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Canadá es uno de los lugares de más fácil acceso y con mayor abundancia de luces del norte

Canadá, con su vasto territorio y sus latitudes nórdicas, es junto con Islandia y los países escandinavos uno de los mejores lugares para presenciar auroras boreales en el mundo. La inmensidad y la enorme riqueza natural de este país, sin embargo, permiten que el avistamiento de estas sublimes tormentas geomagnéticas esté coloreado y contrastado por imponentes paisajes difíciles de superar. 

Cualquiera que haya visto una aurora boreal sabrá que es uno de los espectáculos más inolvidables que se pueden presenciar en la naturaleza. Para cazar estos fenómenos se recomienda visitar ciertos lugares al norte en invierno -Yukón, Newfoundland, Manitoba, etc.- o seguir el calendario de tormentas geomagnéticas, las cuales suelen intensificarse cerca de los equinoccios. 

Las auroras ocurren cuando partículas cargadas procedentes del Sol son guiadas por el campo magnético de la Tierra e inciden en la atmósfera cerca de los polos. Cuando esas partículas chocan con los átomos de oxígeno y nitrógeno, que constituyen los componentes más abundantes del aire, parte de la energía de la colisión excita esos átomos a niveles de energía tales que cuando se desexcitan devuelven esa energía en forma de luz visible. La interacción de las partículas solares con la Tierra dibuja hermosos velos de colores, verdes, morados, amarillos y rojos. El cielo se vuelve un rave angelical de plasma y fotones.

 

EL SONIDO ETÉREO DE LAS AURORAS BOREALES: LA MÚSICA DE LA MAGNETÓSFERA

Dentro del proyecto Natural Radio, Stephen P. McGreevy documentó el sonido de distintas auroras que aparecieron en Canadá y Alaska. Básicamente, captó las ondas electromagnéticas presentes durante estos fenómenos y las tradujo mediante un receptor ELF-VLF. La grabación se realizó utilizando un equipo McGreevy WR-3, con un receptor WR-4b E-Field VLF y una antena vertical de 3m.

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Como penitencia de confesión, Amphilochios de Patmos pedía que se plantara un árbol

La isla de Patmos, además de ser sumamente bella, es un lugar importante para la religión cristiana, pues se cree que allí se escribió el Apocalipsis de San Juan, el último libro de la Biblia. Esta isla, a la par de ser un lugar turístico para cristianos y no cristianos que buscan la belleza de sus playas, es centro de un importante monasterio. El monje Amphilochios de Patmos vivió buena parte de su vida allí y restauró algunos de los templos de la isla pero, más aún, reforestó el lugar, en un hermoso gesto que funde la fe con el amor a la naturaleza.

Amphilochios de Patmos nació en 1889 y entró al monasterio de San Juan el Teólogo en Patmos desde los 17 años. En 1913 viajó a Monte Athos, la famosa isla montañosa que ha sido el gran bastión del cristianismo ortodoxo en su veta mística y es actualmente Patrimonio de la Humanidad. En Athos aprendió carpintería y posteriormente regresó a Patmos, donde fue ordenado diácono. Amphilochios tuvo una vida primero inclinada a la contemplación monástica, que incluyó algún tiempo en la "cueva del Apocalipsis", pero luego tuvo que cumplir funciones clericales.

Según el obispo Kallistos Ware, lo que caracterizaba a Amphilochios es que era un ecologista antes de la ecología. Su frase célebre era "Amen a los árboles. Quienes no aman a los árboles no aman a Cristo". Y según el obispo Kallistos, tenía la costumbre de dictar como penitencia de confesión a las personas de la isla que plantaran un árbol. Plantar un árbol era su oración de penitencia y su alabanza a la divinidad. Y luego Amphilochios, quien se convirtió en el viejo guardián de la isla hasta su muerte en 1970, iba a checar los árboles para ver que estuvieran sanos y fueran regados. Al parecer, este hábito hizo que con el tiempo la isla se llenara de árboles. Algo muy apropiado para su fe y para el bienestar del lugar, pero que además nos regala una bella historia que mezcla la espiritualidad con la ecología, dos aspectos de la existencia que en realidad no pueden disociarse del todo, pues como ha dicho, por ejemplo, el monje zen vietnamita Thich Nhat Hanh, el problema ecológico del mundo es en realidad un problema espiritual, que parte de la concepción del ser humano como separado de la naturaleza.