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Zuckerberg fue sometido a un intenso escrutinio por un comité del Senado estadounidense y el CEO de Facebook tuvo dificultades para dar respuestas satisfactorias

Este martes 10 de abril, un notablemente nervioso Mark Zuckerberg testificó ante un comité del senado de Estados Unidos. Los temas fundamentalmente fueron la filtración de información personal a Cambridge Analytica, la privacidad, los bots, la censura dentro de Facebook y la necesidad de regular la industria. El consenso de los medios es que Zuckerberg se mostró un poco inexperto ante una gran presión, una especie de "grilling", esto es, fue "asado" a la parrilla por los senadores que, evidentemente, tienen más experiencia en este tipo de reuniones. 

En un momento climático el senador Durbin mostró gran astucia y Zuckerberg gran ingenuidad, cayendo en su trampa:

Durbin: ¿Estarías dispuesto a compartir con nosotros el nombre el hotel en el que te estás quedando?

Zuckerberg: Senador, no.

Durbin:¿Podrías compartirnos el nombre de las personas a las que has enviado mensajes desde que llegaste a Washington?

Zuckerberg: Senador, no, elegiría no hacerlo públicamente aquí.

Durbin: Creo que de esto es de lo que se trata. Tus derechos a la privacidad. Los límites a tu derecho a la privacidad y cuánto entregas de esto... en el nombre de "conectar a las personas en el mundo". Es una cuestión sobre la información que Facebook está recolectando, quién tiene acceso y si se les preguntó esto antes.

Mientras que Facebook ha defendido su idea de la conectividad y la apertura, ha descuidado completamente la privacidad de sus usuarios, no dándole, de hecho, mayor importancia. Sin embargo, el mismo Zuckerberg por naturaleza no compartiría información que ha sido recolectada por compañías como Cambridge Analytica con el fin de manipular la opinión pública. Asimismo, reportes indican que Zuckerberg compró inmuebles aledaños a su casa en Palo Alto y los demolió, seguramente porque valora su privacidad, hasta el punto del privilegio que le permite su fortuna de eliminar toda molestia kilómetros a la redonda. 

 

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Una efeméride para reflexionar sobre el lugar que Facebook tiene en nuestra realidad contemporánea, personal y colectiva

Sin lugar a dudas, Facebook es la red social más importante de nuestra época y una de las empresas más exitosas que surgieron a partir de la invención y popularización de Internet. Las cifras sobre sus usuarios activos (y reales) varían: mientras algunos estiman que rondan los 2.3 mil millones, otros reducen dicho número a 1.4 mil millones. Por otro lado, se calcula que una persona dedica en promedio 1 hora de su día al uso de la red social, sea para actualizar su propia información o para sólo consumir los contenidos que se ofrecen. En total, Facebook acumula cerca de 50 millones de horas de uso de su red social cada día por parte de sus usuarios. Como vemos, la presencia de Facebook en nuestra vida contemporánea no es menor.

El efecto de Facebook en la vida personal y social de nuestra época ha sido, por estas mismas razones, ampliamente discutido. A nivel individual se han documentando sus consecuencias sobre el estado de ánimo y la autoestima del usuario, ya que al favorecer, por un lado, el voyeurismo hacia la vida de los otros y, por el otro, como resultado de esto, que las personas suelan compartir sólo la “mejor cara” de sus vidas, hay quienes desarrollan cierta inclinación tóxica a compararse con esa versión de los demás y creer que esas vidas son mejores. Si ya la comparación no es precisamente el mejor patrón mental que podemos utilizar para reflexionar sobre nuestra existencia, menos aún bajo estas condiciones.

Asimismo, otro efecto sobre la presencia de Facebook en nuestra cotidianidad que vale la pena mencionar está en nuestra capacidad de atención. Algunos estudios aseguran que antes de la invención del smartphone, un ser humano promedio podía concentrarse durante al menos 12 segundos en una tarea, pero a partir de la popularización de dicho gadget, dicho rango pasó a 8 segundos (más o menos el mismo tiempo de concentración de un pez dorado). Sin duda este efecto no es exclusivo de Facebook, pero la red social desde su inicio y hasta la fecha ha estado construida sobre la lógica de la distracción, el exceso de estímulos y la inmediatez, tres elementos radicalmente opuestos a la posibilidad de poner atención y concentrarse en una sola materia. 

En ese sentido, Facebook funciona bajo el principio de la adicción: entrega al cerebro una recompensa efímera (esa dopamina instantánea que se libera al recibir un like) que nos hace sentir bien y por ello mismo nos engancha a seguir consumiendo. La dosis es suficiente para no hartarnos pero tampoco dejar de sentir el estímulo. Como señalamos en este artículo sobre la "dopamina digital", quienes diseñaron la red social entendieron esta necesidad del ser humano muy pronto y, hasta la fecha, han trabajado para perfeccionar el mecanismo. 

Imagen: Asaf Hanuka

Las consecuencias del uso de Facebook en la vida social también han sido ampliamente debatidas, acaso especialmente a partir de los resultados de las más recientes elecciones presidenciales en Estados Unidos. Hasta entonces, muchas personas pensaban que el uso de Facebook se limitaba al entretenimiento y a cierta trivialidad inofensiva, pero la manera en que incidió en la votación general en dicho proceso demostró que tanto Facebook como otras redes son capaces de generar realidades concretas, también en ámbitos decisivos para la vida colectiva. Los anuncios recientes de mejoras para combatir la difusión de noticias falsas o para inclinar Facebook más hacia la consolidación de lazos sociales intentan paliar ese efecto nocivo de las redes sociales que muchos han señalado: que fomentan la ignorancia, que encierran a las personas en sus propias opiniones y finalmente, como vislumbró claramente Zygmunt Bauman cuando Facebook apenas empezaba a crecer, que esa supuesta vocación social de las redes es cuestionable, pues en varios aspectos parece sólo reafirmar la soledad individualista del usuario. 

A este respecto cabe mencionar también las declaraciones de Chamath Palihapitiya, ex ejecutivo de Facebook, quien recientemente admitió ante estudiantes de Stanford que ayudó a crear “una herramienta que está destruyendo a la sociedad”, pues el tipo de interacción que se fomenta en la red social sustituye valores decisivos para el tejido social, como la cooperación o la crítica, por la satisfacción personal o el narcisismo.

Algunos medios han difundido la idea de hacer de cada 28 de febrero un “Día sin Facebook”. El origen de esta peculiar efeméride no es claro, pues hasta ahora son casi únicamente medios franceses los que parecen sostener la iniciativa (entre ellos, France Info, la estación de noticias de la radio pública francesa). Quizá conforme avance el día se "viralice" (paradójicamente, gracias a Facebook) y con el tiempo sea una fecha recurrente año con año. Entre los medios franceses el acento se ha puesto sobre todo en el efecto que Facebook tiene sobre el bienestar personal, la ansiedad que a veces genera, la dificultad que algunos pueden desarrollar para "desconectarse" de la red y, en contraposición a esto, la necesidad que tenemos en nuestra época de volver a conectar con lo esencial: nuestras relaciones personales, nuestro cuerpo, la naturaleza, la vida en sí.

Más allá de la autoría de la propuesta, sin duda esta jornada puede ser un buen pretexto para reflexionar sobre el uso que le damos a las redes sociales en nuestra vida. Como mucho de lo humano, la pregunta puede plantearse de este modo: ¿usamos Facebook o nos dejamos usar por Facebook?

 

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