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El encuentro con la belleza no es insignificante, es una oportunidad para encontrar lo infinito en lo finito

En una época que idolatra la imagen de las celebridades de Instagram, la belleza parece ser algo muy frívolo; sin embargo, si nos atenemos al entendimiento clásico de la belleza, no hay nada más profundo, pues es en la belleza que se revela lo infinito. Esto aplica tanto para el arte como para la ciencia y la religión. Por ejemplo, Tarkovski entendió el arte como la manifestación del infinito dentro de lo finito; Einstein y muchos otros físicos hablan de una belleza cósmica y de una elegancia en las teorías de la física; Platón y otros filósofos consideran que la belleza es lo que media y vincula lo celeste y divino con lo humano y terrenal.

David Bentley Hart, un teólogo cristiano, ha escrito uno de los libros más importantes para entender y revalorar lo que es realmente la belleza, The Beauty of the Infinite. Hart emparenta la belleza, más que con el bien (como ha ocurrido clásicamente), con el infinito. La belleza es el infinito manifestándose, lo divino que se conoce a través de la creación. Quizás esto no es del todo distinto a la idea budista de "la forma es vacuidad; la vacuidad es forma". La belleza y el infinito son inseparables, de la misma manera que la vacuidad y la forma lo son, y lo trascendente tiene su ser en lo inmanente. Vamos a explicar esto.

En una conferencia sobre este tema, Hart explica su lectura creativa de la idea cristiana de la belleza, que se distancia en parte de la de Tomás de Aquino. Para Aquino la belleza es, sencillamente, aquello que es placentero. Aquino encuentras tres cualidades fundamentales en la belleza: completud o integralidad, consonancia o armonía entre las partes y brillantez o luminosidad. Hart nota que en realidad lo bello, aunque generalmente es una impresión sensorial, puede ser también lo conceptual o imaginativo. Su definición de la belleza es mucho más majestuosa y grandilocuente.

Para Hart, quien toma de Heidegger la idea de que la belleza es un "evento", un evento similar al evento del desocultamiento de la verdad (aletheia), la belleza es un regalo, una dádiva, la gracia misma, que es la manifestación de la divinidad Se trata de un "nimbo invisible de completa gratuidad... un regalo inesperado e innecesario, aunque maravillosamente adecuado" del "movimiento gratuito revelatorio de algo que, de otra manera oculto, no tiene la necesidad de revelarse o entregarse a sí mismo". Hay algo numinoso y casi milagroso en la belleza, que es el esplendor de algo que no tiene razón instrumental. Como dijera Wittgenstein, "lo mágico no es cómo es el mundo, sino que sea". 

Hart dice que la belleza es:

el lúcido, espléndido y agudo encuentro con la trascendencia de la fuente que da el ser a los seres... una perfecta experiencia del asombro existencial, el thaumazein, que según Platón y Aristóteles es el principio de toda sabiduría especulativa, toda la filosofía comienza en ese momento de asombro ante la mera presencia del mundo, es un asombro que yace siempre debajo de la superficie de nuestra conciencia ordinaria, no es sólo en las artes que la encontramos sino en nuestra experiencia de la realidad, pero generalmente somos olvidadizos.

La belleza es una forma de anamnesis, en el sentido platónico, que nos permite recordar, dentro de nuestra existencia finita, la presencia de una misteriosa vida infinita. Su mostrarse es también siempre un ocultar algo más, algo que los sentidos no pueden agotar pero que, como si fuere, destella en lo que se revela con la luz de lo trascendente, de lo que permanece oculto por ser infinito. La belleza es siempre seducción divina. Continúa Hart:

La belleza nos sacude de nuestra amnesia habitual de olvidar el asombro del ser, nos otorga una cualidad despierta privilegiada en lugar de la cualidad alicaída de nuestra conciencia ordinaria, nos recuerda esa plenitud del ser que, excediendo por mucho el momento de su revelarse, gratamente condesciende a mostrarse una y otra vez, la infinitud de un evento de una mera instancia. En esta experiencia se nos da un vislumbre, con una sensación de asombro que por un momento restaura una condición de inocencia, de la kenosis [vaciamiento] del ser, en los seres. La autoefusión de Dios en su finitud en forma de un esclavo... la fuente inagotable que se derrama a sí misma en la grácil espontaneidad de la creación, si es que tenemos ojos para ver, oídos para oír.

David Bentley Hart nos dice que el infinito brilla en los detalles de la creación, que quien ha afinado su percepción será capaz de percibir en todo los eventos, aparentemente comunes y corrientes, el brote efervescente de la divinidad, siendo el mundo nada menos que el torrente en el que Dios se da a sí mismo. Hay un componente que puede parecer dualista desde nuestra perspectiva: "la manifestación es siempre alienación en el mundo a la vez que es también expresión en la revelación, la belleza es un hechizante recordatorio de algo perdido y una anticipación de algo que será encontrado más allá de los límites de esta tierra". Experimentamos el mundo como caída, separación y extravío, pero esa caída es la manifestación de un deleite infinito -si tenemos ojos para ver, oídos para oír-:

El infinito se muestra a sí mismo en la finitud enteramente en la forma de un regalo libre y espontáneo, uno que no requiere que la divinidad se separe de la naturaleza divina, en cambio, es una perfecta y grata expresión de esa naturaleza, pues Dios siempre ya es el acto infinito de su autovertirse, la belleza que es también amor que se da a sí mismo.

Así entonces, lo que sentimos cuando percibimos algo bello puede ser la intimación de algo eterno. Por eso Dostoyevski se atrevió a afirmar que "la belleza salvaría al mundo"... Si tan sólo pudiéramos mantener fresca la noción de que, cuando nos encontramos con la belleza, nos estamos encontrando con algo infinito y trascendente.

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La música favorita del excéntrico filósofo Ludwig Wittgenstein en una playlist de 19 horas

Filosofía

Por: pijamasurf - 07/16/2018

¿Qué escuchaba este filósofo a cuya casa acudían a departir Gustav Mahler y Johannes Brahms?

Ludwig Wittgenstein es probablemente uno de los últimos grandes filósofos del siglo XX, tanto por su obra como por aquello que ésta representa en el horizonte amplio de la filosofía. 

Wittgenstein es quizá el mejor ejemplo en donde se condensan la voluntad original de la filosofía como un método para comprender la existencia y la realidad y, por otro lado, el camino que en cierto momento tomó esta disciplina hacia la exploración del lenguaje que derivó, a su vez, hacia las investigaciones exclusivamente lógicas y analíticas. 

Con todo, en Wittgenstein perviven aún ambas maneras de entender y ejercer la filosofía. El razonamiento puro, a veces excesivo, sobre los fundamentos de la realidad, convive con ese asombro que, a decir de Aristóteles, es el comienzo del pensamiento filosófico. Después de todo, sin admiración no sólo la filosofía es incomprensible sino, incluso, la vida en sí.

Biográficamente, la figura de Wittgenstein también es interesante. Hijo de un magnate del acero, el futuro filósofo creció entre la aristocracia vienesa de finales del siglo XIX y, como otros en una generación dorada en medio de la decadencia, atestiguó los últimos años del Imperio austrohúngaro. En su casa se recibía con frecuencia la visita de Johannes Brahms, Gustav Mahler, Richard Strauss y Gustav Klimt, entre varios otros, quienes recibieron el apoyo monetario de su familia. Él, por otro lado, aunque rodeado de lujo, abundancia y belleza, fue educado con severidad, lo cual rindió frutos contradictorios en su vida.

De esa formación deriva su gusto musical, quizá poco conocido pero que da cuenta no sólo de la época en que vivió, sino también de sus inquietudes intelectuales. Como sucede con los libros leídos, las películas que nos gustan o incluso la ropa que elegimos para vestirnos, la música “habla” de lo que somos y del lugar de donde venimos, de nuestros intereses y de aquello que miramos en el mundo. Y el caso de Wittgenstein no es la excepción.

La playlist que compartimos a continuación reúne la música favorita del filósofo, de acuerdo con las investigaciones de uno de sus biógrafos más prolijos, Ray Monk. Previsiblemente, abunda la música clásica, pero se encuentra también alguna curiosidad excéntrica, como la voz de Yvette Guilbert, cantante de cabaret especialmente famosa en la época de Wittgenstein, favorita también del pintor Toulouse-Lautrec y alguna vez estrella del Moulin Rouge.

Más allá de la anécdota biográfica, la playlist es también una selección que demuestra un conocimiento amplio de la música. Y al menos por esto, vale la pena su escucha.

 

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