*

X
Considerar el trabajo desde otra perspectiva puede ayudarnos a descubrir su importancia en el marco de la existencia

¿Qué es el trabajo? Contrario a lo que pueda pensarse, esta no es una pregunta sencilla y mucho menos ingenua. Si así parece, es porque quizá no hemos tenido ocasión para reflexionar sobre la importancia que el trabajo tiene para la existencia humana.

Para comenzar, pensemos solamente en la cantidad de tiempo que un ser humano dedica a trabajar. En el caso de una persona adulta promedio, por lo menos una tercera parte de su día, y en muchos casos se trata de una media que se sobrepasa fácilmente, por distintas razones. Tan sólo por eso, el trabajo ya debería parecernos una actividad que es necesario entender, en términos generales o estructurales y también desde una perspectiva subjetiva.

En un nivel general, no es del todo sorpresivo que el ser humano reflexione poco o nada sobre el trabajo, sobre todo en la época moderna. Como señaló Karl Marx, una vez que se instauró la división del trabajo y el trabajador se vio separado del proceso que conduce a la fabricación de un producto terminado, el trabajo adquirió un carácter alienante, es decir, comenzó a experimentarse como algo que se hace pero sin saber por qué o para qué, con la misma enajenación con que se haría cualquier otra cosa de escasa o nula importancia, sintiéndose el trabajador la pieza minúscula (y reemplazable en cualquier momento) de un mecanismo más complejo e importante.

Este cambio que ocurrió en el marco del desarrollo del capitalismo despojó al ser humano de la experiencia del trabajo como una actividad propia de su naturaleza. De todos los animales de los que tenemos conocimiento, nuestra especie es la única que desarrolló la capacidad de transformar el entorno para su beneficio. Ahí donde todos los otros seres vivos se adaptan a las circunstancias existentes, nosotros en cambio somos capaces de cambiarlas. De ahí que nuestros antecesores hayan sobrevivido y evolucionado. Así como las aves vuelan y los peces nadan, el ser humano trabaja. El trabajo es nuestra actividad distintiva.

Ese es el principio del trabajo, en un doble sentido: como origen y como eje rector del desarrollo humano. El trabajo es en última instancia transformación y, por otro lado, en tanto actividad propia del ser humano, existente únicamente en nuestra especie, se trata de una actividad capaz de definir lo mismo al individuo que al colectivo.

Por eso el trabajo es tan importante: porque es capaz de definir la existencia del ser humano. Y por eso también es tan importante reflexionar al respecto, pues en última instancia la reflexión sobre el trabajo conduce a la reflexión de la existencia en sí.

En el nivel subjetivo, la reflexión sobre el trabajo puede comenzar por preguntarse por el lugar que éste ocupa en la vida de cada cual. La mayoría, en un contexto capitalista y moderno, pensamos que trabajamos porque hay que hacerlo, porque aprendemos a creer que es la única manera de asegurarse un salario (y, por consecuencia, todo lo que éste implica) y también porque representamos ciegamente el papel que creemos que se nos asignó en el teatro del mundo.

El trabajo se experimenta entonces como una obligación y como un pesar, también lejanamente, como algo que se hace sin ganas ni deseo, más bien por inercia o a la manera de los mecanismos autómatas, que repiten una y otra vez la misma acción para la que fueron diseñados.

¿Qué pasaría, sin embargo, si el trabajo pudiera entenderse de otra manera? Qué tal si el trabajo no se experimenta como algo dado sino, más bien, como algo en desarrollo; no como un objeto, sino como un recorrido. En vez de mirar el trabajo como una tarea que alguien nos asignó (aunque no sepamos quién) y que hay que hacer (aunque no sepamos por qué), el trabajo podría convertirse en una actividad que se inventa y toma forma al mismo tiempo que se descubre y se explora.

En ese sentido, el trabajo dejaría de ser la actividad alienante que solemos experimentar y se convertiría, poco a poco, en el campo donde es posible dar cauce a las cualidades, habilidades, conocimientos, recursos, preguntas, errores e intentos de cada cual. En otras palabras, el trabajo sería expresión de la existencia en sí, en todas sus posibilidades.

Considerar el trabajo como un proceso implica, por un lado, que al menos hipotéticamente cada persona podría ser capaz de crear el campo de acción acorde a sus recursos (en la medida de lo posible). Pero también, en otro momento, que el trabajo sería así una actividad en sentido estricto, es decir, un movimiento activo para el ser humano, que naturalmente lo llevaría a poner en marcha sus recursos, a enfrentar desafíos, a adaptarse, a aprender de sus errores, a crear, a imaginar, a inventar.

¿Que eso es deseable pero no es posible en las circunstancias actuales? ¿Y no hemos dicho que el ser humano se distingue porque es capaz de transformar a su favor las condiciones del entorno?

Del Cándido de Voltaire se ha dicho que comienza como una variación del relato bíblico de la expulsión del Paraíso. Los críticos y estudiosos de la obra de Voltaire aseguran que el protagonista del relato es de inicio un muchacho inocente (como su nombre lo indica) que sólo después de que es echado del castillo donde servía, conoce la maldad que reina en el mundo, la naturaleza ruin del ser humano, el egoísmo, el dolor, la violencia y la muerte. Voltaire, en efecto, no duda en hacer un inventario de todas las vilezas y contrariedades experimentadas en la Europa del siglo XVIII, siempre en guerra, sumida en la enfermedad y la ignorancia. 

Con todo, al Cándido no suele catalogarse como una obra cruel. Satírica sí, pero no cruel. De hecho, el título completo que le dio Voltaire fue Cándido o el optimismo, quizá sólo porque a lo largo de casi todo el relato no deja de burlarse del optimismo inherente al aspecto más conocido de la filosofía de Leibniz (“este es el mejor de todos los mundos posibles”), sino cabría pensar también que fue porque a final de cuentas es un relato esperanzador.

“Hay que cultivar el jardín” es la frase final de Cándido. En el último episodio del relato, después de pasar por una y mil vicisitudes, Cándido recala en un campo junto con sus amigos de aventuras. Todos viven juntos, lamentándose por la existencia que les tocó en suerte, sintiendo sobre sus espaldas la obligación de trabajar para ganar su sustento y continuar así su existencia. A lo cual Cándido responde: “Hay que cultivar el jardín”.

Si mantenemos la interpretación general de la obra, el jardín al que hace referencia Cándido no sería otro más que el Jardín del Edén, el Paraíso Terrenal, pero considerado ya de otra manera. No como el jardín que nos provee de todo sin esfuerzo ni fatiga, sino como el jardín que es necesario cultivar para obtener frutos. 

Y éste a su vez no es otro más que el jardín de nuestra propia existencia.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Una vida sin planes ni objetivos: ahí se encuentra el sentido de la existencia

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen de portada: Les Glaneuses, Jean-François Millet (1857)

Te podría interesar:
La elección entre amor o verdad puede ser menos evidente de lo que parece; Vladimir Jankélévitch, filósofo de la Resistencia francesa, lo explica

La moral suele tener una reputación dividida, como todo aquello que el ser humano llega a tomarse demasiado en serio. Por un lado, hay quienes le otorgan más importancia de la necesaria y hacen de las reglas morales una prisión para el pensamiento y la conducta, una frontera infranqueable para la libertad y, a fin de cuentas, un dique que intenta contener el impulso natural de la vida. En el otro extremo encontramos a quienes aborrecen la moral, no importa cuál sea, y desde ese radicalismo sueñan con una existencia capaz de desarrollarse sin principios morales ni normas de ningún tipo.

En ambas posiciones se advierte ya la dimensión del problema. El ser humano es, naturalmente, un ser social, que convive siempre con otros, lo cual eventualmente genera conflictos. En esto no es diferente de otros animales. En nuestro caso, sin embargo, como seres conscientes, los problemas derivados de la coexistencia con nuestros semejantes son de otro orden. Quizá peleamos también por alimento y espacio, por cuestiones de mera supervivencia, pero evolutiva y culturalmente aprendimos a resolver dichos conflictos de maneras distintas a matarnos entre nosotros (o al menos, esa es la idea). 

La moral nació de la observación y el estudio de dicha convivencia. Su campo es por definición amplio, pues lo mismo apela a la individualidad que a la colectividad, a los comportamientos personales que a las decisiones públicas.

En ese sentido puede decirse, entonces, que la moral es necesaria. Si la moral nos insta a reflexionar sobre nuestros actos, a ponderarlos, a entenderlos en el marco de nuestra subjetividad, nuestra cultura, nuestra historia de vida y el momento histórico en que nos encontramos (porque todo ello está presente en lo que hacemos), entonces actuar moralmente es una forma de actuar conscientemente, haciendo uso del entendimiento y el juicio, y no sólo impulsados por nuestros instintos, o en la pasividad de quien permite que circunstancias inconscientes o exteriores lo controlen y tomen el lugar de su propia razón.

La moral se nos presenta, así, como una capacidad en constante desarrollo que nos insta a reflexionar sobre la manera en que actuamos y sobre las mejores formas de hacerlo en el marco de nuestra convivencia con otros.

En esta ocasión comentamos una breve exposición de Vladimir Jankélévitch, filósofo de origen francés que destacó especialmente en la reflexión moral. En buena medida, sus circunstancias personales lo llevaron a dicho ámbito. Hijo de un médico ruso que huyó de la persecución de los pogroms contra los judíos y que tradujo por primera vez textos de Freud al francés, Jankélévitch (1903-1985) encontró pronto su vocación. Fue siempre un filósofo que alimentó la reflexión de su propia existencia, que mantuvo cerca una de otra para hacer de la filosofía un quehacer vital, floreciente. 

Jankélévitch vivió clandestinamente en el sur de Francia durante los años de la ocupación nazi, distribuyendo panfletos que incitaban a la resistencia y ocultando refugiados en su casa. A su parecer, eso significaba entonces actuar moralmente: comprometerse con una acción y con una causa, y no solamente recorrer el país dando conferencias, como hizo en ese tiempo Jean-Paul Sartre.

Cuando la ocupación terminó, Jankélévitch recuperó el puesto de profesor que el régimen le había quitado. En 1968 se declaró “en cuerpo y alma” a favor del movimiento estudiantil y poco después, en 1970, fue junto con Jacques Derrida uno de los principales defensores de la filosofía ante las autoridades de la Sorbona, quienes buscaban retirar la materia del programa del liceo francés.

En varios sentidos, Jankélévitch encarnó la consigna nieztschena según la cual un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo.

En el video que compartimos a continuación, Jankélévitch expone breve pero sustancialmente una cuestión muy precisa con importantes efectos morales: ¿qué es más importante, el amor o la verdad? Conforme responde a la pregunta, el filósofo deriva otras cuestiones que igualmente tienen un efecto potencial en nuestro actuar cotidiano. Por ejemplo, si virtudes como la sinceridad o la honestidad necesitan del amor para ejercerse, o si hay momentos en que mentir es preferible a decir la verdad (por increíble que esto parezca). Después del video está la transcripción traducida.

Sí: el amor es más verdadero que la verdad. No sé si lo dije, pero me parece muy justo decir que el amor es más importante que la sinceridad, por ejemplo. ¿Qué es la sinceridad sin el amor? Eso no vale para nada. Más vale ser un hipócrita, entonces. El amor da valor a todas las virtudes. Sin amor, la virtud no es más que “címbalo que retiñe”, como dice el apóstol. Es el amor el que las vivifica: sin amor las virtudes no son nada. El amor no es, entonces, extraño a la verdad. Yo diría incluso que se trata de una “sobre-verdad”, es el fundamento de la verdad. Es “sobreverdadero”, si es que puede decirse así. 

De ahí que la sinceridad por sí misma no valga nada y que aquellos que la predican independientemente del amor se empecinen en ni siquiera mencionarlo (como Kant, que es un teórico del desinterés, o San Agustín, con quien Kant estaba enteramente de acuerdo). ¿Qué es esa sinceridad? Es como ser sincero con la Gestapo, por ejemplo. Si yo escondo a alguien de la Resistencia en un armario y alguien de la Gestapo me pregunta si está ahí y yo respondo: “Sí, está ahí”, porque esa es la verdad, ¿qué soy yo? Soy un canalla. Mi deber más sagrado es mentir. La mentira, entonces, desde ese punto de vista, es más preciosa que la verdad o que la sinceridad, es más importante que una verdad más profunda, más general, que va más allá.

Decir una verdad puntual porque es la verdad, como las personas que dicen verdades brutales, es mentir. Yo pienso que con esas personas, la mentira es un deber. 

Para cerrar este comentario agregamos una nota al margen al respecto de la frase “Sin amor, la virtud no es más que ‘címbalo que retiñe’, como dice el apóstol”. Jankélévitch alude aquí a un fragmento de la Primera epístola a los corintios de San Pablo, el capítulo 13, que en ocasiones ha sido acompañado del subtítulo “Del amor verdadero”. En esos versículos, San Pablo ofrece una bella exposición del amor según la doctrina cristiana, entendido a partir del dogma de que Dios amó tanto al mundo, que envió a su hijo único para salvarlo (Juan, III: 16). Para el cristianismo, esa esa la forma perfecta de amor, que sirve de ejemplo a nuestras propias acciones: un amor total, completamente desinteresado y devoto. Citamos el capítulo in extenso, por considerarlo de relevancia para esta nota.

Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada!

Si no tengo amor, de nada me sirve hablar de parte de Dios y conocer sus planes secretos. De nada me sirve que mi confianza en Dios me haga mover montañas.

Si no tengo amor, de nada me sirve darles a los pobres todo lo que tengo. De nada me sirve dedicarme en cuerpo y alma a ayudar a los demás.

El que ama tiene paciencia en todo, y siempre es amable.

El que ama no es envidioso, ni se cree más que nadie.

No es orgulloso.

No es grosero ni egoísta.

No se enoja por cualquier cosa.

No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho.

No aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad.

El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo.

Sólo el amor vive para siempre. Llegará el día en que ya nadie hable de parte de Dios, ni se hable en idiomas extraños, ni sea necesario conocer los planes secretos de Dios. Las profecías, y todo lo que ahora conocemos, es imperfecto. Cuando llegue lo que es perfecto, todo lo demás se acabará.

Alguna vez fui niño. Y mi modo de hablar, mi modo de entender las cosas, y mi manera de pensar eran los de un niño. Pero ahora soy una persona adulta, y todo eso lo he dejado atrás. 

Ahora conocemos a Dios de manera no muy clara, como cuando vemos nuestra imagen reflejada en un espejo a oscuras. Pero, cuando todo sea perfecto, veremos a Dios cara a cara. Ahora lo conozco de manera imperfecta; pero cuando todo sea perfecto, podré conocerlo como él me conoce a mí.

Hay tres cosas que son permanentes: la confianza en Dios, la seguridad de que él cumplirá sus promesas, y el amor. De estas tres cosas, la más importante es el amor.

Ofrecemos la versión del pasaje en lenguaje actual. En otras traducciones la palabra “amor” ha sido traducida por “caridad”, esta última, ampliamente discutida en la teología cristiana incluso desde tiempos de San Pablo, quien en repetidas ocasiones habla más bien del “ágape” (αγάπη), la forma de amor más elevada según la filosofía griega, amor altruista y comprensivo (y diferente a la philia, por ejemplo, el amor de la amistad, o de eros, el amor sexual, más bien egoísta y exclusivo).

San Pablo entendió, sintetizó y predicó la consigna del mandamiento de Jesús, “amaos los unos a los otros como yo los he amado”, bajo la forma del “ágape”, que a su vez fue traducido en latín como “caridad” y en versiones más recientes o simplificadas de la Biblia, como vemos, ha vuelto a la sencillez del término “amor”, tan elemental y al mismo tiempo tan significativo. 

A fin de cuentas, siguiendo parcialmente a Jankélévitch, podríamos decir que para encontrar la verdad no hacen falta términos muy elevados o complejos, sino simplemente amar la vida de tal modo que nuestras acciones y decisiones nos conduzcan a la verdad.

 

También en Pijama Surf: Amar es adorar la distancia con lo que se ama: los apuntes de Simone Weil sobre el amor, la verdad y la libertad

Twitter del autor: @juanpablocahz