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Hablar con un animal, una planta, un objeto o un dios es completamente normal

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/25/2019

Hablar con las cosas y verlas como personas es completamente normal y hasta un signo de inteligencia

Hablar con objetos inanimados o creer que los animales entienden lo que decimos e incluso buscar o sentir la compañía de espíritus inmateriales es algo completamente normal, parte de la naturaleza humana. Según el profesor de la Universidad de Chicago, Nicholas Epley, esta misma característica, que se conoce como antropomorfizar, no es un rasgo pueril, ignorante o estúpido sino parte de lo que nos hace únicos como inteligencias en el planeta. Se trata de una tendencia a ver mentes y personas en el mundo y de esta manera encontrar relaciones sociales complejas y empáticas. Y de hecho, más allá de casos extremos más conspicuos -como los niños y sus amigos imaginarios- o quizá algunos más patológicos -como este hombre que tiene sexo con automóviles- todos lo hacemos, incluyendo a los adultos más escépticos y materialistas. 

"Reconocer la mente de otro ser humano involucra el mismo proceso psicológico que reconocer la mente en otros animales, un dios o incluso un gadget. Es un reflejo de la habilidad más grande de nuestro cerebro y no un signo de estupidez", dice Epley.

Estos son los mecanismos de cognición social que nos han permitido evolucionar y tener relaciones significativas con el entorno. Y por supuesto han sido observados en el ser humano desde tiempos inmemoriales. Si ahora hay personas que llaman a su coches con un nombre o a sus gadgets (y ahora que tienen gadgets que son como personas y realmente hablan), antes había personas que llamaban a sus espadas o a sus arpas o flautas con un nombre y conversaban con ellas. Evidentemente hay una diferencia entre una proyección antropomórfica, y el hecho de creer en que un objeto realmente está animado y tiene una cierta agencia y una conciencia autónoma, y algunos dirán también de un dios, un espíritu, un ángel, una hada, etc. Sin embargo, esto es menos preciso de lo que podemos realmente saber, pues es posible, como algunos científicos especulan actualmente, que vivamos en un universo panpsíquico, donde la conciencia no sea un fenómeno meramente humano sino esté difundido en toda la naturaleza, en diferentes grados. Y en lo que se refiere al mundo espiritual, pues esto es algo que el ser humano ha hecho desde el principio de la historia y que no puede ser reducido a una mera explicación materialista, especialmente en tanto no se entienda cabalmente qué es la conciencia y que cumple la importante función de encontrar significado en el mundo.

En el caso de los animales, las personas que hablan con sus gatos o perros y demás, objetarán también que pese a que los animales no entienden el significado de la mayoría de las palabras, esto no significa que no tengan un cierto entendimiento por el tono, los gestos o algunos factores de lenguaje no verbal de lo que la persona siente o quiere. Es por eso que algunas mascotas son excelentes apoyos emocionales; aunque de nuevo otros dirán que esto es una mera proyección antropomórfica.

En el caso de las plantas estudios han mostrado que éstas son sensibles al ambiente, se comunican entre sí y tienen algún tipo de memoria e inteligencia, si bien no como la nuestra, por lo cual no es del todo disparatado pensar que hablarles y ponerles música puede afectarlas de alguna manera sutil.

En suma, incluso podríamos decir que la vida de las personas que no hablan con su entorno, con la naturaleza, con las cosas, con los espíritus, es más pobre, menos imaginativa, menos rica en juego y sueño. Sartre dijo que la naturaleza era muda, no hablaba; pero el ser humano naturalmente busca un sentido en el mundo y una relación y su vida no se vuelve más engañosa e ilusoria por ello, sino más rica y significativa.

 

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El encuentro entre genios no produjo muchas chispas, pero sí dejó una reflexión emblemática

El encuentro de mentes geniales genera enorme interés y fascinación. Mucho se ha escrito sobre el trabajo de instrucción de Aristóteles a Alejandro Magno: la mente más brillante de su época, sirviendo de tutor de quien sería el más grande conquistador. Y sólo podemos imaginar, por ejemplo, lo que debieron de haber sido las discusiones entre Hegel, Schelling y Hölderlin, tres de las más brillantes mentes del idealismo y el romanticismo alemán, quienes fueron roommates en la universidad. En ocasiones, sin embargo, el encuentro de grandes mentes y figuras legendarias no produce demasiadas chispas. Pero esta misma falta de fuego y de química puede ser en sí misma reveladora. 

François Cusset narra en el libro French Theory: How Foucault, Derrida, Deleuze, & Co. Transformed the Intellectual Life of the United States el encuentro entre los famosos filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari y Bob Dylan y Joan Baez. El encuentro fue organizado por el artista y activista Jean-Jacques Lebel, responsable de introducir la poesía beat en Francia, y sucedió en el backstage después de un concierto en Massachusetts, en 1975. Al parecer Deleuze era fan de la música de Dylan, lo cual, si tomamos en cuenta que también gustaba del surf, lo convierte en uno de los filósofos más cool de la historia. Según Cusset:

Poco impresionados por los dos filósofos franceses, los cantantes folk no se molestaron en leer el Anti-Edipo, y por su parte los dos teóricos desafortunadamente no estaban interesados en fumar marihuana: una inadvertida mala alineación de intereses sociales, creó un encuentro incómodo para las partes involucradas. La anécdota de una mal concebida compatibilidad es epítome del espíritu de comprensión de los objetivos de la teoría francesa e incita una pregunta inevitable: ¿acaso nosotros, del lado estadounidense del Atlántico, hemos podido comprender a los franceses, sus tradiciones intelectuales y su legado filosófico?  

Cusset se pregunta si el encuentro fallido entre Deleuze y Dylan no habla de un encuentro fallido en general, al menos en lo que se refiere a la intelectualidad francesa en Estados Unidos. Esto tanto en un sentido cultural general (la sofisticación francesa quizá no galvaniza la mente estadounidense) como, sobre todo, en un sentido particular (mucha de la filosofía francesa moderna y especialmente la posmoderna, parece perderse en la traducción -siendo Deleuze, Derrida y otros de sus exponentes famosamente difíciles de traducir y en general de comprender-).