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El estoicismo como remedio para el presente y sus vanidades

Filosofía

Por: Pijamasurf - 03/25/2019

Los egos frágiles y la vanidad desmedida bien podrían remediarse con un regreso consiente a los principios estoicos, y aquí está un breve recuento de ellos

El estoicismo nació en una época de incertidumbre política en Grecia, y hasta nuestros días, esa filosofía griega sigue ocupando una parte importante de nuestra vida intelectual. El caos del mundo actual se parece al de la época de los estoicos: el imperio macedonio colapsando después de la muerte de Alejandro Magno; la incertidumbre y sensación de no controlar el futuro son sentimientos que resuenan en nuestra realidad. Del mismo modo que en ese episodio de la antigüedad, nuestro futuro transcurre incierto, ante la expectativa de las catástrofes ambientales y las crisis económicas. Así que no es descabellado pensar en retomar una filosofía que lidia particularmente bien con las crisis. 

El estoicismo antiguo parece resurgir en nuestros días. Los egos frágiles y la vanidad desmedida bien podrían remediarse con un regreso consiente a los principios estoicos; ese modus operandi que dicta que si bien hay que actuar siempre hasta el límite de lo posible, hay situaciones ante las cuales somos impotentes. La misma filosofía que inspiró a Marco Aurelio podría relajar un tanto el estrés cotidiano. 

Aunque, en esa búsqueda de inspiración en la antigua Grecia existe el riesgo de confundir el estoicismo con la voluntad desmedida, tan presente en las sesiones de coaching y todos aquellos procesos que han vuelto el arte de ayudar a las personas a cumplir sus “metas” un negocio muy rentable. Los estoicos consideraban la poesía como un medio legítimo de conocimiento, pues la lírica fluye sin objetivos ni metas claras. Una verdadera fuente de libertad interior y de actitudes abiertas, alejadas de la constante búsqueda por alcanzar el final prometido de las “metas”. 

Ludwig Wittgenstein, estoico moderno, decía que “nada podía ocurrirle”, una manera de explicar que pasara lo que pasara sabría aprovechar la experiencia. Mientras la sociedad moderna se obsesiona cada vez más con los miedos a la pérdida (de la juventud, la seguridad…), la actitud estoica –incluso en exponentes modernos como Wittgenstein– conserva intacta la premisa de no aferrarse demasiado a las cosas. En especial, cuando la mayor parte de acontecimientos de nuestras vidas escapan a nuestro control. 

Los estoicos reflexionaron sobre el destino, la naturaleza y el espíritu; fueron moralistas y contemplativos, defendieron una vida de virtuosismo alejada de las pasiones demasiado apremiantes. Nada de lo anterior suena compatible con nuestra sociedad tan adscrita a los apegos. Y aunque toda la evidencia pareciera indicar que el estoicismo no es compatible con el presente, no estaría mal poner en práctica algunos de sus principios. Disminuir la intensidad de nuestras emociones, por ejemplo, lo que no equivale a descartarlas, sino a reflexionar sobre su procedencia y reconducirlas por nuestro propio bien. También a seguir la consigna de vivir más acordes a la naturaleza. Y, por último –y probablemente uno de los imperativos más maravillosos de los estoicos–, a aceptar nuestro propio destino con toda la serie de acontecimientos que vendrán y que son imposibles de cambiar.  

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De la división tripartita del alma de Platón se desprenden también 3 tipos de hombres que podemos encontrar aún de manera dominante en las ciudades modernas

En La república, el texto que según el traductor y politólogo Allan Bloom marca un momento decisivo en la historia de nuestra civilización, Platón hace una división tripartita del alma y de la ciudad (que es un reflejo macrocósmico del alma). Famosamente, Platón divide el alma en tres principios organizados jerárquicamente: la parte intelectual o racional (nous), la parte irascible o espiritosa (thumos) y la  concupiscible o apetitiva (epithumia). El intelecto debe controlar los otros dos aspectos (que en el Fedro compara con dos caballos, thumos y eros, controlados por el logos) para que se alcance la justicia y el individuo se ordene en relación al bien. Cada aspecto tiene su virtud controladora: la sabiduría o prudencia (sophia o phronesis) son propias del alma racional, la fortaleza o la valentía (andreia) dominan el alma irascible y la templanza o moderación (sophrosiné) la parte concupiscible. Cuando estos tres aspectos funcionan correctamente, cada uno guardando su lugar, eso es la justicia, la cuarta virtud, la cual también puede pensarse como la armonía de las tres. Y esto puede extrapolarse a una ciudad.

Platón, en consonancia con esto, plantea que existen tres tipos de hombres, aquellos que aman la sabiduría, aquellos que aman la victoria y aquellos que aman el lucro. Estos tres corresponden a los filósofos, los guardianes de la ciudad y los comerciantes o hacedores de dinero, respectivamente. Sócrates explica que al hacedor de dinero no le interesa el placer de recibir honores, y menos aún el conocimiento por sí mismo. Este individuo se rige por el aspecto concupiscible del alma. Al guardián o guerrero le parece vulgar regirse utilitariamente por las ganancias económicas y tampoco le interesa el conocimiento en sí mismo, le interesa ser alabado y honrado por los demás. Este tipo de individuos se rigen por el alma irascible, el thumos (también transliterado thymos) que a veces ha sido traducido como "espíritu", en tanto que se relaciona con el aliento, y también como "corazón" en un sentido figurado, ya que se relaciona con la sangre y el coraje. Es esta la emoción que regía a la Grecia homérica, donde se priorizaban los valores heroicos. Los filósofos son los que se rigen por el intelecto (que no significa meramente lo racional en el sentido más moderno, sino también lo intuitivo) y aman la sabiduría por sí misma, sin buscar un provecho ulterior. Son éstos a los que Platón famosamente llama a gobernar la ciudad, pues hasta que no haya un rey-filósofo habrá una sucesión de modelos de gobierno (aristocracia, timocracia, oligarquía, democracia, tiranía, que emulan también estados de equilibrio y desequilibrio del alma) que tienden a una cierta injusticia y a una constante sucesión calamitosa. Sin embargo, pese a lo que suele creerse popularmente, el punto que hace Platón en este diálogo no es que el filósofo debe gobernar la ciudad, sino más bien que la vida filosófica es superior a la vida política, e incluso que la ciudad ideal que imaginan Sócrates y Glaucón (el hermano de Platón) no es una ciudad que pueda realmente materializarse. Como nota Allan Bloom en su ensayo interpretativo, La república es la verdadera apología de Sócrates, el filósofo condenado a muerte por corromper a los jóvenes de la polis y ensalzar la vida filosófica que necesariamente se opone a la vida política. El filósofo debe ser obligado a gobernar por la ciudad -porque no le interesa el poder-, pero la vida filosófica requiere de una dedicación a la búsqueda del conocimiento en sí mismo y a una contemplación de lo eterno, que además no tiene un punto final, por lo cual la vida política interrumpe e incluso niega la vida filosófica. De alguna manera, el primer libro de teoría política es un libro antipolítico. Como dice Bloom, Platón muestra "lo que un régimen debería ser para ser justo y por qué ese régimen es imposible... Sócrates construye su utopía para señalar los peligros de lo que llamaríamos utopianismo; como tal, es la más grande crítica de un idealismo político jamás escrita".

De cualquier manera, el punto que queremos hacer aquí es que esta división de los tres tipos de personas, sin querer hacerla un dogma definitivo, sigue siendo vigente en nuestra sociedad, la cual parece ser dominada por aquellos que se basan en el aspecto apetitivo -lo que refleja un hedonismo- y que no tienen muchos mayores valores que intentar hacer dinero para poder saciar sus deseos. Y donde también abundan aquellos dominados por el aspecto concupiscente, sobre todo en el sentido de que buscan recibir honores y vanagloriarse de los mismos -lo que refleja un cierto narcisismo, tan abundante en las redes sociales-. Ya en la época de Platón, el poder político de Atenas discutía deshacerse de los filósofos, que eran seriamente criticados por no producir nada de valor, por dedicarse a contemplar insectos o, como si fuere, a contemplar su propio ombligo (véase Las nubes de Aristófanes). Hoy en día "los amantes del conocimiento", es decir, aquellos para quienes el saber es una actividad erótica, no instrumental, son cada vez más raros y son marginados, ya no con la cicuta o el exilio, sino con la indiferencia.