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Hegel, el filósofo de la conciencia absoluta, te da una buena razón para que dejes de perder tiempo en las redes sociales

Filosofía

Por: pijamasurf - 11/17/2018

Según Hegel, es necesario dejar de escuchar la voz de la sociedad para lograr cosas grandes

Georg Wilhelm Friedrich Hegel tal vez sea, después de Platón y Aristóteles, el filósofo más influyente de la historia y ciertamente el más grandilocuente, el más capaz de crear un sistema absoluto, coqueteando por momentos con la perfección racional. Según Merleau Ponty, todas las grandes ideas del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX fueron anticipadas por Hegel, desde Nietzsche, Marx, el psicoanálisis y el existencialismo alemán, hasta la fenomenología. No se necesita dar más credenciales.

Aunque la filosofía de Hegel es famosa por su complejidad y su abstrusa sistematización (al menos para los no iniciados a la historia de la filosofía), no deja de estar llena de frases aforísticas y reflexiones morales que son fáciles de integrar a la realidad actual. Hegel fue un filósofo que en el sentido genuino del término buscaba encontrar la verdad, más allá de cualquier otra cosa, sometiendo todo placer personal a la verdad. Su obra es testimonio de este compromiso filosófico absoluto. Una frase que resuena e incluso estremece las bases en las que estamos parados actualmente -en la era de la posverdad- es la siguiente:

Ser independiente de la opinión pública es la condición formal para lograr cualquier cosa grande o racional, ya sea en la vida o en la ciencia. Un gran logro tiene asegurado, sin embargo, su subsecuente reconocimiento y grata aceptación por la opinión pública, la cual en debido término lo hará uno de sus prejuicios.

(Elementos de la filosofía del derecho)

O en otras palabras, deja de regirte por las mezquinas opiniones de las masas y conviértete tú mismo -tus ideas- en la opinión pública, en aquello que las nuevas generaciones adoptarán hasta el punto de que se convierta en un prejuicio colectivo o en un paradigma. Como diría Douglas Rushkoff, "programa o serás programado". Claro que dicha tarea no es para cualquier espíritu. Pero de cualquier manera es evidente que la aspiración al conocimiento, y  más aún al autoconocimiento, se ve seriamente comprometida por la tiranía de lo social o por la tiranía de la información que reemplaza a la sabiduría. En otras palabras, deja de leer un tuit sobre Hegel, o incluso este artículo, y lee a Hegel. O a cualquier filósofo que realmente te interese. Ve a la fuente primaria. Mira hacia el pasado para crear lo nuevo; no busques en las novedades -en las modas- sino en aquello que supera la prueba del tiempo.

Lo dicho por Hegel, que ya se encontraba en el mismo Kant, se complementa perfectamente con lo descrito por Nietzsche, seguramente el filósofo más consciente, junto con su odiado Platón, de los efectos deleznables de la mente de masas, o de la opinión pública. Nietzsche veía con abominación que, ya en su época, la opinión pública se encumbraba -la "sociedad" iba a convertirse en la sombra del Dios muerto-. La suya era "una época, que cifra su salud en la opinión pública, es decir en las perezas privadas". Nada alejaba más de la autodeterminación de superhombre como someterse o querer conformarse con la voz de la masa. 

 

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De las varias cualidades que son propias al ser humano, quizá ninguna como la razón. Hasta donde sabemos, nuestra especie es la única capaz de realizar razonamientos complejos a propósito de la realidad: entender la situación espacial de un objeto, por ejemplo, su cambio en el tiempo, o concebir la relación de causa-efecto o acción-reacción entre dos fenómenos son tareas que ahora ejecutamos cotidianamente pero que, en términos evolutivos, tomó millones de años desarrollar.

Con todo, aun cuando es admirable en sus operaciones y sus resultados, la razón es imperfecta. Con ciertos ecos aristotélicos podemos decir que es imperfecta porque la razón es siempre incompleta en el ser humano. Justamente a causa de nuestra evolución como especie, la razón se disputa siempre en el individuo con el componente irracional que también nos integra y que en términos muy generales podemos identificar con la vida en sí, el pulso vital que recorre nuestro cuerpo y que en ello nos hermana con todos los otros seres vivientes de este planeta.

Esa división elemental ha sido, desde hace muchos siglos, el motor de las disciplinas más diversas, de la filosofía a la medicina, y del pensamiento religioso a las ciencias de la mente. A lo largo de la historia ha habido quienes se han abocado a intentar conciliar dicho conflicto favoreciendo particularmente a la razón, bajo la premisa de que si la razón nos constituye como humanos (y, por ello, nos distingue de otros animales), entonces se trata de una cualidad que es necesario conocer, cultivar y ejercitar, hasta volverla el eje mismo de la existencia. Otra suposición subyacente es que una vida racional, de entendimiento, es mejor o más deseable que una vida dominada únicamente por las pulsiones, los instintos, los deseos inmediatos, los temores irracionales, la ignorancia, el olvido y demás manifestaciones del entendimiento del mundo en un estado de ausencia de razón.

En ese sentido, uno de los exponentes más notables de las implicaciones del cultivo de la razón como herramienta primordial de la existencia fue René Descartes, quien por ello es conocido como “padre” del racionalismo. Entre otras obras, Descartes fue autor de un opúsculo que quizá él concibió con sencillez pero que tuvo un gran impacto en la historia de la filosofía: su célebre Discurso del método, publicado anónimamente en 1637 para acompañar un par de tratados de geometría y de óptica.

La influencia de dicho ensayo bien puede atribuirse a la claridad de su exposición, misma que se corresponde con el tema que trata. A medio camino entre la autobiografía y la argumentación, Descartes ofrece su punto de vista respecto de una tarea que sin duda en ese momento de su vida le pareció evidente para cualquier ser humano y que, no obstante, como él mismo reconoció, muy pocos emprenden: usar la razón propia. 

No sin modestia e incluso humildad, Descartes escribió ese breve discurso para enseñar a conducir el entendimiento de tal modo que nos permita llegar a la verdad. Aunque no se trata del tema de esta nota, nos permitiremos citar brevemente los cuatro procedimientos básicos que, según su propia experiencia y razonamiento, permiten hacer de la razón el faro que guía la comprensión de la realidad, a saber:

El primero: no admitir nada como verdadero hasta no tener evidencia de que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no admitir en el juicio nada más que lo que se presentase clara y distintamente, sin ninguna ocasión de ponerlo en duda.

El segundo: dividir cada una de las dificultades examinadas en cuantas partes sea posible y en cuantas requiera su mejor solución.

El tercero: conducir ordenadamente los pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente. 

Y el último: realizar en cada pensamiento los recuentos integrales y las revisiones generales necesarias, hasta estar seguro de no omitir nada. 

Sin embargo, como señala Descartes en la primera parte de su Discurso, no es muy común que una persona emprenda el esfuerzo de conducir racionalmente su vida, lo cual indudablemente es una de las contradicciones de la condición humana: que siendo animales de inteligencia y entendimiento, sean éstas cualidades que no se presentan naturalmente, sino que es necesario redescubrir y ejercer conscientemente.

Pero la tarea no es sencilla, y quizá por eso no muchas personas la emprenden. Para algunos parece mucho más cómodo ejercer su razón pero sólo en determinados ámbitos o para ciertas tareas, y en todo lo demás que también atañe a su vida dejarse gobernar por otros, sean sus instintos, las circunstancias, sus urgencias o el simple caudal de la realidad. También, como intuyó Descartes, porque tomar las riendas de la razón requiere un proceso amplio de puesta en duda de todo aquello que se aprendió en otros momentos de la vida, particularmente la niñez y la juventud, y no muchas personas están dispuestas a enfrentar dicho cuestionamiento. 

Al respecto, Descartes encontró que existen al menos dos tipos de personas que, frente a la necesidad de cuestionar lo aprendido, reaccionan de manera muy distinta; dice el filósofo:

Ya la mera resolución de deshacerse de todas las opiniones recibidas anteriormente no es un ejemplo que todos deban seguir. Y el mundo se compone casi sólo de dos especies de espíritus a quienes este ejemplo no conviene en modo alguno, y son, a saber: de los que, creyéndose más hábiles de lo que son, no pueden contener la precipitación de sus juicios ni conservar la bastante paciencia para conducir ordenadamente todos sus pensamientos; por donde sucede que, si una vez se hubiesen tomado la libertad de dudar de los principios que han recibido y de apartarse del camino común, nunca podrán mantenerse en la senda que hay que seguir para ir más en derechura, y permanecerán extraviados toda su vida; y de otros que, poseyendo bastante razón o modestia para juzgar que son menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso que otras personas, de quienes pueden recibir instrucción, deben más bien contentarse con seguir las opiniones de esas personas que buscar por sí mismos otras mejores.

En opinión de Descartes, no basta con cuestionar las ideas recibidas, heredadas o aprendidas, sino que además es necesario hacer el esfuerzo, ser constantes e incluso ser valientes respecto de nuestro propio entendimiento y la necesidad de pensar por nosotros mismos. Quien no acompaña su razón de esas tres cualidades, se pierde entre una y mil alternativas (y termina por no construir nada) o permanece en un estado de tutelaje a lo largo de su vida.

Es importante tener esto en cuenta porque si bien, cuando se habla de Descartes, usualmente se elogia la razón y se considera a ésta una herramienta casi omnipotente, en realidad, como decíamos, no está nunca completa, sino que es necesaria acompañarla de otros recursos, entre los cuales, paradójicamente, también se encuentra la irracionalidad.

"¡Atrévete a saber!", dirá Kant casi 1 siglo después del Discurso del método, y qué es el atrevimiento sino la toma de un riesgo contra el cual la razón nos previene pero que, no obstante, es necesario encarar para crecer y pasar a algo más en la vida, a algo diferente y posiblemente, a algo mejor.

 

Los fragmentos citados corresponden a la traducción del Discurso del método de Manuel García Morente, publicada, entre otros, por la editorial Gredos. Realizamos ciertas modificaciones en la misma para volverla más actual.

 

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