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Una violación es una experiencia traumática que rompe una parte de nuestra confianza en la realidad y por lo tanto, destruye nuestras creencias en la humanidad

Violación, una palabra que ha sonado mucho últimamente en redes sociales, noticieros y polémicas; sin embargo, poco se conoce al respecto cuando se trata sobre sus causas, consecuencias sintomáticas o métodos preventivos. De hecho, actualmente existen muy pocos tratamientos para enfrentar el día a día de una violación; y pese a ello, cientos de miles tanto de mujeres como hombres tienen que aprender a revivir su sexualidad como si nada hubiese pasado. ¿Qué queda por hacer en esta situación?

Para Babette Rothschild, especialista en trauma psicológico, una violación es una experiencia traumática que rompe una parte de nuestra confianza en la realidad y por lo tanto, destruye nuestras creencias en la humanidad. No importa si existió o no una penetración, sino la sensación de incapacidad de detener una acción que va en contra de nuestro consentimiento y control, y que después alguien más o uno mismo se señalará como el único culpable de esa situación. De hecho, en términos legales, siempre se le da prioridad a la manera en que la víctima iba vestida, en dónde se encontraba y a qué hora del día, antes de juzgar o señalar la criminalidad del victimario. Y esta sensación es difícil que desaparezca, no sólo de la mente sino también del cuerpo de la víctima.

En su libro The Body Remembers, Rothschild explica que “La hiperestimulación traumática tiene lugar a través del sistema límbico, el cual está localizado en el centro del cerebro entre el tallo cerebral y la corteza cerebral –el cual regula los comportamientos de supervivencia y la expresión emocional–”. De modo que el recuerdo de una violación entra tan profundo a la psique que afecta “las tareas de supervivencia”, tales como comer, la sexualidad, las defensas instintivas de lucha y huida, y el procesamiento de los recuerdos. De hecho, esto sucede porque las neuronas asociadas con la experiencia traumática afectan invariablemente al sistema nervioso central, reactivándose ante cualquier estímulo que recuerde el riesgo antes vivido:

El sistema límbico responde en las circunstancias extremas de una amenaza traumática al liberar hormonas que le dicen al cuerpo que se prepare para una acción de defensa. Siguiendo la percepción de amenaza, la amígdala hace señas de alarma al hipotálamo (ambas estructuras del sistema límbico) que enciende dos sistemas: (1) activación del sistema nervioso simpático y (2) la liberación de una hormona liberadora de corticotropina (CRH). Estas acciones continúan, cada una con una tarea separada pero relacionada. Primero la activación del SNS activará, a su vez, las glándulas suprarrenales para liberar epinefrina y norepinefrina para movilizar al cuerpo y llevarlo a la lucha o a la huida. Eso se logra al incrementar la respiración y el ritmo cardíaco para proveer más oxígeno, enviando sangre de la piel hacia los músculos para permitir un rápido movimiento. […] Al mismo tiempo, en el otro sistema, la CRH activa la glándula pituitaria para liberar la hormona adrenocorticotropa –ACTH–, la cual también activará las glándulas suprarrenales, esta vez para liberar una hidrocortisona, cortisol. Una vez que el incidente traumático ha terminado y/o la lucha o huida ha sido exitosa, el cortisol detendrá la reacción de alarma y la producción de epinefrina y norepinefrina, ayudando a restaurar el cuerpo a su homeostasis.

Este sistema es llamado el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (eje HYPAC). La razón por la cual resulta importante para el trabajo del trauma es que en el TEPT –trastorno de estrés postraumático– algo falla en él. Rachel Yehuda fue pionera en el descubrimiento de que en aquellos con TEPT, las glándulas suprarrenales no liberan suficiente cortisol para detener la reacción de alarma, […] provocando otros problemas psicológicos como depresión.

De manera que cuando existe un estímulo que provoca el recuerdo inconsciente del abuso sexual, desde el tacto de una persona hasta una palabra con cierto tono de voz, todo el sistema nervioso central se pone en movimiento para luchar, huir o congelarse –como si se estuviese reviviendo la misma situación de riesgo en ese preciso momento–:

Dos partes del cerebro están involucradas de manera central en grabar, archivar y recordar eventos traumáticos. Se sabe que la amígdala ayuda en el procesamiento de memorias emotivas altamente cargadas, como el terror y horror, estando altamente activa, tanto durante como mientras se recuerda un incidente traumático. Por otro lado, el hipocampo le da contexto de tiempo y espacio a un evento, poniendo a nuestras memorias en su propia perspectiva y lugar dentro de la línea de tiempo de nuestra vida. El procesamiento hipocámpico le da a los eventos un inicio, medio y fin.

En el TEPT, la actividad del hipocampo a menudo se ve suprimida durante una amenaza traumática; su ayuda habitual en el procesamiento y almacenamiento de un evento no está disponible. Cuando esto ocurre, se le impide al evento traumático ocupar su posición adecuada dentro de la historia del individuo y continúa invadiendo el presente. Falta la percepción de que el evento ha terminado y de que la víctima ha sobrevivido (flashbacks).

Frente a esta experiencia, cuyos síntomas suelen resultar en disociación corporal –estar y no estar en el cuerpo físico, no sentirlo o simplemente no ser capaces de moverlo a voluntad–, flashbacks, depresión y ansiedad, entre otros, los expertos en el tema aconsejan darle prioridad a las sensaciones corporales a la hora de trabajar terapéuticamente estos casos. Esto debido a que la memoria sensorial es fundamental a la hora de comprender los eventos traumáticos: “el cuerpo lleva la cuenta” de lo que le pasó y a veces ha olvidado. Cuando una persona sufre de TEPT, la memoria se ve alterada y les “falta la información necesaria para comprender sus síntomas somáticos angustiantes –sensaciones corporales–, muchos de los cuales son memorias implícitas del trauma”. Puede ser tan sólo un hecho, una palabra clave, un estímulo que se convierta en algo significativo y que permita ayudar a comprender las sensaciones corporales.

En otras palabras, cuando se trata de un trauma sexual, lo ideal es no sólo un proceso de psicoeducación que permita comprender sin juicios la realidad tal y como sucedió, sino también volver a enfocar las sensaciones físicas placenteras en el cuerpo. Para Amanda O’Donovan, psicóloga fundadora de  la clínica My Body Back y Café V, “las personas con un historial de abuso sexual por lo general suelen disociarse de su cuerpo por completo, por lo tanto es de gran importancia promover la idea de enfocarse hacia las sensaciones físicas”. Por ello, como parte del proceso terapéutico, se recomienda:

Primero deben sentirlas e identificarlas a nivel corporal. Luego deben usar el lenguaje para nombrarlas y describirlas, narrando el significando que esas sensaciones tienen para ellos en sus vidas actuales. De esta manera, a veces, aunque no siempre, se puede llegar a clarificar la relación de las sensaciones con el trauma pasado.

En conclusión, la idea de escuchar a las sensaciones corporales es no sólo permitir que el SNA brinde una respuesta de supervivencia normal, sana, adaptativa, sino también comprender que no es suficiente sólo proyectar un juicio cognitivo, sino también lo que se siente. Así, ante un estímulo erótico, se puede regular el síntoma, el miedo y la sensación de culpabilidad. Finalmente, algo indispensable que nunca puede pasarse por algo es: la víctima nunca es la culpable, ni la que debe cargar con la vergüenza ni con el bloqueo de su sexualidad.

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Salud

Por: pijamasurf - 04/15/2018

Desgraciadamente, en los casos de TEPT los recuerdos dependen de su contexto y ello complica la efectividad de la terapia

Para Babette Rothschild, psicoterapeuta experta en estudios sobre el estrés traumático, un trauma es una ruptura que altera no sólo la experiencia psíquica de un individuo sino también su cuerpo. En su libro The Body Remembers: The Psychophysiology of Trauma and Trauma Treatment (2000), Rothschild explica que un trauma puede generarse como respuesta a tres tipos de eventos:

(1) incidentes que son, o son percibidos como, amenazantes a la propia vida o integridad corporal de uno; (2) ser testigo de actos de violencia hacia otros; o (3) escuchar violencia hacia o la muerte violenta inesperada de personas cercanas. […] También se puede desarrollar en los niños que han sufrido abuso sexual, aun si no pone en riesgo sus vidas.

Dado que el trauma puede ocasionar una serie de síntomas, tales como flashbacks –reexperimentar el evento de formas sensoriales variadas–, evitar recordatorios del trauma y la hiperestimulación del Sistema Nervioso Autónomo –SNA–, este trastorno se reencarna tanto en la vida psíquica como en la fisiológica. De hecho, las investigaciones, análisis y abordajes terapéuticos se enfocan en ambas perspectivas, principalmente desde un punto de vista neurológico. Van der Kolk, Antonio Damasio, Bruce Perry y Babette Rothschild, cada uno experto en el tema del trastorno de estrés postraumático –TEPT–, han relacionado los síntomas del trauma con un fenómeno en las conexiones neuronales que se ve reflejado en la psique y en el resto del cuerpo.

De hecho, mientras más datos se consiguen desde un abordaje neurocientífico, más alternativas se desarrollan para tratamientos terapéuticos. Por ello las investigaciones continúan, tal como la que realizó un grupo internacional de científicos al analizar la reacción neurológica a la hora de “desaprender” el miedo.

Para Roger Marek, investigador del Queensland Brain Institute en Australia, “Un abordaje común de las terapias cognitivo-conductuales para tratar a pacientes con TEPT es usar frecuentemente la exposición gradual, lo cual está basado en un paradigma experimental conocido como ‘aprendizaje de extinción’”. En otras palabras, se trata de entrenar al cerebro a olvidar un mal recuerdo –sin borrar el evento del cerebro– para reducir la expresión negativa y dolorosa que representa. Según se encontró en la investigación realizada, este proceso requiere de la corteza medial prefrontal, la cual es responsable de las funciones ejecutivas de todo el cuerpo. Es decir, para llevar los recuerdos negativos hacia la profundidad, la terapia recluta una región en la corteza prefrontal llamada corteza infralímbica, la cual genera una conexión con la amígdala –el foco central del miedo– para inhibir las respuestas condicionadas del trauma.

Desgraciadamente, en los casos de TEPT los recuerdos dependen de su contexto, y ello complica la efectividad de la terapia. En palabras de Marek: “Por ejemplo, en personas que están yendo a terapia de exposición, el aprendizaje de extinción que se lleva a cabo con una perspectiva clínica resulta en una recaída de pánico fuera de la consulta”. Por ello, los investigadores insisten en retomar los tratamientos y los análisis desde la fuente neuronal: desde la reparación del hipocampo, el cual puede verse alterado en su funcionamiento –regulación de recuerdos y de emociones– debido a un trauma mal gestionado.

Marek explica que con un trauma, el cerebro se enfrenta a cambios neurológicos creando nuevas conexiones que asocian un recuerdo, un pensamiento y un sentimiento/emoción. Por ello, el objetivo es resignificar esas conexiones desde una narrativa de resiliencia y autocomprensión, para que así tanto el hipocampo como la corteza infralímbica no se activen en modo de supervivencia –asumiendo que existe un nuevo riesgo–. Y entonces sí, hasta ese momento, quizá, se puede aprender a dominar e incluso vencer la emoción de miedo que alberga a cada víctima de un trauma.