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El ajedrez no sólo requiere de inteligencia y agilidad mental, sino de ciertas virtudes del carácter

Los trucos que descubrí, te los voy a decir ahora. Aunque una mente sea muy sagaz, si no cuenta con ciertas virtudes de carácter, no conseguirá alcanzar el nivel que le corresponde en el ajedrez. Si una mente genial, brillante, imaginativa, inventiva y calculadora como una máquina, pertenece a una persona de temperamento emocional impulsivo, atolondrado e impaciente, estas faltas de entereza le costarán la cabeza del rey en el juego de ajedrez. Basta que la persona intemperante vea una buena jugada para aventurarse sin mayor reflexión a jugarla y, si se deja arrastrar por la pereza y por las ansias que le genera el primer atisbo de victoria, no analizará el tablero como debe. La pereza le hará jugar según la primera percepción, sin meditar segundas y terceras posibilidades y sin analizar todas las piezas del tablero. Si planea su estrategia, además, tal vez se adelante con su mente hasta una, dos o tres jugadas, porque la impaciencia e intemperancia le vencen, en lugar de adelantarse cuatro, cinco o seis jugadas, y adelantarse a las posibles respuestas y amenazas ante cada jugada y, a su vez, a los posibles contraataques a esos ataques, como debería ser. No hará nada de eso, porque aunque su mente sea aguda, su corazón agitado tomará la batuta de sus jugadas en conjunción con su mente, restándole alcance a ésta. Entonces es preciso decirse: “Voy a guardar paciencia y no voy a mover una pieza, por mucho ímpetu que sienta, aunque las ansias me espoleen, hasta no analizar con calma, detenidamente y sin apuros, si no hay una jugada mejor o si esa jugada buena no tiene algún peligro oculto que no he previsto”. Si toma esta resolución, le costará los primeros minutos, pero al poco tiempo su mente se sumergirá en el juego de forma completamente natural. Si controla su temperamento, será capaz de adelantarse varias jugadas con varias piezas diversas en su mente y preverá las diversas reacciones ante cada una de esas jugadas y los contraataques que podría tomar al respecto.

Asimismo, la falta de templanza hace que el jugador se turbe con las movidas ajenas y que sea la emoción (positiva o negativa) la que impulse sus jugadas. Entonces éstas son reactivas de una emoción de triunfo o de pérdida y, por ende, responden a un estado de turbación que ofusca la claridad de la mente y no a uno de concentración serena y nítida. El ajedrez no es sólo un juego de inteligencia intelectual, es ante todo un juego contemplativo que implica la serenidad de la mente. La emoción y el estado de ánimo, me refiero al autodominio de los impulsos y pasiones, así como la capacidad de no dispersarse, y no sólo la habilidad estratégica, juegan un rol enorme en el desempeño de la partida. También ocurre que cuando un jugador está por ganar la batalla de ajedrez (digo “batalla” porque se trata de un enfrentamiento completamente militar, que refuerza virtudes marciales de carácter), se confía y se duerme sobre sus laureles, y es entonces cuando se vuelve más laxo y empieza a cometer pequeños errores que tal vez no sean visibles a primera mirada, pero que para el ojo atento son evidentes. Estos errores, si el contrincante saca provecho de ellos, pueden conllevar un cambio de 180 grados en la partida. El anuncio del triunfo próximo hace que la atención se relaje y que, a menudo, partidas que están prontas a ser ganadas se volteen y fracasen, llegando a la pérdida definitiva por esa causa. Se debe comprender que aunque se le lleve mucha ventaja a la otra persona, hay que proceder como si se estuviese en el mismo nivel, sin perder ni un ápice de atención, descuidarse o bajar la guardia. Y lo que ocurre con el espejismo de victoria, también acontece con el de derrota. Muchas personas se rinden cuando se les come la reina o quedan con pocas piezas en el tablero, o empiezan a jugar peor al ver que van perdiendo, pues se dejan arrastrar por la impaciencia y la desesperación. Estas personas tienen pocas esperanzas de ganar y el miedo subrepticio que entra con cada ataque y comida de piezas, hace que se atolondren y actúen por impulso, a la defensiva en sus jugadas, de modo que pierden la percepción clara. Hay que saber que tanto si alguien está ganando como si está perdiendo, se puede sacar ventaja de ello. Si está ganando, lo más posible es que su atención inicial de cuando el juego estaba reñido haya disminuido y que se pueda aprovechar algún error clave para voltear la partida, en lugar de actuar reactivamente y jugar mal por temor a la derrota. El caso inverso es igual: si es la otra persona la que está perdiendo, se debe guardar la misma concentración que si estuviesen a la par, para que no ocurra que por bajar la guardia se voltee la partida en su favor.

El punto clave del ajedrez es la templanza, la paciencia y la calma durante la concentración. Quién no tiene cierto nivel de autocontrol tendrá una desventaja considerable. Es la mente serena que analiza todo sin titubear, sin enturbiarse, sin trastabillar, la mente firme e impasible que no pierde su punto de enfoque, la que facilita, además de la inteligencia racional y creativa, el triunfo. Otro elemento clave del ajedrez es planear estrategias de jaque mate y de comida de piezas importantes y pequeñas no sólo desde el propio tablero hacia el tablero oponente, sino también desde el tablero oponente hacia el propio. No sólo se trataba de prever las propias jugadas, sino las jugadas del oponente, colocándose en sus zapatos y observando su tablero como se lo vería desde su lado si se jugase con sus piezas: así, se planean estrategias de jaque mate y comida de piezas al propio tablero desde el tablero del oponente. Esto permite tener bajo la mira y previstas las posibles jugadas del contrincante para adelantar las propias defensas.

 

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