*

X
¿Presenciamos la muerte lenta de las humanidades y, con ella, la del espíritu?

Desde hace algunos años, académicos, artistas, filósofos y demás han notado que existe un importante declive en el interés que generan y en el apoyo que reciben las carreras denominadas como "humanidades": filosofía, letras, historia, entre otras. Esto parece ser parte del zeitgeist (o, quizá sería mejor decir, de una falta de "espíritu en los tiempos"), en el cual predomina el pensamiento científico-técnico, orientado hacia la utilidad económica. 

Estadísticas recientes corroboran que esto no es una mera "percepción". En Estados Unidos hay cada vez menos graduados de filosofía (si bien en el último año se detuvo la tendencia):

2013: 9,439 (0.53% de todos los graduados)
2014: 8,837 (0.47%)
2015: 8,198 (0.43%)
2016: 7,507 (0.39%)
2017: 7,579 (0.39%)

En Letras:

2013: 56,021 (3.0%)
2014: 54,222 (2.8%)
2015: 49,540 (2.5%)
2016: 46,259 (2.3%)
2017: 44,686 (2.2%)

En Historia:

2013: 37,583 (2.0% de todos los graduados)
2014: 34,193 (1.8%)
2015: 31,048 (1.6%)
2016: 28,229 (1.4%)
2017: 26,724 (1.3%)

La tendencia es casi la misma, pero llama la atención que es más pronunciada en historia, quizá porque lo que caracteriza a nuestra época es la fascinación con lo nuevo y el olvido de todo lo que no es "moderno". Como nota el profesor de literatura Charles Simic (buen amigo del poeta Octavio Paz), cada año los alumnos llegan a sus clases sabiendo menos de historia, menos de su propia lengua y sus tradiciones:  

Enseñar literatura inglesa, como yo he hecho, se ha vuelto más difícil cada año, ya que los estudiantes leen menos literatura antes de entrar a la universidad y carecen de la más básica información histórica del período en el que una novela o un poema fue escrito, incluyendo las ideas y los asuntos que ocupaban a las personas de ese momento.

Simic llama a esto "la era de la ignorancia". Viene a la mente la famosa frase de que quien no conoce el pasado está condenado a repetirlo. Aunque estas estadísticas reflejan la realidad únicamente de Estados Unidos, existen indicios que sugieren que la tendencia es global. Por ejemplo, hasta hace unos meses, en España se había dejado de enseñar obligatoriamente ética y otras ramas de la filosofía en el bachillerato, algo que sería inconcebible en otra era, pues la filosofía siempre fue considerada la madre de todas las ciencias o saberes y la raíz de la cual se derivan todas las demás (hay que mencionar que, por lo menos, esta medida acaba de ser revertida).

En Gran Bretaña indudablemente existe una tendencia similar, como ha notado el exprofesor de Oxford, Terry Eagleton, quien hace un par de años denunció lo que consideraba era un modelo capitalista que había poseído a las grandes universidades, las cuales habían dejado de apostar a las humanidades porque éstas no representaban fuentes de ingreso comparables con las de las carreras científico-técnicas, que se dirigen al desarrollo de tecnología, medicamentos, innovación y demás. El arte (al menos en este sentido) es inútil, como dijera Oscar Wilde. Eagleton, consciente de que la universidad es inconcebible sin las humanidades, considera que, por ello, estamos presenciando "la muerte lenta de las universidades". Stephen Hawking hace unos años sentenció que "la filosofía está muerta", es simplemente irrelevante en relación a la ciencia. Notablemente, le dijo esto a Google.

¿Cuáles son las implicaciones de que desaparezcan (o pierdan toda relevancia) la filosofía, la literatura, la historia, la teología de la vida intelectual del mundo? ¿Y a alguien le importa? ¿Para qué las necesitamos, si tenemos una computadora superinteligente que nos puede decir qué hacer? Empiezan a venir imágenes a la mente de Alphaville, la película distópica y quizás profética de Godard, donde se han prohibido toda las humanidades y todos sus conceptos "espirituales" y mágico-antitécnicos, como el amor. Sin el lenguaje de estas disciplinas humanistas en su memoria y en su vida cotidiana, las personas se convierten en autómatas. ¿Se puede amar plenamente sin filosofía, sin poesía, sin "humanismo", sin una disposición al espíritu? ¿Existe tal cosa como un amor transhumanista?

Theodore Roszak, en su seminal libro de 1986, The Cult of Information, entendió que la computación y, sobre todo, el modelo de educación y conocimiento basado en la idea de que la mente es como una computadora o un conjunto de algoritmos, presenta un importante peligro para la auténtica inteligencia creativa del ser humano. Roszak considera que ciertas "ideas maestras", que son fundamentales en la educación de una persona, vienen de la memoria cultural de la civilización, de la literatura y la filosofía, y aunque el cine y la TV las recogen, suelen ser estos medios pobres sucedáneos para transmitirlas. Por ejemplo, Star Wars es una fuente de "épica" y de arquetipos en nuestra sociedad, pero éstos son rebajados a un "nivel estético e intelectual mediocre". Mediocre ciertamente en comparación con La Ilíada o el Mahabharata. Estas ideas maestras son las que comunican cosas tan esenciales como la verdad, el bien o la belleza, las cuales sirven para "iluminar el camino", pero que en nuestra sociedad se han completamente relativizado. De nuevo, surge la pregunta sobre si realmente podemos vivir sin una base paradigmática de lo que es lo bueno, lo verdadero y lo bello. "La educación empieza dándole imágenes a la mente -no puntos de data o máquinas- con las cuales pensar", dice Roszak. Esto por supuesto no viene más que de estar expuestos a la historia, la literatura, la filosofía y la religión. Evidentemente seguimos expuestos a estas disciplinas, pero nuestra exposición es generalmente en versiones rebajadas, predigeridas, mal traducidas, popularizadas, descafeinadas... Sólo interactuamos, en la gran mayoría de los casos, con fuentes secundarias o terciarias, hasta el punto de que el original es irreconocible y suele haber sido cooptado y rehecho para avanzar un cierto proyecto que encaja con los ideales de la modernidad tecnócrata -o como un telenovela o una película de Marvel-.

¿Por qué es importante esto? Como mencioné antes, el no tener un conocimiento del pasado hace que sea fácil repetir sus errores, además de que simplemente empobrece la existencia intelectual de la vida cotidiana.

Los griegos, quienes educaron a sus niños con una dieta de temas homéricos, también produjeron a Sócrates, el tábano filosófico cuya misión era contagiar a su ciudad de una vida reflexiva. 'Conócete a ti mismo', insistía Sócrates a sus alumnos. ¿Pero en qué otro sitio puede empezar el autoconocimiento más que en el cuestionamiento de valores ancestrales e ideas prescritas?

Para poder cuestionar estas ideas y valores, por supuesto, hay que conocerlas. Asumir que la humanidad moderna simplemente ha superado la cultura clásica o que Occidente con su ciencia objetiva es superior a Oriente con su contemplación subjetiva, simplemente porque es el entendido generalizado, el prejuicio que opera por default en la sociedad secular, es justamente un acto de superficialidad anticrítica y pasividad autómata. 

Incluso si fuéramos a decidir que la visión exclusivamente científico-técnica de la realidad y el conocimiento es la que merece perseguirse, sería antes importante conocer a fondo qué es aquello que rechazamos o consideramos fútil con respecto al gran proyecto de progreso "racional". Es paradójico que la ciencia, por ejemplo, haya sido en gran medida fundada por personas que tenían visiones religiosas y místicas de la realidad. Hasta el punto de que se pueda decir, con cierta licencia especulativa, que la ciencia moderna, el método científico, el proyecto mecanicista racional del la modernidad fue fundado en buena medida por un ángel o un genio, "el espíritu de la verdad" que visitó a Descartes en una serie de sueños que él mismo atribuyó a una fuente supernatural. El gran proyecto de la razón -en una contradicción interna difícil de resolver- tiene raíces supernaturales e irracionales, como ha demostrado también Dodds en su clásico Los griegos y lo irracional. Y recordar que el mismo Sócrates, el gran emblema y bastión de la "razón", la duda y el cuestionamiento del cual se precian la filosofía y la ciencia modernas, era guiado por un daemon, una inteligencia divina que le decía lo que no debía hacer. ¿Cómo estar tan seguros, ya que hemos construido el edificio de la modernidad con estas bases tan racionalmente pantanosas, de que nuestra sociedad actual se ha librado de todo vestigio de pensamiento irracional, mágico y metafísico? ¿No es el materialismo, como señala David Bentley Hart, "una metafísica del rechazo de toda metafísica, una certidumbre trascendental de la imposibilidad de la verdad trascendental"?

En un sentido más pragmático sería necesario analizar, por lo menos, la manera en que el medio -la máquina- imprime en nuestro aparato cognitivo ciertas características, ciertos filtros con los que vemos el mundo, "la forma en la que la computadora trae consigo un currículum oculto" que influye en "los ideales que serían enseñados", dice Roszak. Es un tanto repetitivo siempre regresar a McLuhan, pero no parece haber sido superada su idea de que el nuevo medio, a la vez que extiende ciertas capacidades, amputa otras y en ocasiones lo que amputa puede ser más valioso que lo que amplifica, sólo que ya amputada esa facultad -por ejemplo, el pensamiento crítico o la imaginación-, puede resultar casi imposible hacer una valoración de los pros y los contras. Asimismo, el medio es inseparable del mensaje, y como decía Roszak preclaramente en 1986, "cuando le damos el poder a alguien de enseñarnos cómo pensar, le podemos estar dando también la oportunidad de decirnos qué pensar". Esto nunca ha sido más evidente que con los algoritmos de las redes sociales y con los motores de búsqueda. Estas plataformas son el cómo pensamos -haciendo una pregunta a Google, depositando nuestra memoria en línea, siendo informados por el newsfeed de Facebook, con la atención dividida por constantes interrupciones de servicios de mensajería- pero también son el qué pensamos cada vez más, ya que los supuestos "algoritmos inteligentes", aunque diseñados para satisfacer nuestros propios intereses, requieren cada vez menos de una intencionalidad de nuestra parte; empiezan a ser capaces de llenar todos los huecos para presentarnos una versión de la realidad que consumimos pasivamente. Algoritmos que parecen ser capaces de influir en nuestra conducta y persuadir nuestras preferencias. Si bien es cierto que se alimentan de nuestra información, al final nosotros podríamos ser, más que los productores, el producto. Roberto Calasso en su más reciente libro, La actualidad innombrable, señala que la característica que define a  la sociedad secular moderna es el haber reemplazado el ritual y el sacrificio por el procedimiento y el algoritmoAl concebir la conciencia misma como mera información, como una serie de procedimientos que pueden ser emulados por una máquina, nos preparamos para nosotros también ser sustituidos por una máquina o al menos por una conciencia de máquina. "Los procedimientos apuntan, en cambio, hacia el completo automatismo. Cuanto más se multiplican los procedimientos, tanto más se expande el reino de los autómatas".

 

Twitter del autor: @alepholo

Te podría interesar:
La influencia de la alquimia en la obra de Blake

William Blake tempranamente experimentó una serie de visiones místicas que serían seminales en su obra, la cual estaría siempre marcada por el daemon de la imaginación. Blake, por otra parte, aunque en gran medida autodidacta, tuvo acceso a la obra de otros místicos y alquimistas que fueron también importantes en la conformación de su particular visión.

Kathleen Raine, una de las grandes expertas en la obra de Blake, traza la influencia de la alquimia en la obra de Blake en su libro Blake and Tradition. Una influencia que no podemos descartar además por la conexión que existe entre la alquimia y el gnosticismo, como ha sido demostrado por Carl Jung. Y por supuesto, el cristianismo de Blake es un cristianismo gnóstico. Hacemos aquí una glosa de lo que expone esta gran crítica literaria que se caracteriza por una gran sensibilidad a la imaginación poética. 

Para los alquimistas el espíritu y la materia, activo y pasivo, luz y oscuridad, arriba y abajo, son, como el yin yang de los chinos, principios complementarios, ambos igualmente enraizados en lo divino. El deus absconditus está oculto y operando en la materia, en igual medida que se encuentra en el orden espiritual. Las palabras de Blake sintetizan la filosofía alquímica: "Dios está en los efectos más bajos al igual que en las causas más altas". El matrimonio del cielo y el infierno está escrito bajo la influencia directa de esta filosofía -explícitamente, puesto que Blake reconoce su deuda a Böhme y a Paracelso-.  

La cita completa de Blake, que emula la Tabla Esmeralda de Hermes Trismegisto, es:

Dios está en los efectos más bajos al igual que en las causas más altas, y así Él se ha convertido en un gusano para nutrir a los débiles. Puesto que debemos recordar que la creación es Dios descendiendo en correspondencia a la debilidad del hombre, ya que nuestro Señor es la palabra de Dios y todas las cosas en la Tierra son la palabra de Dios y en su esencia son Dios.

Y en otra parte, Blake parece explicar el motivo de su hierosgamos entre el cielo y el infierno: "Dios está adentro y afuera: incluso en las profundidades del infierno".

mhh15

Raine sugiere que Blake concibió su matrimonio entre lo superior (lo celeste, el águila) y lo inferior (lo infernal, la serpiente) con base en la tradición alquímica, específicamente la Tabla Esmeralda que ha servido como plantilla para innumerables alquimistas, describiendo las correspondencias entre el cielo y la tierra y la "operación del Sol" o el restablecimiento de la materia a su condición original. Blake seguramente había leído al alquimista Thomas Vaughan, hermano del poeta laureado Henry Vaughan, quien parafrasea a Hermes Trismegisto, sosteniendo que en una estela de Menfis estaba escrito: 

Heaven above, Heaven beneath;

Starres above, Starres beneath;

All that is above, is also beneath;

Understand this, and be happy.

[Cielo arriba, cielo abajo;

estrellas arriba, estrellas abajo;

todo lo que está arriba, también está abajo;

entiende esto, y sé feliz].

Esta es la idea central del hermetismo, que sería recogida por Paracelso con su concepto del firmamento interno, afirmando que en la constitución del hombre están las estrellas: "¿que otra cosa es la imaginación sino una estrella en el hombre que actúa a través de su círculo?". En su diccionario de alquimia, Martin Ruland hace eco de ello: "La Imaginación es la estrella en el hombre, el cuerpo celestial y supracelestial". Esta misma noción de la imaginación es central en Blake:

El mundo de la imaginación es el mundo de la eternidad, el seno divino al que todos iremos al morir el cuerpo vegetativo. En ese mundo eterno existen las realidades permanentes de cada cosa que están reflejadas en el cristal vegetal de la naturaleza. Todas las cosas están comprendidas en el cuerpo divino del Salvador, la verdadera viña de la eternidad, la imaginación humana.

La mente humana es luz celestial y la imaginación es un espejo en el cual se proyectan los rayos de la divinidad.

*  *  *

Raine cree que la importante noción de la conjunción de los opuestos, que sería tan importante en Jung, pero que es también central en Blake, le viene también de la alquimia, la cual es la ciencia del matrimonio del espíritu y la materia, del fuego y el agua. "Lo que suele considerarse su aportación más original al pensamiento es justamente este concepto de un solo principio que opera en contrarios", dice Raine. Y ve en estos versos de las Visiones de las hijas de Albion una respuesta alquímica: "La materia-serpiente que se renueva a sí misma en la bóveda de la decadencia".

¿Acaso el águila no desprecia la tierra y desecha los tesoros que cubre?

Pero el topo sabe lo que allí hay y el gusano ya te lo dirá:

¿no erige él una columna en los cementerios putrefactos

y un palacio eterno en las fauces de la tumba voraz?

Tenemos aquí claramente la imagen de la renovación de la naturaleza en la muerte y una evocación del primer estadio de la alquimia, el llamado nigredo, en el cual la putrefacción es usada como una simiente para iniciar la obra, que culminará con la construcción de "un palacio eterno" (un cuerpo de luz). Blake personifica este estado de la materia asociado con Saturno, con la tierra negra, con el frío y con el invierno (el renacimiento del Sol en el solsticio) en Matron Clay, uno de los personajes de su poema The Book of Thel (el nombre Matrona arcilla es seguramente una alusión también a la arcilla adánica y a la prima materia de los alquimistas). "La Madre Tierra, la más baja y humilde materia, es la esposa del Padre, le dice la matrona Clay a Thel", explica Raine. La Tierra es el vaso hermético del espíritu, el Santo Grial, el vientre que es fecundado por la luz. En el poema de Blake, Clay le dice a Thel:

Me ves a mí, una cosa ruin, y en verdad lo soy,

Mi vientre en sí mismo es frío, y muy oscuro,  

Pero aquel que ama lo bajo, derrama su aceite sobre mi cabeza,

Y me besa a mí, y enlaza sus listones nupciales sobre mi seno,

Y dice "Tú, madre de mis hijos, te he amado a ti

Y te he dado una corona que nadie puede quitarte". 

Esto recuerda los numerosos dichos de los alquimistas que hacen referencia a que su materia prima será encontrada en lo más vil y desapercibido, como reza el dictum: in stercore invenitur, será encontrada en la tierra inmunda. De aquí se produce el cuerpo glorificado, que en el poema es representado por la corona que sella el matrimonio alquímico, la corona del espíritu que transfigura la "prisión de la materia" en un jardín de luz, el tálamo donde se opera "el milagro de la única cosa". La polarización entre lo espiritual y lo material es sólo una ilusión, un juego, una seducción y un sacramento. En famosos versos en los que se le da voz al "demonio del cuerpo" (el demonio -Pan, Dioniso- como la energía divina del cuerpo que no puede ser reprimida), Blake dice:

1.-El hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma.
Aquello que llamamos cuerpo es una porción de alma
percibida por los cinco sentidos, pasajes principales del
alma en esta edad.
2.-La energía es la única vida, y procede del cuerpo;
y la razón es el límite o circunferencia externa de la energía.
3.-La energía es delicia eterna. 

Delicia eterna es el juego de los contrarios, la danza de los opuestos, la eterna escena que se repite cada año cuando la luz muere en la tierra negra, sólo para volver a renacer, como la serpiente que muda de piel. La delicia eterna que se repite en cada uno que repite esta operación solar, en el amor, en la alquimia.

 

Twitter del autor: @alepholo