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"Cuando el discípulo está listo, el maestro aparece, porque la disposición está dentro de nosotros y la maestría está dentro de nosotros"

Cuando el discípulo está listo, el maestro aparece, porque la disposición está dentro de nosotros y la maestría está dentro de nosotros... 

Esta noción es común al zen, donde se dice simplemente que "cuando el alumno está listo, el maestro llega", una orgánica sincronicidad del proceso espiritual. Y en realidad es común a la mayoría de las tradiciones esotéricas, entre ellas la alquimia, donde pulula el hermoso mito de Elías El Artista, el alquimista inmemorial, patrón del arte hermético, quien legendariamente obtuvo la piedra filosofal y con ella la inmortalidad -ligado al profeta Elías, de quien se dice que fue llevado a Dios sin tener que morir, a diferencia de lo ocurrido con Moisés-. Este legendario alquimista visitaba a los adeptos que habían alcanzado la madurez de su arte, los cuales tenían la integridad moral para recibir el regalo de la medicina universal o el polvo de la proyección. Si bien esta historia puede ser simbólica -ya que Elías puede ser el adepto interno universal que existe dentro de todos los seres, de la misma manera que se dice que todos los metales contienen la semilla del oro-, de cualquier manera ilustra el punto que expresa a continuación Manly P. Hall en su texto The Alchemist's Primer: Fundamentals of Esoteric Transformation:

Cuando el discípulo está listo, el maestro aparece, porque la disposición está dentro de nosotros y la maestría está dentro de nosotros. Cuando hemos llegado a un punto en el que merecemos el siguiente nivel, siempre se nos transmite, usualmente por un símbolo arquetípico, o a veces a través de un nuevo punto de vista. Hemos leído un texto sagrado miles de veces, hemos examinado una obra erudita cien veces, pero de repente, al repasar este texto por la mil y una vez, el significado se ilumina en nosotros, y esta iluminación del significado es lo que Jakob Böhme llamó "la Aurora", el amanecer del significado es la recompensa que recibe el individuo al haber llevado el experimento justo al nivel inferior de lo que representa ese amanecer. Cuando llega al nivel en el que el amanecer debe ser el siguiente, entonces llega; y esta es la corona del adepto en la alquimia. Entonces posee el secreto y por extensión puede utilizar el secreto de la manera que le parezca apropiado; pero antes de haberlo logrado ha descubierto la integridad, y por ello sería incapaz de desperdiciar, corromper o comprometer la sabiduría que ha recibido.

Así tenemos el doble entendimiento de por qué los maestros siempre llegan a la hora exacta. No sólo porque de otra forma no podríamos comprender las enseñanzas; también porque la sabiduría verdadera es responsabilidad, bondad y compromiso con una vida superior. No es sólo que el sabio no actúa de tal forma que abuse de su poder, sino que el sabio es incapaz de actuar de manera incorrecta -en esto consiste su sabiduría y su superioridad-.

Sabiendo que el maestro aparece cuando el discípulo está listo, quien busca ir por un camino espiritual podrá seguir adelante con su vida, haciendo lo que le compete, sin preocuparse. No porque él mismo pueda mostrarse la vía e iluminarla por su propia cuenta, como sostiene el new age, reduciendo el auténtico misticismo a lo meramente terapéutico. Sino porque al dedicarse a lo suyo, al mantener la fe y al desarrollar su propia conciencia, estará haciéndose digno de las enseñanzas; estará, como si fuere, llamando al maestro, limpiando el pizarrón para que pueda escribir algo nuevo allí. La frase inicial dice que la maestría está dentro de nosotros, pero esto no significa que no necesitemos de un maestro. Significa que hay una profunda unidad, que el maestro y el alumno no están separados.