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Mediante el “afán de usar la tecnología” no sólo se renuncia a la concientización de la necesidad humana de gregarismo, sino también a la capacidad de desarrollar el silencio en nuestro interior

¿Qué es el silencio, en dónde se encuentra, por qué es cada vez más importante experimentarlo? Hay quienes explican que se trata de uno de los mejores consejeros que puedan existir: es neutro, objetivo y liberador de prejuicios, creencias irracionales y estrés. Otros enumeran sus múltiples beneficios para la salud psíquica y neuronal: el silencio ayuda a regenerar las conexiones neuronales, desarrolla la creatividad, disminuye el estrés y la tensión, renueva los procesos cognitivos. Y para unos cuantos más, es una experiencia contemplativa e incluso alquímica en la cual uno escucha al mundo entero para llenarse con sus sonidos, permitiendo a la conciencia adentrarse al centro de vida mediante la ausencia total del sonido. No obstante, uno no deja de cuestionarse: ¿cómo se encuentra el silencio, ese centro, en este mundo que ha convertido la voz en ruidos digitales a través de los teléfonos inteligentes, tablets y computadoras?

Se utilizan los gadgets electrónicos como un mecanismo distractor de todo pensamiento, sentimiento y estímulo externo; como herramientas que dan un espejismo de productividad y eficacia; como un facilitador de la comunicación, reduciendo la palabra a símbolos como emojis y mensajes de texto. Se cree inclusive que la conexión eterna con las redes sociales, correos electrónicos y mensajes proveerá un mejor desempeño en la vida profesional, personal y social. No obstante, y en palabras del explorador, abogado, editor y coleccionista de arte, Erling Kagge:

Se asume que la esencia de la tecnología es la tecnología misma, pero eso no es cierto. La esencia somos tú y yo. Es acerca de cómo la tecnología que utilizamos nos altera, aquello que esperamos aprender, nuestra relación con la naturaleza, aquellos que amamos, el tiempo que pasamos viviendo, la energía que se consume, y cuánta libertad dimitimos a la tecnología.

[…] Estamos renunciando a nuestra libertad en nuestro afán de usar la tecnología, sentenció Heidegger. Pasamos de ser personas libres a ser recursos. […] Sin embargo, no nos estamos convirtiendo en un recurso para nosotros mismos, desgraciadamente, sino para algo mucho menos llamativo. Un recurso para organizaciones como Apple, Facebook, Instagram, Google, Snapchat y gobiernos que están tratando de comandarnos, con nuestro apoyo voluntario, para usar o vender información. Eso huele a explotación.

Esto quiere decir que mediante este “afán de usar la tecnología” no sólo se renuncia a la concientización de la necesidad humana de gregarismo, sino también a la capacidad de desarrollar el silencio en nuestro interior. Es decir que se difumina tanto la esencia de los vínculos sociales como el estar en el aquí y el ahora con una conexión de mente y cuerpo. Por ello, es indispensable establecer límites con la tecnología: ser capaces de apagar el teléfono, sentarse y no decir nada, cerrar los ojos, respirar profundamente y enfocar la atención en la respiración; cuando se está con alguien más, un familiar, un amigo, la pareja, apartar los gadgets electrónicos y enfocar nuestra atención en la experiencia que surge de la convivencia; etcétera.

Según la filosofía oriental, la mera observación de la mente, de los pensamientos y sentimientos que surgen en el interior, permite “enfatizar la conciencia, el amor, la celebración, la valentía, la creatividad y el sentido del humor, invita a tomar conciencia de quién es el que hace las acciones en la mente”. Es decir, se trata primero que nada de establecer los límites con la tecnología: discernir cuándo se puede uno desconectar de la vida social digital. Segundo, de aprender a escuchar a la mente, aprendiendo a observar los pensamientos sin juzgarlos ni calificarlos: sólo basta con saber que están ahí. Tercero, no hacer ningún esfuerzo por acallar a la mente: sólo es cuestión de mantenerla en el aquí y el ahora atestiguando la experiencia de existir de la manera más amorosa posible. En palabras del orador y gurú hindú, Osho: “Todo eso ha pasado hasta llegar a ti. En pocas palabras, cargas toda la existencia de la existencia. Eso es la mente. De hecho, decir que es tuya no es verdad: es del colectivo, nos pertenece a todos”. Sólo a partir de entonces se puede reconquistar la esencia de uno, de la convivencia e intimidad social, y redescubrir la libertad de la unicidad.

 

Imagen principal: Simplilearn

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4 razones por las que el ‘éxito’ en la vida depende del amor propio

Buena Vida

Por: pijamasurf - 04/10/2018

Amarte es la mejor decisión que puedes tomar respecto a tu existencia

Vivir es una tarea que ocurre entre la reinvención y la constancia. Si bien el cambio propio de la vida nos llama a mirar la existencia siempre con nuevos ojos, al mismo tiempo es posible considerar ciertas constantes generales entre las cuales suceden los hechos de la vida. Una de éstas es el amor propio.

Para decirlo con sencillez, el amor propio no es otra cosa más que quererse a uno mismo. Suena fácil, pero la verdad es que es menos común de lo que creemos. Por distintas razones, una persona puede crecer bajo una idea disminuida de lo que es, creyendo que no merece tal o cual cosa de la vida, que no es inteligente o atractiva, que vale menos que los demás o que los otros son siempre mejores; patrones de conducta que a su vez derivan en comportamientos autodestructivos o de autosabotaje (descuidar la salud, permanecer en circunstancias poco satisfactorias para uno mismo, infligir cierta forma de abuso a otras personas o recibirlo, etc.). El mundo, sin duda, sería un mejor lugar si nos diéramos cuenta de que todo comienza con el acto relativamente obvio de amarse.

A continuación compartimos cuatro puntos en los que se evidencia la relación del amor propio con esa plenitud de la vida. 

 

El amor propio es la base de la confianza en uno mismo

¿Cuántas veces has abandonado un proyecto sólo por falta de confianza en ti mismo (a)? Tuviste ideas, planeaste, acaso diste incluso algunos pasos para hacerlo realidad… y al final venció esa voz interna que te hizo temer, que te hizo creer que fracasarías o, simplemente, que no podrías hacerlo. 

En un nivel profundo, esa “voz” está relacionada con cierta falta de autoestima, pues en última instancia no te consideras “suficiente” para intentar algo (suficientemente inteligente, capaz, preparado, etc.), sin ver que casi lo único de veras necesario para emprender y sostener un esfuerzo es la confianza en lo que eres, en la probidad de hacer, equivocarse y aprender sobre la marcha.

 

El amor propio es necesario para la intuición

Popularmente se suele atribuir una gran importancia a las “corazonadas”, que son otro nombre que recibe la intuición. Grosso modo, podemos decir que se trata de esos pensamientos que cruzan por tu mente en ciertas situaciones y que, en el fondo, revelan lo que de verdad quieres, las opciones de vida hacia las cuales te sientes inclinado y los caminos que algo en ti ansía tomar. Sin embargo, por algún miedo que no entiendes, prefieres desatender esos llamados, pensar que no son para ti o que no puedes elegir lo que de verdad quieres. 

Quererte también tiene como efecto confiar en lo que piensas y quieres, y tomar tu intuición como la guía para construir tu vida.

 

El amor propio favorece la concentración

Puede sonar ilógico relacionar un estado emocional con una capacidad que se cree sólo intelectual, pero si es así, es porque estamos muy habituados a separar tajantemente ambas cualidades. Las emociones, sin embargo, influyen más de lo que solemos aceptar en nuestro desarrollo mental, y una prueba muy sencilla es que cuando pasamos por un estado emocional agudo (un momento de depresión o de mera tristeza, un ataque de ansiedad, el enojo, etc.), simplemente no podemos pensar con claridad. En sentido opuesto, cuando nuestras emociones están equilibradas, nuestro trabajo intelectual se desarrolla óptimamente. Así es como el amor propio favorece la concentración, pues una vez que confiamos en lo que pensamos y hacemos, una vez que podemos silenciar la voz del temor, ineludiblemente nos entregamos de lleno a la labor que elegimos y, en general, al momento presente de nuestra vida.

 

Finalmente, el amor propio conduce a la compasión

El amor es, en realidad, una forma de la compasión. Dirigido hacia lo que somos, nos hace ser más compasivos con nosotros mismos: nos hace ver nuestros errores con cierta bondad, más como ocasiones de aprendizaje que como momentos de fracaso; nos hace ponderar nuestras circunstancias de vida y entender nuestras limitaciones con tanta objetividad como nuestras posibilidades; nos enseña a perdonar, entender y proseguir en el camino de nuestra vida. Y lo mismo hacia otras personas. 

Por esta razón el amor propio es indispensable para “triunfar” en la vida, no en el sentido con el que suele entenderse este verbo en las sociedades construidas sobre la lógica de la producción y la ganancia, sino en un sentido profundo. El triunfo de la vida es justo eso: que la existencia esté gobernada por el sentido de lo vivo, por la plenitud, el amor, la celebración y el cuidado de todo lo que respira y late en este mundo. Al final, el amor propio es el medio por el cual entramos en comunión con la vida en sí.

 

También en Pijama Surf: El desapego es el camino para cumplir tus propósitos y lograr un cambio efectivo en tu vida

 

Imagen de portada: Joey Guidone