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A David Lynch le encanta tomar fotos de mujeres desnudas y ha hecho este libro

Arte

Por: pijamasurf - 06/25/2018

Desnudos femeninos bajo la peculiar mirada de Lynch

David Lynch tiene una mirada un tanto extraña, pero capaz también de una cierta poesía de lo oscuro y misterioso. Según ha dicho él mismo en varias ocasiones, Lynch tiene una fascinación por el cuerpo femenino desnudo, el cual ha retratado a lo largo de los años y ha mostrado también memorablemente en algunas de sus películas, como Blue Velvet -con el famoso desnudo completo de Isabella Rossellini en la calle, mostrando su vulnerabilidad emocional. 

"Me encanta fotografiar mujeres desnudas. La infinita variedad del cuerpo humano es fascinante: es maravilloso y mágico ver qué tan distintas son las mujeres", dice Lynch, quien celebra la belleza en un nuevo libro llamado David Lynch, Nudes, el cual contiene más de 100 de sus fotos de desnudos, con su característica estética llena de penumbra, misterio, formas insinuadas, humo, close-ups y demás. 

Lynch es un artista completo, ya que además de hacer películas ha diseñado un club nocturno, ha creado un par de álbumes de música, y es pintor y fotógrafo. 

Aquí una muestra de algunas de las fotos de Lynch, vía Dazed Digital

 

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El enigma de la creatividad podría tener en estas pocas palabras de Marcel Proust una resolución clara y que estuvo siempre a la vista de todos

Marcel Proust inició el prefacio de Contra Sainte-Beuve (la serie de ensayos que precedió a la escritura de En busca del tiempo perdido) con una afirmación muy sencilla y en apariencia muy clara, pero de implicaciones profundas una vez que se reflexiona al respecto. Dice Proust, simplemente: “Cada día otorgo menos valor a la inteligencia”.

Quien conozca la obra de Proust tal vez entienda de inmediato el sentido que esas pocas palabras tienen en relación con su manera de escribir, sus temas elegidos y en general todo aquello que se asocia con la idea del “estilo” de un artista. De los artistas en general se dice que tienen ciertas obsesiones, que miran el mundo de cierta manera, que hablan siempre de determinadas cosas. ¿Pero no somos todos así? ¿No tiene cada uno de nosotros su propia forma de entender y vivir la realidad? ¿No vamos por la vida, tantos de nosotros, asiéndonos de un puñado de ideas, de prejuicios, de expectativas, sin las cuales sentimos que no podríamos caminar? El “estilo” de un artista no sería así otra cosa más que la forma de habitar el mundo, equiparable a la de cualquiera, más enriquecida quizá, más orientada a una manera estética o creativa de vida, pero equivalente de algún modo a la de cualquier otra persona.

En el caso de Proust, decíamos, todo eso que podemos considerar parte de su estilo hace entender la idea de que en cierto momento decidió otorgar cada vez menos valor a la inteligencia. Su obra está llena de recuerdos que llegan intempestivamente, de asociaciones mentales que se presentan sin aviso previo ni conexión aparente, reminiscencias que se creían olvidadas, suposiciones que se hicieron a propósito de tal o cual situación y que sólo diez o veinte años después fueron confirmadas, de sueños, de creencias con las que se convive a diario pero cuya presencia se revela sólo cuando son confrontadas de súbito… y tantas otras manifestaciones de la conciencia que aunque pertenecen al ámbito de la mente, Proust prefirió dejar fuera del campo de actividad de la inteligencia. ¿Por qué?

En buena medida, porque mucho de lo que se encuentra en el territorio de lo “proustiano” por antonomasia lleva el sello no sólo de la emotividad sino también de lo inesperado. De pronto, una escena o un recuerdo llegan al autor pero no porque éste los haya buscado deliberadamente, sino porque al contacto de un elemento totalmente azaroso –un sabor, un sonido, una sensación al tacto– éste desató una cascada imprevista de recuerdos y de emociones, disimulado como estaba en la trivialidad de lo cotidiano el estímulo primero. Así, sin preverlo ni haberlo planeado, el autor se mira en medio de un prisma o un caleidoscopio en donde de pronto entiende: un hecho se conecta con su explicación, una presunción se demuestra errónea (o acertada), un hábito incomprendido revela su origen… Es decir, se obtiene cierto conocimiento pero, cuando se reflexiona sobre éste, se descubre que el camino que condujo a él tuvo poco o nada que ver con las operaciones propias de la inteligencia: el cálculo, la comparación, la observación sistemática, la anticipación, la evaluación; y más que eso, el conocimiento así obtenido se percibe mucho más propio, más auténtico, más genuino, un conocimiento que atañe únicamente al sujeto y a la realidad que experimenta o que ha experimentado, un conocimiento que por estas cualidades termina además por parecerle al sujeto mucho más valioso en el marco de su propia existencia.

Sin menospreciar los logros obtenidos por el pensamiento racional, ¿cuántas personas no cambiarían, digamos, la capacidad para evaluar una situación por la posibilidad de comprender su propia vida? 

Sin embargo, ese no es el único sentido en que puede leerse la frase de Proust. No es sólo que otorgar menor valor a la inteligencia signifique darle menos importancia a las operaciones de la racionalidad. También esto. Si nos damos cuenta, Proust fue capaz de realizar su obra una vez que dejó de otorgar valor a la inteligencia y, a cambio, prestó atención a todo aquello que parecía estar en otro lado. Dicho de otro modo: en vez de seguir el camino de la premeditación, la reflexión guiada y, acaso, la escritura bien reglamentada, es posible imaginar a Proust entregado más bien a la divagación libre y caprichosa por los meandros de su memoria, momentáneamente extasiado por las revelaciones y las conexiones que siempre estuvieron ahí pero nunca se había permitido observar, suelto al vaivén de los recuerdos y de las impresiones. 

En ese mismo prefacio donde se encuentra la frase sencilla, Proust cuenta un episodio en Venecia en donde bastó la sensación de haber pisado un adoquín desigual para que su memoria se trasladara a otra época y a otra experiencia, y cuenta cómo se quedó ahí, de pie, raptado plenamente por algo que se estremecía en su interior y que deseaba salir a la luz… para sorpresa de los amigos que lo acompañaban, que no entendían por qué se había detenido de pronto. 

¿Y no cuenta Platón en El banquete algo parecido de Sócrates? Del filósofo se dice que también podía ir caminando con otros y de súbito pararse en un punto cualquiera y quedarse ahí, barruntando quizá una idea pero en silencio, para sí, atónito y despreocupado de todo lo que ocurriera a su alrededor, y que reanudaba su camino una vez que acaso la discusión en su interior había cesado.

Las dos anécdotas son de algún modo equivalentes porque aun cuando Sócrates y su oficio parezcan la antítesis de Proust y su estilo literario, en el fondo la reflexión socrática y la impresión proustiana provienen de la misma fuente: aquello en el ser que se percibe como más propio y que para atender y entender es necesario abstraerse parcialmente del devenir corriente del mundo, emprender esa suspensión parcial del juicio (épochè) de la que hablaron Henri Bergson y Edmund Husserl, misma que en nuestra vida común experimentamos pero instantánea e inconscientemente, sin tener aún ni la paciencia ni la sensibilidad necesarias para cultivarla más, para explorarla con mayor profundidad.

El camino de la inteligencia nos conduce hacia otra dirección porque su naturaleza se encuentra más bien en el campo de todo aquello que “debemos ser”: la exigencia y la demanda, la normalidad, lo racional, lo lógico, lo metódico, también aquello que funciona o que es práctico, lo esperado y aceptado por los otros, lo permitido; la inteligencia es como un molde en donde se hace caber al sujeto y que, por lo mismo, barre con todo aquello que excede los límites trazados. 

Por eso, cuando nos liberamos momentáneamente de su dominio, como Proust o como Sócrates entramos en un tipo de éxtasis, experimentamos un reencuentro inesperado con nosotros mismos, con esa parte del ser que sentimos verdaderamente propia, auténtica y genuina. Volvemos a tener de frente lo que sabemos que somos y que acaso por servir a la inteligencia creíamos que habíamos dejado de ser. Esa es la “sustancia pura hecha de nosotros mismos” de la que habla Proust en el prefacio citado.

Por eso la creación (artística, pero no solamente) se vuelve posible sólo cuando dejamos de otorgar valor a la inteligencia, como muestra el ejemplo de Proust, pues dejamos de dar importancia a la necesidad de “ajustarse” a un método y, en cambio, atendemos y conocemos nuestras cualidades más propias, aquello que sí nos complace y nos satisface, las transformamos en actos y al hilo de ese actuar se teje el significado de nuestra vida y eventualmente de nuestras obras.

Es ahí, en la “sustancia pura hecha de nosotros mismos”, donde encontramos la fuerza y el sentido que hacen la diferencia entre vivir por vivir y vivir para crear.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Una vida sin planes ni objetivos: ahí se encuentra el sentido de la existencia

 

Twitter del autor: @juanpablocahz