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Temblor y comunidad: lecciones de solidaridad en medio de una crisis (de 1985 a 2017)

Sociedad

Por: Mateo León - 09/19/2022

La mirada aguda de Carlos Monsiváis atestiguó la solidaridad inesperada que se presentó en la Ciudad de México con motivo del terremoto de 1985, misma que volvió en 2017, evidenciándose así como un rasgo al parecer propio de la sociedad mexicana
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La sociedad mexicana cuenta a la solidaridad entre las cualidades que se atribuye a sí misma. En la historia reciente, este rasgo ha sido comprobado en al menos dos momentos cruciales: los terremotos de 1985 y de 2017, ambos ocurridos por una ominosa coincidencia en el mismo día, un 19 de septiembre.

Del temblor de 1985, las momentos más memorables y aun históricos se dividieron en dos grandes categorías: la tragedia y la solidaridad. Por un lado, imágenes de edificios derrumbados, el caos vehicular, el paisaje urbano de la ciudad de México afectado de súbito y para siempre, los rostros dolientes y desencajados, el sufrimiento inagotable… Y por otro, las brigadas espontáneas de ayuda, los brazos paleando incesantemente entre los escombros, las cadenas humanas, gente de prácticamente todas las edades y estratos sociales sumándose a ayudar.

En una crónica publicada en 1986, el escritor Carlos Monsiváis –sin duda uno de los observadores más agudos de la sociedad mexicana, especialmente a nivel raso– reparó ya entonces en esa dualidad que, a su juicio y el de otros especialistas sociales, marcó un antes y un después para el tejido social, especialmente el de la ciudad de México, pues la solidaridad observada en 1985 dio pie a numerosas organizaciones civiles, movimientos populares y otras formas de organización social inéditas hasta aquella época, especialmente porque la participación política estaba cooptada casi en su totalidad por el PRI y su maquinaria clientelar.

En un par de secciones de El día del derrumbe y las semanas de la comunidad (De noticieros y de crónicas), "Noticiero II. Los voluntarios” y “Crónica II. La devoción por la vida”, Monsiváis retrató de esta manera los hechos que al respecto pasaron por su mirada, con un énfasis especial en el sentido de solidaridad que se encendió en aquellos días:

El reordenamiento citadino se da de modo inesperado. En barrios y en escuelas se forman espontáneamente brigadas de adolescentes y jóvenes, en un insólito encuentro de clases. Chavos-banda y estudiantes de la Universidad Anáhuac, jóvenes de las colonias populares y estudiantes de la UNAM y de la Universidad Iberoamericana, se sumergen en las tareas de ayuda, aprovechan las instalaciones del CREA, improvisan refugios y albergues. Los vecinos acordonan los sitios en ruinas y las amas de casa preparan comida, pero lo más inesperado y llamativo es la intervención de los jóvenes: dirigen el tránsito, toman medidas contra posibles saqueos, van de un lado a otro consiguiendo víveres, se apostan en el aeropuerto esperando la ayuda de afuera, contribuyen a la búsqueda de familiares y amigos. 

El voluntariado juvenil se consigue marros, palos, barretas, palas, “patas de cabra”, zapapicos. Hay demandas de herramientas y los particulares las compran en tlapalerías, las buscan en sus casas, las piden prestadas. Con uñas y dedos se cavan hoyos por donde sólo pasa el cuerpo. Un grito se extiende: “¡Aguanten! ¡Vamos por ustedes!” Aparecen los “topos”, la especie instantánea, que cavan en condiciones de extrema dificultad, extraen a los cuerpos en descomposición arrastrándose durante horas por pasillos improvisados, aprenden a cortar y usar el soplete, desprecian las reclamaciones de burgueses sólo ansiosos de rescatar sus cajas fuertes. Se llega a los lugares desorganizadamente, sin recursos, sin ideas de los métodos de salvamento, y mucho se resuelve sobre la marcha, y mucho no se resuelve jamás. ¿Qué hace falta en este edificio? Cuerdas, cinceles, palas, cubetas, gatos hidráulicos, linternas, martillos de carpintero, desarmadores. Hay que ver en la oscuridad. Consíganse tapabocas en las farmacias, empápense en vinagre paliacates. Una prevención constante: “No prendan cerillos, no fumen”. Se instalan donde se puede puestos de socorro, las enfermeras improvisadas se convierten en psicólogas, miles de médicos se ofrecen como voluntarios. 

El trabajo es incesante, entre órdenes y contraórdenes, gritos de desesperación, solicitaciones (“un voluntario delgadito por aquí”), pleitos con los soldados que vigilan los cordones, llanto y desesperación de familiares que esperan sin moverse días enteros. En algunos sitios hay batallas al extraer los cuerpos por los que se paga recompensa (algunas familias ofrecen medio millón o un millón de pesos por la extracción de un cuerpo). Hay saqueos pero en el conjunto la rapiña es un hecho menor.

(De "Noticiero II. Los voluntarios”)

 

El dolor personal y social, la tristeza ante los muertos y las tragedias, la indignación ante la corrupción de siglos y el saqueo cotidiano, se despliegan en medio de un paisaje insólito, el de la ayuda desinteresada. Desde la mañana del 19 de septiembre, los voluntarios hacen de la solidaridad un arma óptima de creación de nuevos espacios civiles. Un esfuerzo sin precedentes (en un momento dado, más de un millón de personas empeñadas, en distintos niveles, en labores de rescate y organización ciudadana) es acción épica ciertamente, y es un catálogo de demandas presentadas con la mayor dignidad. Urgen ya en las ciudades organizaciones autónomas, democratización, políticas a largo plazo, proyectos de racionalidad administrativa. 

Durante un breve periodo, la sociedad se torna comunidad, y esto, con los escepticismos y decepciones adjuntas, ya es un hecho definitivo. Si, necesariamente, tal vehemencia se disuelve en un periodo breve, las lecciones perduran.

[…]

Provista de un notable sentido del deber, una nueva generación se incorpora a las tareas urbanas. Son estudiantes universitarios y obreros, desempleados y alumnos de los Colegios de Bachilleres, de las preparatorias, de los Colegios de Ciencias y Humanidades, de las Vocacionales, de las escuelas técnicas. Han crecido sometidos al consumismo, a la inhabilitación ciudadana, al reduccionismo de las visiones ideológicas que ven en la juventud un campo del domesticamiento y la banalidad. Se les ofrece de pronto una elección moral y la asumen, una oportunidad de acción organizada y la aprovechan. No se consideran héroes, pero se sienten incorporados al heroísmo de la tribu, del barrio, de la banda, del grupo espontáneamente formado, de la ciudad política y civil. 

Salvar vidas, prestar auxilio, darle a la ayuda la forma de una presencia constante, insomne. El imperativo ético encarna de modos inesperados y vigorosos. En apenas cuatro o cinco horas, se conforma una “sociedad de los escombros” que, angustiada y generosa, no se somete a las dilaciones burocráticas, guiada en su invención fulgurante de técnicas por la obsesión de hurtarle vidas a la catástrofe. Los contingentes desesperados se vuelven un asomo (vigorosísimo) de sociedad civil al descubrirse las potencialidades de las masas (el orden de la ciudad garantizado y más de 1 500 vidas salvadas). Cada persona que se extrae de los túneles y los hoyos es epopeya compartida unánimemente. Nunca en la capital han sucedido fenómenos tan dramáticos ni respuestas tan emocionadas.

Al resistir las órdenes de parálisis contemplativa, al hacer de la “desobediencia civil” el motor de la acción, las decenas de miles de voluntarios algo y mucho expresan a lo largo de días y noches en vela: la solidaridad es también urgencia de participación en los asuntos de todos. 

(De “Crónica II. La devoción por la vida”)

Con las licencias y las salvedades que toda comparación puede conllevar, las observaciones de Monsiváis bien podrían haberse repetido treinta y dos años después, en 2017, en ocasión del temblor que tuvo efectos similares al de 1985 en el centro del país.

En particular, la solidaridad de la que habló Monsiváis en su texto se presentó de nuevo en 2017, diferente aunque de algún modo muy parecida. Diferente porque, después de todo, treinta años no transcurren sin provocar cambios en una sociedad, en sus hábitos y sus ideas, en sus prácticas, sus formas de convivencia, su tejido. Y, con todo, la ayuda se hizo presente, de nuevo una forma de organización acaso menos espontánea que la de 1985, pero precisamente porque se tenía el antecedente de ésta.

Solidaridad durante el temblor de 2017

Si la solidaridad es un rasgo de la sociedad mexicana, acaso estos dos momentos sean una evidencia de ello.


Encuentra en este enlace el libro No sin nosotros. Los días del terremoto, 1985-2005, de Carlos Monsiváis, donde se reúnen las crónicas del escritor a propósito del acontecimiento y sus efectos en la sociedad civil de la Ciudad de México.


También en Pijama Surf: Cómo el temblor del 85 transformó positivamente a la sociedad mexicana (y el del 2017 podría por fin lograrlo) 

Imagen de portada: "Centro Médico, 19 de septiembre", Omar Torres