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Reseña de la nueva obra del artista visionario David Chaim Smith: una obra en la que revela un antiguo método contemplativo cabalista

Con su nuevo libro Bath of Bright Silence (Baño de Silencio Brillante), David Chaim Smith prosigue su continua exploración de la "alquimia contemplativa" y la "cábala no emanacionista". En esta ocasión Smith se enfoca en una veta de prácticas contemplativas basadas en textos cabalistas medievales del círculo Iyyun, iluminados por su propia práctica dentro de un "linaje gnóstico ininterrumpido". Este libro es parte de la serie multivolumen Lightning Flash of the Alef, cuyo volumen inicial, Deep Principles of Kabbalistic Alchemy, establece los principios nucleares de la filosofía mística o "gnosémica" de Smith (aquí una traducción del primer capítulo). En el texto aquí reseñado, Smith intenta abrir una ventana a "un entendimiento más alto sobre lo que realmente es la contemplación".

Los lectores disfrutarán las siempre estupendas imágenes que acompañan los libros de Smith, las cuales sirven como especie de mandalas góticos o aparatos contemplativos en los que los complejos símbolos cabalistas y las imágenes alquímicas son vertidos a un "lenguaje crepuscular". Smith combina el ardor de un contemplativo con una profusa imaginación visual, logrando de esta manera mapear los diferentes estados del sendero místico con una red de símbolos que se entrelazan y resuenan entre sí. Es por ello que, anteriormente, su obra ha sido descrita como "cartografía esotérica". Los símbolos desplegados son parte del sendero en sí mismos y pueden usarse como objetos de contemplación. Uno puede impregnarse de sus intoxicantes alientos y sumergirse en un baño de silencio que profiere luminosidad. 

La premisa base de la alquimia contemplativa, según Smith, es que la contemplación, es decir la alquimia, puede iniciarse con cualquier cosa. Esto es así pues la totalidad está presente en la parte, la luz del infinito (Aur Ein Sof) yace entera y sin disminución a lo largo y ancho de toda la manifestación. Uno podría pensar que las cosas han sido corrompidas y están separadas del fondo del Ser, pero la visión no emanacionista, no dual de Smith mantiene que todo lo que aparece es siempre y sólo el fondo y la raíz (Ein Sof), y todo el esplendor se hará visible siempre que uno mire con el suficiente ahínco, de tal manera que se sobrepasen los espejismos conceptuales de la percepción reificadora. 

Lo único indispensable para la práctica es el "fuego" o "fuerza vital" de la contemplación, lo cual es otra forma de hablar de la atención o el deseo gnóstico: esta fuerza vital es la materia prima que es transmutada y también el agente que realiza la transmutación. Al igual que en el caso de los alquimistas, quienes creían que la materia para su opus podía encontrarse en todas partes, incluso entre la escoria y el detrito, cualquier objeto nos sirve para la contemplación, ya que todas las cosas están impregnadas de ese espíritu mercurial. Así que el proceso alquímico puede empezar en este mismo momento, donde sea que estés:

Cada momento nos ofrece la posibilidad de mirar en los ojos del divino amado. Y en ese momento lo divino se ve a sí mismo. Ese acto de autorreconocimiento es lo que en realidad somos. Somos la vista, el órgano de la visión a través del cual lo divino participa en sí mismo como belleza que se desdobla para sí misma.

La primera fase del sistema es "sostener". Este sostener es sostener el objeto de contemplación, pero también implica retraer la fuerza vital de la mente de las distracciones y preocupaciones cotidianas -de la realidad convencional con sus pares de opuestos- y concentrarla constantemente en el mismo proceso de cognición. Se trata, más que de los contenidos que ocupan la conciencia, del contexto donde se desarrolla la cognición, o de girar la luz de la percepción hacia sí misma y hacia aquello que nos permite percibir. Muchas tradiciones místicas inician con este movimiento que vira de un foco externo hacia un foco interno, lo cual es una forma de autoconocimiento y de priorización del autoconocimiento (más allá de que exista o no un yo). Esto significa moverse de las "promesas vacías de la dimensión humana", que se caracteriza por la impermanencia y la insatisfacción, hacia la consideración de lo que es esencial, inmutable y divino: la conciencia pura sin objetos.  

"La clave de la práctica es el cultivo de la piedra filosofal que se cristaliza en silencio", nos dice Smith, quien es un consumado amante del silencio, como ha ya demostrado en obras previas en las que se huelga en líricas descripciones de este elemento esencial de la contemplación. La piedra "es la cristalización de Ein Sof", una destilación del infinito dentro de lo transitorio (como definió, curiosamente, también Baudelaire la alquimia), la cruz de lo trascendente y lo inmanente... el "misterio de una infinitud finita"... La sustancia insustancial que iguala todos los fenómenos con el fondo. Ciertamente es un nodo paradójico, inefable, y por ello se habla de silencio, incluso de una voz del silencio y de una "lámpara de oscuridad"; y es que el lenguaje paradójico, aunque insuficiente, es el único que se acerca a comunicar la experiencia mística. Un lenguaje más allá de la razón, que busca despertar profundidades inconscientes y agitar fuerzas llameantes que pueden transformarse en vectores de la gnosis. 

El método de la contemplación toma del famoso juego axiomático alquímico "solve et coagula". Concentración o destilación: el foco unipuntual del fuego de la cognitividad, el cual cocina, por así decirlo, la piedra; y la disolución o el baño: el desprendimiento de todo esfuerzo en la espaciosidad ilimitada, donde ninguna forma se puede fijar pero todas las formas se regocijan en la expansión infinita de la pura dinámica creativa. Smith advierte, sin embargo, que estas dos oscilaciones no son en realidad dos actividades diferentes, sino un todo fluido. Mientras que los alquimistas buscaban espiritualizar la materia y crear un cuerpo inmortal glorificado (el lapis philosophorum), Smith habla de liberarse de la sustancialidad y la solidez de la materia hacia "un continuo surgir de la insustancialidad". Una resurrección sin asomo de un yo o de un dios creador, que no se desvía ni un ápice de la pureza primordial espontánea en la que "la luz de Ein Sof asume ilimitadas apariencias a través del éter primordial de la transformación, más allá de una condición estática de presencia o ausencia". Smith radicalmente mantiene que la sustancia y la solidez son un mero "rumor susurrado", una reificación de fantasmas del éter luminoso, llamado en la cábala "avira". En realidad no hay nada con que sostenernos; la piedra no es una piedra, es una "no-cosidad" (no-thingness) que está surgiendo eternamente y deviniendo en la totalidad en un proceso sin comienzo ni final. La "piedra" es la transparencia que permite que brille a través de todo la luz de Ein Sof, permeando cuerpos y universos, destruyendo todos los conceptos, con la brillante alegría de millones de soles. "La piedra es una claridad diamantina que aniquila toda reificación". Uno sólo puede imaginarse y vagamente saborear lo que sería habitar en un universo así (y tal vez esta sea la realidad en su esencia más pura y plena), deslizándose en la luz de la gnosis, en todo su despliegue creativo (b'reshit), en el que "una gota es la totalidad del océano, y el océano entero es inherente a cada gota", en el que shefa, el rocío luminoso de la inmortalidad, "permea todas las cosas, anunciando la entrada a la dicha profunda de la contemplación", dando vueltas refocilándose en "infinitos círculos... contenidos en cada punto", a través de:

interminables variaciones de tamaño en puntos infinitesimales... cada uno mutuamente interpenetrándose sin obstruirse... abriéndose interminablemente hacia el perfecto vacío del espacio y al mismo tiempo totalmente sólidos e impenetrables, adamantinos. En cada punto hay 1,000,000,000,000 x 1,000,000,000,000 círculos de escala cósmica, cada uno ocupando el mismo lugar al mismo tiempo... cada uno perfectamente distinto como un triliocosmos de universos. Cada uno de estos universos con innumerables habitantes viviendo dramas espacio-temporales en mundos subjetivamente manufacturados que aparecen como si fueran un intercambio real de vida, nacimiento y muerte. Y todo esto contiene círculos con billones de universos en cada punto. Nada de esto sucedió, nunca sucederá y no está sucediendo ahora. Este milagro es la fuente que fluye a través de la mente y configura la realidad... cada momento según sus condiciones específicas. La mente que es absorbida por este milagro y nunca regresa a lo mundano, no obstante qué aparezca, ha actualizado la piedra filosofal. 

 

Este artículo es una traducción del inglés; el original fue publicado antes en Cadena Áurea

 

Twitter del autor: @alepholo

 

Sitio de David Chaim Smith

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Cada vez más personas se consideran espirituales, pero no religiosas. ¿Cuáles son las diferencias entre espiritualidad y religiosidad?

Mucho se habla en el mundo del incremento del islam (la religión destinada a convertirse en la más numerosa del mundo) o del creciente ateísmo, y menos se menciona la que tal vez sea la postura que más rápido está creciendo en el mundo en este sentido: personas que se definen como "espirituales pero no religiosas". Una encuesta del Public Religion Research Center mostró que, en Estados Unidos, el 18% de los individuos se definen de esta manera. Estas personas, según la encuesta, tienden a ser más liberales, su actividad espiritual más socorrida es escuchar música y ayudan más a los demás (esto lo comparten con las personas religiosas).

Evidentemente, este grupo de personas busca deslindarse de lo religioso sin dejar de lado lo espiritual, como si obtuvieran el jugo y tiraran la cáscara, o al menos esto es lo que suele creerse. La religión ha tomado en los últimos siglos un mal nombre, y esto cada vez es más pronunciado. Esto se debe en parte a los crímenes que se han realizado en nombre de tal o cual fe, a la ciencia que ha difundido una poderosa narrativa que parece marginar o invalidar las creencias metafísicas y seguramente también a la incapacidad de las grandes religiones, particularmente del cristianismo, de actualizar su dogma y refrescar sus misterios. Todas las religiones que han sobrevivido en el tiempo lo han hecho, en gran medida, porque han podido evolucionar y adaptarse a nuevas culturas. Por otro lado, la pérdida de prestigio de las grandes religiones y la inverosimilitud de las viejas narrativas religiosas no quitan que el ser humano tenga una sed espiritual y que lo religioso sea fundamental para el desarrollo moral, estético e incluso para la salud del ser humano. Como notó Carl Jung con sus pacientes, la espiritualidad -específicamente, tener experiencias numinosas- ayuda enormemente para encontrar sentido en la vida y esto, a su vez, se traduce en bienestar, como podemos ver en las estadísticas de la encuesta mencionada. El 61% de los individuos espirituales pero no religiosos dice estar satisfecho con su vida; esto sube en el caso de los espirituales y religiosos al 70% y baja al 53% en el caso de aquellos que son religiosos pero no espirituales; las personas que no son religiosas ni espirituales sólo alcanzan un 47% de satisfacción. 

Las diferencias entre espiritualidad y religión en realidad no son muy claras. En lo restante de este artículo exploraremos cómo se entienden estos términos y propondremos algunas definiciones funcionales. El término espiritualidad, como nota el teólogo Raimon Panikkar, es relativamente nuevo, ya que se empezó a usar en Francia a principios del siglo XX ("spiritualité": no confundirse con el "espiritismo", popular en el siglo XIX). Las palabras no son cosas estáticas, sino que más bien son modos dinámicos de aprehender la realidad y comunicarla y esto hace que, como nota también Panikkar, en ocasiones algunas palabras se desgasten y erosionen. Esto es lo que ocurre con la palabra religión. En cierto sentido, la espiritualidad es una forma de decir lo mismo sin evocar lo negativo que se asocia con la religión. En su texto Espiritualidad hindú, Panikkar, quien fue uno de los más brillantes proponentes del diálogo interreligioso, señala: "Una buena parte del mundo moderno ya no se considera 'religiosa' por las connotaciones de dogmatismo e institucionalización que esta palabra ha ido adquiriendo sobe todo en Occidente". De aquí que espiritualidad adquiera una acepción con la que se busca evocar "el camino concreto que pretende llevar al hombre hasta su último fin" y no "la elucubración teórica" sobre este camino, es decir, la discusión teológica o el dogma propios de la religión. La espiritualidad quiere ser una praxis y diferenciarse de una (orto)doxia. Esto, al menos, es lo que idealmente pretende.

Panikkar ensaya una definición para espiritualidad. Respetando la etimología, la espiritualidad es "aquella expresión humana que, superando la antropología dualista (cuerpo/alma), se deja impregnar, o mejor dicho vivificar, por el Espíritu...". Habría que definir entonces "espíritu", y si nos atenemos a lo literal (que en ocasiones es lo más profundo), "espíritu" (al igual que pneuma) tiene que ver con el aliento o la respiración y con la idea religiosa de que existe una chispa o energía divina que es lo que vitaliza a la naturaleza. La persona espiritual es aquella que se deja impregnar o incluso guiar y hasta arrastrar por este principio energético (cósmico o divino) que hace participar a todos los seres vivos en una misma difusión de vida. Esta definición nos acerca a un naturalismo, lo cual es apropiado para el sentir del hombre moderno, quien busca su espiritualidad en la naturaleza, y más aún, siente su carencia justamente en su predominante sensación de separación de la naturaleza. La espiritualidad pude ser esta (re)conexión con el origen, con la naturaleza primordial, con su energía y con su fuerza no sólo dadora de vida sino dadora de sentido.

Ahora veamos lo que significa religiónreligiosidad. Panikkar nos dice, de nuevo apelando a la etimología, que "religiosidad" es "aquella actitud del ser humano que es consciente de su 'religación' a toda la Realidad, tanto de la divina como la cósmica y la humana, y que cristaliza en formas dependientes de las culturas en que se vive". Vemos que existe una similitud en el sentido de que lo religioso es sobre todo aquello que religa o reconecta con una realidad más profunda o verdadera, ya sea humana, cósmica o divina. De alguna manera, el entendimiento que le hemos querido dar a la espiritualidad, de que ella nos reconecta con la naturaleza a través de las sensaciones energéticas o de las diferentes manifestaciones del espíritu -entre las cuales podemos añadir el arte-, tiene una similitud con esta idea de religiosidad, lo cual no es extraño ya que, como hemos dicho antes, "espiritualidad" es un término que ha sido enarbolado expresamente como reemplazo. Por otro lado, la definición de Panikkar de religiosidad incluye, interesantemente, una dependencia a las culturas en las que se vive y por lo tanto, nos sugiere un sentido comunitario, una colectividad. En esto podemos diferenciar a la espiritualidad de la religión -aunque no de manera categórica y excluyente-: la espiritualidad puede y suele hacerse individualmente, como experiencia personal; lo religioso también puede (y debe) hacerse individualmente, pero generalmente implica una práctica en conformidad con una tradición específica y posiblemente con una organización comunitaria. En esto nos podemos apoyar en la encuesta citada, donde se muestra que las personas "espirituales pero no religiosas" suelen mantener una ligera conexión con algún tipo de fe organizada pero no llevan regularmente a cabo sus prácticas. 

La impresión que nos deja esto es que la fuerza y la virtud de la espiritualidad son también su detrimento y su vicio. La espiritualidad tiene la ventaja de aparentemente no promover lo que ha sido llamado "la mente de masas", una conciencia de rebaño, el sueño opiáceo denunciado por Marx. Esta es la reacción sana a los movimientos totalitarios del sigo XX y al adoctrinamiento fanatizante de los grandes monoteísmos. La espiritualidad es el modo religioso del individualismo. Pero debemos hacer una corrección y una advertencia en este sentido. Y es que la espiritualidad moderna secular se enfrenta con una propaganda que se disfraza como una ausencia de ideología y dogma, promoviéndose meramente como el ejercicio de la libertad. La espiritualidad moderna, incrustada en la economía de mercado, no está libre de intenciones ocultas, de taimadas agendas, de manipulaciones emocionales y de innovaciones de control mental que incluso han adaptado formas de magia en nuevos formatos, como bien notó el profesor Ioan Petru Couliano, quien mostró que el pensamiento mágico de Giordano Bruno fue resucitado por la publicidad moderna y su manipulación libidinal (Adam Curtis, por otro lado, ha demostrado como la publicidad ha utilizado las teorías de Freud del inconsciente para manipular subliminalmente a los consumidores). Lo religioso no se va fácilmente del entorno: el ser humano necesita de los aspectos positivos de la religión, pero por otro lado, no se puede liberar de los aspectos más oscuros de la religiosidad y del pensamiento mágico, puesto que éstos lo persiguen transformados en "espectros" seculares: en algoritmos y hechizantes imágenes electrónicas. Una de las consecuencias de esto es que la espiritualidad, más que la religión (que suele estar ligada a mecanismos más rústicos), se presenta en gran medida como un objeto de consumo, como un "materialismo espiritual", como bien lo llamó Chögyam Trungpa. El efecto principal de esta espiritualidad de consumo es que las personas consumen experiencias espirituales efímeras -puesto que la maquinaria económica necesita que las cosas sean desechables, que tengan una "obsolescencia programada"- y no logran profundizar en las prácticas religiosas que a fin de cuentas son las fuentes originales de toda espiritualidad. Se suelen quedar con versiones superficiales, lite o diluidas para la comodidad y el fácil consumo. Esto da lugar a la espiritualidad new age. La espiritualidad new age parte de la premisa de que en este "nuevo eón" el ser humano ejerce su práctica espiritual de manera individual e independiente, sin dogma y demás. Ya no necesita "postrarse a los pies de loto de un gurú", la información es libre y puede simplemente seguir su camino como quien lleva a cabo su propio proyecto empresarial, siendo este proyecto su autorrealización. El efecto de esto es que este tipo espiritualidad suele no ser mucho más que una inflación del ego. Eso o una confusa retahíla de estrambóticos conocimientos salvíficos sin mucho fundamento, una selva mental de seres galácticos interdimensionales, cristales vibracionales y delfines telepáticos -al menos la religión tradicional se apoya en conocimientos que por alguna razón, generalmente por su consistencia moral arquetípica, han logrado superar el paso del tiempo-.

Muchas de las personas que se definen como espirituales pero que no practican realmente una religión (que no hacen sadhana) se mantienen en una zona de lugares comunes: sienten que todo es uno, que todos están conectados, que existe algo más allá, que todo es energía, que el amor es la fuerza universal, etc. Todas estas cosas son difíciles de refutar y ciertamente son creencias positivas, pero parecen ser vagas aproximaciones, clichés, conocimientos prestados o atisbos paroxísticos fruto de experiencias psicodélicas irreproducibles (sin los efectos de la sustancia). Una de las cosas que tiene una religión o una longeva tradición espiritual es que cuenta con un lenguaje especializado muy preciso y con una serie de etapas puntuales y de mecanismos para evaluar los logros de los practicantes. Una persona puede creer que ha alcanzado la iluminación después de un fin de semana en un taller de sexo tántrico o fumando veneno de sapo psicodélico, pero su experiencia no tiene ningún soporte. En cambio, en una religión como el budismo, se tienen que atravesar diferentes etapas; por ejemplo, alcanzar el estado de shamata, el cual está perfectamente definido y puede ser evaluado por un maestro (consiste en la concentración unipuntual de la mente por tiempos que requieren de años de meditación). Y luego existen muchas otras etapas, ya que esto no es el final del camino, ni mucho menos. Tal vez esto es muy anticuado y realmente los tiempos han cambiado y ahora las personas no necesitan de tanto aparato teórico, ni de tanto compromiso y devoción, y pueden pescar un espíritu divino en un taller o en Internet y alcanzar un atajo. No estoy seguro, pero creo que por lo menos es necesario reflexionar sobre esto más a fondo. El ser humano necesita de un sentido existencial para poder vivir plenamente, y probablemente no haya nada más efectivo que una experiencia numinosa (religiosa o espiritual) para proveer sentido o significado. Surge entonces la pregunta sobre si buscar lo numinoso a través de una espiritualidad personal o de una práctica religiosa tradicional. Evidentemente, no hay una división tajante entre estas dos alternativas; la mayoría de las veces se traslapan y entrelazan e incluso complementan. Pero puede que la duda surja, y muchos tendrán la necesidad de definirse, e incluso podrán sentirse inquietos e incómodos de pertenecer a una "religión". Querrán practicar la liberalidad de su pensamiento, no ser controlados, y no someterse a los dogmas revelados o a las intuiciones de un maestro en el que no confían del todo, porque ellos mismos no han experimentado lo que se les dice. El camino de la espiritualidad personal parece ser el más afinado para la mentalidad occidental moderna, pero está por verse si es el más efectivo. Aunque las condiciones son particulares, quizás la cuestión sea universal e históricamente constante, y se trate del delicado balance de conciliar un sano escepticismo (apoyado en el ejercicio del pensamiento crítico individual) con el poder transfigurador de la fe en algo superior.

 

Twitter del autor: @alepholo