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Aun cuando parezca una conducta simple, la resistencia de ciertas personas a usar la mascarilla sanitaria, en el marco de la pandemia de covid-19, tiene importantes significados sociales

En el último par de meses, en el marco de la pandemia de covid-19 que recorre el mundo desde finales del año pasado, una de las medidas sanitarias recomendadas para prevenir, frenar y acaso incluso evitar la transmisión de la enfermedad ha sido el uso del cubrebocas (o mascarilla o barbijo, como también se le llama en algunos países de habla hispana). 

Curiosamente, con todo lo banal que pueda parecer, esta práctica ha encendido una polémica viva y hasta un poco encarnizada en ciertos sectores de la población. En países tan disímiles como Estados Unidos, España, Alemania, México, Chile, Argentina y varios más, hay personas que a título personal o reunidas en grupos un tanto espontáneos surgidos al calor de la emergencia que vivimos, se manifiestan en contra del uso del cubrebocas, en ocasiones sólo como una suerte de pataleta infantil, sin mayores razones para negarse a portarlo, y en otras con argumentos pretendidamente científicos tomados de fuentes dudosas (porque, ¿cuántas de esas personas son realmente capaces de leer y entender uno o varios artículos científicos y a partir de esa investigación generar conocimiento por sí mismas?) o repitiendo frases sobre la cuestión leídas o escuchadas aquí y allá (para el lector interesado, este reportaje de la BBC es bastante amplio e ilustrativo sobre este fenómeno). 

Entre personas que piensan de ese modo respecto del cubrebocas, hay quienes lo comparan con un "bozal" (y entonces lo consideran un símbolo de "sometimiento"); otros aseguran que hace a la persona que lo utiliza respirar el dióxido de carbono emanado del proceso natural de respiración; hay quienes han dicho que aceptar usarlo atenta contra su libertad individual; e incluso hay quienes argumentan que su uso va en contra de preceptos cristianos y divinos.

¿Por qué algo tan simple como utilizar un cubrebocas despierta reacciones así de encendidas y, es necesario decirlo, irracionales? ¿Por qué tal resistencia aun cuando su efectividad para evitar los contagios de ciertas enfermedades ha sido demostrada no sólo en esta pandemia, sino a lo largo de varias décadas de uso en hospitales y otros puntos de atención médica?

Desde cierta perspectiva, podría decirse que el problema que muchas de esas personas tienen con el cubrebocas está relacionado con su propia capacidad subjetiva para adscribirse al "contrato social", por llamarlo de alguna manera, esto es, a las normas de convivencia que necesita un grupo humano para que sus individuos puedan coexistir de manera más o menos pacífica, más o menos civilizada y con un grado más o menos aceptable de bien común entre ellas.

Basta echar una ojeada a la historia de la humanidad para darse cuenta de que, en efecto, plegarse al "contrato social" no es ni sencillo ni inmediato para la mayoría de las personas, o al menos no en todas las sociedades, y que formar "ciudadanos" dispuestos a coexistir civilizadamente requiere de un trabajo continuo en donde, por otro lado, no hay convención en el enfoque con el que dicha labor debe emprenderse. Por citar brevemente sólo las dos grandes escuelas de pensamiento que en alguna época se desarrollaron al respecto, podemos recordar a Thomas Hobbes y a Jean-Jacques Rousseau, los dos representantes principales de perspectivas divergentes entre sí, sumamente influyentes en el pensamiento político y social de Occidente y las cuales prevalecieron al menos en espíritu al momento de crear y ejecutar acciones públicas para mantener el orden de una sociedad. 

Grosso modo, Hobbes creía que el ser humano está inclinado naturalmente al egoísmo y, por ende, es capaz de hacer lo que sea necesario para asegurar su propia supervivencia (y, llegado el caso, la de los suyos). En ese sentido, a nivel personal o de grupos afines, ciertas personas no tienen ningún reparo en agredir, robar, matar y otras acciones semejantes, sin importar que se encuentren en un estado de convivencia con otros, con tal de conseguir por esos u otros medios su propia subsistencia. De ahí la necesidad de un Estado –es decir, una entidad por encima de todas las voluntades personales y aun las de grupo– cuyo fin es asegurar la convivencia pacífica entre los miembros de una sociedad y, con ello, construir con sus medidas el bien común. 

Cuando Max Weber dijo que la característica principal del Estado es que detenta el "monopolio legítimo de la violencia" (una definición que, dicho sea de paso, es notablemente elocuente y precisa con tan sólo los tres conceptos que utiliza: monopolio, legitimidad y violencia), su definición es cercana al planteamiento de Hobbes, pues Weber reconoció al Estado como la única entidad capaz de ejercer violencia contra otros con tal de mantener un ambiente aceptable de convivencia humana. Un mundo en donde cualquiera pueda ejercer la violencia contra otros sin consecuencias de ningún tipo es justamente lo que Hobbes vivió (en los años de la Guerra Civil Inglesa, de 1642 a 1688, de realistas contra parlamentarios) y que, con sus argumentos, quiso prevenir y evitar. De ese modo, el Estado es el gran mediador de una sociedad cuyos individuos, tristemente, no saben coexistir pacíficamente por sí solos.

El punto de vista de Rousseau es mucho más optimista. En su idea del "contrato social" (término que, como es sabido, da nombre a una de sus obras más conocidas), arguye que el ser humano es "bueno por naturaleza" y que dicha bondad natural es la que lo lleva a renunciar dócilmente a ciertos aspectos de su persona para, a cambio, coexistir en el seno de una comunidad, en buena medida porque en dicha concesión encuentra ventajas que no tendría en su vida como individuo asilado. 

Como vemos, el planteamiento de Rousseau está apoyado en una cierta presunción de conciencia en el ser humano, ejercida activamente bajo la manera de un juicio: el individuo se conoce a sí mismo, analiza la situación que se le ofrece y decide incorporarse a la sociedad, con las reglas que esta dicta, porque se da cuenta de que esto es lo más conveniente para sí mismo. En ese sentido, una vez que se "acepta" el contrato social, la coexistencia con otros persiste en el mismo ánimo: no como un proceso de tensión continua entre los intereses, inquietudes, renuencias y demás aspectos de la individualidad respecto de las demandas sociales, sino más bien como un proceso terso en donde el individuo termina por plegarse a la vida en sociedad, por una suerte de convencimiento propio.

Como decíamos, la historia nos demuestra que el planteamiento de Hobbes lleva más razón que el de Rousseau. En sus miles de años en la Tierra, el ser humano vive todavía de tal manera que necesita de una figura tutelar que le diga qué hacer, cómo comportarse, qué es lo debido y qué lo indebido, etc. Dicho de otra manera: una figura tutelar que le marque los límites de sus acciones individuales en el marco de la convivencia con los otros.

Porque, esto no lo hemos dicho, lo cierto es que siempre estamos en convivencia con otros. Como lo señaló en varias ocasiones Karl Marx, la fantasía de un Robinson Crusoe saliendo adelante por sí mismo y sin ayuda de nadie es eso: fantasía. El ser humano es un animal político, como lo definió Aristóteles, esto es, un ser de tal naturaleza que necesita de los otros para sobrevivir y para vivir, que siempre se encuentra en comunidad y cuya existencia y desarrollo ocurren igualmente siempre en el seno de un grupo social reglamentado (una polis, una ciudad, en el enfoque de Aristóteles).

Pensemos, como ejemplo incontrovertible de esta cualidad, en al menos dos aspectos constitutivos elementales del ser humano: sus primeros años de vida y el lenguaje. Como es evidente, la cría humana, por razones biológicas y evolutivas, no puede sobrevivir por sí misma incluso hasta los 8-10 años de vida (y acaso incluso más allá de eso), y menos aún en el mundo que la especie humana ha construido para sí misma. En ese largo periodo de cuidado, la cría del ser humano vive de la misma manera que vivirá siempre: rodeada de otros, sirviéndose de otros, pidiendo a los otros aquello que necesita para subsistir, siendo ayudada por otros, aprendiendo de y con otros, etc. Por más que, en efecto, exista una cierta noción de personalidad y diferenciación subjetiva, los otros están siempre ahí, siendo parte de lo que somos.

Por otro lado, el lenguaje, para cuya existencia es imprescindible una colectividad y que, además, es fundamental para el ser humano (de hecho podría decirse que el ser humano se constituye en tanto tal gracias a, y por medio del lenguaje; ese sería el enfoque de Jacques Lacan). El lenguaje que usamos, aunque lo adquirimos y lo usamos "personalmente", no nos pertenece y, de hecho, es el resultado de un proceso complejo de interacción intersubjetiva y social. El lenguaje fluye desde otros hacia otros y circula siempre en el seno de una comunidad.

Entre otras razones, fue por eso que Ludwig Wittgenstein terminó por rechazar la noción de "lenguaje privado": aun cuando una persona pueda inventar una suerte de lenguaje secreto que sólo ella conozca, la manera de construirlo y usarlo, sus reglas, los significantes y significados que lo integren y demás, serán tomados del proceso colectivo de la construcción de un lenguaje, no serán en modo alguno resultado de una invención propia, pues en el fondo un lenguaje no se puede inventar personalmente porque el lenguaje en sí es una entidad resultado de la convivencia con otros. De ahí que el lenguaje privado sea imposible.

Con todo, aun cuando el ser humano necesita vivir en comunidad, la mayor parte, por alguna razón, no reconocen dicha necesidad, menos aún en una época tan individualista como la que vivimos. La constante parece ser todavía, como lo consideró Hobbes, privilegiar el bien personal y relegar a un segundo plano la idea de bien común. Esto podría explicarse quizá porque, en el fondo, no muchas personas entienden a cabalidad la idea de bien común y, en contraste, la idea de "bienestar personal" (o al menos de mera supervivencia) es mucho más inmediata y asequible. 

En efecto: la noción de "bien común" requiere del conocimiento y entendimiento de otros conceptos como convivencia, bienestar, legalidad (y construcción de ley), Estado de derecho, e incluso actitudes concretas como poder postergar o renunciar a una satisfacción inmediata en aras de un bien mayor o aun una cierta idea general del "bien vivir". Una posición frente a la vida que tenga en cuenta estos y otros elementos es, en lo fundamental, una posición consciente, fruto del trabajo sobre uno mismo y de la trascendencia de esa "minoría de edad" (sobre la cual reflexionaron, entre otros, Kant y Hegel) en la que se necesitan figuras tutelares porque la persona es incapaz de hacerse responsable de sí misma y de sus acciones. De alguna manera, la convivencia pacífica con otros sólo se logra cuando la comunidad está integrada por personas conscientes y responsables de sí y que entienden que, por otro lado, dicha responsabilidad no se refiere únicamente hacia uno mismo sino también hacia la comunidad de la cual uno forma parte.

¿Dónde se ubica, entonces, la renuencia a usar algo tan simple y tan banal como un cubrebocas en el marco de la pandemia actual de covid-19? Si, desde un punto de vista social, consideramos que esta es una medida dictada por las autoridades sanitarias para mitigar la transmisión de la enfermedad y, por ende, para evitar una crisis mucho más amplia y preservar así cierta parcela del "bien común" (las instituciones de salud pública, la actividad económica, etc.), entonces quienes se resisten a usar el cubrebocas son personas que no entienden las implicaciones de vivir en sociedad, que en su estrechez de pensamiento sólo son capaces de considerar su estado de satisfacción personal y, finalmente, que reaccionan como "menores de edad" ante el tutelaje del Estado (el cual, con esta misma actitud, demuestran que necesitan). 

Aun con lo trivial que pueda parecer, negarse a usar cubrebocas es evidenciar, como decíamos, que la persona no es una persona responsable de sí misma y alguien que tampoco entiende que sus acciones tienen un grado de responsabilidad respecto de la comunidad de la que forma parte (su vecindario, su municipio, el lugar donde vive o aquel donde trabaja, etcétera).

Este rechazo al uso del cubrebocas también puede mirarse desde otro enfoque, distinto al de las ideas en torno a la convivencia social (y el "contrato" derivado de esta). Dicha perspectiva es la que el sociólogo alemán Norbert Elias llamó "el proceso de la civilización" en su obra homónima, publicada originalmente en 1939.

De manera muy general, el trabajo de Elias puede resumirse como un esfuerzo por comprender cómo ocurrió socialmente la configuración y aceptación de prácticas que hoy consideramos "civilizadas" (tener "modales" en la mesa, repetir ciertos hábitos de higiene, refrenar ciertos impulsos de conducta, etc.). En ese sentido, su obra muestra que la "civilización" no es un fenómeno dado, sino que es resultado de las condiciones de una época; al respecto escribió lo siguiente:

La «civilización», a la que solemos considerar como una posesión, que se nos ofrece ya lista, como se nos aparece en principio, sin que tengamos que preguntarnos cómo hemos llegado hasta ella en realidad, es un proceso, o parte de un proceso en el que nos hallamos inmersos nosotros mismos. Todas aquellas particularidades que atribuimos a la civilización, esto es, máquinas, descubrimientos científicos, formas estatales, etc., etc., son testimonios de una cierta estructura de las relaciones humanas, de la sociedad y de un cierto modo de organizar los comportamientos humanos.

En este sentido, más allá de calificar a las personas renuentes a usar cubrebocas como proclives o no a contribuir a una mejor convivencia social, desde el enfoque de Elias es posible enmarcar dicha oposición en el tipo de resistencia que, en todas las épocas, ha tenido el proceso de civilización. 

Sea porque se trata de prácticas "impuestas", porque no hay un trabajo de "convencimiento" general o por el hecho simple de que todo cambio de conducta difícilmente es inmediato o sencillo en el ser humano, el modo de vida civilizado del ser humano puede llegar a generar cierta resistencia para asentarse y, por supuesto, no todas las personas lo aceptan de buen grado ni de un momento a otro.

Al respecto cabe recordar, ya para finalizar, que en una carta fechada en 1499, Erasmo describió una ciudad de Londres en donde todo el mundo se saludaba de beso, se abrazaba y en los pubs de la época chocaba los tarros y hablaba sin cuidado de salpicar con su saliva a otros. En suma, Erasmo tuvo contacto con una sociedad que tenía pocas o nulas reservas respecto de la cercanía física. 

Quien conozca Londres o alguna otra ciudad europea contemporánea, sabrá que dicha proximidad hace tiempo que se mira con recelo y hasta un tanto ofensiva. En el espacio público –calles, transporte en común, plazas y jardines, bares y restaurantes, etc.–, la norma es más bien mantenerse cada cual en su propio espacio. Incluso, en la vida diaria, las personas creen en la noción de un cierto "espacio personal" que no debe ser traspasado por nadie a menos que la propia persona así lo permita. ¿Y qué decir de la casi ausencia de besos y abrazos en el trato cotidiano? Esos gestos suelen estar reservados para aquellos verdaderamente íntimos (la familia nuclear, amigos cercanos, etc.). En este campo, el contraste con las culturas de países africanos o de América Latina es diametral.

La diferencia es que Europa vivió, en varios momentos de su historia, epidemias de peste, y la única manera de contenerlas fue aislando a las personas y limitando su tránsito en el espacio público. Ello afectó de tal manera sus prácticas sociales, que con el tiempo varias de estas viraron hacia un trato menos corporal y de mayor lejanía física. La civilización, como señala Elias, no es un proceso dado de una vez y para siempre, sino que se encuentra en transformación constante.

Quién sabe: a lo mejor, como efecto de esta pandemia, con el paso de los años portar cubrebocas será tan normal y cotidiano como usar tenedor y cuchillo al comer, y, en todo caso, quienes no lo lleven consigo en la calle y en otros lugares públicos serán vistos con desconfianza y hasta con cierto desdén por considerarse socialmente que esas personas se encuentran fuera de lo civilizado.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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Imagen de portada: Getty Images