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La preciosa playlist que Ryuichi Sakamoto le regaló a su restaurante favorito

Arte

Por: pijamasurf - 07/27/2018

Como buen compositor, Sakamoto no pudo permanecer impasible frente a la música que escuchaba en su restaurante favorito en Nueva York, así que decidió hacer una playlist y ofrecerla al lugar

En un artículo publicado hace tiempo en Revista Ñ, el escritor mexicano Fabio Morábito contó la anécdota de un hombre, escritor también, a quien su esposa le pide redactar un justificante de ausencia para el hijo de ambos, que había faltado a la escuela:

Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelve a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y, sin sentarse, garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aun el más intrascendente de ellos planteaba problemas de eficacia y de estilo. 

Morábito usa la historia para señalar las dificultades que a veces implica la escritura como actividad literaria para la persona que la realiza. Aunque muchos de nosotros escribimos todo el tiempo (mensajes, notas sueltas, publicaciones en las redes sociales, etc.), hay quienes dan otro significado a esa actividad y, por lo mismo, aun cuando se trate de realizarla en circunstancias sencillas, ésta se convierta siempre en un reto y un desafío.

Pero más allá de esta interpretación (que en cierto modo refuerza la idea rebatible de que la creatividad y la neurosis van de la mano), podemos pensar en algo mucho más sencillo: quien por gusto o por oficio se especializa en una disciplina, quien la practica con regularidad, la estudia y adquiere experiencia en ésta, ya no la experimenta del mismo modo que otras personas que conocen superficialmente esa misma actividad. Quien lee con frecuencia, por ejemplo, no lee de la misma manera que quien lee poco; lo mismo quien nada todos los días frente a quien lo hace sólo cuando sale de vacaciones, o quien adquirió afición por un género musical en particular, por ejemplo, que sin duda escuchará con más detalle, con mejor apreciación, que quien lo escucha por primera vez.

Quisimos señalar esta circunstancia para presentar una preciosa playlist que el compositor de origen japonés Ryuichi Sakamoto elaboró para su restaurante favorito en Nueva York, ciudad donde reparte su residencia junto con su natal Tokio. 

No obstante, en este caso no se trató de una de esas “intervenciones” que ocurren a veces, a medio camino entre la publicidad y el espectáculo, cuando una personalidad “cura” la actividad de determinado establecimiento. Nada de eso. El gesto de Sakamoto fue sincero y espontáneo.

Sakamoto es desde hace tiempo cliente habitual de Kajitsu, un restaurante de comida japonesa que sigue los principios del shojin, un término asociado con el budismo que puede traducirse como “cocina devota”. Grosso modo, el shojin se adscribe a la doctrina de la no-violencia (ahimsa) y, por lo tanto, utiliza ingredientes exclusivamente vegetarianos. Asimismo, en su decoración procura mantener la sobriedad propia del zen.

Todo en el lugar parecía satisfacer a Sakamoto, salvo un elemento muy específico: la música. Y es aquí donde retomamos lo que decíamos anteriormente. Quizá para otros comensales la música que sonaba de fondo era trivial o hasta imperceptible, pero no así para un compositor como Sakamoto, quien al menos desde la década de 1970 ha destacado justamente en el género “ambient”, que lleva dicho nombre por su aspiración de crear “atmósferas” definidas a partir del sonido, capaces de inducir experiencias sensoriales completas en la persona que escucha.

No sin humildad, Sakamoto se acercó al dueño del lugar y le ofreció realizar una compilación que pudiera usar en el restaurante. Sin duda la oferta es entre admirable y extraordinaria, pues no parece muy común que un artista renombrado ofrezca gratuitamente poner al servicio de otros la experiencia en su campo de acción.

¿Pero por qué no habría de pasar? “Entre todos sabemos todo”, solía decir Alfonso Reyes, y quizá esa sea la lección que podríamos sacar de esta historia. Aquello que el artista sabe hacer, aunque singular, es equiparable en otro sentido a lo que hace un cocinero, un campesino, una ilustradora, etc., siempre que nuestra vida está puesta en aquello que hacemos.

 

Más detalles sobre la historia en este artículo del New York Times.

 

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Arte

Por: pijamasurf - 07/27/2018

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Aunque Harold Budd no se considera parte del género llamado ambient, su música suele clasificarse así -y como una de las muestras de más alta factura de este género-.

El género ambient es uno de los más amplios y elusivos que existen. La palabra alude simplemente a aquello que crea un ambiente -así que, en estricto sentido, toda la música puede considerarse "ambient"-. Sin embargo, es evidente que hay cierta música que genera atmósferas -oníricas, ominosas-, que envuelve, que nos brinda una sensación del espacio, que invita al sueño, a la imaginación y a la reflexión estética. Brian Eno alguna vez definió al ambient diciendo que "es tan ignorable como interesante". El ambient puede ser como música de elevador -o de aeropuertos, por citar uno de los álbums clásicos del género-, que sólo está ahí como parte decorativa, amalgamada con el entorno, sin que sea notada, pero el buen ambient tiene una riqueza sólo comparable con la música clásica -mucho ambient, como el de Harold Budd, se cataloga como música neoclásica-. Puede ser ignorable como la música lounge, pero puede ser tan interesante como el cielo o la selva. Es música también para viajar, para el viaje interno, para contemplar, para ir a la deriva. La riqueza evocativa del ambient lo ha hecho uno de los géneros favoritos de los psiconautas, creando una especie de pista base para recorrer en ella los cielos e infiernos de la mente.

Harold Budd nació en Los Angeles en 1936, pero creció en el desierto mágico de Mojave. Budd estudió composición clásica y sus primeros trabajos fueron piezas minimalistas dentro de la corriente de la música avant-garde. En 1972 Budd resurgió con la primera pieza que se asocia con el ambient, "Madrigals of the Rose Angel", la cual acabaría siendo parte de The Pavillion of Dreams, un disco producido por Brian Eno que puede considerarse también como música sacra o religiosa, aunque el mismo Budd señaló que el disco no tiene ningún significado y se trata de pura belleza sin sentido, algo que es completamente discutible, ya que las piezas están llenas de cantos de nombres divinos, y la belleza le da sentido a la vida.

Budd definió esta nueva música como "hermosura existencial", no platónica, meramente superficial. Budd luego colaboraría con Eno en dos discos, The Plateaux of Mirror y The Pearl, en los que estableció su famoso estilo de piano atmosférico, usando la técnica que llamó "de pedal suave". The Plateaux of Mirror es uno de los grandes discos en la historia del ambient (que también podemos llamar música clásica, sin temas clásicos, una especie de impresionismo sonoro con efectos de estudio), aunque dicha clasificación quizás disguste a Budd. El disco, según relató Eno, consiste básicamente de la improvisación al piano de Budd, dentro de atmósferas sonoras creadas por Eno.​

En el 2004 Budd lanzó Avalon Sutra, un disco que anunció que sería su último. Un disco que habría sido un glorioso final a una carrera sin desperdicio, no demasiado prolífica, pero constantemente sublime. Por suerte, Budd, sólo estaba atravesando una crisis y regresó para dejarnos nuevas obras imperdibles.

Destacamos sobre todo su colaboración con el guitarrista de Cocteau Twins, Robin Guthrie, particularmente en el disco doble After the Night Falls /Before the Day Breaks (con Guthrie también produjo la música de la película Mysterious Skin, entre otros). Los suaves pianos de Budd con las guitarras distantes y oníricas de Guthrie son una combinación hecha en el cielo. Este álbum es una de las piezas más poéticas que se han producido en los últimos tiempos. Esta es música que es medicina para la melancolía, no porque la cura sino porque la dimensiona, la hace tal como es, una belleza profunda y a la vez ligera -como dijera Italo Calvino: "la melancolía es la tristeza que ha adquirido ligereza"-.

Estos dos discos parecen retratar las horas del día, los diferentes ritmos y tonalidades de la luz y el estado anímico de cada hora, una especie de cronobiología sonora, que además es una meditación sincronizada entre ambas piezas. La singladura con sus luces y demonios. Como el mismo Budd dijo de su música: es pura belleza -con sentido o sin sentido- y es devastadora.

Uno de sus más recientes discos, quizás el último, es Winter Garden, con Guthrie y Eraldo Bernocchi.

Buena parte del último material de Budd ha salido en la disquera de David Sylvian, Samadhi Sound, y esa es una buena forma de describir el proyecto sonoro-contemplativo de Budd que lleva casi ya 50 años: samadhi sónico. 

 

Este artículo es parte de la serie Maestros del Ambient que se incrusta en una particular sensibilidad exploratoria, basada en crear herramientas contemplativas para navegar la realidad de una manera más lenta, lúdica y suave.

 

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