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¿Es la escolarización masiva la causa olvidada de la neurosis, el narcisismo y la depresión que caracterizan a nuestra sociedad?

El colegio es una castración: castración motriz, castración imaginativa, castración cognitivo-creativa. El colegio es un corsé victoriano, un hospital del XIX, una cárcel, una camisa de fuerza, un jarrón chino, una mutilación genital, un cilicio, un claustro al que te arrastraron por la fuerza. 

Priva al niño de vivir su infancia. El colegio es abuso infantil. Una aberración histórica.

En todas las épocas y culturas hubo niños abandonados, huérfanos, maltratados, víctimas de guerras, pero no tenían los trastornos mentales actuales. La verdadera causa que nadie desea ver porque forma parte de la misma médula del funcionamiento de la sociedad moderna es: EL COLEGIO. Antes de la escolarización masiva obligatoria no existían trastornos mentales en la proporción inaudita en la que se dan actualmente y en continuo incremento (o excremento de la sociedad). Los padecen incluso niños muy bien educados, cuidados y de buenas familias.

Forzar a un niño que apenas empieza a formarse a permanecer sentado en un pupitre 8 horas sin poder moverse, ni jugar, ni imaginar, ¡ni dibujar siquiera en la carpeta!, ni pensar (no puede divagar e indagar en otras cosas ni en nada porque debe escuchar al profesor, de lo contrario, cuando piensa por sí mismo o reflexiona en lo que llama su atención y desarrolla su pensamiento en ese sentido distanciándose del curso dictado en el aula se dice que está “distraído”), confinando todo su ser a la inmovilidad, a la escucha acrítica y a la absorción pasiva de información, produce una desnaturalización y enferma al ser de modo irreversible (una realidad difícil de afrontar, pero que es pertinente afrontar desnudamente en toda su crudeza para tomar cartas sobre el asunto y no continuar prolongando la agonía de los niños y de la humanidad).

Los niños no han sido hechos (me refiero a que su naturaleza no es congruente con ello sin que existan daños severos de por medio) para ir al colegio (en su modo actual). La humanidad ha vivido milenios sin él y se ha adaptado a sus circunstancias vitales premodernas y no a las nuevas que se han impuesto súbita, abrupta e inesperadamente de la noche a la mañana pretendiendo (¡qué ignorante de los ciclos naturales es el hombre moderno!) que no se iba a dar a la par, como efecto que era a toda luces evidente, una desadaptabilidad inminente a un cambio drástico que iba y va en curso contrario a las circunstancias anteriores en las que se formó el ser humano durante milenios para adaptarse perfectamente a esas circunstancias previas a la intervención de la nefasta ingeniería social escolar y no a las actuales condiciones.

Este abuso infantil, esta violencia, esta vulneración de los ciclos naturales del niño se da desde la temprana infancia en el inicio mismo de su formación, a través de la escolarización masiva, maquinal, industrial, que es ¡una castración integral de la expresión y el libre desarrollo en todos los niveles: motriz, social, imaginativo y cognitivo!

¿Cómo se atreven a hablar después de la represión sexual ejercida por la Iglesia los mismos que promocionan una represión integral del ser con el proyecto moderno-ilustrado de la escolarización; un enclosetarse y atarse una camisa de fuerza en el fuero más íntimo y primario que posibilita la iniciativa y la acción, el AMOR MISMO A LA VIDA; una mordaza en la boca y en la mente, unas cadenas en los pies y unas esposas en las manos; una represión sin precedentes históricos, nunca antes vista, que supera con creces a la de la era victoriana? 

¡El que vive inmerso en la enfermedad y ha sido forzado a interiorizarla desde que era un niño, a decir sí a lo que destrozaba su infancia, a decir sí a lo que lo anulaba como ser vivo, a besar a los verdugos de la “corrección” y de la “civilización” enajenante y mutilante (¡mejor mutílense los brazos y las piernas, si tanto odian correr y saltar, y tanto aman los pupitres y las estatuas inmóviles de yeso! ¡si tanto aborrecen sus cuerpos y el aire libre, si tanto aman el encierro! ¡arránquense los ojos! ¡talen los árboles y cerquen los espacios abiertos! ¡pues sí, eso, eso hacen, arrasar con todos los bosques y los mares, encerrar a los animales, cercar los espacios abiertos hasta reducirlos y enmohecerlos, y eso en la práctica se llama COLEGIO!); el que ha aceptado la enfermedad por el agotamiento de la imposición continua, reiterada y sin tregua ¡termina por no advertir la enfermedad sobre la que está sentado, sobre la que trabaja y sobre la que duerme y come! 

El colegio no es más que la expresión a nivel educativo y microcósmico-humano de lo que es la destrucción medioambiental a nivel macrocósmico planetario. ¿Cómo no se dan cuenta de nada? ¡Cómo no entienden que todo está interconectado, unido! ¿Cómo esperan aislar los fenómenos unos de otros como si todo fuese inconexo y luego lamentarse de que la sociedad y el individuo moderno viven atomizados? ¡Pues sí, han sido diseccionados!

El colegio te resetea para que digas: “Me han hecho un bien e ir al colegio es bueno”. Es un lavado cerebral cabal avalado y promocionado por el Estado a nivel masivo y por lo más poderoso del Sistema. ¿Cómo se atreven a hablar luego de sectas aisladas, minoritarias y raquíticas que lavan el cerebro, cuando tienen un lavado cerebral a escala multinacional frente a sí de los más efectivos que jamás han existido y que se pone en marcha desde el inicio de la existencia de un ser?

Luego los enfermos imponen a sus sucesores su misma enfermedad, ¡pues no son conscientes de esa enfermedad! Piensan en lo locas y enfermas que son otras épocas y culturas y no ven la locura de la nuestra porque la han normalizado. Luego se preguntan, sorprendidos, por qué hay tantos trastornos mentales: ¡abran los ojos y miren de una vez, en lugar de resignarse y por pura cobardía mirar a otro lado, esquivar la causa real y buscar causas imaginarias de todo tipo!

Yo la veo porque jamás la interioricé, siempre fui una desadaptada, siempre dije “¡no!” al colegio y siempre fui castigada, sin recreo, haciendo más y más tareas que no hacía, vituperada y humillada por los profesores, cuando sólo era una niña, era muy sensible y no había hecho daño a nadie. Pero sólo por ello, aunque fuera en bondad santa Teresa, sólo por ello, por no OBEDECER A LA MÁQUINA ESCOLAR QUE ATENTABA CONTRA MI CONCIENCIA Y VOLUNTAD, fui tachada con una gigante cruz que cargué durante todo mi desarrollo (¿cómo podría eso afectar la autoestima? Y a pesar de eso he sobrevivido en mi integridad porque me conozco y siempre he sido fiel a mí misma).

Pero a causa de tanta represión y maltrato escolar ahora estoy crónicamente enferma. Intenté (como un preso trata de fugarse o, mejor dicho, como un prisionero de guerra) huir de lo que me enfermaba, del colegio, pero me empujaron a la fuerza, me arrojaron bocabajo en ese antro, en esa mazmorra oscura que me enfermaba, y jamás escucharon mis ruegos por no ir, mis reclamos, mis críticas, mi voz, PORQUE ERA UNA NIÑA Y LOS NIÑOS SON TARADOS MIENTRAS QUE LOS ADULTOS SON SABIOS Y SIEMPRE TIENEN LA RAZÓN. A medida que iba enfermé día a día más, con completa conciencia y claridad de las causas y efectos de la enfermedad, con los ojos muy abiertos en un mundo de ciegos.

Se ejerce esta violencia antinatural apabullante y sin nombre contra un niño que está empezando a aprender de forma natural, espontánea, orgánica, adaptada a su entorno inmediato -como ha sido durante milenios desde que somos Homo sapiens-. Así se interrumpe, se obstruye (¡qué misteriosa esa nueva enfermedad autoinmune de la obstrucción, esa incomprensible parálisis que sólo ocurre en la vida urbana y jamás entre los salvajes del campo!), así se interrumpe, se obstruye el desempeño de su desarrollo motriz, imaginativo, creativo e intelectual que se daría saludablemente y sin interrupción en un contexto correspondiente a sus necesidades reales. Al interrumpir mediante la violencia escolar este proceso natural el niño degenera y se trastorna de forma irremediable. Es anulado. Es anulada su infancia: ¡aplastada de un solo golpe, la etapa más dichosa y feliz de la vida, la infancia, aplastada de un solo golpe ante sus ojos lúdicos, lúdicos, lúdicos, preñados de ensueños! El colegio prohíbe jugar.

Efectivamente: todas sus facultades son cortadas. El colegio no es una estructura y disciplina posibilitante anclada en la naturaleza humana que respeta sus ciclos, sino una innovación implantada por inexpertos, un experimento social fallido (en cuanto a la salud física y mental) que invierte los procesos orgánicos y que resulta ser una estructura y una disciplina limitante en lugar de posibilitante.
La energía expansiva, creativa y feliz del niño es reprimida con toda la fuerza que sea necesaria (valen también los medicamentos, el Ritalin, las anfetaminas que dan a los niños “hiperactivos” para reprimir su energía sobreabundante e inmovilizarlos como a parapléjicos en sillas de ruedas para que sean buenos estudiantes de goma: todo vale en este juego macabro). Esa energía llena de vida que es contenida sin posibilidad de escape, de fuga, hora tras hora, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, ¿a dónde se va? ¿Desaparece mágicamente de la nada? ¿Eso piensan los cuerdos adultos que llevan a sus hijos al colegio? ¿O es que esa energía más bien se acumula en el cuerpo, se estanca, enmohece, y obstruye sus circuitos? ¿O es que esa energía, más bien, se acumula en la mente, se retuerce en ella, y desde dentro, sin fuga al exterior, la va retorciendo más y más y obstruye sus sanos circuitos que son de expresión directa? ¿No llamamos a eso neurosis moderna? La continua represión desemboca en neurosis. Problemas físicos y mentales: diversas neurosis que toman distintos circuitos. Una desvinculación absoluta del cuerpo. El colegio incluso propicia una desvinculación absoluta de la interacción (lejos del “cuento chino” de que ayuda a socializar, como si nuestros antepasados previos a la escolarización no socializaran y entablaran vínculos más reales, humanos y duraderos que nosotros): sólo cabe espacio para la socialización en los recreos que son mínimos y el resto del tiempo el niño está recluido en su pupitre como un autista, como un átomo, enfrascado, de forma que la empatía también se trunca y surge el “narcisismo” moderno. 

La escolarización masiva y obligatoria moderno-ilustrada es una castración histórica de proporciones inauditas que no tiene nombre, pavorosa, que a quien sea capaz de verla no hará sino producirle vértigo, y que anula el desarrollo natural y espontáneo de las facultades físicas, emocionales y cognitivas del niño, ejerciendo una presión y represión brutales que desembocan en todo tipo de trastornos: estrés, ansiedad, fobia, autocrítica patológica, sobreexigencia y culpa, competitividad frenética, interiorizacion de una camisa de fuerza que va desde lo físico hasta lo psicológico. 

Pero como nadie quiere mirar de cara a la realidad y hacerse cargo de esto, como nadie quiere abolir la tiranía del statu quo del colegio, miran a otro lado (qué fácil engañarse a uno mismo; el ser humano, por pusilánime, por gregario, por no salir de la zona de confort, por comodidad, por no ser juzgado ni criticado ni excluido, por pertenecer, por encajar, aunque sea en una estructura enferma, se miente una y otra vez a sí mismo y con ello a los demás, como refiere en la película Rashomon de Akira Kurosawa uno de los personajes) e inventan millares de causas que siempre han existido sin que hubiesen jamás generado los trastornos de estos tiempos. ¿Acaso antes los niños no pasaban hambre, frío, enfermedades, guerras, vivían sin un padre, o a la deriva? Sí, pero no tenían sobre sus hombros la estructura mecanizada e inhumana del colegio. 

Un animal puede crecer semiabandonado en la naturaleza, con poco alimento y pasando hambre, tener heridas de guerra de la dureza del entorno y la intemperie, estar sin cola o sin una pata, tal vez, pero está sano, es vital, es fuerte. Un animal encerrado, por buena alimentación que reciba, por más cuidado que esté, por buena que sea la educación impartida, por cálido que sea el cobijo, siempre estará menguado y propenderá a la enfermedad.

 

Facebook: Sofía Tudela Gastañeta

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Amplía siempre tus horizontes: el consejo de Bertrand Russell para no envejecer

Filosofía

Por: pijamasurf - 01/25/2019

Un ensayo de Bertrand Russell sobre la relación del ser humano con el tiempo

¿Por qué envejecer preocupa al ser humano? La respuesta a esta pregunta puede ser relativamente sencilla, aunque no evidente. Como han señalado otros, el paso del tiempo es un recordatorio incesante de nuestra finitud o, dicho de otra manera, de nuestra mortalidad, una condición a la que usualmente aprendemos a temer y por ello mismo a eludir. 

Sin embargo, como enseña la filosofía, en la vida es mejor enfrentar pronto ese temor a la muerte para poder así entenderlo y superarlo. Con frecuencia, ese temor irracional a morir (justificado, pero irracional) es una barrera inconsciente que nos impide arriesgarnos, afrontar nuevos desafíos, salir de los límites seguros donde fuimos criados, etc. Paradójicamente, saber que somos seres mortales, saber que un día abandonaremos este mundo y, sobre todo, darnos cuenta de que la vida es una oportunidad que no se repite, es una certeza que nos empuja a vivir auténticamente y a aprovechar tanto como sea posible todo esto que llamamos existencia. Autores tan disímiles como Séneca y Hunter S. Thompson coinciden en ese punto.

En ese tenor, compartimos ahora algunos fragmentos de un ensayo titulado Cómo envejecer, que Bertrand Russell escribió cuando tenía 81 años. Russell tuvo una vida particularmente longeva (murió a los 97), lo cual se debió quizá a su herencia genética pero también a un peculiar estilo de vida, disciplinado sin ser severo, consciente podríamos decir, el cual de hecho es resumido brevemente en este mismo escrito, con una sobriedad asombrosa:

Por lo que se refiere a la salud, nada útil puedo decir, puesto que tengo escasas experiencias en materia de enfermedades. Como y bebo lo que quiero, y duermo cuando no puedo permanecer despierto. Nunca hago nada pensando que será bueno para la salud, aunque, en la práctica, lo que me gusta hacer es en su mayor parte saludable.

Russell fue el filósofo que aconsejó el movimiento físico como una cura para el exceso de excitación en que vive el hombre moderno, y echaba de menos esos días en que la actividad intensa era parte de la rutina cotidiana del ser humano.

Pero como decíamos, el tema de este ensayo es el envejecimiento. Curiosamente, ya en su primera línea Russell advierte que a pesar del título, su intención es decir más bien cómo no envejecer, esto es, cómo conservar cierta lozanía de mente y espíritu, y también en el carácter, que a veces, más que el cuerpo, son los aspectos de nuestro ser que menos cuidamos frente a los efectos del tiempo, dejando, por nuestra propia negligencia, que se marchiten y se estropeen.

¿Cómo no envejecer?, se pregunta Russell, y después de hacer el repaso de su experiencia, de lo que ha visto a lo largo de su vida consigo mismo y en su entorno, concluye que la clave se encuentra en mantener vivos nuestros intereses y ampliarlos cada vez más, volviéndolos impersonales en la medida de lo posible. Escribe Russell:

Una de mis bisabuelas, que fue amiga de Gibbon, vivió hasta los noventa y dos y, hasta sus últimos días, fue el terror de sus descendientes. Mi abuela materna, después de tener nueve hijos que vivieron, uno que murió en la infancia y bastantes abortos, en cuanto se quedó viuda se consagró a la causa de la educación superior para las mujeres. Fue una de las fundadoras del Girton College, y trabajó obstinadamente para que el ejercicio de la medicina fuese abierto a las mujeres. Solía relatar que se encontró en Italia, con un caballero anciano que parecía muy triste. Le preguntó la causa de su melancolía y él respondió que acababa de separarse de sus dos nietos. «¡Bendito sea Dios! —exclamó ella— Tengo setenta y dos nietos y, si me pusiera triste cada vez que me tengo que separar de alguno de ellos, llevaría una existencia deplorable». « ¡Madre desnaturalizada!» replicó él. Pero, hablando como uno de esos setenta y dos, prefiero la fórmula de mi abuela. Después de los ochenta, ésta, como hallara alguna dificultad para dormirse, se pasaba, desde la medianoche hasta las tres de la madrugada, leyendo divulgación científica. Creo que nunca tuvo tiempo para darse cuenta de que estaba envejeciendo. Esta, según pienso, es la receta adecuada para permanecer joven. Si ustedes pueden ser todavía útiles en actividades amplias e interesantes y se preocupan vivamente por ellas, no se verán obligados a pensar en el hecho meramente estadístico del número de sus años y, aún menos, en la probable brevedad de su futuro.

La fórmula de Russell guarda cierta cercanía con el consejo que nos legó Baudelaire de “vivir siempre ebrios”, lo cual para el poeta se traducía en un efecto similar a este que señala el filósofo: la ebriedad disipa la sensación de que somos esclavos del Tiempo. “¡Embriágate! ¡Embriágate sin cesar!” es otra forma de decir: vive intensamente.

En cuanto a la idea de “intereses impersonales”, que puede parecer ambigua, Russell señala:

[…] en un anciano, que ha conocido las alegrías y las tristezas humanas, que ha terminado la obra que le cabía hacer, el temor a la muerte es algo abyecto e innoble. El mejor modo de superarlo —por lo menos, ésta es mi opinión— consiste en ampliar e ir haciendo cada vez más impersonales sus intereses, hasta que, poco a poco, retrocedan los muros que encierran al yo, y su vida vaya sumergiéndose crecientemente en la vida universal. Una existencia humana individual debería ser como un río: al principio, pequeña, estrechamente limitada por las márgenes, fluyendo apasionadamente sobre las piedras y arrojándose por las cascadas. Lentamente el río va haciéndose más ancho, las márgenes se apartan, las aguas corren más mansamente y, por último, sin ningún sobresalto visible, se funden con el mar y pierden, sin dolor, su ser individual. 

De nuevo, Russell no está solo en esta opinión. Carl G. Jung sostuvo en diversos momentos que el ser humano necesita abrazar una concepción trascendente de la existencia que le permita lidiar con sus contradicciones y vicisitudes (la mayor de las cuales es la muerte). La metáfora del río y el mar que usa Russell es probablemente una de las más antiguas para dar cuenta de ese fin al que inevitablemente se encamina la existencia humana y que, a su manera, tiene un aspecto trascendente, aun desde la perspectiva más materialista.

El consejo general de Russell puede parecer muy intelectual, pero en esencia va más allá de eso. Recomendar que ampliemos nuestros intereses es otra forma de decir que mantengamos vivo el interés por la vida, permanentemente, en todos sus aspectos, de la misma manera que haríamos con un fuego que nos fue confiado y que no podemos dejar que se apague.

 

Recomendamos vivamente la lectura del ensayo completo, que es breve y sumamente preciso. Entre otros lugares, se encuentra en este enlace, o en el libro Retratos de memoria y otros ensayos, publicado en 1956.

 

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