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Sobre el sentido original, sagrado, del término "jerarquía"

Nuestro futuro está... automáticamente determinado por el hecho fundamental de que no logramos honrar nuestra fuente sagrada.

Peter Kingsley, Catafalque

Durante el siglo XX se difundió la noción de que la estructura jerárquica de la sociedad y en general de cualquier institución -y de la realidad misma- era algo que debía deshacerse; la jerarquización era un mero mecanismo de control, de preservación del poder de ciertas clases sacerdotales, políticas o económicas. Hasta el punto de que actualmente se discute si realmente existe un orden jerárquico en la naturaleza, o es sobre todo una cuestión cultural, arbitraria, una creación artificial del ser humano en su búsqueda de poder. Alimentada por el marxismo, cierta interpretación de la filosofía de Nietzsche, ciertas vetas de la filosofía posmoderna, la sociología y los estudios de género, actualmente la noción de que las jerarquías deben ser eliminadas es altamente popular, asociándose la justicia con la ausencia de jerarquía y la injusticia con la estructura jerárquica. En la era en la que todas las cosas deben ser "políticamente correctas" sin importar si son incorrectas en todos los demás sentidos (filosóficos, religiosos, estéticos y demás) la anulación de lo jerárquico deviene en la homogeneización hacia abajo, en el "infierno de lo mismo", en la tiranía de la opinión pública y no en la aristocracia bien entendida que es el gobierno de lo bueno, bello y verdadero, o de aquellos que encarnan estos ideales. Lo que intentaré argumentar aquí es que lo contrario es cierto: la justicia es enteramente dependiente de lo jerárquico y la jerarquía es algo intrínseco al cosmos, es su misma naturaleza. Una sociedad que considera que existen valores que trascienden lo meramente convencional y subjetivo, que son válidos universalmente, es necesariamente una sociedad que jerarquiza, pues se orienta conforme a estos principios y los antepone sobre todo lo demás. Evidentemente esto resulta problemático cuando se cree en la relatividad de todos los valores, como ocurre mayormente en el mundo moderno, donde se da por contado que lo bueno, bello y verdadero no son más más que conceptos subjetivos.

Lo primero que hay que mencionar es que el término jerarquía significa literalmente "orden o poder sagrado". La palabra fue acuñada por el teólogo cristiano neoplatónico Dionisio Aeropagita alrededor del siglo VI. Dionisio entendió que el cosmos entero estaba ordenado de tal forma que cada categoría de seres participaba en la divinidad y actualizaba su propia naturaleza precisamente en tanto que tenía un lugar y un límite en la gran cadena del ser que procedía de la divinidad al mundo y que regresaba a la divinidad. En otras palabras, era justamente en el cumplir su rol dentro de la estructura sagrada del cosmos que cada ser cumplía con su propósito de existencia y al hacerlo se unía a una celebración universal, entonaba, como si fuere, la música de su propio ser y formaba parte de una sinfonía divina.

Ahora bien, se podría argumentar que hoy en día la palabra jerarquía significa otra cosa: sólo remite a un lugar -o un estatus- dentro de un orden socioeconómico que es sobre todo secular; un orden no basado en lo moral, sino sólo en el puro poder. Pero si esto es así, hay un divorcio o una discontinuidad entre el sentido original del término, la forma correcta de aplicarlo y entenderlo, y la forma en la que se aplica y entiende hoy. Lo cual no significa que lo jerárquico no se deba aplicar a lo político o social, sino que tiene sentido aplicarlo a lo político o social solamente en tanto que éstos son reflejos o modos subalternos de un orden cósmico espiritual. Así, Dionisio modeló su Jerarquía eclesiástica en base a la Jerarquía celestial, o Platón consideró que las leyes y normas de la polis debían reflejar las leyes del cosmos, que a su vez eran imagen de la divinidad o el llamado Sol del Bien (algo que encontramos, a su manera, en el confucianismo, con su idea del Imperio y del Emperador como microcosmos del Cielo). La jerarquía, como el término hace obvio, sólo tiene sentido si se considera que la vida y el mundo son sagrados. Pero la posmodernidad (siguiendo a Nietzsche) celebró la frase de los asesinos de Hassan-i- Sabbah: "Nada es sagrado; todo está permitido". Y, entonces, resultaba natural cuestionar no sólo ciertas organizaciones jerárquicas -las cuales suelen reflejar la corrupción del deseo de poder del hombre y, entonces, naturalmente deben ser cuestionadas- sino lo jerárquico como tal. Pero aquí ya se asoma el nihilismo, la filosofía o ausencia de auténtica filosofía que predomina actualmente.

El hombre moderno se sentirá seguramente incómodo ante la noción de estructurar la sociedad y la vida en general en torno a un orden sagrado. Considerará que esto es peligroso e invocará conocidos casos de dictadores e instituciones que han usado su poder, legitimado en algo sagrado o trascendente, de formas que dejan mucho que desear y en nada imitan una armonía celestial. Incluso encontrará problemática la misma noción de "sagrado". Estas disquisiciones no son fáciles de resolver y, sin embargo, es difícil pensar que el mundo y la vida humana tienen sentido si no existe algo sagrado, algo verdadero que tiene un valor que no es meramente relativo o contingente y por lo tanto puede servir como paradigma y eje. Si el ser humano no tiene ninguna esencia y ningún propósito (telos), no tiene una causa formal ni una causa final, entonces realmente no importa si existen las jerarquías o no, o si el mundo es justo, ético y demás; entones todo puede leerse como una lucha de poder y autodeterminación, como un experimento de laboratorio, que por lo demás no es realmente importante, pues a todos nos espera una nada absoluta y nuestra vida es una superflua coincidencia. Pero si el ser humano tiene una esencia y un propósito entonces eso, al menos, puede considerarse sagrado: la persona humana, como su posibilidad de actualizarse, de ser quien es en todo su potencial. Pero esto mismo ya nos lleva a considerar el mundo entero como sagrado, pues el ser humano existe de manera interdependiente con el mundo y depende de éste para poder actualizarse. Evidentemente esto ya nos coloca en un lugar filosóficamente delicado, pues resultaría natural luego pedir que se definiera la esencia, el propósito del ser humano y si el mundo con el cual existe en interdependencia es un mundo solamente natural o un mundo también supernatural o divino. Personalmente yo me inclino, con Platón y con gran parte de las grandes religiones, a pensar que el ser humano tiene una naturaleza cuya esencia es, en su libertad e inteligencia, a fin de cuentas, imagen de la divinidad o de un soporte incondicional que trasciende la mera naturaleza; con Aristóteles, a que el propósito o sentido de la vida humana es la imitación o contemplación de la divinidad, la actualización de su ser en semejanza con lo divino que mueve al mundo a través del amor; y, con Dionisio, a que el mundo, el cosmos, es un orden de seres que participan en la divinidad de manera jerárquica, y que la misma estructura es teofánica, es una escala de fulguración de luz divina. Aunque se podrían tener variaciones teológicas y filosóficas de estos principios y aun así establecer que la vida es sagrada -como por ejemplo ocurre con las diferencias que plantea el budismo-, es sumamente difícil argumentar que la vida humana tiene sentido y valor intrínseco sin apelar a una fuente, condición original o poder dador del ser -a lo cual uno se debe re-ligar- que provee significado, y sólo ante lo cual podemos hablar de lo bueno, lo bello y lo verdadero, o a que el ser humano tiene una especie de propósito preordenado (un sva-dharma o un buen daimón) o una capacidad de alcanzar algo superior en cuyo cumplimiento descansa su felicidad o plenitud. En otras palabras, es necesaria una dimensión religiosa (religión entendida como aquello que vincula con la condición original o divina), una espiritualidad que trascienda el mero coleccionismo de experiencias autorreferentes e inflacionarias. La jerarquía sólo cobra sentido desde una visión preeminentemente espiritual de la realidad, pero una vida sin una visión espiritual no tiene realmente sentido.

¿Por qué es esencial la jerarquía a la auténtica espiritualidad? ¿Acaso el ideal del amor no es la completa igualdad? Por una parte vemos que la auténtica espiritualidad, pese a lo que le gustaría a la modernidad individualista, es siempre una relación de maestro y discípulo, o de una deidad y un devoto, e implica tanto la generosidad y la compasión del maestro o de la deidad como la devoción -que es la respuesta natural a lo sublime: a la sabiduría, a la belleza- y la subordinación o el seguimiento de las órdenes o preceptos que hace el discípulo. Y aunque en realidad existe una relación de amor y servicio mutuo, hay necesariamente una jerarquía; el alumno no trata al maestro como su igual, pues de hacerlo no existiría la fe, la receptividad y la admiración que permiten un verdadero crecimiento y transformación. Es cierto que la relación maestro-alumno no es estática y está expuesta a una especie de dialéctica hegeliana, pero esto no quita que siempre se presente dentro de una jerarquía, dentro de un orden sagrado que es justamente lo que permite la transmisión de conocimiento. En el caso del amor, que nos parece tan absolutamente opuesto a lo jerárquico, hay que recordar que el amor de padres e hijos, que podemos llamar un amor vertical, es un amor que tradicionalmente ha sido entendido como jerárquico, pues los padres nutren y proveen al hijo justamente de las herramientas materiales, intelectuales y emocionales para que luego éste pueda ejercer ese mismo amor,  ahora también en un sentido horizontal, en el amor de pareja o en la amistad. Los padres se encuentren en un orden superior y es este orden superior de experiencia y desarrollo lo que permite la transmisión del amor hacia sus hijos. El hecho de que algunos padres o algunos maestros abusen de sus hijos o alumnos en ningún sentido hace mella de la relación prototípica de padre/hijo, maestro/alumno, e igualmente el hecho de que personas en ciertas posiciones dentro de una jerarquía traten a sus subalternos de maneras poco éticas no hace mella del modelo jerárquico en sí, que por otro lado es imposible de eliminar, pues es parte del propio dinamismo del cosmos. Por eso la respuesta de rechazo y falta de respeto y reverencia a los padres y a los gurús, característica de la psicología del hombre moderno que se rehúsa a someterse a otra cosa que no sea su propia voluntad, es sintomática de una inmadurez espiritual y un individualismo egocéntrico nihilista. 

Otra posible respuesta a esto tiene que ver con la belleza y el bien; un cosmos bello y bueno -que para Dionisio encabezan la jerarquía- requiere de la diferenciación y la diversidad (o, lo que es lo mismo, de la participación jerarquizada), si bien una diversidad que participa en una unidad trascendente... de los diferentes instrumentos de una orquesta que están supeditados a un director y a un compositor o de los planetas que forman otra sinfonía, conducidos por el Sol, quien lo mismo les otorga su existencia que les da la pauta de sus movimientos. Es sólo dentro de una jerarquía que los seres pueden participar en un cosmos de belleza y amor infinito, como engranes de un gran sistema que trasciende las partes, pero que en cada parte se alcanza a hacer visible, justo en su propia diferencia, en la particular forma en la que refleja la luz, la totalidad.

"La jerarquía, más que una subordinación gradada", dice Hans Urs von Balthasar en su comentario a Dionisio en el segundo tomo de Estética teológica:

es un orden dentro de la propia persona y la comunidad, un orden divino ordenado por la divinidad, el cual lleva a Dios y consiste esencialmente de la bondad y la gracia. Todo este orden espiritual y, a la vez visible, es, como elocuentemente se dice una y otra vez, la belleza cósmica, en la que la belleza teárquica superna se manifiesta.

Recordemos que la palabra cosmos significa tanto "orden" como "belleza" u "ornamento"; es justamente el orden lo que posibilita que se comunique la belleza que constituye la esencia del universo. El cosmos es, entonces, en esencia una jerarquía, una estructura sagrada, un inmenso organismo divino (según Platón), una economía de la luz divina que alimenta a los diferentes seres, según sus capacidades. 

Para Dionisio, según explica el profesor Eric Perl en su libro Theophany, la esencia de los diferentes seres consiste en el amor a Dios, en el cual participan

amándose los unos a los otros, en acorde con su propio rango. [...] el amor del ser superior por o en participación en Dios, su ser, entonces, es su providencia para con el inferior, y el amor del ser inferior por o en participación en Dios es su reversión, o receptividad, al superior. Providencia con el menor y reversión al más alto es el significado mismo del ocupar cierta posición dentro de la estructura jerárquica de la totalidad.

En el cosmos espiritual de Dionisio, el superior provee al inferior y el inferior aspira y revierte hacia el superior. Se trata de una jerarquía no basada en el dominio y la voluntad de poder, sino en el amor y el servicio, donde todo aquel que manda y guía es guiado por un nivel superior, que lo es sólo en tanto que participa con mayor transparencia en la divinidad o en lo bello, bueno y verdadero. Como diría Carl Jung, "el que guía, es guiado".

El significado final de las jerarquías, dice Hans Urs von Balthasar, no es el "conocimiento de Dios, ni siquiera la representación de Dios, sino el amor: como 'perpetuo amor de Dios', al cual estas tres funciones [unión, iluminación, purificación] nos alzan, pero también, en el juego del toma y daca entre las criaturas, la imitación de Dios en el amor mutuo". Es la jerarquía la que permite que el amor circule a lo largo y ancho del cosmos, distribuyendo de manera efectiva la divisa de la divinidad indivisa. El mismo Dionisio entiende esta jerarquía como una danza circular. "El propósito de la jerarquía, entonces, es la semejanza y unión con Dios, hasta el límite de las posibilidades... haciendo a los miembros de su compañía de danza iconos divinos, claros e impolutos espejos, receptivos a la la luz original y al rayo teárquico" (Jerarquía celestial 3.3). Cada miembro de la jerarquía está capacitado no sólo para actualizar su ser sino para refractar la luminosidad divina y generosamente repartirla por los rangos inferiores. 

Es evidente que ni los poderes públicos ni los eclesiásticos han sabido reflejar en sus estructuras la concepción original de la jerarquía, pero más allá de estas notables falencias, el ideal sigue siendo universalmente válido: el poder entendido como servicio a principios y valores superiores y trascendentes y la persona en el poder como el servidor capacitado para servir a esos valores. En la práctica, el fracaso de la jerarquía se debe fundamentalmente, me parece, a la pérdida de lo sagrado -y específicamente, del entendimiento de lo sagrado como servicio- y al predominio de la voluntad de poder, donde si acaso existe algo sagrado es el deseo personal. La jerarquía es hoy entendida como parte de un instinto de competencia, imposición y autoafirmación, pero lo que enseña Dionisio es lo contrario: la jerarquía es (quizá paradójicamente para el hombre moderno) una forma de comunión basada en la integración de una visión cósmica colectiva, en la que cada individuo juega un papel infinitamente valioso en su diferenciación, como miembro de una gran sinfonía que requiere de la participación extática de cada uno de sus componentes, desde el más altivo hasta el más humilde.  

 

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Un juego también para diletantes metafísicos

Ningún otro deporte se presta tanto a especulaciones metafísicas como el béisbol. Para una mente filosófica no es difícil ver una profusa serie de analogías y resonancias entre la geometría y el ethos del juego del diamante y los más lúcidos y elegantes sistemas metafísicos de las tradiciones filosóficas y místicas de Oriente y Occidente, si bien, como ha notado el teólogo David Bentley Hart, el béisbol es sobre todo un juego que evoca correspondencias con el platonismo, el sistema que establece, en gran medida, las reglas del "juego" metafísico de Occidente. Una de las ideas centrales de la filosofía platónica sostiene que el alma humana en el mundo sublunar tiene por momentos reminiscencias de las armonías celestiales, de formas perfectas y eternas de las cuales gozó en el cielo cuando estaba unido a una cierta divinidad. Quizá el origen de la atracción casi mística que ejerce en algunos el béisbol pueda trazarse hasta esta "anamnesis" platónica.

Es concebible, y quizá no sería del todo infructuoso, hacer una teología sistemática del béisbol o un estudio comparativo entre sus reglas y sus formas y el cosmos geométrico del demiurgo platónico; o tal vez, de la fijación estadística de algunos entrenadores y aficionados y la noción cabalista de que el universo fue creado con letras (que son números), que son sustituibles por las cosas; o de la fiebre escatológica cristiana y budista y el ritual de presentarse al bat (ese pequeño juicio final ante el umpire y el pitcher) para intentar regresar a casa, a veces pudiendo llevar de regreso también a algún compañero, como un auténtico bodhisattva. Yo, sin embargo, soy demasiado perezoso para hacerlo. Me limitaré a evocar aquí algunas correspondencias y a citar a algunos autores que han trazado este parangón con mayor lucidez y originalidad, más dignos aedos del juego que inmortalizaron Ty Cobb, Babe Ruth, Willie Mays, Mickie Mantle, Roberto Clemente, Sandy Koufax, Bob Feller y otras deidades modernas.

Lo primero que hay que decir es que el béisbol -parafraseando a Borges- consiente en su arquitectura tenues intersticios por donde la eternidad del mundo se filtra (¿como un roletazo entre el tercera base y la línea de foul?). Al menos esto es así en teoría, es decir, como algo que podemos contemplar o especular. El béisbol es quizá el único deporte que contiene la posibilidad de convertirse en un juego infinito. Como notó Roger Angell, una de las grandes plumas que ha tenido este juego, ya que el béisbol es medido en outs -y no con la vulgar tiranía de un cronómetro y sus unidades discretas de tiempo-, técnicamente es posible esquivar la guadaña de Cronos y permanecer por siempre en la amplitud del jardín, en esa Arcadia que le pertenece a los dioses y a los héroes:

Lo único que tienes que hacer es tener éxito; seguir conectando hits, mantener el rally vivo, y habrás vencido al tiempo. Permaneces joven para siempre. Sentados en las gradas intuimos esto, aunque sólo tenuemente. Los jugadores debajo —Mays, DiMaggio, Ruth, Snodgrass— nadan y se desvanecen en la memoria, la pelota flota hacia Terry Turner y puede que el fin de este juego nunca llegue.

Más allá de la perfección del bat, del inning infinito, de la epektasis de seguir extendiendo el rally, "de gloria en gloria", está el otro infinito posible, el de los extrainnings. El equilibrio entre las dos fuerzas que se cancelan, que siempre se encuentran para anularse; el infinito de la perpetua homeostasis: esa tendencia negentrópica a siempre encontrar el equilibrio. Algo cercano ocurrió en 1920 cuando los Bravos de Boston se enfrentaron a los Robins de Brooklyn (los futuros Dodgers). En la quinta, los Robins anotaron una carrera; los Bravos empataron en la sexta. En las siguientes 20 entradas no hubo más carreras. Fue una clase magistral de pitcheo; los dos abridores se mantuvieron impasibles en la lomita por 26 innings. Finalmente los umpires declararon un empate a razón de que había caído la noche. Fue la oscuridad la que les impidió seguir jugando, cuando cansinamente coqueteaban con el infinito. Pero en todo caso, el hecho de que el juego no dure para siempre depende de las debilidades de la carne humana y las contingencias del mundo caído en el pecado, lo cual no hace mella en la perfección originaria de las leyes que el demiurgo ha impreso en el cosmos (que diga, en el juego).

En el Timeo Platón escribe que cuando el demiurgo creó el mundo lo quiso hacer una criatura eterna y divina, pero esto no era plausible en el mundo del devenir, por lo cual lo hizo sólo una imagen de la eternidad. El filósofo explica allí también que todas las cosas están hechas de geometría, particularmente de triángulos que conforman los llamados "sólidos platónicos". Los "átomos", como dirá luego la teoría cuántica, no son cosas, sino relaciones geométricas que, para Platón, reflejan ideas eternas. ¿Acaso el diamante del infield no es también un sólido platónico, que se vuelve una "imagen móvil de la eternidad" cuando el umpire canta "play ball", ese pequeño fiat lux al que accede el hombre como imagen y semejanza de la divinidad?

El teólogo David Bentley Hart, un hombre de una cultura inmensa, separa el béisbol de juegos más rústicos y menos granados, diseñados bajo una ruda geometría "oblonga" o rectangular. El béisbol se distingue por espejear "la geometría exquisita, la gracia fluida y la belleza sideral", de ese otro juego, el cosmos. No tiene una intención tan bárbara como violar la puerta ajena, no intenta capturar el territorio contrario y en realidad nunca enfrenta a los equipos rivales en el campo; los jugadores, como astros en sus órbitas, rara vez se tocan. Es un deporte de conjunto pero sólo en parte, pues cada jugador está siempre en su propia zona vigilando los vértices que sellan la perfección del diamante; o en la soledad contemplativa de los jardines, como ángeles en las llanuras celestes; o, acaso, como todos los hijos de Adán, intuyendo la posibilidad de recobrar el paraíso perdido. Bart Giamatti, quien no sólo fuera comisionado de las Ligas Mayores sino también un reconocido profesor de literatura en la Universidad de Yale, observó famosamente que "el ocio y los deportes son la forma que tenemos de reiterar nuestra sed de paraíso, de una libertad sin límites". Sombras del paraíso en el jardín central, de las līlas de los dioses.

A diferencia de los juegos oblongos, remarca Hart, el béisbol se basa en la figura del círculo, el cual Platón y Aristóteles consideraban la figura metafísica por excelencia y el movimiento perfecto, el de todas las cosas que imitan a Dios, especialmente las estrellas -en sus vueltas eternas- y las almas -en su anhelo de imponerse al tiempo-. El concepto central del béisbol es que el bateador debe regresar a su punto de partida, al home plate, haciendo un exitus/reditus neoplatónico, un regreso al Uno. Para lograrlo puede tomar distintos caminos, todos ellos heroicos. Desde el camino de un héroe hercúleo -un bateador de poder, un hijo de Zeus- que se vuela la cerca, conectando un "cuadrangular", hasta el camino más largo y sufrido de buscar embasarse, confiando en sus habilidades como corredor, tomando así un camino propio de un héroe como Ulises (¿ese Ty Cobb de los mares?), cuya gran hazaña fue regresar a Itaca después de la guerra de Troya, haciendo alarde de su mētis, su gran maña y astucia. Y en cierta forma cada vez al bat es una nueva oportunidad de regresar a casa, a donde nos espera Penélope o el mismo Creador. Ulises vuelve a enfrentarse al canto de las sirenas y a las pócimas mágicas de Circe: el pitcher lanza sus "dardos envenenados" (¡una slider o hasta una spitball!). Yogi Berra, ese gran filósofo del diamante, capta esta circularidad omnipresente en el juego: "el béisbol es un como un déjà vu, una y otra vez". La épica se repite.

David Bentley Hart ofrece una imagen paradójica donde es posible atisbar otro fulgor de la eternidad. Cuando se produce un bunt a lo largo de la línea de la primera base, esto obliga al infield a rotar en el sentido de las manecillas del reloj, mientras que el corredor hace un movimiento contrarreloj. En esto, como le hizo notar un colega, es posible ver una "clara evocación de la visión de Ezequiel y el carro divino de ruedas vivientes", la famosa teofanía del profeta Ezequiel, en la que percibió el trono divino como una especie de nave viviente compuesta de ángeles enjoyados, o la también llamada Merkabah. El mismo Hart dice que un amigo japonés considera que un jonrón es una "metáfora para un arhat que ha logrado cruzar el océano del devenir sobre la balsa del dharma". Y uno podría agregar que no sólo del arhat, el santo solitario del budismo temprano, sino del bodhisattva del budismo mahayana, que compasivamente lleva a sus compañeros a la liberación. Algo que puede hacer conectando un cuadrangular con hombres en base, pero también a través de un acto de autonegación, como puede ser un fly de sacrificio, en ese caso él mismo permaneciendo en los derroteros de la muerte y el renacimiento (el samsara), mientras sus compañeros prueban las mieles de la liberación y regresan a casa.

El historiado Richard Rabinowitz compara a la "pequeña bola blanca", que cuando es conectada de lleno "baila con una alegría salvaje sobre el muro del outfield", con el Espíritu Santo, que se manifestó en el mundo como una paloma blanca y es quien "hace posible que las almas regresen a casa". El Espíritu Santo, que "sopla por donde quiere", según se dice en el Evangelio de Juan, es la pelota caprichosa, que sólo responde dócilmente al trato mimoso de un lanzador lleno de gracia y que renuncia a salir del parque para acoplarse al guante de un jardinero tocado por el dedo de Dios. Alguien como Willie Mays, quien para David Bentley Hart fue un avatar que descendió al mundo para mostrarle al ser humano la divina potencialidad de la forma animal. Para el bateador, la pelota es como el Espíritu Santo que es siempre el medio a través del cual se conoce al Hijo y con él, la gloria del Padre. Por otro lado, para el equipo en el campo, dice Rabinowitz, la pelota es siempre el pecado que corre desde el inicio del tiempo, y que debe lavarse para poder acceder al reino prometido. Pues difícilmente el pitcher y el equipo que cacha podrán alcanzar la perfección y con ella la gloria impoluta del eschaton, si no logran un juego sin recibir una carrera ni cometer un error. Un juego perfecto es medio boleto para Cooperstown, esa communio sanctorum a la cual acceden beatíficos lanzadores en el mundo secular.

Ser un aficionado del béisbol también es emprender una peregrinación, una "noche oscura del alma". Los fanáticos de los Medias Rojas de Boston pasaron 86 años sin ganar una Serie Mundial (la llamada "Maldición del Bambino") y los Cachorros de Chicago sufrieron una sequía de 106 años. Como apunta Hart, eso es más del doble de lo que sufrieron las tribus de Israel en su éxodo en el desierto. Hart, por su parte aficionado a los Orioles de Baltimore, considera que todo indica que los fanáticos de este equipo deben prepararse para un tiempo de desolación similar, y deben ahora andar a tientas "a través de la oscuridad, guiados sólo por las luces menguantes de la memoria y la llama parpadeante de la esperanza, sin saber cuándo la noche llegará a su fin, apoyándose en la sagrada promesa de que quien persevere hasta el fin será salvado".

Este largo éxodo, está condición de caída y extravío, al menos es templada por los flashes de viejas glorias, recuerdos edénicos que por momentos se mezclan con la imaginación y parecen ser también anticipaciones del cielo, del "octavo día", de la parusia. Roger Angell considera que la particular atracción que el béisbol ejerce en el aficionado tiene que ver con lo que llama "el estadio interior", algo así como una espontánea construcción de "palacios de la memoria", como practicaba el mago y filósofo Giordano Bruno. Debido el ritmo pausado del béisbol, las claras y límpidas líneas del diamante y la nítida separación entre los jugadores, que rara vez se interponen y salen de sus espacios predeterminados, el juego fomenta una cualidad de atención distinta, más contemplativa, que hace que se graben indeleblemente ciertas secuencias. Más que en otro deporte, el béisbol activa la imaginación en el aficionado. Angell explica que esto no es algo que se traslade a la televisión, pero los fanáticos que visitaban los parques de pelota llegaban a memorizar las acciones de sus peloteros favoritos y a revivir ciertos momentos emblemáticos en el "estadio interior". Esta riqueza de la imaginación sin duda tiene que ver con todo ese tiempo expectante -que sólo le parece "tiempo muerto" al aficionado acostumbrado a deportes más veloces y telegénicos como el fútbol americano-, en el que se produce una mezcla única de "tensión y relajación". Algo que también caracteriza a la experiencia mística, que es un estar "a la espera de Dios", atento -incluso ardiendo por dentro- y paciente. El béisbol, como la creación del cosmos (en la tradición judeocristiana y platónica), ocurre primero en la mente, en ese "estadio interior", que imagina la perfección, y luego en el mundo material, en el estadio físico, eco de la forma pura.

Angell recuerda diáfanamente ciertos momentos como si estuvieran siendo proyectados perpetuamente en la pantalla de la mente, como esos hologramas que proyectaba el Dr. Morel en su isla fantástica. Y allí está Babe Ruth en el Yankee Stadium, "la casa que Ruth construyó", usando un "guante nuevo amarillo", moviéndose como un "un bailarín de ballet hinchado, de pies y tobillos casi femeninos". Cuando hacía swing y fallaba, la fuerza de su bat dejaba una estela tempestuosa en el estadio:

Las figuras y las ocasiones regresan, sonidos inmensos surgen y reverberan y el estadio interior se llena de luces: aparece la imagen de un joven pelotero -el héroe perfectamente memorizado-, acaba de completar su inconfundible swing y ya se enfila a primera.

 

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Pese a que el béisbol puede considerarse un intento de representar "‘la danza celestial’ dentro del reino de la mutabilidad", como dice con deliciosa hipérbole Hart, a todo buen platonista le queda la intuición final de que el béisbol es sólo una sombra de un orden superior, de un misterio supraceleste que trasciende los confines del "estadio". Es una imagen de la eternidad, pero no es la eternidad misma. De que acaso vemos "la gloria de Dios", pero sólo a través de un espejo y un enigma (per speculum in aenigmate, Corintios, 13, 12). Quizá algún día alcanzaremos a ver la forma pura, cara a cara, en un juego sin final. Mientras tanto sólo queda ese otro juego, no menos delicioso, aunque propio del filósofo y no del héroe, del contemplativo y no del hombre de acción, que es la pura especulación metafísica, tan prolífica en analogías. Y es que ningún otro deporte se presta tanto a especulaciones metafísicas como el béisbol.

 

Twitter del autor: @alepholo

 

Citas

https://www.firstthings.com/article/2010/08/a-perfect-game

https://newrepublic.com/article/62901/baseball-the-mind

http://reprints.longform.org/roger-angell-stadium