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En el ser humano conviven dos percepciones del tiempo: una, objetiva, que miden los calendarios y los relojes; y otra en su interior, que toma la forma de una experiencia personal e intransferible

La relación del ser humano con el tiempo es doble. Por un lado, tenemos conciencia del tiempo como tal, objetivo, que se nos revela nebulosamente en nuestro entendimiento pero, a cambio, es sumamente nítido en sus efectos sobre la realidad. Una entidad presente en todo e indiferente a todo. Es el Padre Tiempo de numerosas mitologías. El mismo al que se refirió San Agustín en sus Confesiones: "¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta no lo sé".

Otro es el tiempo interior: la experiencia subjetiva que cada uno de nosotros tiene del tiempo real. Es la sensación que tenemos, por ejemplo, cuando en una situación sumamente agradable nos parece que las horas pasaron más rápido de lo habitual, o cuando miramos un poco en retrospectiva y nos sorprende que en cierto periodo de nuestra vida los años nos hayan parecido tan extensos y en otros nos parezcan más bien breves.

El tiempo es el mismo siempre, pero nuestra percepción siempre es distinta. Ambos corren por caminos separados y quizá no podría ser de otra manera. Cuando el ser humano adquirió conciencia de sí se separó definitivamente del mundo, emprendió sin quererlo un viaje de no retorno entre un lugar donde la percepción de la realidad acaba en sí misma y otro donde ésta se divide entre la realidad y el ser que percibe. Es una contradicción fundamental de la conciencia humana que, en el caso de la experiencia del tiempo, da lugar a un desfase irremediable entre el tiempo objetivo y el tiempo interior. Uno y otro se nos presentan escindidos, rara vez coincidentes y a veces incluso francamente distantes.

Con todo, el tiempo objetivo parece tener preeminencia sobre el tiempo interior. El calendario y el reloj avanzan inexorables, sin importar que nuestro tiempo interior se encuentre en otro momento. El reloj social, creado a imitación de la sucesión natural de las cosas, va señalando una detrás de otra las tareas que es necesario cumplir y la mayoría de nosotros se esfuerza por seguirlo; muchos de nosotros incluso nos obligamos a ajustar nuestro propio reloj interno a ese otro reloj inclemente, dejando de lado nuestros propios ritmos en aras de correr parejos con el tiempo exterior. Y es así como con cierta frecuencia las personas se descubren de pronto en situaciones a las que se encaminaron sólo porque era lo que el tiempo exterior dictaba, aunque no necesariamente lo que su tiempo interior pedía.

En esa discrepancia, es posible señalar una contradicción especialmente sensible en el desarrollo humano: el paso de la infancia a la madurez. La mayoría pensamos esto como es un proceso “natural”, que ocurre por sí mismo con el paso de los años y el desarrollo biológico pero, en el caso del ser humano, en realidad no basta con “crecer” para dejar del todo dicha etapa. Esos años se inscriben poderosa y profundamente en nuestro ser, pasan a formar una especie de dimensión paralela de nuestro tiempo interior, un espacio-tiempo donde vive algo o mucho de lo que somos, persiste, como una planta enraizada en un suelo que aún le es propicio. Una escena, una forma de ser, algunos hábitos, ciertas maneras de responder frente a la vida; piezas en apariencia sueltas que se condensan a veces en elementos sumamente específicos.

Ese universo pervive y no sólo como memoria o como recuerdos gratos. Tiene más realidad de la que solemos aceptar. Con cierta frecuencia, nuestros actos de todos los días no son sino repetición de aquello que hacíamos entonces. Ocurre una suerte de transposición parcial entre aquel Yo infantil y el Yo presente, un desplazamiento que no toma en cuenta circunstancias temporales ni biológicas. Para el tiempo objetivo, los años han pasado, el sujeto ha crecido, la infancia ha quedado atrás; en el tiempo interior, sin embargo, la distancia es mínima entre uno y otro momento, entre uno y otro Yo. Este poema de José Emilio Pacheco señala dicho fenómeno:

NIÑOS Y ADULTOS

A los diez años creía
que la tierra era de los adultos.
Podían hacer el amor, fumar, beber a su antojo,
ir a donde quisieran.
Sobre todo, aplastarnos con su poder indomable.

Ahora sé por larga experiencia el lugar común:
en realidad no hay adultos, sólo niños envejecidos.

Quieren lo que no tienen:
el juguete del otro.
Sienten miedo de todo.
Obedecen siempre a alguien.
No disponen de su existencia.
Lloran por cualquier cosa.

Pero no son valientes como lo fueron a los diez años:
lo hacen de noche y en silencio y a solas.

El desarrollo del ser humano es lineal desde el punto de vista del tiempo objetivo, ¿pero qué decir del tiempo interior? El sujeto crece, gana años, pasa de una experiencia a otra, forma parte del mundo, ¿pero qué tan cerca o lejos se encuentra de otros periodos de su vida? A veces, cuando se observa atentamente el desarrollo subjetivo, se descubre que la vida humana es más bien como una línea errática, irregular, que avanza pero también retrocede; que aunque continúa porque no puede detenerse, regresa, sin embargo, como una espiral, como un laberinto. Hasta que encuentra de nuevo su cauce, y recomienza.

¿La madurez significa dejar atrás la infancia? Sí en al menos uno de sus elementos fundamentales: la necesidad tan característica del ser humano de una figura externa que cuida y protege, que conduce, que nos guía por su propio mundo y nos lo muestra tal cual lo conoce y que al hilo de esas tareas delimita la realidad. Los años de formación son largos en el ser humano, tanto que a veces pierde de vista el otro tiempo, el real, que decididamente se encuentra ya en otro momento.

No obstante, es posible señalar al menos un elemento propio de la infancia que, como un fuego que ilumina y calienta, puede preservarse. Después de todo, fue en la infancia cuando descubrimos y experimentamos con la vida en sí, al principio sin restricciones ni prejuicios, en el instante absoluto, ignorantes aún de los calendarios y los relojes, de los tiempos y lugares adecuados para hacer o para no hacer; la vida pura transformándose y transformándonos, la acción volcada en el aquí y en el ahora, único punto de la realidad donde la existencia ocurre.

Es posible que sea justamente ahí, en algo de esa infancia que pervive en nuestro tiempo interior, donde se encuentra la sustancia preciosa que permite madurar sin envejecer y crecer sin marchitarse. No la fuente de una eterna juventud ni un elixir de la larga vida, sino algo quizá mucho más modesto, mucho más terrenal, pero también más genuino: la conciencia de nuestra propia vida. 

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Una vida sin planes ni objetivos: ahí se encuentra el sentido de la existencia

 

Imagen de portada: The Mirror (1975), Andrei Tarkovsky

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La seducción nos entretiene y nos distrae; la angustia, en cambio…

Todos, en algún momento de nuestra vida, enfrentamos esta decisión. 

Por un lado tenemos el dolor o el sufrimiento, quizá el deber o la obligación, posiblemente la renuncia, el duelo, una responsabilidad que debemos asumir o una decisión que sabemos que tenemos que tomar, el miedo o el temor, las dudas, la crítica severa a uno mismo, la intranquilidad o la impaciencia… En una sola palabra: la angustia.

Por otro lado, se nos ofrece la seducción. ¿Quién, ante un trabajo, no ha preferido evadirlo con algún tipo de placer? ¿Quién no ha hecho lo mismo con el dolor y con el sufrimiento? Necesitamos escribir y de pronto sentimos hambre. Nos sentimos solos y tomamos el teléfono para buscar una persona con quién estar. Hay algo en nuestra vida que no está marchando como quisiéramos y nos regalamos a nosotros mismos una compensación: una compra que sale de nuestro presupuesto, una comida que va más allá de la saciedad, una borrachera. Un deber nos apremia pero preferimos distraernos con las redes sociales, en una conversación trivial o con tareas que bien podríamos dejar para otro momento… Las formas de la seducción son muchas y seguramente cada persona conocerá la propia y el camino por el cual llega a ella.

El dilema, sin embargo, no es moral. Por favor, no se entienda de esa manera. No es que el consumo de alcohol, las drogas, el sexo o la comida sean "malos", o que elegir la angustia sea "bueno" por sí mismo. En modo alguno. El dilema es más bien existencial, pues seguir uno u otro camino tiene efectos específicos en el curso que toma la vida.

La seducción nos atrae porque parte de su fuerza se encuentra en un patrón inconsciente de pensamiento y de conducta relacionado con la adversidad. Frente a aquello que parece adverso, es probable que todos tengamos miedo, la diferencia es que algunos, con miedo y todo, deciden encarar la adversidad y otros prefieren evitarla. Y, de nuevo, ninguna conducta es mejor que otra. De nuevo también, cada una tiene derivaciones distintas. 

El problema con los patrones inconscientes es que se vuelven incontrolables fácilmente. De algún modo, ese es el origen de las adicciones de todo tipo. Quien no puede dejar de "trabajar", de comprar, de "conquistar" mujeres o lo que sea que tenga como comportamiento adictivo, en una medida importante se debe a que no ha hecho consciente el patrón de pensamiento que sostiene dicha compulsión. No conocemos la fuerza que nos lleva a actuar de determinada manera y por ello la obedecemos ciegamente. 

Ahí se descubre otra característica importante de la seducción: es insaciable. Tanto en la forma como en el fondo. Tanto en la manifestación que adquiere –la bebida, la comida, el afán de sentirse acompañado, etc.–, como en su carácter de entidad para la que nunca nada será suficiente. Siempre demandará más y por principio su mandato será siempre inapelable. 

De ahí también que la seducción sea, paradójicamente, insatisfactoria. ¿Quién puede decir que de verdad disfruta estar en Facebook? ¿Quién puede decir que disfruta procrastinar? ¿Quién no ha sentido de nuevo ese hueco que parecía haber sido llenado con una fiesta o con el sexo y que, al acabar la fiesta o el sexo, reaparece, tan vacío como estaba antes? La seducción no nos complace verdaderamente porque en última instancia no es lo que queremos, sino algo que aprendimos a aceptar como reemplazo de lo que queremos. 

En este sentido, la seducción es equiparable a las nociones de goce y deseo del Otro que se encuentra en el psicoanálisis de Sigmund Freud y de Jacques Lacan. En términos muy sencillos pensemos en estas imágenes: un bebé llora porque siente frío, pero su madre piensa que tiene hambre y lo alimenta; un niño habituado a sentirse atendido llora porque se siente descuidado, y su madre o su padre, que no lo pueden atender en ese momento, le brindan algo colorido o ruidoso con lo cual pueda entretenerse y distraer así ese malestar. Poco a poco las cosas se vuelven un tanto más complejas, pero la esencia del goce está ahí: sentir que disfrutamos lo que otro nos da a cambio de lo que en verdad queremos. Por eso Lacan contrapuso el goce al placer, pues la satisfacción que creemos encontrar en el goce es una farsa que aprendimos a montar para complacer al Otro, mientras que el placer es auténtico porque surge espontáneamente de la condición deseante del sujeto. 

Por eso, cuando hacemos algo que sí queremos hacer, nos sentimos de inmediato llenos de vida. No importa que esa tarea requiera esfuerzo físico o mental, no importa el tiempo que necesite, no importa que al menos de inicio parezca apabullante: hay algo que nos impulsa a seguir, que nos mantiene con alegría o con esperanza en medio de la contrariedad, que por momentos parece capaz de neutralizar el cansancio y el desgaste; y cuando la tarea termina, incluso a pesar de toda la energía volcada en ella, nos deja no sólo satisfechos, sino además con cierta sensación de más vida aún, con la sorpresa de que cedimos parte de nuestra vida y a cambio ésta no sólo no se redujo, sino además se multiplicó.

¿Así nos sentimos después de entregarnos a la seducción? Lo cierto es que no. Pero entonces ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué, aunque el goce de la seducción no nos satisface ni nos hace sentirnos así de vivos, seguimos cediendo a su mandato? ¿Y por qué, en otro sentido, parece que no podemos sentirnos siempre así, inundados de vida? ¿Es que de verdad no es posible?

Una respuesta a esas preguntas es relativamente sencilla: porque no conocemos nuestro propio deseo. Muchos de nosotros sabemos que deseamos pero no sabemos qué deseamos. Es decir, tenemos (relativa) conciencia de nuestra condición de sujetos deseantes pero no hacia dónde o de qué maneras está encauzada dicha condición, y en esa ignorancia repetimos el patrón de conformarnos con lo que aprendimos a aceptar como satisfactorio. 

Tanto Freud como Lacan nos mostraron que el deseo humano es como un nuevo lenguaje que el sujeto debe aprender si quiere formular claramente lo que desea. "No sé lo que quiero", dicen algunas personas cuando se descubren confrontadas a ese dilema propio de la existencia humana. Justificadamente, pues en la formación del ser humano no es común que se le brinden los recursos para emprender un aprendizaje que debe hacer por sí mismo: el de las palabras y la gramática de su propio deseo.

¿Cuál es, en este escenario, en el plató de la vida humana, el papel de la angustia? En psicoanálisis, de Freud a Slavoj Zizek, se sostiene que la angustia es la única emoción auténtica, la única emoción que se presenta sin disfraces ni fingimientos y por ello mismo es la única señal que no engaña. A esto podría sumarse también la consideración de Søren Kierkegaard, quien entendió la angustia como el vértigo de la libertad.

La angustia, en este sentido, es eso que nos invade cuando percibimos vagamente que podemos ser libres pero esta misma sensación nos perturba e incluso nos aterra. Puede sonar paradójico, pero así es: nos da miedo ser libres. En buena medida porque asumir nuestra libertad no es tanto una decisión como un recorrido, una "obra en proceso" que pasa necesariamente por darnos cuenta de que mucho de lo que aprendimos es falso o cuestionable; que implica poner en duda lo que aprendimos de nuestros padres, de la cultura en la que crecimos e incluso de la época en la que nos encontramos; abrir algunas habitaciones largamente abandonadas; implica confrontarnos con nosotros mismos, desesperarnos con nosotros mismos, reconciliarnos con nosotros mismos; implica una de las tareas más difíciles de la existencia: conocer nuestras propias emociones y lo mismo las heridas que los afectos de donde surgieron; implica descubrir que muchas de las ideas, hábitos, creencias y todo aquello que creemos más propio de nuestra "identidad" es fruto del azar, la circunstancia y el accidente; en última instancia, implica darnos cuenta de que la vida en sí misma es absurda y está sostenida apenas y frágilmente sobre el vacío de la muerte. Y hasta cierto punto parece muy natural y muy humano que todo ello nos angustie. Desde la seguridad de la orilla, ¿quién querría atravesar ese abismo?

Sin embargo, para vivir en libertad, para vivir conscientemente como seres deseantes, del lado de la vida y la satisfacción auténtica, en la plenitud de la que se ha hablado en Occidente desde la Grecia antigua, donde el sujeto no es Esclavo pero tampoco Amo, es necesario enfrentar esa angustia o, dicho de manera menos tremebunda, hacerle caso a esa señal.

¿Qué elegir entre la seducción y la angustia? Para esto no hay una respuesta. "El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría", escribió William Blake; y san Agustín, durante los años de juventud que entregó a los placeres sensuales, rezaba así a Dios: "Señor, dame castidad y templanza ... pero no ahora". No menos cierto es que el camino puede terminar antes de arribar al palacio y la templanza puede convertirse en el propósito incumplido de la oración. 

A veces hay que elegir la seducción y a veces la angustia, me parece. En todo caso, en conciencia plena de las implicaciones de una y otra elección. La seducción nos entretiene y nos distrae. La angustia, con cierto trabajo de por medio, puede llevarnos a una vida fuera de la obediencia, posiblemente libre y en la cual nuestra condición ineludible de seres deseantes no vive censurada; una vida llena de vida: una vida auténtica.

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N. B. En parte este texto tiene como inspiración la idea de la fase "estética" de la existencia que desarrolla Kierkegaard en Lo uno o lo otro (1843), particularmente en la primera parte, en donde expone ese momento en que se vive bajo el imperio de los sentidos y los placeres. La editorial Trotta publicó Lo uno o lo otro por primera vez íntegro en español entre 2006 y 2007, pero desde hace tiempo varios de sus ensayos han circulado como piezas sueltas y relativamente autónomas. En este sentido, quien desee profundizar en la idea de seducción en oposición a la angustia o en la oposición entre estética y ética que propuso Kierkegaard (y no tenga a la mano la versión completa de Lo uno o lo otro) puede acudir a Diario de un seductor, In vino veritasLa rotación de los cultivos, entre otras. Para la idea de angustia en relación con la libertad, los títulos son fáciles de descubrir. Esta emisión de France Culture también es ilustrativa al respecto.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: El fin de la transferencia y el comienzo del amor

 

Twitter del autor: @juanpablocahz