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Se difunde que la teoría de la relatividad de Einstein fue inspirada por David Hume (y Hume por el budismo)

Ciencia

Por: pijamasurf - 02/21/2019

En una carta de 1915, Einstein reconoce que la filosofía de Hume fue fundamental para que formulara la teoría de la relatividad. De manera fascinante, Hume podría haber sido influido por el budismo en el desarrollo de algunas de sus ideas centrales

Numerosos medios han difundido esta semana -como si fuera algo nuevo- la importante influencia que tuvo en Einstein la lectura del filósofo escocés del siglo XVIII David Hume, particularmente su libro A Treatise of Human Nature, del cual recibió la inspiración para formular su teoría general de la relatividad. Einstein le comentó esto a Moritz Schlick en 1915, y según medios como The Telegraph o Daily Mail dicha información es una novedad, pues la Universidad de Edimburgo acaba de "descubrir" una carta en donde se habla al respecto.

Ahora bien, la influencia de Hume en Einstein ya era conocida, como puede constatarse por diversos trabajos académicos que tratan sobre la influencia de Hume y Ernst Mach en la concepción de la teoría de la relatividad. En realidad, esta carta sólo reemergió a la luz pública.

A grandes rasgos, lo que la filosofía de Hume le permitió a Einstein fue liberarse "del axioma del carácter absoluto del tiempo, o de la simultaneidad", y de aquí a la noción de que el tiempo y el espacio son relativos. La filosofía de Hume es especialmente reconocida por tratar al tiempo y al espacio como conceptos que dependen enteramente de nuestras sensaciones o impresiones, y por lo tanto no alcanzan una verdad metafísica como representaciones de la realidad (su influencia en Kant, quien luego desarrollaría más estas ideas, sería enorme). Hume famosamente llegó a sugerir que la noción del alma -o el yo- es sólo un concepto que emerge de la (ilusoria) concatenación de impresiones sensibles en la memoria. Para hacer esta historia más fascinante aún, es posible que esta idea le haya llegado a Hume del budismo.

El notable trabajo académico de Alison Gopnik ha demostrado que es altamente probable que Hume haya sido influido por ideas budistas, algo que parecería sumamente improbable en 1735, cuando Hume estaba escribiendo su influyente tratado. Pero, de manera sorprendente, sabemos que Hume pasó 2 años en La Flèche, lugar donde también estaba ubicado un colegio jesuita. Notablemente, ese sitio fue visitado años antes por Ippolito Desideri, un monje misionero que viajó al Tíbet en 1716  y vivió 5 años en monasterios budistas. De esta experiencia produjo el primer libro escrito por un europeo sobre el budismo, y algunas personas sugieren que su texto podría haber sido el de mayor autoridad en el tema durante unos 150 años. Desideri escribió sobre el karma, la vacuidad (o relatividad de todos los fenómenos), la ausencia de un yo fijo, etc. Incluso tradujo una obra del fundador del linaje gelug del Dalái Lama, Tsongkhapa, al italiano. Gopnik cree que un manuscrito de este texto podría haber sido parte de la biblioteca de los jesuitas con los que Hume tuvo contacto.

Pero sólo esto no sería suficiente para establecer una hipótesis de peso. Gopnik descubrió que quizá la única otra persona con conocimiento académico del budismo en esa época, el padre Charles Francois Dolu, quien viajo a una expedición a Siam donde tuvo contacto con un reino budista, vivía en La Flèche en el mismo período en el que Hume escribía su texto. Además hay documentos que muestran que Dolu conoció a Desideri, y seguramente discutieron la filosofía budista (la cual Desideri condenó como anatema, pese a que evidentemente le produjo el más delicado interés). 

Asimismo, se tiene conocimiento de que Hume citó como una de sus influencias el Diccionario histórico y crítico de Pierre Bayle, y especialmente su entrada sobre Spinoza, donde se lee que "filósofos orientales" negaron la existencia de Dios y argumentaron a favor de la "vacuidad".

Gopnik concluye que es altamente probable que Hume, viviendo en La Flèche, se haya topado con al menos un resumen de las ideas del budismo, las cuales podrían haber sido centrales, justo el empujón que necesitaba -de la misma manera que sus ideas lo fueron para Einstein- para desarrollar sus argumentos más controversiales. Curiosamente los budistas, al explicar lo que significa la teoría del anatman o ausencia de yo, señalan que se trata de la relatividad de todas las cosas condicionadas, es decir, que el yo no existe de manera independiente, sino en relación a las impresiones sensibles y las designaciones conceptuales. Extrañamente podríamos concluir, aunque esto es sólo especulativo, que el budismo acabó influyendo en la teoría de la relatividad de Einstein.

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La neurociencia da la razón a Freud: el inconsciente define la realidad

Ciencia

Por: pijamasurf - 02/21/2019

Sigmund Freud tenía razón: nuestra mente está habitada por una entidad desconocida que domina nuestra conducta

En el pensamiento occidental, la figura de Sigmund Freud ocupa un lugar prominente, en particular por sus contribuciones al conocimiento de la conciencia humana. Si bien esta ha sido una cuestión que ha cautivado al ser humano a lo largo de su historia, Freud fue el primero en realizar sus observaciones sobre la psique de una manera científica, es decir, a partir de la observación dirigida y sistemática, con la puesta a prueba de ciertas hipótesis y la verificación de resultados. Según manifestó él mismo en diversos momentos de su trayectoria, Freud se consideró siempre un científico, y a lo largo de su vida intelectual procedió como tal.

Fue gracias a dicha labor que Freud realizó algunos de los descubrimientos más decisivos sobre el funcionamiento de nuestra mente. En una época en la que no existían las radiografías o las máquinas de resonancia magnética, Freud fue capaz de entender que un pensamiento no es igual en dos personas y que dicha diferencia radical modela la manera en que habitamos el mundo. Y una vez que se dio cuenta de esto, el médico de Viena dio otro paso para preguntarse en qué radica dicha diferencia.

Fue así, usando casi exclusivamente las herramientas de su observación, su intuición y su vasta cultura, que Freud arribó a la noción del inconsciente y la importancia capital que éste tiene en la conducta humana. Grosso modo, Freud entendió que la mente se divide en dos grandes partes: lo consciente, que es de lo que nos damos cuenta sobre nosotros mismos, nuestra percepción, nuestros pensamientos, etc.; y lo inconsciente, que es como un gran mar sobre el cual flota nuestra conciencia, hecho sobre todo de recuerdos, imágenes fragmentadas, ideas reprimidas, pensamientos de los cuales tenemos una vaga idea pero no alcanzan la superficie de nuestra percepción… y sin embargo, son los que dirigen lo que hacemos, lo que pensamos, lo que decimos, etcétera. 

Si Freud aseguró que los descubrimientos del psicoanálisis infligieron una “herida narcisista” al ser humano fue porque le hizo ver que, en esencia, algunas de nuestras cualidades más preciadas como el albedrío, la voluntad y otras afines son, por decir lo menos, cuestionables, pues en buena medida el ser humano es una especie de “marioneta” controlada por una entidad que paradójicamente es al mismo tiempo desconocida e interna, esto es, en la mayoría de los casos el sujeto ignora aquello que dirige su existencia pero que vive en su propia mente.

Dado el material con el que Freud trabajó para llegar a estas conclusiones –sueños, recuerdos reprimidos, perversiones sexuales (entendidas en un sentido amplio del término, no moral)–, muchos de sus descubrimientos fueron inmediatamente cuestionados. Si ya a nivel subjetivo el ser humano suele resistirse a hacer frente a ciertas verdades sobre su condición, las cosas no son muy distintas a nivel social. Por lo demás, como hemos dicho antes, por los recursos con los que Freud contaba en su época parecía increíble que un solo hombre hubiera recorrido con tal precisión los laberintos de la psique humana y hubiera trazado el mapa necesario para recorrerlos.

Ahora, más de 100 años después de la publicación de los primeros escritos en los que Freud comenzó a definir el psicoanálisis y hablar del inconsciente, la neurociencia contemporánea le da la razón y confirma que nuestra manera de concebir la realidad y, por lo tanto, actuar en ella, está determinada por todo aquello que se encuentra en la región inconsciente de nuestra mente.

Entre otros, el neurocientífico estadounidense David Eagleman, a través de sus investigaciones, ha encontrado pruebas tanto de la existencia del inconsciente como de su efecto en nuestra conducta cotidiana: “En vez de que el cerebro registre pasivamente la realidad, lo cierto es que la construye de manera activa”.

De acuerdo con los estudios dirigidos por Eagleman, dicha construcción de la realidad ocurre en su mayor parte de manera inconsciente. La manera en que los pensamientos surgen, por ejemplo, o la forma en que una decisión se toma, son procesos que, según se ha constatado, no ocurren directamente, sino que más bien como resultado de la intervención de distintos procesos mentales de los cuales el sujeto no se da cuenta.

En ese sentido, Eagleman también ha realizado experimentos en los que encuentra evidencia de que la parte inconsciente de nuestra mente es capaz de percibir fenómenos que una persona no registra conscientemente. El inconsciente suele ser o más rápido o más perspicaz que nuestra conciencia o, en otro aspecto, posee la capacidad de hacer conexiones con material almacenado en nuestra mente que no necesariamente tenemos en cuenta en determinado momento. Esto explicaría fenómenos como la inspiración creativa o el hallazgo súbito de una respuesta (como Arquímedes y su famoso “eureka”, o la manzana con la que Newton se dio cuenta de la existencia de la fuerza de gravedad).

Eagleman sugiere no sólo que Freud estaba en lo cierto en cuanto al dominio del inconsciente sobre la percepción humana, sino también que dicha región de nuestra mente conserva un enorme potencial, tanto en términos vitales como creativos.

Sin duda quedan muchas investigaciones por hacer, pero ante este panorama quizá sea momento de aceptar que pocas veces estamos en verdadero dominio de lo más íntimo y propio de nosotros mismos: nuestra mente.

 

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