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7 principios morales que rigen a todo grupo humano y aseguran la cooperación

Filosofía

Por: pijamasurf - 03/18/2019

La moralidad es, por encima de todo, un recurso que favorece la convivencia

La moral suele ser un motivo de división radical en las opiniones y la visión del mundo de las personas. Para algunos, los principios morales son en cierto grado incuestionables, tanto como la obediencia que se les debe profesar. A otros, en cambio, la moral les parece una suma de principios que contienen y censuran la espontaneidad propia del ser humano, conduciéndolo a formas de actuar poco favorables para su desarrollo personal.

Una y otra postura son de cierta manera sólo discursivas, pues nadie acata estricta y absolutamente todas las reglas morales que existen en una sociedad y, por otro lado, tampoco es posible vivir entregados por completo al llamado de nuestros impulsos y apetitos, sin tomar en cuenta el medio social del cual formamos parte. Lo más común es más bien oscilar entre uno y otro extremo: hay principios morales que obedecemos, consciente o inconscientemente, y otros que en el marco de nuestra subjetividad hemos sido capaces de cuestionar e incluso desechar.

En este sentido, es posible tomar la moral con menor radicalismo y, en cambio, entender que se trata de un recurso generado por la comunidad humana con el fin de facilitar la convivencia. Cuando todos estamos más o menos de acuerdo en ciertos principios básicos que regulan nuestros intercambios en sociedad, es más fácil llevarlos a cabo, o al menos todos partimos de una base común sobre la cual pueden construirse relaciones de mayor profundidad.

Hace poco, Oliver Scott Curry, antropólogo de la Universidad de Oxford, dio a conocer los resultados de una investigación personal que condujo a propósito de las similitudes de las reglas morales en distintas comunidades humanas. Aunque desde el sentido común podemos tener la idea de que el comportamiento humano siempre ha sido igual, o que nociones como “lo bueno” o “lo malo”, lo aceptable o lo intolerable, entre otras afines, se mantienen inalteradas desde tiempos remotos, lo cierto es que todo lo que concierne a lo humano es histórico, es decir, resultado de condiciones específicas de una época y, por lo mismo, se encuentra en cambio constante. Al respecto, Scott Curry comenzó su investigación luego de dirigir una clase en donde los estudiantes participantes no podían llegar a un acuerdo sobre si la moral es algo innato o adquirido.

Luego de 7 años de estudio sobre el tema, el antropólogo pudo establecer siete principios morales que son comunes en 60 sociedades distintas, de acuerdo a observaciones recabadas de 600 fuentes diferentes. Dichos principios son:

- Ayudar a la familia

- Ayudar al grupo al que se pertenece

- Devolver un favor

- Ser valiente

- Obedecer a los superiores

- Dividir los recursos con justicia

- Respetar la propiedad de otros

En parte, esta síntesis de principios comunes a distintos grupos sociales sirve para entender que su constancia puede generar la falsa impresión de que se trata de reglas que han existido desde siempre, por decirlo de alguna manera. Sin embargo, no es así, y su persistencia en el tiempo y en la diferencia de circunstancias obedece más bien a otra razón.

De acuerdo con Scott Curry (cuyo estudio fue publicado en el número más reciente de la revista especializada Current Anthropology), la razón que explica este fenómeno es, más bien, que a través de esos siete principios el ser humano encontró una base sólida para asegurar la cooperación entre individuos. 

Como es sabido, la cooperación es una de las características más propias de los primates avanzados y, en el caso de la especie humana, es sin duda una de nuestras fortalezas. No obstante, con el advenimiento del lenguaje y de la inteligencia superior surgió la contradicción entre el interés del individuo y el interés colectivo, que no siempre coinciden; la moral es una de las formas más efectivas de hacer prevalecer el interés colectivo, pues como vemos por los principios expuestos por Scott Curry, en todos ellos la acción individual se ejerce para generar un beneficio para la convivencia.

Aunque de manera esquemática, esta investigación nos ayuda a reflexionar sobre el carácter histórico de la moral y, sobre todo, sobre su utilidad. Si bien en ciertos momentos de la historia la moral ha sido llevada al extremo de reprimir violentamente la subjetividad, no cabe duda de que también es posible reconocer su función como elemento que aviva el sentido de comunidad.

 

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Filosofía

Por: pijamasurf - 03/18/2019

Una actitud que los filósofos han distinguido como un modo sublime de sortear las vicisitudes de la existencia

Es obvio que el ser humano no controla su destino. Puede aspirar a ser mejor, puede modificar sus hábitos, puede crecer y aprender y su vida será en cierta medida más digna y más pacífica. Pero no puede vencer a la muerte, no puede imponerse a las contingencias del tiempo y de la naturaleza o, si acaso, de los dioses. Su rango de acción e influencia es mínimo en un sentido cósmico.

Ante esta situación existencial, sin embargo, tiene la libertad de responder con la actitud que juzgue mejor. Puede aceptar o resistirse a lo que sucede. La filosofía estoica, que goza de una suerte de renacimiento en nuestra época, tiene como uno de sus preceptos básicos justamente la aceptación de todo lo que sucede. No se trata de una amarga resignación patética e impotente, sino de recibir con los brazos abiertos aquello que Dios o el universo nos presenta, con una ecuanimidad que no debe confundirse con mera impasibilidad, sino que por momentos incluso puede llegar a ser una serena celebración del misterio y el destino. Esta aceptación, por otro lado, no significa que la persona se retira del mundo en un quietismo impávido, pues como vemos en el caso de Séneca o del emperador Marco Aurelio, los estoicos fueron en cierta forma hombres de acción. Significa más bien que se actúa cuando se debe actuar, con conciencia de las limitaciones individuales, pero uno no se resiste ni se rebela contra los resultados de los actos. Los toma como sagrados, como manifestaciones de un orden universal superior a la propia voluntad. Escribe Séneca en Cuestiones naturales:

¿Cuál es la mejor consolación para el infortunio y la tristeza? [...] Es que el hombre acepte todo como si lo hubiera deseado y lo hubiera pedido; puesto que lo habrías deseado, si hubieras sabido que todo pasa por voluntad de Dios, en su voluntad y por su voluntad.

Y en una de sus cartas a Lucilo: "Padre y Señor de los cielos, estoy listo para todo lo que es tu voluntad; dame la voluntad para querer en concordancia con tu voluntad".

Esta idea, aunque tiene un sabor altamente estoico, se encuentra en numerosas tradiciones religiosas. El místico alemán cristiano Meister Eckhart incluso comenta estas citas del "filósofo pagano" dentro de la visión eminentemente cristiana de la autonegación. Y por supuesto esto es a lo que se refiere el Padre Nuestro: "Hágase Señor tu voluntad en la tierra como en el cielo". Esta idea la podemos encontrar también, obviamente, en el islam y en el bhakti hindú. Pero curiosamente aparece, en su versión atea, en Nietzsche. Escribe Nietzsche, en la sección 10 de Ecce homo:

Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario― sino amarlo.

Nietzsche da una "fórmula" para la felicidad o para la realización del ser humano muy similar a la de Séneca y en alguna medida a la del cristianismo (algo que es curioso, pues Nietzsche es quizá el más grande crítico que ha tenido esta religión). Claro que Nietzsche no considera que los sucesos que se presentan tengan un origen divino o manifiesten una voluntad divina; su actitud es más bien trágica. Sin embargo, su "voluntad de poder", en los momentos extáticos y desmedidos de algunos de sus pasajes, parece cobrar una suerte de aura divina, pues aunque Nietzsche dice que no tiene sentido o propósito, y ciertamente no se trata de algo trascendente, sigue siendo una voluntad cósmica, "un monstruo de energía sin principio ni final", que permea todo. Una fuerza universal con la cual debemos bailar una danza circular, una pista que se repite por la eternidad. El caos como divinidad y la aceptación de su majestuosa brutalidad como el culto apropiado.

 

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