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A lo largo de las páginas de esta novela brotan las historias de personajes diversos que se unen, chocan, se acercan sin encontrarse, y dejan ver la complejidad de la vida y las circunstancias

En la división de geriatría del hospital de Santo Stefano en la Spezia un hombre de 80 años interrumpe su vejez para hacerle frente a la vida, la que le queda. Ni las dos vertebras rotas, las deficiencias venosas, la sordera ni las cataratas lo resignan a pasar los últimos días en calma. Con el coraje que abrevó en 8 décadas, levanta la bocina del teléfono, solicita una llamada a Miami y le ordena a su hijo Antonio que vaya por él.

A lo largo de su juventud Aurelio Autieri se abrió paso entre la guerra, el mar y esa incontenible necesidad de conocer y sentir. Si en algún momento albergó el temor, la vida se encargó de hacerlo temerario hasta el cansancio, o mejor dicho, a pesar del cansancio: una noticia en el periódico le hace olvidar sus dolencias y le lleva con lo que le queda de familia para cobrarle una deuda al pasado.

Esta es la historia de un hombre que vive al borde, en el límite del peñasco y el vacío hasta que el paso de los años lo aquieta en un nosocomio. Pero no se rinde; en la última etapa de su vida, con la fragilidad encarnada en su cuerpo, apuesta el resto como solía hacerlo en los casinos en su juventud y se deja llevar por sus impulsos, empezando por las incontenibles ganas de vengarse de David Hofman, un prominente empresario herido arteramente por la dictadura nazi.

La historia entrelaza el presente y pasado, igual va de la Europa del norte a la América del sur, con travesías excéntricas de Nueva York a Veracruz, Campeche y las islas circunvecinas. Un mapa trastorna los destinos más allá de los protagonistas e, indudablemente, en sentido opuesto a su objetivo original.

En esta novela los problemas, como la energía en la física, no se crean ni se destruyen, sólo se transforman: de la guerrilla al enfrentamiento con su hijo; de la explosión de un buque petrolero que lo hizo volar por los cielos a la de su familia; del trasiego de drogas al padecimiento de sus efectos sobre su nieta.

Inimaginable, también para Aurelio, la trama va hasta donde termina el mar.

La tercera novela de Claudia Marcucetti es tremenda por su agilidad. A lo largo de sus páginas brotan las historias de personajes diversos que se unen, chocan, se acercan sin encontrarse, y dejan ver la complejidad de la vida y las circunstancias. Y no sólo son historias bien contadas: ese manojo de vidas se funden en una hermosa reflexión más allá de nuestras querencias y creencias.

Se lee en un plis plas, pero inquieta y permanece como las obras que uno lleva en el alma.

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Maestros del ambient: Susumu Yokota y la posibilidad de una revolución íntima del sonido

Arte

Por: pijamasurf - 08/09/2018

Yokota emprendió una revolución intimista en el campo de la música electrónica

Cuando herramientas como los sintetizadores, las grabadoras y los programas informáticos de mezcla de sonidos irrumpieron en el mundo de la música, probablemente nadie imaginó el nuevo giro que esto traería a la labor de la composición.

La apropiación, la variación y aun la cita directa siempre han estado ahí: Schubert, Liszt, Beethoven, Mozart, Rachmaninov, entre muchos otros, incorporaron melodías folclóricas a sus propias composiciones, y en la música netamente popular este fenómeno también ocurre, con tonadas y versos que provienen de épocas remotas, mismos que los músicos repiten, a veces sin darse cuenta.

En el caso de la música electrónica, sin embargo, esa incorporación ocurrió de otro modo, gracias a la tecnología mencionada. Por primera vez en la historia de la música prácticamente cualquier sonido se volvió susceptible de pasar a tomar parte de una composición y si bien, por un lado, esto asustó a los puristas del género, ciertos espíritus creativos tomaron dicha circunstancia como una apertura hacia un terreno virgen, inexplorado, acaso infinito en sus posibilidades.

Uno de esos espíritus destacados fue el compositor de origen japonés Susumu Yokota, fallecido lamentablemente hace algunos años, en el 2015, pero sumamente prolífico en vida. Con cierta discreción pública, Yokota emprendió una suerte de revolución íntima en el campo de la música electrónica, con obras que destacan por su voluntad experimental, el riesgo de encontrar el equilibrio entre sonidos aparentemente disímiles.

Yokota comenzó su trayectoria como DJ en su natal Japón, aunque también se presentó en lugares y eventos en Europa (notoriamente, el Love Parade de Berlín, en 1993). Entre los reconocimientos que se hicieron a sus composiciones puede citarse la elección que hizo la revista The Wire de Sakura como el mejor álbum de música electrónica del año, esto en 1999.

Asimismo, cabe recalcar que en varios casos, sobre todo al inicio de su carrera, Yokota dio a conocer sus producciones bajo diversos pseudónimos: “Ebi”, “Prism”, “Anima Mundi”, “Stevia” y otros, un rasgo anecdótico que acaso nos dice algo sobre su personalidad.

En cuanto a su música, como decíamos, se caracteriza sobre todo por la variedad de registros incorporados en la composición, organizados en torno a dos pilares que son esenciales en su obra: por un lado, cierta sensibilidad clásica para tratar el sonido, que de algún modo se expresó en la predilección por los “morceaux” o samples de composiciones para piano de música clásica que recorren su trabajo. Por otro lado, el sonido sintetizado ocupa también un lugar preponderante, que en su caso sigue una voluntad repetitiva similar, por ejemplo, a la de las composiciones de Steve Reich.

Sus álbumes más celebrados fueron el ya mencionado Sakura (1999) y Grinning Cat (2001), y en cierto modo son también los más accesibles. Antes de eso, su primera etapa puede considerarse experimental pero también tentativa, carente aún del refinamiento en el estilo que alcanzaría después. En otro sentido, álbumes como Symbol (2004) o Kaleidoscope (2010), también reconocidos por la crítica, profundizan en la exploración meditativa sobre el sonido en sí y sus posibilidades puramente estéticas que emprendió Yokota en la última etapa creativa de su vida, aquejado por la enfermedad que al final le traería la muerte.

 

Susumu Yokota fue, en suma, un compositor con el cual podemos aprender a apreciar las posibilidades no sólo de la música electrónica, sino del sonido en sí como evocador de realidades.

 

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