? 

Si dios es tan vulnerable que ni siquiera tiene un mundo, nosotros lo somos un poco más y un poco menos por tenerlo; por sangrar cada letra escrita como si la corriente de la Fe en el corazón fuera a estar a punto de vernos en fuegos artificiales, salvas de la muerte que escriben ese nombre nuestro que no conocemos, que no pensaron nuestros padres y con el que nos bautizó el blanco espacio incesante; una hoja en blanco, una tarde, una noche, una mañana blanca en el deseo. 

Esto fue lo último que dijo el Buda a sus discípulos: vayan y encuentren la verdad. El final que quizá no terminó de pensar Puccini:

Me encontró quién sabe qué diabla poesía, a punto de calmarse y arrimada a intentarlo en la orgía de mi memoria. Se ha ido quedando callada mi pasión, para que su silencio sea el refugio de las voces nuevas. Pienso, no obstante, ¿qué sería de esta mudez tranquila si no me hubiera afanado por carnalizar su boca?

La Tierra no meditaría sin algo distinto a la paz, sin el mundo nuevo, el acto de escribir historias irremediables sobre ese fuero de lo eterno. 

Muero y puede ser que la poesía se diga a sí misma. 


Alejandro Massa Varela (1989) es poeta, ensayista y dramaturgo, además de historiador por formación. Entre sus obras se encuentra el libro El Ser Creado o Ejercicios sobre mística y hedonismo (Plaza y Valdés), prologado por el filósofo Mauricio Beuchot; el poemario El Aroma del dardo o Poemas para un shunga de la fantasía (Ediciones Camelot) y las obras de teatro Bastedad o ¿Quién llegó a devorar a Jacob? (2015) y El cuerpo del Sol o Diálogo para enamorar al Infierno (2018). Su poesía ha sido reconocida con varios premios en México, España, Uruguay y Finlandia. Actualmente se desempeña como director de la Asociación de Estudios Revolución y Serenidad.


Canal de YouTube del autor: Asociación de Estudios Revolución y Serenidad


Del mismo autor en Pijama Surf: ¿Qué es poesía?

 

Imagen de portada: Retrato de la periodista Sylvia von Harden (Otto Dix, 1926​; detalle) (Wikimedia Commons)