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'No somos robots', exclaman empleados de Amazon (pero la automatización se acerca)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 02/12/2019

Empleados de Amazon declaran: "No somos robots"

Desde finales del año pasado, los empleados de Amazon han iniciado protestas en diferentes partes de Estados Unidos, buscando organizarse en sindicatos para ejercer presión sobre la que se ha convertido en la compañía más afluente del mundo. Amazon cuenta con más de 600 mil empleados y unos 100 mil más son contratados durante las vacaciones de invierno.

Los trabajadores han cuestionado las condiciones de trabajo que esta empresa provee, argumentando que en ocasiones deben trabajar hasta 60 horas a la semana, y en ambientes poco propicios. El grito de protesta que sobresale es el que recoge The Guardian, de uno de los manifestantes: "No somos robots. Somos seres humanos". Esta sentencia es altamente emblemática no sólo de lo que ocurre en Amazon sino, en general, en el paisaje de la economía digital global. Las grandes compañías de tecnología cada vez más funcionan bajo un modelo basado en la mecanización y en la automatización de sus servicios e incluso de su visión del mundo. La confianza en la omnisciencia del algoritmo sugiere que el ser humano es en muchos sentidos reemplazable por las máquinas y la organización de la sociedad es optimizable mediante las mismas máquinas. Mientras que los empleados de Amazon gritan "No somos robots" compañías como Amazon, Google o Facebook cada vez invierten más en robots y en procesos automatizados sin considerar realmente el bienestar de los seres humanos. La carrera es simplemente seguir creciendo, dominar más, y para esto la visión sentimental-empática de los seres humanos no es más que un obstáculo (aunque los mismos algoritmos descubren que justamente estas cualidades humanas permiten que los seres humanos puedan ser persuadidos a realizar conductas que aseguran que la economía digital siga creciendo).

Este 2019 ha llegado con dos libros esenciales que tratan este tema desde la perspectiva de los humanos: Team Human, de Douglas Rushkoff, un manifiesto en favor del humanismo, del auténtico contacto entre seres humanos sin un propósito utilitario en un mundo cada vez más regido por la mentalidad transaccional del capitalismo digital, y The Age of Surveillance Capitalism, de la profesora Shoshana Zuboff, quien hace una advertencia sobre la tendencia a la automatización. Como explicó en una reciente entrevista:

Ya no es suficiente automatizar los flujos de información que nos rodean; la meta ahora es automatizarnos a nosotros. Estos procesos están meticulosamente diseñados para producir ignorancia al constreñir la conciencia individual y eliminar cualquier posibilidad de autodeterminación. Como me explicó un científico informático: "Podemos ingeniar el contexto en torno a un comportamiento particular y de esa forma forzar un cambio... Estamos aprendiendo cómo escribir música y luego dejar que la música los haga bailar". 

Algo así como lo que Platón notó en La república, que la música, la poesía y lo que hoy llamaríamos los medios podían usarse para regular el comportamiento de la sociedad, pero, a diferencia de la utopía platónica, sin que exista ningún rey-filósofo o ningún consejo ilustre que oriente a la sociedad hacia fines deseables como lo bello, bueno o verdadero. El único eje rector aquí es la ambición económica y una sensación de nihilismo generalizado. ¿La música antimusical de los algoritmos nos hará bailar ritmos diseñados para distraernos del ritmo de nuestra propia alma?

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Todos sabemos que la definición literal de la palabra filosofía es "amor a la sabiduría", pero no solemos reparar en la riqueza de esta palabra y en cómo ha sido entendida por la tradición filosófica, partiendo de Pitágoras, el filósofo que acuñó el término, y luego particularmente por Platón, el filósofo que persiguió dialécticamente las ideas de Pitágoras -entre otros filósofos- y creó el primer gran sistema metafísico en Occidente.

En este sentido cabe reflexionar que uno de los dos componentes, philia, significa un tipo de amor distinto al eros, y que podemos mejor asociar con la amistad, específicamente un amor que no busca algo ulterior, se huelga en sí mismo. Y esta era la definición de Platón de la amistad, una relación que no es el instrumento de otra cosa, no busca algo a cambio, sino que es suficiente en sí misma y se entrega desinteresadamente. La amistad, como nota el profesor Arthur Holmes en su comentario a la filosofía ética de Platón, es una relación dialéctica: la búsqueda conjunta de la sabiduría. La filosofía es el amor a la sabiduría en sí misma, una amistad virtuosa con el conocimiento, que no busca emplearlo para obtener algún beneficio, sino sólo embeberse en él, deleitarse en él, hacerse uno con él. Atravesar las sombras de la vida hacia el Sol de las ideas, en su dulce compañía.

No se debe desestimar la importancia del amor en la filosofía -algo sintomático de la filosofía moderna que a menudo canaliza el sofismo-. Platón sabía que para la persona que buscaba el conocimiento, quien cursaba el sendero filosófico, no sólo era suficiente saber qué era el bien, sino que, para vivir de manera correcta, debía aprender a amarlo y apegarse a él. Así la doctrina del mejoramiento del alma se sirve del amor para poder establecerse en la virtud y hacer de la sabiduría una forma de vida.

Platón, al igual que Aristóteles, enseñó que la filosofía nacía en el asombro (thaumazein), en la admiración, en el maravillamiento contemplativo ante el mundo y ante la propia existencia. El acto puro de mirar el cielo estrellado... el acto puro del niño que se pregunta qué son las cosas, y por qué son, y se queda cautivado observándolas o repitiendo sus nombres como si hubiera una magia en la palabra. El filósofo debía permanecer arraigado en este acto fundacional de la filosofía -el asombro, forma prístina de deleite- para continuamente amar el conocimiento. Es aquí donde entra la belleza, que es justamente lo que nos hace amar algo, deleitarnos en su contemplación. Una belleza que para Platón era el "esplendor de la verdad", el relumbre en el mundo de la generación de una forma supraceleste eterna, del bien trascendente que eleva al alma en su contemplación.

Como bien resume el profesor Holmes, para Platón el alma "es guiada por la razón, pero motivada por el amor". La forma más alta de conocimiento para nuestro filósofo no era la acción, era la contemplación. Pero esta contemplación, fundamentalmente de las ideas, y más aún del bien, del Sol del Bien (que es lo divino que se debe imitar), no era una contemplación pasiva, era una contemplación ardorosa, una contemplación porosa a la eternidad. En el deleite contemplativo del bien, la persona no sólo lo conoce sino que lo hace parte de su naturaleza, de su ser. (En el Teeteto, Platón sugiere que quien es justo y encarna el ideal del bien, con la ayuda de la sabiduría, es igual a la divinidad). Los padres de la Iglesia, quienes bebieron abundantemente del cauce platónico, luego hablarán de la contemplación como el estado de oración -ora constantemente, exhortó Pablo- y lo compararán con un fuego que purifica y transforma, hace que todo lo que arde cobre su misma naturaleza. O, usando una conocida metáfora, calcina todos los metales que no son oro, dejando sólo el oro macizo, la pureza del alma. Platón en El Fedro habla de que el amante, en la contemplación de su amado, literalmente derrite la onerosa arcilla sublunar que le impide extender gloriosamente sus alas y elevarse hacia el mundo divino. Sin embargo, esta elevación, este aspecto anagógico y maniático del eros, debe pasar del deseo fervoroso dirigido hacia el objeto mundano -el cuerpo del amado, de esa bella mujer o ese bello muchacho- hacia su forma y fuente universal, hacia la belleza trascendente y sólo así podrá calibrar y continuar su vuelo hasta penetrar el mundo superior y encontrar allí una vida libre de corrupción entre los dioses.

La interdependencia del amor y la sabiduría, o su aleación pura, su hieros gamos, tiene un importante fruto ético, pues es sólo cuando el amor al bien se ha integrado -gracias a la belleza y al deleite- y se ha convertido auténticamente en sabiduría que el ser humano puede actuar éticamente y dirigir el carro del alma con la justa rienda de la razón, virtuosamente llevando el aspecto emotivo-volitivo y el aspecto concupiscente a la unidad, de regreso a su fuente celeste, alzando las alas hacia el Sol de la Eternidad. El Sol del cual Platón dice que sólo vemos su cuerpo, pero no su alma. Ese Sol que la tradición diría es Dios, y el cual se obtiene lo mismo a través de la sabiduría que a través del amor. Podemos pensar en un pájaro que se eleva al Sol, incluso ese pájaro que renace del fuego y alcanza la inmortalidad. San Efrén de Siria vislumbró sus dos alas en sus Himnos a la Fe:

La verdad y el amor son las alas inseparables -pues la verdad no puede volar sin amor- y el amor no puede mantenerse a flote sin la verdad.

Recuerdo la simple observación que hace Raimon Panikkar: la filosofía no sólo es amor a la sabiduría, es también la sabiduría del amor. Y no se puede, en última instancia, amar sin saber, ni saber sin amar. Ambas son eso que os hará libres. Contemplad propiamente, en su esplendor supernatural, esta majestuosa ave filosófica: el pájaro que vuela de regreso al Sol.

 

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Twitter del autor: @alepholo