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Según Martin Heidegger, el arte moderno es una fuerza más destructiva que constructiva y no alcanza a desencubrir el Ser en sí mismo

En un mundo secular donde triunfan la ciencia y la técnica y donde impera un repudio a lo tradicional y a lo religioso -en el encandilamiento de lo nuevo- parecería que sólo el arte puede ofrecer estímulo espiritual y sosiego contemplativo, pues aún creemos, en alguna medida, en el poder y en la importancia del arte. Sólo el arte puede salvarnos de la mecanización de la realidad y, sin embargo, según Heidegger, el arte moderno es una sombra y ha sido también aniquilado por la era de la tecnicidad. Difícilmente encontraremos el espíritu en el arte moderno, nos diría el filósofo alemán (aunque probablemente no usaría exactamente la palabra espíritu).

En la última entrevista que concedió en vida, al diario alemán Der Spiegel, el profesor Heidegger dijo:

En lo que concierne a mi orientación, en todo caso, sé que, con respecto a la experiencia humana y la historia, todo lo esencial y de gran magnitud ha surgido sólo del hecho de que el hombre tenía un hogar y estaba enraizado en una tradición. La literatura contemporánea, por ejemplo, es mayormente destructiva.

Heidegger luego señaló: "no veo nada en el arte moderno que trace un sendero para nosotros. Más aún, no queda claro cómo el arte ve el carácter específico del arte, o al menos lo busca". Y agregó que no veía a nadie capaz de pensar lo esencial y de abrir ese sendero para el encuentro del Ser, por lo cual quizá lo único que nos podía salvar era el encuentro con un dios:

La única posibilidad disponible para nosotros es que pensando y poetizando preparemos una disposición para la aparición de un dios, o para la ausencia de un dios en nuestro declive, en tanto a la visión de un dios ausente estamos en un estado de declive.

Al igual que Hölderlin, Heidegger creía que vivíamos en la época en la que lo divino se había retirado del mundo y el encuentro directo con el Ser había sido imposibilitado por la civilización técnica y por el intento de amaestrar el mundo natural, en vez de esperar, en una actitud de desapego, desasimiento y apertura la fulguración del Ser, la alétheia. Esta actitud eminentemente poética ya no se encuentra en el mundo moderno.  Un mundo donde:

Todo está funcionando. Eso es precisamente lo que es asombroso, que todo funciona, y que el funcionar catapulta todo, más y más, hacia más funcionamiento, y esta tecnicidad desenraiza al hombre de la tierra... Todas nuestras relaciones se han convertido en meramente técnicas. Ya no es sobre la tierra que vive el hombre.

Para Heidegger hay un misterio que la tecnicidad impide que veamos, o impide que entremos en el estado de pensamiento en el cual puede develarse ese misterio. La tecnicidad es antes que otra cosa una actitud ante el mundo, en la que todas las cosas se ven como herramientas, como cosas útiles que están a nuestra disposición. En otra parte Heidegger dice que la tecnicidad "es el intento del hombre moderno de dominar la tierra controlando a los entes que son considerados como objetos". Todo es considerado como objeto y no como Ser. Y esto permea el arte moderno, donde todo es calculable, cuantificable y cuyo valor supremo es el precio en el que se vende (y todo se vende). Un arte que, por otra parte, como ocurre con todas las manifestaciones culturales, está cada vez más desligado de las tradiciones del pensamiento artístico, filosófico y religioso de Occidente. Busca ser nuevo, pero esto para el arte no es cortar el cordón umbilical para tener su propia vida, sino cortar la fuente de aire, es decir de espíritu, de la cual se alimenta. Paradójicamente, un arte "en sintonía con el espíritu del tiempo", en nuestro tiempo sin espíritu, es un arte inerte y superfluo.

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El encuentro entre genios no produjo muchas chispas, pero sí dejó una reflexión emblemática

El encuentro de mentes geniales genera enorme interés y fascinación. Mucho se ha escrito sobre el trabajo de instrucción de Aristóteles a Alejandro Magno: la mente más brillante de su época, sirviendo de tutor de quien sería el más grande conquistador. Y sólo podemos imaginar, por ejemplo, lo que debieron de haber sido las discusiones entre Hegel, Schelling y Hölderlin, tres de las más brillantes mentes del idealismo y el romanticismo alemán, quienes fueron roommates en la universidad. En ocasiones, sin embargo, el encuentro de grandes mentes y figuras legendarias no produce demasiadas chispas. Pero esta misma falta de fuego y de química puede ser en sí misma reveladora. 

François Cusset narra en el libro French Theory: How Foucault, Derrida, Deleuze, & Co. Transformed the Intellectual Life of the United States el encuentro entre los famosos filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari y Bob Dylan y Joan Baez. El encuentro fue organizado por el artista y activista Jean-Jacques Lebel, responsable de introducir la poesía beat en Francia, y sucedió en el backstage después de un concierto en Massachusetts, en 1975. Al parecer Deleuze era fan de la música de Dylan, lo cual, si tomamos en cuenta que también gustaba del surf, lo convierte en uno de los filósofos más cool de la historia. Según Cusset:

Poco impresionados por los dos filósofos franceses, los cantantes folk no se molestaron en leer el Anti-Edipo, y por su parte los dos teóricos desafortunadamente no estaban interesados en fumar marihuana: una inadvertida mala alineación de intereses sociales, creó un encuentro incómodo para las partes involucradas. La anécdota de una mal concebida compatibilidad es epítome del espíritu de comprensión de los objetivos de la teoría francesa e incita una pregunta inevitable: ¿acaso nosotros, del lado estadounidense del Atlántico, hemos podido comprender a los franceses, sus tradiciones intelectuales y su legado filosófico?  

Cusset se pregunta si el encuentro fallido entre Deleuze y Dylan no habla de un encuentro fallido en general, al menos en lo que se refiere a la intelectualidad francesa en Estados Unidos. Esto tanto en un sentido cultural general (la sofisticación francesa quizá no galvaniza la mente estadounidense) como, sobre todo, en un sentido particular (mucha de la filosofía francesa moderna y especialmente la posmoderna, parece perderse en la traducción -siendo Deleuze, Derrida y otros de sus exponentes famosamente difíciles de traducir y en general de comprender-).