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La condena del pionerismo: la ausencia de Pola Weiss en el Museo Jumex

Arte

Por: Alejandra Arrieta - 04/08/2019

Reseña de la exposición 'Realidad programada: la vida y el arte en la televisión', en relación con la obra de Pola Weiss

Contemporáneo es aquel que mantiene la mirada fija en su tiempo, para percibir, no sus luces, sino su oscuridad.

Giorgio Agamben

Desde el 15 de noviembre del año pasado y hasta este 24 de marzo, se presentó en el Museo Jumex la exposición Realidad programada: la vida y el arte en la televisión. Ésta incluía obras de Nam June Paik, Phil Collins, Francis Alÿs, Carlos Amorales, Yoshua Okón, y muchos otros artistas mexicanos e internacionales; todos del mismo corte: conocidos, celebrados, consolidados.

Valiéndose de una gran cantidad de material de Fundación Televisa, el eje curatorial del británico Kit Hammonds fue la televisión como medio y sujeto de abstracción en la práctica artística. Un tema que, si bien no es nada nuevo, no deja de tener gran relevancia para el sentir contemporáneo. Al final, fue la televisión, mucho antes que el celular, la primera pantalla que dejamos entrar a la intimidad de nuestras vidas; ya sea pequeña y prendida eternamente en la cocina de una casa humilde, o gigante y postrada en la pared frente a la cama de algún hombre adinerado.

Tomando en cuenta el contexto de la exhibición, un país donde la televisión, las telenovelas, los reality shows y Televisa misma, han sido formadores de generaciones enteras de consumidores, ciertamente existía el potencial de abordar el tema de una manera interesante. Mucho se habló en los canales digitales de Televisa y asociados de la forma en que la exposición instaba a la reflexión de la pantalla como aquello que ejerce un dominio sobre el espectador, afectando la forma en la que el individuo se entiende y se representa a sí mismo. Una mirada determinada hacia el carácter ideológico de lo que sucede con la manipulación a través del medio televisivo.

Pero nada de la manera en que la televisión politiza el cuerpo, nada de las sensaciones, o de la potencial subversión del medio para generar empatía y conexiones afectivas con el espectador. Nada de las enseñanzas de Pola Weiss; la primera persona en México en experimentar con la televisión como un arte –o más bien–, la primera en entender este concepto de la televisión como medio y sujeto de abstracción en la práctica artística.

Antes de los bien legitimados Carlos Amorales, Yoshua Okón y Ximena Cuevas, estuvo Pola Weiss. Una estudiante de la UNAM –la primera en graduarse con una tesis en video– que, en el México de los 70, intuía el valor de la televisión a través de su trabajo como productora, y decidió explorar el mundo para ver qué se estaba haciendo con la televisión fuera de México. Siguiendo esta intuición, llega a Nueva York, conoce a Nam June Paik y a Shigeko Kubota, e inicia una amistad con la pareja que le cambiaría la vida, impulsándola a dedicarse al arte contemporáneo. Pero Pola nunca se definió a ella misma como videoartista, sino como “teleasta”: era el medio lo que le concernía, así como sus potencialidades artísticas inexploradas.

Weiss expone en el Georges Pompidou de París, en Holanda, Italia, Canadá, Yugoslavia, Estados Unidos y Argentina. Y aunque siempre vive en México y nunca deja de estar activa –desde su primera presentación en 1977 en el Museo Carrillo Gil, hasta su suicidio en 1990–, la mala memoria de este país y la falta de preocupación por su conservación la siguen condenando al olvido. (Ni siquiera porque en algún momento tuvo un programa en Televisa, llamado Videocosmos, donde presentaba trabajos de otros artistas de video).

Si de acuerdo con el filósofo italiano Giorgio Agamben, lo contemporáneo es aquella relación singular en la que se presenta una adhesión y una disyunción simultánea a nuestro propio tiempo, a través de la cual se puede dilucidar tanto su luz como su oscuridad, sin duda Pola Weiss lo fue al ver algo que nadie más vio en su momento, a pesar de –y precisamente por– lo umbrío del México de los 70.

¿Qué significa que haya sido una mujer la pionera en nuestro país en no sólo reconocer el valor artístico de la televisión sino dedicar su vida a ello y que, a casi 30 años de su muerte, seamos incapaces de reconocer su gran aportación?

¿Qué significa que en un momento donde dedicamos exposiciones enteras, en museos prestigiosos, con curadores extranjeros a un tema al que nadie prestó importancia de esta manera antes que ella, la pionera siga sin tener un lugar, un espacio, una modesta mención?

Esta ausencia no es de carácter menor. Pola Weiss sigue pagando las consecuencias de su pionerismo, al haberse adelantado a la obsesión de la imagen propia, al narcisismo de la pantalla, y a la conexión entre cuerpo y cámara, sin que nadie se lo reconozca. ¿Será ingenuo pensar que se trata de mera ignorancia? ¿O a quién incomodaría su presencia?

Visible o no en las líneas del tiempo de libros y museos, la aportación de Pola inequívocamente divide el tiempo; lo fragmenta y lo cristaliza, lo interpola y lo transforma poniéndolo en relación con todos los otros tiempos. A partir de Pola Weiss, entender la televisión como un arte en México es contemporáneo sólo en la medida en la que esto nos transporta a su Flor cósmica (1977), a aquel momento histórico en el que, en más de una manera, la bruja eléctrica hizo luz de la oscuridad.

 

Twitter de la autora: @aleluuu