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El ser humano moderno otorga funciones y poderes extraordinarios a la ciencia, de la misma manera que ocurría con la magia

El hombre ya no presenta ningún interés... es necesario sustituirlo con la materia.

Marinetti

 

La palabra ciencia significa "conocimiento". No es insignificante que hoy en día la llamada ciencia moderna tiene casi un monopolio sobre lo que la sociedad determina como "conocimiento", o sobre aquello que consideramos real, que en nuestra época es casi sinónimo de lo que es útil y puede transformarse en algún tipo de beneficio material. Pareciera que sólo es conocimiento, sólo es real y sólo tiene valor lo que es científico, es decir, lo que es comprobable, cuantificable, repetible y supuestamente objetivo. Sin embargo, la palabra ciencia tiene una etimología que la liga con una raíz indoeuropea que significa "separar" o "cortar"; raíz que aparece en el término "escindir". Esto es ilustrativo, pues el conocimiento científico, sin poner en duda su enorme poder y valía, es sólo un tipo de conocimiento, aquel limitado a la segmentación de partes para su estudio dentro de ciertas condiciones controladas que permiten, como si fuere, aislar una cosa del universo, para analizarla hasta el punto de que pueda ser explotada. La ciencia moderna en este sentido es siempre un conocimiento particular, dedicado solamente al estudio de elementos que pueden descomponerse en otros elementos -fundamentalmente el estudio de la materia-, no es una ciencia de ciencias, como lo era la filosofía para Aristóteles, por ejemplo. No es tampoco, por esto mismo, una ciencia de vida, una ciencia que nos pueda decir cómo vivir, ni siquiera quiénes somos. La biología puede decirnos cómo se formó la vida, pero no nos dice cómo vivir, y para el ser humano es indivisible el hecho moral del hecho ontológico (algo que tampoco puede responder la ciencia, pues puede responder, si acaso, cómo se formó el universo, pero no cómo o por qué es que existe algo y no nada). Y más aún, es posible que la naturaleza del ser humano lo lleve a buscar y a sólo encontrar paz y plenitud cuando su perspectiva de la realidad incluye un sentido y propósito y por lo menos provee una explicación satisfactoria para su vida interna subjetiva (que el ser humano es un robot aletargado, como propone el biólogo Richard Dawkins, no cumple con estos requisitos). Todo lo cual explica el hecho de que la religión sea un fenómeno que se encuentra en todas las culturas.

Lo anterior para decir que la ciencia moderna se ha convertido en una metafísica, se ha apropiado de un magisterio que no le pertenece, ha proyectado su visión atomista y desangelada al grueso de la realidad. Y el ciudadano del mundo secular moderno se ha convertido, casi por default, en fanático de la visión científica. Algo que puede comprobarse con la rótula mágica de "estudio científico" o "según la ciencia" en cualquier nota que circula en las redes sociales, o de conjuros omnipotentes como "científicos de Harvard descubren...". Estas palabras dotan de una mágica consistencia a las cosas. Lo cual no significa que no haya que valorar el rigor de la investigación y el método científico o celebrar los beneficios de la ciencia moderna, sólo demuestra el prestigio carismático que tiene la ciencia, un prestigio que, sin embargo, vive un proceso inflacionario y desproporcionado. El aura mágica con el que se mueve desplaza todas las otras formas de conocimiento, las desprestigia, pues, en comparación, son mayormente inútiles -siendo útil solamente lo que puede producir beneficios materiales cuantificables-. Así entonces, vemos que el mundo subjetivo, el mundo de la conciencia y la experiencia humana, se convierte en un estorbo, en un "problema duro", el cual debe eliminarse y que, en todo caso, es prescindible en la conquista de la realidad . Esto es ridículo, pues la subjetividad es lo único realmente fundamental y lo único que podemos saber, usando la palabra en su acepción más amplia, a "ciencia cierta" que existe. Es lo más grueso y dulce del pastel de la existencia (aunque algunos científicos nos quisieran decir que ese pastel no existe, y que el placer subjetivo que uno deriva cuando lo prueba es una ilusión de la computadora del cerebro).

En un reciente artículo publicado en la revista Aeon, los físicos Adam Franck, Marcelo Gleiser y el filósofo Evan Thompson hablan sobre lo que llaman  "el punto ciego" de la ciencia: la falacia de que la ciencia puede dar una "descripción completa y objetiva" de la totalidad del universo, independiente de la percepción, o de que "la realidad física tiene absoluta primicia en el conocimiento humano". En otras palabras, la creencia en el materialismo científico, en la realidad exclusiva de las "partículas elementales, momentos en el tiempo, genes, el cerebro" mientras que, en contaste, la experiencia subjetiva -la conciencia- es tomada como secundaria, por no decir inexistente. Los autores definen, a grandes rasgos, la postura del materialismo científico, la cual es la creencia dominante entre científicos actualmente:

No eres nada más que tus neuronas, y tus neuronas no son nada más que pequeños pedazos de materia. Aquí la vida y la mente desaparecen, y sólo la materia inerte existe. 

Por todo el poder que tiene la ciencia para realizar predicciones y mediciones precisas, desarrollar tecnología y hacer la existencia más cómoda en general, la visión materialista que ha derivado la modernidad de su conjunto de observaciones -las cuales no tendrían que tener una coherencia sistemática como visión del mundo, ya que son meros sondeos, más o menos incisivos, en el tejido de la materia- no deja de ser una historia más, una narrativa que seguimos, un mito. Evidentemente, lo mismo se puede decir del cristianismo, el budismo, el idealismo, el existencialismo, el marxismo, el feminismo, el pastafarismo y cualquier otro ismo, siendo el que predomina actualmente el cientificismo. No debemos subestimar el poder que tienen las narrativas, las historias que nos contamos sobre qué es el mundo, de configurar el mundo que experimentamos (lo cual no significa que dé igual qué mito nos contemos pues será siempre un mito: algunos nos acercarán más a la felicidad que otros). Como sugiere Owen Barfield en su libro Saving the Appearances, estrictamente, todas las cosas que percibimos son una representación colectiva, hemos aprendido colectivamente, a través del leguaje y la experiencia, a ver el mundo de cierta forma, y no hay un mundo aparte de esta forma aprendida; aunque en sí mismo sólo exista una agitación de moléculas, nosotros somos capaces de percibir cosas como "el rumor melancólico del viento entre las hojas". El físico alemán Werner Heisenberg observó que nuestras narrativas incluso ejercen su influencia a nivel cuántico: "Debemos recordar que no observamos la naturaleza en sí misma, observamos la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación". Para la física cuántica cada vez es más difícil, pese a todos sus avances, decir qué es la materia, pues ciertamente en su nivel fundamental no parece comportarse de una manera meramente mecánica, como las bolas de billar de la física clásica. La escritora Muriel Rukeyser perspicazmente observa una microfísica impregnada por la ficción: "El universo no está hecho de átomos, está hecho de historias". Quizás esto explica por qué los hombres antiguos experimentaban una naturaleza llena de de dioses y espíritus, donde todo el cosmos hablaba y decía algo relevante, ominoso, profético y extático; y por qué hoy experimentamos un mundo mecánico, en el que todo cada vez se parece más a un algoritmo o a una app y quizá, pronto, a un robot. Como dice el epígrafe de Marinetti, el hombre ya no interesa -no en su imagen divina, cuerpo y espíritu- y es substituible por la materia y la información, y cada vez más por la máquina.

El llamado "humanismo secular" sostiene que la religión y en general la filosofía y el arte son dispensables, pues el ser humano puede encontrar valor, sentido y moral sólo a través de la ciencia. Este humanismo secular olvida, como nota David Bentley Hart, que los valores modernos que permiten una existencia relativamente ética y justa, no se encuentran en la naturaleza per se, y ciertamente no de una manera universal. Estos valores, que son la estela antigua en la que la modernidad humanista sigue flotando, vienen de las grandes religiones y sistemas filosóficos de la antigüedad, más allá de que hayan podido tener fuentes divinas o que hayan podido ser inspirados por otro tipo de observación de la naturaleza, una observación contemplativa. Como señala Hart, los científicos modernos rayan en un fanatismo peligroso cuando creen que la ciencia puede servir como un "árbitro de valores o de verdades morales y metafísicas". Pese a los intentos del darwinismo social y demás sectas modernas, no resulta muy claro que la compasión y la caridad se desdoblen de la evolución natural, y es justamente, como marca Hart, el hecho de que no existen imperativos éticos en la teoría de la evolución lo que permite que sea reconocible como ciencia. Quizá no sea casualidad que sólo hasta que la civilización moderna "evolucionó" hacia una visión secular materialista, se empezó a jugar con la idea de la eugenesia y la experimentación social con la población. Es sólo una visión nihilista de la realidad -en muchos aspectos sinónimo de materialista- la que da la libertad moral de experimentar con el ser humano, rediseñarlo, quizá aumentarlo a la calidad de dios (como desea el transhumanismo) y descartar a aquellos que genéticamente no son aptos para una nueva especie de superhombres u hombres-supercomputadoras. 

Aunque el siglo XX nos trajo oscuras advertencias de este nihilismo totalitario, que algunos llamaron "religiones políticas" pero cuyo fundamento central no era más que el de la "evolución", de una raza superior, de una utopía social, etc. -todos los cuales se cultivaron a la sombra de la profecía nietzscheana del hombre sin Dios-, no está por descontado que estamos libres de estos peligros. Prominentes científicos como James Watson, Joseph Fletcher, Peter Singer, James Rachels y otros han jugado de alguna u otra manera con el determinismo genético, con la eugenesia o con la eutanasia de bebés con defectos. Quizá la estela, mayormente cristiana en Occidente, de considerar a la vida humana con un valor infinito, considerándola una imagen de Dios, pueda desvanecerse en un futuro. Quizá la ciencia pueda producir una visión moral que salvaguarde estos principios, pero esto es algo que ignoramos y en lo cual no podemos apostar con confianza, pues históricamente el ser humano ha encontrado luz moral sólo a través de una narrativa en la que el universo tiene propósito y el ser mismo tiene un soporte infinito, algo que va en contra de los dogmas de la ciencia moderna. El malabareo de encontrar un sentido moral sin invocar nada trascendente, ni nada teleológico, es difícil de sostener.

David Bentley Hart, en su lúcida respuesta al movimiento de los nuevos ateos (Dawkins, Dennett, Hitchens), sugiere que la ciencia y la tecnología actualmente son tratadas como formas "especiales de conocimiento y poder que deben aislarse de sus asociaciones limitantes con las viejas piedades habituales de la naturaleza humana o la verdad moral (éstas siendo, después de todo, meras cuestiones de preferencia personal)". La ciencia reclama, con toda su aura real, exclusividad dentro del dominio del conocimiento, o al menos así la hemos empezado a ver y a tratar. Esta visión monolítica corre el riesgo de ser un nuevo fundamentalismo, un exceso unilateral, un monismo metafísico (aunque desencantado y desmistificado). Hart señala que, aunque la magia moderna -la ciencia- en realidad sí funciona, esto no quita que le proyectamos una fuerza metafísica y una credulidad supersticiosa. Somos al menos tan supersticiosos como nuestros ancestros paganos cuando pensamos "que el poder de hacer una cosa es equivalente al conocimiento de lo que uno está haciendo, o de lo que uno debería hacer, o de si existen otras, más comprensivas verdades ante las cuales el poder debería estar supeditado". La modernidad asume que el conocimiento es poder -la ciencia y la tecnología son la plataforma en la que se erige el Estado moderno-, y el fin del conocimiento es el poder. El mito moderno es la voluntad de poder, la libertad como puro libre albedrío, sin las restricciones morales, que después de todo, se nos ha dicho, son vestigios del oscurantismo del pensamiento mágico que ve el bien y el mal como realmente existentes, independientes del juicio individual. ¿Pero qué ocurre cuando este matrimonio del poder y el conocimiento se consolida tanto que se "libera" incluso de la moral? ¿Acaso este matrimonio no significa necesariamente un divorcio previo de la gran pareja del conocimiento, el amor, que es su consorte en la filosofía? Antes el amor era identificado con el conocimiento -conocer era amar y convertirse en lo conocido, transformarse íntimamente-, y para alcanzar la verdad había que ser iluminado por la luz del amor. Históricamente el amor había estado ligado al bien, a la verdad y a lo bello, pero la modernidad cree haber demostrado que los llamados "tres trascendentales" son meras fabricaciones de la mente subjetiva, cuya realidad palidece ante el sólido imperio de la actividad eléctrica del cerebro (y entonces el amor está ligado ahora sólo a la voluntad, a la elección, como la que ocurre en un supermercado o en una red social como Tinder). El ser humano, enseña la modernidad, no tiene una esencia, y por lo tanto puede ser cualquier cosa; podemos desarrollarlo como un nuevo producto, el último gadget en la historia del progreso. Esto puede sonar a una exageración y quizá lo sea, pero si el conocimiento no está ligado a una base moral, estará siempre al servicio del poder. Y la voluntad de poder, que es siempre de alguna manera egoísta, es antinómica del amor. ¿De dónde obtendrá la ciencia esta base moral? Por el momento la modernidad se sigue alimentando de la moral que ha heredado de la religión, pues por más alejada que parezca, la ciencia no surgió en oposición de la religión, sino que surgió de la racionalidad cristiana y grecolatina y la especulación gnóstica y hermética, de un Logos que era siempre moral, orientaba siempre la inteligencia a lo bueno, lo verdadero y lo bello y la supeditaba a fines trascendentes. Pero nada asegura que esta inercia no se agote, especialmente cuando la religión es tomada cada vez menos en serio, o con menos imaginación y más literalmente (como ocurre con los fundamentalistas); o como un producto de consumo, como los "espirituales pero no religiosos", los eternos turistas; o considerada como un virus, algo de lo cual debemos librarnos, confundiendo la corrupción del poder humano con la doctrina que trasciende al individuo. Como dice Bentley Hart, la idea profusamente difundida de que la humanidad siempre está evolucionando "hacia formas más racionales y éticas es un mito" -la evolución, en términos científicos, es ciega, y el universo una mera casualidad-. Incluso si es que hoy en día somos más racionales y éticos, nada nos asegura -ciertamente nada que venga de la ciencia o del universo meramente material- que seguiremos en un inexorable progreso hacia el perfecto humanismo, hacia el sueño trigarante de la Ilustración. La ciencia es la magia moderna y una superstición en tanto su desmedida confianza en su propia inteligencia amoral. Una idolatría de sí misma, "de nuestro propio poder sobre la realidad material" y de su propia creencia en que no existe nada que no pueda medirse (justamente, la palabra sánscrita maya se refiere tanto a lo ilusorio como a lo mensurable). Y quizás incluso una goetia (magia negra), pues, como el hechicero, pone al servicio del poder personal mundano todas las fuerzas del cosmos, sin tener ningún reparo en que los actos inmorales puedan tener consecuencias. ¿Y acaso no estamos viendo las consecuencias de una especie de pacto fáustico, en el que la explotación de la naturaleza a través de la ciencia tecnológica amoral empieza a pintar un futuro desolador, hasta el punto de amenazar con autodestruir el valeroso proyecto de nuestra humanidad en la Tierra, ese paraíso del cual el hombre debía ser el jardinero?

 

Twitter del autor: @alepholo

*Citas de Atheist Delusions, David Bentley Hart

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Una circunambulación del icono de Andrei Rublev, en el que se representa la actividad divina: una danza de deleite intertranspersonal

El icono de la Santa Trinidad del pintor ruso Andrei Rublev es una de las grandes obras de arte religioso, sin duda la más renombrada dentro de la iconografía de la Iglesia ortodoxa rusa y, para algunos, la obra de arte más importante jamás creada por un artista ruso. Rublev fue un monje ortodoxo que vivió entre los siglos XIV y XV, de cuya vida no se conoce mucho, aunque fue canonizado en la década 1980 y Andréi Tarkovski, el más grande director de cine ruso de la historia, hizo una película de su vida en 1966. Con el tiempo, los colores originales de la pintura se fueron oscureciendo y el icono tuvo que ser restaurado en un par de ocasiones. Al parecer un fondo dorado, más brillante, se ha perdido, así como también importantes matices en las vestimentas de las tres figuras; y durante un tiempo, el icono fue recubierto con un riza de oro por Iván el Terrible. De cualquier manera mantiene una grácil belleza que, sin embargo, debe ser interpretada a la luz de la tradición para poder apreciarse mejor, ya que el icono es la contraparte visual del texto bíblico. Aunque una lectura literal -y la pura impresión desnuda- de todas maneras arroja un sentido valioso y una cierta belleza, es sólo cuando se hace una lectura espiritual que cobra su plenitud.

En la Iglesia ortodoxa del este existe una larga tradición de creación de iconos. Los iconos no son pinturas comunes, son obras confeccionadas bajo ciertos parámetros que las dotan de un carácter sagrado, se dice que son "ventanas espirituales entre el cielo y la tierra". A través de la participación del espíritu en su creación y de la transfiguración de la fe, la imagen se convierte en teofanía, en presencia viviente de la divinidad. Al igual que ocurre en religiones orientales como el budismo y el hinduismo, donde se medita y realizan diversos ejercicios espirituales frente una imagen de la divinidad, sea un murti del ista-devata o un mandala, los monjes ortodoxos también rezan -particularmente la "Oración de Jesús" u "Oración del corazón", la cual se repite, en ocasiones utilizando ciertas técnicas de respiración, de manera comparable al uso de mantras en Oriente-. Y al igual que ocurre con el mandala en el tantrismo, el icono y la misma práctica contemplativa llevan a la deificación o theosis. Esto es, la imagen de la divinidad -con la que fue creado el hombre según el Génesis- llega a su fruición o semejanza. 

La escena que representa la obra es tomada del capítulo 18 del Libro de Génesis, donde Abraham es visitado por tres hombres "cerca del encinar de Mamré". Primero el texto dice que Dios se le apareció en el calor del día en su tienda, pero al alzar los ojos vio a tres hombres que serían interpretados luego como tres ángeles. Abraham les ofrece alimentos a los tres visitantes y mientras comen conversa con Dios (¿a través de los ángeles o aparte?). Los tres ángeles le anuncian a Abraham que su esposa Sarah, pese a su edad, dará a luz a un hijo. La escena es un tanto enigmática y puede interpretarse como si fueran dos ángeles y un tercero que es Jehovah o como si fueran tres ángeles propiamente. Para el cristianismo, que lee la presencia del Verbo divino y la prefiguración del nacimiento de Cristo en el Antiguo Testamento, este episodio es un indicio de la triunidad de Dios, de las tres personas de la Trinidad, el principal dogma del cristianismo. Por su parte, Filón de Alejandría, el gran comentador bíblico judío, quien fue una especie de puente entre el Logos de la filosofía griega y la personificación del Logos como Cristo en el evangelio juanino, sugiere que los tres ángeles son los tres poderes de Dios.

En la imagen de Rublev, los tres ángeles -las tres personas divinas- se sientan en la mesa en torno al cáliz que les ofreció Abraham, en el cual había cordero. El cáliz que luego sería transformado en el cáliz sacramental de la comunión: en el "Cordero de Dios" que se sacrifica por el mundo y se ofrece a él mismo como "el pan de cada día". Esto es lo más importante de la imagen, que las tres personas comparten el cáliz dorado y que entre ellas se produce una comunión y una mirada amorosa. El mismo icono lleva también el nombre de la "Hospitalidad de Abraham" y representa este acto de beber y comer, del deleite y la comunión: el supremo misterio de la unidad en la trinidad. El hecho que resulta escandaloso para algunos críticos, de que Dios es uno y a la vez tres. Una perspicaz interpretación teológica lee el Evangelio de San Juan bajo esta luz trinitaria y dice: "En el principio fue la Relación". Este es el principio básico de la idea trinitaria, pues sólo a través de la triunidad es posible decir que Dios es esencialmente amor; sólo así es posible el misterio de ser profundamente uno y a la vez comulgar con el otro. Las tres personas, en este sentido, deben considerarse sobre todo como relacionabilidad, más que como personas antropomórficas. Un eterno movimiento de vaciamiento o kenosis, del uno en el otro, una danza circular en la que se dona el ser y se disfruta de la infinita bondad de la naturaleza divina, participando esencialmente cada uno en el otro.

Esto nos lleva al aspecto más sutil del icono, el cual lo hace gloriosamente sugestivo y dinámico. Como han visto numerosos teólogos y críticos de arte, la imagen insinúa una danza. Vemos que el Espíritu (con el distintivo verde, el aliento de la vida), a la izquierda de la imagen, y el Hijo (con el distintivo rojo, de la pasión, resurrección y gloria del Kyrios) en el centro de la imagen, se dirigen hacia el Padre (con la vestimenta dorada simbolizando la perfección), en un gesto de reverencia, a la derecha de la imagen. (En los colores vemos esta unidad-en-diferencia: todos comparten el azul celeste, pero además tienen una túnica de otro color). Detrás del Hijo yace el encinar que recuerda la cruz y la resurrección de Cristo. El Padre, a su vez, se dirige hacia ellos con ternura; altivo y a la vez generoso. ¿Es el Padre quien inicia el movimiento de comunión y reconocimiento? ¿Se dirige al Hijo o a los dos? Hay una especie de eterna circulación, de referirse el uno al otro, de hacer fluir, incuantificable, el ágape. Sentados de esta manera, en torno al cáliz, se produce un efecto de constante dinamismo en el observador, pues no puede detener la mirada en uno, pues éste le remite al otro y así sucesivamente. Algo así como lo que le dice Jesús a sus discípulos de que él Hijo del Hombre no tiene descanso en ninguna parte, ni nido, ni madriguera: el amor no tiene asidero, es un perpetuo movimiento, un perpetuo entregarse al otro. La vida espiritual es siempre peregrinaje, un ir hacia Dios, en el ardor del deseo y, a la vez, una espera, una paciente purificación... Hay una profunda quietud espiritual en sus rostros, y al mismo tiempo hay una tensión energética que se revela en la simetría de las tres figuras, en los ángulos de sus hombros se conectan formando líneas invisibles de movimiento. La parte superior del cuerpo del Padre parece conectarse con el Hijo, pero al mismo tiempo parece iniciar un movimiento con su cetro -en el que dona la existencia- y también una comunicación de la vibración divina con el pie exactamente alineado con el pie del Espíritu. El poeta cristiano T. S. Elliot podría estar describiendo esta escena:

At the still point of the turning world. Neither flesh nor fleshless;

Neither from nor towards; at the still point, there the dance is

But neither arrest nor movement. And do not call it fixity, 

Where past and future are gathered. Neither movement from nor towards,

Neither ascent nor decline. Except for the point, the still point,

There would be no dance, and there is only the dance.

La danza tiene su surtidor justamente en la quietud y el tiempo en la eternidad; este movimiento divino -que es la creación del mundo y su regreso a la divinidad al mismo tiempo (exitus/reditus)- desafía toda coordenada en un espacio euclidiano. Al mismo tiempo hay un movimiento en el sentido del reloj y uno contrarreloj -una infinita circulación en ambas direcciones-, como la visión de los ángeles vivientes del Merkabah del profeta Ezequiel. 

Merece recordar que para la tradición cristiana y antes por supuesto para la filosofía platónica, la figura perfecta, que describe el movimiento que imita a la divinidad, es el círculo. Aristóteles señala que las estrellas fijas imitan a Dios a través de un movimiento circular eterno, una coreografía celestial. Para la teología cristiana el sentido de la Creación es el retorno a Dios, y con esto se repite la actividad divina que es la vida interna, intertrinitaria, de Dios, el amor. La tradición cristiana describe la actividad intertrinitaria como una perichōrēsis, un término que suele traducirse como interpenetración (en latín circumincessio). La palabra griega, sin embargo, admite también la interpretación de danza (choreuō) circular (peri). La danza divina en la que están involucrados el Padre, el Logos y el Espíritu. Aunque esta etimología ha sido disputada por algunos teólogos, mucho más fuerte es la tradición mística que la defiende, pues éste es el uso que le da el mismo Dionisio Aeropagita, uno de los más influyentes místicos en la historia del cristianismo. O que encontramos también en el obispo Kallistos Ware.

El teólogo Andrew Louth cuenta que el icono de Rublev fue la inspiración del famoso cuadro de Matisse, La Danse:

Representar a la divinidad como una danza circular es algo que parece tener una fuerza arquetípica, un sentido de perfección se hace tangible en la imagen de un movimiento circular, un orden eterno. Al hablar de "danza" se introduce un elemento de armonía que se antoja con una dimensión estética, una imagen en movimiento de la belleza eterna del cosmos (¡y es que kosmos significa justamente belleza o adorno!). Y más aún, se sugiere a unos danzantes, personas que gozan de esta eterna armonía, que responden a la belleza inherente de la existencia con alegría espontánea. Me parece digno de reflexionarse que otra gran tradición religiosa que también concibe a Dios como amor, como una persona, y no como un absoluto sin cualidades, el bhakti de Krishna, también se refiere a la actividad divina suprema como una danza circular. Esto es justamente lo que significa el rasa-lila, el mandala de amor (prema) que forman Krishna y sus gopis, las pastoras de vacas que son parte de la misma energía de Dios -algo así como sus ángeles bucólicos-, y que constituye el  estado de comunión mística más alto. Rasa-lila y perichōrēsis son misteriosamente traducciones del sánscrito al griego y el icono de Andrei Rublev de la Trinidad y el mandala del rasa-lila, algo así como parientes interreligiosos.

Quizá tenemos aquí una prefiguración de lo que será nuestra actividad en la eternidad. Algo que ya practican los giróvagos sufíes (otra tradición que hace especial énfasis en la figura de Dios como amor):

 

Twitter del autor: @alepholo