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Amor y sabiduría, el ave de la filosofía, el ave platónica que vuela de regreso al Sol del Bien, a Dios

Todos sabemos que la definición literal de la palabra filosofía es "amor a la sabiduría", pero no solemos reparar en la riqueza de esta palabra y en cómo ha sido entendida por la tradición filosófica, partiendo de Pitágoras, el filósofo que acuñó el término, y luego particularmente por Platón, el filósofo que persiguió dialécticamente las ideas de Pitágoras -entre otros filósofos- y creó el primer gran sistema metafísico en Occidente.

En este sentido cabe reflexionar que uno de los dos componentes, philia, significa un tipo de amor distinto al eros, y que podemos mejor asociar con la amistad, específicamente un amor que no busca algo ulterior, se huelga en sí mismo. Y esta era la definición de Platón de la amistad, una relación que no es el instrumento de otra cosa, no busca algo a cambio, sino que es suficiente en sí misma y se entrega desinteresadamente. La amistad, como nota el profesor Arthur Holmes en su comentario a la filosofía ética de Platón, es una relación dialéctica: la búsqueda conjunta de la sabiduría. La filosofía es el amor a la sabiduría en sí misma, una amistad virtuosa con el conocimiento, que no busca emplearlo para obtener algún beneficio, sino sólo embeberse en él, deleitarse en él, hacerse uno con él. Atravesar las sombras de la vida hacia el Sol de las ideas, en su dulce compañía.

No se debe desestimar la importancia del amor en la filosofía -algo sintomático de la filosofía moderna que a menudo canaliza el sofismo-. Platón sabía que para la persona que buscaba el conocimiento, quien cursaba el sendero filosófico, no sólo era suficiente saber qué era el bien, sino que, para vivir de manera correcta, debía aprender a amarlo y apegarse a él. Así la doctrina del mejoramiento del alma se sirve del amor para poder establecerse en la virtud y hacer de la sabiduría una forma de vida.

Platón, al igual que Aristóteles, enseñó que la filosofía nacía en el asombro (thaumazein), en la admiración, en el maravillamiento contemplativo ante el mundo y ante la propia existencia. El acto puro de mirar el cielo estrellado... el acto puro del niño que se pregunta qué son las cosas, y por qué son, y se queda cautivado observándolas o repitiendo sus nombres como si hubiera una magia en la palabra. El filósofo debía permanecer arraigado en este acto fundacional de la filosofía -el asombro, forma prístina de deleite- para continuamente amar el conocimiento. Es aquí donde entra la belleza, que es justamente lo que nos hace amar algo, deleitarnos en su contemplación. Una belleza que para Platón era el "esplendor de la verdad", el relumbre en el mundo de la generación de una forma supraceleste eterna, del bien trascendente que eleva al alma en su contemplación.

Como bien resume el profesor Holmes, para Platón el alma "es guiada por la razón, pero motivada por el amor". La forma más alta de conocimiento para nuestro filósofo no era la acción, era la contemplación. Pero esta contemplación, fundamentalmente de las ideas, y más aún del bien, del Sol del Bien (que es lo divino que se debe imitar), no era una contemplación pasiva, era una contemplación ardorosa, una contemplación porosa a la eternidad. En el deleite contemplativo del bien, la persona no sólo lo conoce sino que lo hace parte de su naturaleza, de su ser. (En el Teeteto, Platón sugiere que quien es justo y encarna el ideal del bien, con la ayuda de la sabiduría, es igual a la divinidad). Los padres de la Iglesia, quienes bebieron abundantemente del cauce platónico, luego hablarán de la contemplación como el estado de oración -ora constantemente, exhortó Pablo- y lo compararán con un fuego que purifica y transforma, hace que todo lo que arde cobre su misma naturaleza. O, usando una conocida metáfora, calcina todos los metales que no son oro, dejando sólo el oro macizo, la pureza del alma. Platón en El Fedro habla de que el amante, en la contemplación de su amado, literalmente derrite la onerosa arcilla sublunar que le impide extender gloriosamente sus alas y elevarse hacia el mundo divino. Sin embargo, esta elevación, este aspecto anagógico y maniático del eros, debe pasar del deseo fervoroso dirigido hacia el objeto mundano -el cuerpo del amado, de esa bella mujer o ese bello muchacho- hacia su forma y fuente universal, hacia la belleza trascendente y sólo así podrá calibrar y continuar su vuelo hasta penetrar el mundo superior y encontrar allí una vida libre de corrupción entre los dioses.

La interdependencia del amor y la sabiduría, o su aleación pura, su hieros gamos, tiene un importante fruto ético, pues es sólo cuando el amor al bien se ha integrado -gracias a la belleza y al deleite- y se ha convertido auténticamente en sabiduría que el ser humano puede actuar éticamente y dirigir el carro del alma con la justa rienda de la razón, virtuosamente llevando el aspecto emotivo-volitivo y el aspecto concupiscente a la unidad, de regreso a su fuente celeste, alzando las alas hacia el Sol de la Eternidad. El Sol del cual Platón dice que sólo vemos su cuerpo, pero no su alma. Ese Sol que la tradición diría es Dios, y el cual se obtiene lo mismo a través de la sabiduría que a través del amor. Podemos pensar en un pájaro que se eleva al Sol, incluso ese pájaro que renace del fuego y alcanza la inmortalidad. San Efrén de Siria vislumbró sus dos alas en sus Himnos a la Fe:

La verdad y el amor son las alas inseparables -pues la verdad no puede volar sin amor- y el amor no puede mantenerse a flote sin la verdad.

Recuerdo la simple observación que hace Raimon Panikkar: la filosofía no sólo es amor a la sabiduría, es también la sabiduría del amor. Y no se puede, en última instancia, amar sin saber, ni saber sin amar. Ambas son eso que os hará libres. Contemplad propiamente, en su esplendor supernatural, esta majestuosa ave filosófica: el pájaro que vuela de regreso al Sol.

 

Lee también: En la persona que amamos, vemos la divinidad que adoramos

 

Twitter del autor: @alepholo

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Según Martin Heidegger, el arte moderno es una fuerza más destructiva que constructiva y no alcanza a desencubrir el Ser en sí mismo

En un mundo secular donde triunfan la ciencia y la técnica y donde impera un repudio a lo tradicional y a lo religioso -en el encandilamiento de lo nuevo- parecería que sólo el arte puede ofrecer estímulo espiritual y sosiego contemplativo, pues aún creemos, en alguna medida, en el poder y en la importancia del arte. Sólo el arte puede salvarnos de la mecanización de la realidad y, sin embargo, según Heidegger, el arte moderno es una sombra y ha sido también aniquilado por la era de la tecnicidad. Difícilmente encontraremos el espíritu en el arte moderno, nos diría el filósofo alemán (aunque probablemente no usaría exactamente la palabra espíritu).

En la última entrevista que concedió en vida, al diario alemán Der Spiegel, el profesor Heidegger dijo:

En lo que concierne a mi orientación, en todo caso, sé que, con respecto a la experiencia humana y la historia, todo lo esencial y de gran magnitud ha surgido sólo del hecho de que el hombre tenía un hogar y estaba enraizado en una tradición. La literatura contemporánea, por ejemplo, es mayormente destructiva.

Heidegger luego señaló: "no veo nada en el arte moderno que trace un sendero para nosotros. Más aún, no queda claro cómo el arte ve el carácter específico del arte, o al menos lo busca". Y agregó que no veía a nadie capaz de pensar lo esencial y de abrir ese sendero para el encuentro del Ser, por lo cual quizá lo único que nos podía salvar era el encuentro con un dios:

La única posibilidad disponible para nosotros es que pensando y poetizando preparemos una disposición para la aparición de un dios, o para la ausencia de un dios en nuestro declive, en tanto a la visión de un dios ausente estamos en un estado de declive.

Al igual que Hölderlin, Heidegger creía que vivíamos en la época en la que lo divino se había retirado del mundo y el encuentro directo con el Ser había sido imposibilitado por la civilización técnica y por el intento de amaestrar el mundo natural, en vez de esperar, en una actitud de desapego, desasimiento y apertura la fulguración del Ser, la alétheia. Esta actitud eminentemente poética ya no se encuentra en el mundo moderno.  Un mundo donde:

Todo está funcionando. Eso es precisamente lo que es asombroso, que todo funciona, y que el funcionar catapulta todo, más y más, hacia más funcionamiento, y esta tecnicidad desenraiza al hombre de la tierra... Todas nuestras relaciones se han convertido en meramente técnicas. Ya no es sobre la tierra que vive el hombre.

Para Heidegger hay un misterio que la tecnicidad impide que veamos, o impide que entremos en el estado de pensamiento en el cual puede develarse ese misterio. La tecnicidad es antes que otra cosa una actitud ante el mundo, en la que todas las cosas se ven como herramientas, como cosas útiles que están a nuestra disposición. En otra parte Heidegger dice que la tecnicidad "es el intento del hombre moderno de dominar la tierra controlando a los entes que son considerados como objetos". Todo es considerado como objeto y no como Ser. Y esto permea el arte moderno, donde todo es calculable, cuantificable y cuyo valor supremo es el precio en el que se vende (y todo se vende). Un arte que, por otra parte, como ocurre con todas las manifestaciones culturales, está cada vez más desligado de las tradiciones del pensamiento artístico, filosófico y religioso de Occidente. Busca ser nuevo, pero esto para el arte no es cortar el cordón umbilical para tener su propia vida, sino cortar la fuente de aire, es decir de espíritu, de la cual se alimenta. Paradójicamente, un arte "en sintonía con el espíritu del tiempo", en nuestro tiempo sin espíritu, es un arte inerte y superfluo.