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La búsqueda por Utopía que inició hace 503 años no ha finalizado

Y así bregamos, barcos a contracorriente,

bogando sin cesar hacia el pasado.

F. Scott Fitzgerald

Hace 503 años, Tomás Moro publicó una novela que denunciaba las injusticias de la Inglaterra del siglo XVI a través de la descripción de una tierra ficticia: la isla de Utopía. Su nombre, título de la cumbre literaria del pensador inglés, es un juego del lenguaje que revela su imposibilidad misma; la unión de los fonemas “ou” y “topos”, que juntos significan “no lugar”.

Desde esta ironía, el lector descubre en las páginas del libro a un país perfecto, donde todos practican agricultura, estimulan su intelecto y valoran el hierro más que el oro, por su utilidad práctica. Nadie tiene más o menos que el otro, no existe el dinero ni la propiedad privada, las leyes son justas, la gente es próspera y se adora a una sola divinidad, eterna e inexplicable. Un lugar tan perfecto como la imaginación medieval lo permitía.

Pero la búsqueda por Utopía que inició hace 503 años no ha finalizado, porque su intención nunca fue que se encontrara: el lugar perfecto está condenado por el lenguaje, dado que siempre será el “no lugar”. Sin embargo, lo que Moro realizó con su obra fue aventar una suerte de ficción hacia el imaginario colectivo; un país con ríos, habitantes, reglas y costumbres, que subsiste a pesar de su inexistencia.

Tal como en la definición del arte del filósofo francés Gilles Deleuze, la obra de Moro no buscaba comunicar la idea de un lugar perfecto e inalcanzable, tanto como pretendía generar una pieza de resistencia ante la realidad. Su motivación fue ese deseo ­– que hoy fácilmente podemos denominar como “utópico”– por que una parte de la ficción se desborde de vuelta a nuestro mundo. Este deseo constituye el fundamento de toda revolución. Al final, es sólo a partir del origen –de la isla misma– que el cambio se puede alcanzar. De ahí la importancia de regresar a ella. 

La publicación independiente A return to the island, editada por Helena Lugo, usa la analogía de un viaje en barco para explorar a lo largo de cuatro capítulos la isla, el mar, el tiempo y el horizonte. Estos cuatro componentes de la narrativa delinean la ruta de una navegación que en su camino registra pensamientos utópicos, a la vez que plantea la importancia de voltear a ver al arte para imaginar el futuro.

El libro reúne obras de artistas y músicos, así como textos de escritores, filósofos y demás pensadores, que usan diferentes medios para reconsiderar la modesta tarea de imaginar un mundo mejor, de regresar una vez más a la isla de Moro, y de descubrir las implicaciones que tiene hacerlo en el siglo XXI:

¿Acaso es posible imaginar un mundo mejor cuando el capitalismo tardío no sólo nos ataca constantemente diciéndonos qué desear sino también cómo hacerlo? Sin mencionar que esto conlleva la perpetuación de una desigualdad económica absurda y daños por demás irreparables a nuestro planeta.

Tal parece que A return to the island llega puntualmente para recodarnos que es precisamente hoy, cuando un lobo de Wall Street se sienta en la oficina oval, cuando el fin del mundo ha sido anunciado por pensadores como Slavoj Žižek y Francis Fukuyama, cuando es más difícil que nunca apostar porque la solución a nuestros problemas se encuentre en el futuro, que debemos voltear al pasado y aprender de la labor de Moro.

Es hoy que debemos liberar nuestras mentes de los múltiples medios de manipulación ideológica, de las pantallas e historias que compiten por un espacio dentro de nuestra imaginación y adueñarnos de ella; visualizar un mundo diferente, configurar nuevos deseos, tal como hizo Moro hace 5 siglos, resistiendo a través de su arte.

Si bien la publicación considera también el descontento del zeitgeist, la utopía como engaño y el desencanto de la modernidad, delinea hacia al final una cierta esperanza, haciendo honor al deseo utópico de Moro, quien alguna vez confesó: “muchas de las cosas de Utopía, más deseo que confío, llegaran a verse en nuestras ciudades”.

La búsqueda por Utopía siempre ha sido una navegación a contracorriente, pero el horizonte jamás desaparece. A return to the island se suscribe a la creencia de que el arte tiene la capacidad de introducir posibilidad; en este caso, lo hace a través de un viaje hacia ningún lugar.

Ciertamente, la imaginación de un mundo mejor no lo materializa, pero sin duda hay algo que se pone en marcha. “¿Dónde está la isla?” no es nada más que la pregunta-motor para acercarnos a ella.

 

A return to the island se presenta este viernes 8 de febrero a las 4pm en Salón ACME y está disponible en aeromoto, Exit, la librería y Casa Bosques.

Instagram del libro: @areturntotheisland

Twitter de la autora: @aleluuu

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La increíble elegancia y sensualidad de la danza bharatanatyam y sus fusiones modernas

Arte

Por: pijamasurf - 02/06/2019

La enorme sofisticación, belleza y sensualidad del bharatanatyam​

Probablemente ninguna civilización ha desarrollado de una manera más exhaustiva y sofisticada el arte de la danza que la India, tierra de alta refinación estética que incluye en su canon 10 u 11 tipos de danza clásica. Sobra decir que en la India la danza tiene una función sagrada y se realiza como parte de un drama que busca crear un rasa, emoción o deleite estético que fusiona la experiencia artística con la devocional. Una de las formas de danza clásica es el bharatanatyam​ (también conocida como sadir), probablemente la más popular.

Este es el género que se practica en la región sureña de Tamil Nadu, exclusivamente por mujeres, generalmente en un solo. El bharatanatyam se caracteriza por su sofisticado vocabulario de gestos o mudras (con las manos, la mirada, la cara, etc.), todos los cuales comunican una cierta emoción, intención o incluso un elemento narrativo. Este tipo de danza tiene 2 mil años de tradición, si bien fue prohibido durante un tiempo por el imperio británico -y sus buenas conciencias victorianas- ya que se veía en él una sensualidad intolerable, que fue vinculada con las devadasi (algo que es cuestionado actualmente por académicos) o sirvientas de los templos, especie de vírgenes vestales que realizaban danzas e invocaciones pero que en tiempos corruptos llegaron a ser prostituidas.

La danza es sincronizada con música clásica, cantos y gestos faciales codificados que narran también episodios de las epopeyas o de los puranas. La danza se convierte en un texto sensual. La bailarina entra en un éxtasis en el que disuelve su cuerpo en el ritmo y en la narrativa sagrada.

A continuación, un pedazo invocatorio:

Un ejemplo menos común, de danza colectiva dedicada a Shiva. Como si las chicas fueran un compuesto de Nataraja, el dios de la danza, conocido por sus múltiples brazos.

Y ahora una versión moderna de tribal-fusion inspirada en el bharatanatyam, ejecutada por la bailarina ucraniana Yana Kramneva, una moderna apsara. Ciertamente no para puristas, pero de un nivel de sensualidad que aunque rompe con los preceptos clásicos alcanza una inusitada altura de belleza y voluptuosidad, bebiendo de las fuentes clásicas pero adaptándolas a un modo más osado. Sin duda un espectáculo que los dioses de la India, que también llegaban a infatuarse por las mujeres de la tierra, estarían espiando desde el cielo.