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El fondo no local, luminoso, divino e inmutable de la mente: entrevista al maestro budista Alan Wallace

AlterCultura

Por: pijamasurf - 11/20/2018

Alan Wallace, un maestro budista con una mente científica y muy lúcida, habla sobre los misterios de la conciencia humana

Alan Wallace es un maestro de meditación, traductor de textos budistas del sánscrito y del tibetano, físico y ex monje gelugpa. Su maestro raíz es directamente el Dalái Lama, de quien sirvió como traductor durante varios años. Wallace ha emprendido la misión de crear las bases para una ciencia contemplativa, esto es, estudiar con un método científico los estados de conciencia sutil a los cuales acceden los contemplativos, particularmente en la tradición budista, donde se reportan experiencias de cesación de la actividad mental, recordación de vidas pasadas, precognición y otros estados generalmente asociados con el campo de la parapsicología. Wallace es, además, uno de los críticos más lúcidos del paradigma materialista que predomina actualmente en las ciencias y en la sociedad en general. 

Recientemente Wallace fue entrevistado por Beatriz Calvo, quien encabeza el encomiable proyecto El hilo de Ariadna, dedicado a comunicar la filosofía mística de las tradiciones sapienciales, un posible antídoto para nuestra era encandilada por la tecnología y donde la información acaba reemplazando a la sabiduría. 

Según explica Wallace, en el budismo se conocen tres dimensiones mentales: la mente ordinaria que todos conocemos, el alaya vijnana o la conciencia del sustrato y la conciencia prístina, también llamada rigpa en tibetano. La conciencia del sustrato es el fondo mental del que emerge la experiencia consciente ordinaria, el cual sólo puede conocerse a través de la estabilidad meditativa o samadhi, según Wallace. Esta conciencia no es el subconsciente de Freud o el inconsciente colectivo de Jung. Se trata de "un flujo primario que puede ser comparado con una célula madre que se convierte luego en células diferenciadas". Este sustrato de la conciencia no es humano, ni animal, ni sensible, es pura mente que precede la formación del feto humano, no desaparece con la muerte y puede comprarse con la luz blanca que se refracta en un prisma y produce la experiencia diferenciada. Wallace afirma que aunque existe una correlación entre las experiencias subjetivas y la actividad cerebral, no existe evidencia de que la mente surja del cerebro, de la misma manera que el prisma no es origen de la luz.

Pero más allá de la mente del sustrato yace la conciencia prístina no dual, conocida como rigpa y a la cual la tradición tibetana identifica con el estado de despertar o iluminación. De acuerdo con Wallace, cuando se elimina toda identificación, reificación, apego y conceptualización de la mente discursiva y se corta hacia el fondo de lo real inmutable, se descubre esta mente, que él describe como "no local... siempre presente, luminosa, inmutable, divina... la fuente de la genuina felicidad... conocer esta dimensión de la conciencia es el sentido de la existencia". Residir en este modo de presencia no dual, fresca, luminosa, no conceptual es justamente lo que busca la meditación dzogchen, que el mismo Wallace enseña.

A una incisiva pregunta de por qué esta conciencia que es pura luz divina genera este estado de sufrimiento y alienación, Wallace responde que el desastre en el que estamos inmersos es solamente aquello que oscurece esa realidad profunda de la conciencia prístina; no es un producto de ella sino más bien, nuestra deficiencia. En realidad la conciencia prístina es inmutable y siempre está manifestándose, como un géiser, dice Wallace, pero con nuestros apegos al cuerpo, a la identidad personal y demás, vamos bloqueando, como si fuere, este torrente de pura luz-conciencia y dicha cuya naturaleza es brotar.

Wallace señala que pese a que vivimos en tiempos sobreestimulados y hasta degenerados, en los cuales se podría creer que es casi imposible alcanzar los altos estados contemplativos descritos por los grandes siddhas de las tradiciones místicas, no debemos darnos por vencidos, pues las enseñanzas del Buda tienen un carácter universal, las causas del sufrimiento humano son las mismas y también lo es el sendero que trasciende el sufrimiento. La clave para integrar la sabiduría budista y llevarla a la práctica en el mundo moderno yace en el concepto de anatta o la ausencia de un sí mismo fijo, estable y separado. Aferrarse al ego como una entidad autónoma y absoluta es justamente lo que oculta el entendimiento de la realidad profunda de la conciencia no dual, que es una "ligereza del ser". En realidad, ese ente autónomo "no se encuentra en ningún lado", existimos de manera interdependiente, lo cual en el budismo es equivalente a la noción de vacuidad o shunyata. Esta es también la puerta a la compasión, y a una conciencia ecológica capaz de responder al gran predicamento que enfrentamos como especie.

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La compasión constituye la esencia de toda práctica espiritual, pues permite liberarse del egoísmo y profundizar en una forma de autoconocimiento que trasciende al propio individuo en su identificación con los demás, con el prójimo, Dios o el mismo universo.  En el budismo la compasión es llamada karuna o maha-karuna (la gran compasión), y en el mahayana y el vajrayana es incluso vista como una especie de sustancia o energía espiritual llamada bodhicitta, la mente o espíritu del despertar. En otras palabras, la compasión -el bodhicitta- es aquello que permite alcanzar la iluminación o el despertar, es estrictamente el método o arte (upaya) para liberarse del sufrimiento del samsara.

Según el gran santo del budismo mahayana, Shantideva: "Ponderando por múltiples eones, los grandes sabios notaron sus beneficios, por los cuales innumerables multitudes son llevadas con suavidad a la alegría suprema”. Los sabios notaron cómo la compasión iba suavizando el corazón y haciendo más flexible y dócil a la mente, hasta el punto de que el bodhicitta es entendido literalmente como una sustancia alquímica:

Como la suprema sustancia de los alquimistas,

toma nuestra carne impura y hace de ella

el cuerpo del Buda, una joya suprema.

Así es el Bodhicitta, en él encuentra tu morada.

Lo que para el budismo es la compasión, para el cristianismo es el "amor al prójimo", como se expresa en el Sermón del Monte, donde Jesús incluso hace referencia a amar a los enemigos y a aquellos que hacen mal. Esta visión es recogida de manera notable por Simone Weil, la filósofa y mística francesa, quien literalmente murió de compasión al solidarizarse de manera radical con las personas que estaban viviendo la ocupación nazi en Francia y comer lo mismo que ellos, en un acto de empatía trascedente. En sus Cahiers -una de las obras maestras del siglo XX- Weil sugiere también que la compasión es un sendero hacia la divinidad, pues lleva a la persona al estado mismo de la divinidad, y "Dios sólo se ama a sí mismo... él quiere, con nuestra cooperación, amarse a sí mismo en nosotros". Weil, quizá influenciada por la Bhagavad Gita que leyó atentamente, señala que la conciencia de que hemos realizado un acto bueno nos produce una recompensa natural, pero nos impide recibir una recompensa supernatural. Es decir, el orgullo, el apego y la satisfacción por lo que hacemos nos impide resonar con la auténtica compasión, que es un vaciarse que hace posible la presencia divina; la recompensa sobrentaural viene del acto desinteresado, de la mano izquierda que desconoce  lo que hace la mano derecha.

Weil escribe: "quien sea que ame auténticamente al prójimo, incluso si niega la existencia de Dios, ama a Dios". Y una "compasión sin preferencia" logra lo que la belleza en el sentido platónico, "transfigura la sensibilidad por la iluminación de lo universal", universaliza a la persona. Al concebir la desgracia o mala fortuna de un individuo como miseria humana -y no individual-, sin preferir a uno por sobre otro, entonces "todo hombre se asemeja a Cristo". "Amar al prójimo como a uno mismo, implica que uno lee en cada ser humano la misma combinación de naturaleza y vocación supernatural", una misma tendencia hacia la divinidad, un destino universal. 

La compasión se revela como una forma de autoconocimiento, pues "el prójimo es un espejo en el que hallamos el conocimiento de nosotros mismos si es que lo amamos como a nosotros mismos. El autoconocimiento es amor de Dios. ¿Por qué? El silencio de Dios nos fuerza al silencio interior". Ya Platón, el gran maestro de Simone Weil, había equiparado el autoconocimiento con el conocimiento de Dios y esta es la base de una de las sentencias más conocidas del hinduismo -Atman es Brahman-, el alma es igual a Dios, de la cual Weil era consciente, ya que estudiaba sánscrito cuando escribió esto. Pero nos habla de algo más, de un "silencio interior" de un aspecto místico, una "nudité d'esprit" que la compasión permite al vaciarnos de nosotros mismos, y la cual es "una condición suficiente" para el amor de Dios, un vacío que, como escribió Eckhart, obliga a Dios a amarnos, pues en ese estado de kénosis que es la compasión nos hacemos como Dios, y la pura actualidad de Dios es su amor a sí mismo.

 

Twitter del autor: @alepholo