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X
Leído sin moralidad y fuera de la religión, el relato del Génesis ofrece una lección valiosa sobre el ejercicio de la conciencia en la vida

I.

Hubo un instante, en algún punto de este flujo imparable que aprendimos a llamar Tiempo, en que ocurrió un hecho tan casual, tan trivial, tan nimio como los otros cientos o miles de millones de hechos que ocurrían en ese mismo momento, pero que para nosotros fue decisivo: un animal astuto tuvo conciencia de la vida. Se miró a sí mismo quizá incluso sin necesidad de mirarse. Se miró en el fuego de la conciencia. En la soledad de sí. Se vio nacer y se vio vivir. Y vio quizá que todo a su alrededor estaba también lleno de vida. Que todo, como él, existía. 

Ese fue el amanecer del mundo.

 

II.

¿Es posible imaginar el instante previo a la toma de conciencia? ¿Podemos imaginar cómo sería vivir en un mundo en el que no fuéramos conscientes? ¿Cómo es el mundo para otros animales, por ejemplo? ¿Para un perro, para un leopardo, para un primate?

Es posible que quienquiera que haya escrito el Génesis tuviera en su mente la imagen más sencilla y más adecuada para eso: nada y vacío, caos, oscuridad y tinieblas. 

Sobre ese mundo anterior a la conciencia no puede decirse nada más.

Y sobre el mundo después de la toma de conciencia, esto: se hizo la luz. 

 

III.

La conciencia, para nosotros, separa la luz de la oscuridad y el caos del orden. Entiéndase sin moralidad. La realidad es de suyo caótica, insignificante; es una sucesión accidental de eventos que pueden estar o no relacionados entre sí y que, en caso de que lo estén, se trata de conexiones también azarosas. Ese es el caos natural del mundo. Y en ese caos surgió la conciencia, también como un accidente, pero con la extraña cualidad de ver el orden, de intuir la conexión invisible pero real entre dos o más eventos, de mirar la doble presencia del azar y de la causa.

Por eso, quienquiera que escribió el Génesis, tampoco se equivocó en eso: con el surgimiento de la conciencia, en efecto, se hizo la luz.

 

IV.

En el relato del Génesis, al principio se menciona sólo un árbol del Jardín de Edén cuyo fruto está prohibido para el hombre: el Árbol del Conocimiento. En la imaginación de quien haya escrito el Génesis, el conocimiento es sobre todo conocimiento del bien y del mal. O al menos así es como su imaginación ha llegado hasta nosotros. ¿Qué tendría en mente aquel autor? ¿Es distinguir del bien y del mal lo que nos hace humanos y nos separa del resto de la Creación? ¿O es tener conciencia de otra dualidad aún más elemental: la vida y la muerte?

 

V:

En el Génesis, es Dios quien con su palabra crea el mundo, en un doble movimiento en que invoca y, al mismo tiempo, nombra. Dios dice “Hágase la luz” y la luz existe. “En el principio era el Verbo”, dirá, muchos años después, el evangelista Juan al inicio de su propio relato. 

Dios, ahí, no es nadie más que el ser humano en el amanecer del mundo. Es el ser humano que nos ha gustado imaginar: nuevo, fresco, inocente, ingenuo frente a una realidad también dócil, que se entrega mansa a su percepción, que está esperando el momento en que su conciencia se pose sobre todo aquello que la compone y la llame y la nombre. Esto, aquello; el bien, el mal; el día, la noche. 

Pero lo cierto es que Dios nunca existió. No hay nada más que la realidad y, en ella, el ser humano. El ser humano existe entre la realidad y su conciencia. No hay nada más. 

 

VI.

Incluso ese espíritu de Dios que flota sobre las aguas es la conciencia humana, imaginada como un estado primigenio, anterior incluso al mundo, al que nos gustaría retornar.

 

VII.

Cuando el ser humano comenzó a conocer la realidad, comenzó también a crear el mundo. 

En el relato del Génesis, Dios prohibe al hombre comer del fruto del Árbol del Conocimiento sin decirle por qué pero asegurándole que, si lo hace, morirá. 

“No morirán”, dice después la Serpiente, “Se les abrirán los ojos y serán como dioses”.

El Mal no mintió.

 

VIII.

Después de que Adán y Eva comen del fruto del Árbol del Conocimiento, se dan cuenta de que están desnudos. En la mente de quien imaginó el Génesis, ese es el hallazgo más relevante de la conciencia: descubrirse desnudo. El descubrimiento es tan decisivo, que ambos corren a cubrirse. 

La lectura moral y religiosa del relato nos dice que ese es el conocimiento prometido: saber distinguir entre el bien de la inocencia primordial y el mal de la desnudez. 

Pero este no es un relato moral. El Génesis es el relato de alguien que quiso explicar el origen del mundo e imaginó eso: el caos, el orden, la luz, las tinieblas, un Dios creador, una pareja inicial. Al principio, ni el bien ni el mal existían. Fue necesaria la conciencia de la desnudez para que ambos surgieran en la mente del ser humano. Por partida doble: su propia desnudez y la desnudez del mundo.

La desnudez es conciencia de nuestra propia vulnerabilidad, de la fragilidad de nuestro cuerpo y, en última instancia, de nuestra propia finitud. La muerte sobreviene fácilmente, ridículamente, en un cuerpo tan desprotegido como el nuestro. 

¿Qué camino siguió el ser humano después de adquirir conciencia de sí? Llenar el mundo de sentido y significado. Por miedo o por algún otro motivo… pero fundamentalmente por miedo. La realidad, sin duda, debió ser entonces temible. Y la vida humana debió parecer tan frágil en comparación.

Como Adán y Eva, ante nuestra propia desnudez todos acudimos a cubrirnos. Nos arropamos con amor, ternura, compasión; a veces también con conocimiento, poder y violencia. En algún momento de su historia el ser humano siguió también ese camino.

Es como si la vida hubiera tenido tanto miedo de no preservarse, que llevó al ser humano a crear ese aparato complejo de sentido y significantes para justificar su existencia y asegurar su supervivencia. 

 

IX.

El ser humano ha dedicado tanto a la creación de su mundo, a llenar la realidad de significantes y a darle sentido para no intentar no tenerle miedo, que ver de pronto la realidad despejada de todo ello, desnuda, descarnada, como es, le parece insuficiente pero sobre todo le recuerda que es temible. La realidad en su absurdo vacío elemental es angustiante para la conciencia humana. 

Ese es el fundamento del horror vacui, el motivo por el cual hemos colmado la realidad de significados e invenciones, en la búsqueda vana de un sentido que no existe.

Paradójicamente, con un posible efecto opuesto, pues toda esa complejidad es capaz de alejar la vida de la realidad. El ser humano es capaz de creer que vive en el mundo creado a su imagen y semejanza y olvidar su desnudez elemental.

 

X.

Quienquiera que haya escrito el Génesis, se dio cuenta ya entonces: el signo del Paraíso es la desnudez. Todo en el Paraíso está desnudo, incluido el hombre.

El Paraíso es un mundo donde la realidad tiene sentido pero sólo en lo más elemental: la vida, la muerte y la facilidad con que es posible pasar de una a la otra.

Todo otro conocimiento y esfuerzo nos aleja de ese Paraíso.

 

XI.

Puede parecer ingenuo, pero no descabellado: lo que sea que haya sido el ser humano antes de tomar conciencia, vivía en una especie de Paraíso. Un estado de gracia, de felicidad o de inocencia. Posiblemente, como han sugerido otros, un estado de ignorancia. 

No es posible saber más, sin embargo. De la conciencia no hay vuelta atrás. 

 

XII.

“Serán como dioses”, dice la Serpiente a Eva para convencerla de comer del fruto del Árbol del Conocimiento. Más adelante, en la expulsión del Paraíso, Dios lo confirma: “He aquí al hombre, que se ha convertido en uno de nosotros”.

Es la conciencia la que acerca al ser humano al estado de divinidad. En el Génesis también fue señalado.

 

XIII.

¿Qué, específicamente, de la conciencia? Nada más que su ejercicio. Nada más que vivir conscientemente. Nada más que usar esto que nos distingue de la Creación y que surgió por accidente. Ejercer la conciencia, tan vivamente como sea posible, sin temor, sin miedo a la angustia ni al vacío, sin miedo a la muerte. 

¿Por qué temer anticipadamente a la muerte si ahora mismo estamos con vida? 

Vivir en el ejercicio de la conciencia es, de algún modo, vivir fuera del temor anticipado a la muerte. Sabiendo que llegará, pero no ahora.

 

XIV.

Tal vez la única tarea verdaderamente existencial del ser humano sea darse cuenta de que la divinidad o el Paraíso han estado siempre en el mismo lugar: aquí, en la conciencia. 

Todo lo demás es vida con los otros.

 

XV.

Kafka, en Zürau: “En teoría existe una posibilidad perfecta de felicidad: creer en lo indestructible dentro de uno mismo y no aspirar a ello”.

 

ADDENDA

De los meses que pasó en Zürau, en la campiña bohemia, entre septiembre de 1917 y abril de 1918, Franz Kafka dijo que fue la temporada más feliz de su vida. Estaba en compañía de su hermana y el esposo de ella y sus únicas ocupaciones eran las tareas propias de la vida en el campo. También acababa de recibir el diagnóstico de tuberculosis que a la postre sería el motivo de su muerte. Circunstancias peculiares, ¿pero qué vida humana no es así? Kafka se sintió feliz, sin embargo.

De aquellos días se conservan también una serie de anotaciones que realizó, al parecer con cierta intención tanto literaria como editorial definida, pues aun en Zürau dio orden a sus notas, pasó algunas en limpio, las separó y las volvió a ordenar, descartando o tachando algunas, dejando otras, mirando como autor la coherencia entre cada uno de los fragmentos. Al final, Kafka no entregó nada a ningún editor. Después de su muerte, fue Max Brod quien encontró esos cuadernos entre los papeles de su amigo y los publicó, dando a aquellas anotaciones en especial el título de Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero.

Sólo desde hace algunos pocos años, luego del estudio que realizó Roberto Calasso de los manuscritos de Kafka para su libro K., el también editor de la casa Adelphi volvió a encontrarse con las notas de Kafka y decidió publicarlas ahora bajo el sencillo título de Aforismos de Zürau, con el cual han cobrado nueva vida.

Kafka dedicó cuatro de esas notas a la idea del Paraíso. 

 

3

“Existen dos pecados capitales del hombre de los que derivan todos los demás: la impaciencia y la inercia. A causa de la impaciencia fueron expulsados del Paraíso, a causa de la inercia no han regresado. Pero quizá sólo haya un pecado capital: la impaciencia. A causa de la impaciencia fueron expulsados, a causa de la impaciencia no regresan”.

 

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“La expulsión del Paraíso es eterna en su parte principal: entonces, la expulsión del Paraíso es eterna, la vida en el mundo, inevitable; pero la eternidad del suceso hace que a pesar de todo sea posible no sólo que podamos permanecer de manera duradera en el Paraíso, sino que en realidad estemos de manera duradera en él, sin importar si lo sabemos o no”.

 

74

“Si lo que se debió destruir en el Paraíso era destructible, entonces no era decisivo; pero si era indestructible, entonces vivimos en una falsa creencia”.

 

84

“Fuimos creados para vivir en el Paraíso, el Paraíso estaba destinado a servirnos. Nuestro destino fue modificado; pero nada se ha dicho acerca de que lo mismo haya sucedido con el destino del Paraíso”.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Entre la seducción y la angustia: un apunte de Kierkegaard y Nietzsche a la vida

 

Ilustración de portada: Enkel Dika

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El profesor Dasgupta, en el primer tomo de su erudita historia de la filosofía de la India, escribe que el cambio que se observa con los Upanishad es inédito en la historia y sin una clara explicación -más allá de la revelación interna de los filósofos o videntes védicos. "En los Upanishad" escribe, "la posición cambia radicalmente, y el centro de interés ya no está en el creador externo sino en el sí mismo [Atman]". Dasgupta se confiesa un tanto perplejo:

el desarrollo natural de la posición monoteísta del Veda podría haber crecido en una forma desarrollada de teísmo, pero no en la doctrina de que el sí mismo es la única realidad y que todo lo demás es inferior... Está allí como un asunto de percepción directa y la convicción con la que esta verdad es aprehendida [por los autores de los Upanishad] no puede más que impresionar a los lectores.

Es algo así como un salto cuántico de la filosofía mística. Este misterioso punto parece ser lo que se describe en el Katha Upanishad, cuando se dice que hubo una ocasión en la que "cierto sabio que buscaba la inmortalidad, miró hacia adentro y encontró de esta manera al Sí mismo (el Atman)". Mientras que en los textos védicos anteriores el énfasis estaba en realizar una serie de acciones específicas con gran minuciosidad para obtener ciertos resultados -desde la riqueza material hasta la inmortalidad en el cielo-, aquí la verdadera práctica religiosa consiste fundamentalmente en el conocimiento; la aparatosidad ritual que caracteriza al sacrifico védico se reduce a su mínimo esencial y los elementos materiales son sustituidos por procesos meditatiivos. Así entonces, el sacrificio del caballo -donde se mataba a un caballo y se alimentaba al fuego divino- es reemplazado por un proceso meditativo en el que el universo es visualizado como un caballo: "la aurora es la cabeza, el Sol es el ojo,  el viento es la vida", etcétera.

De este movimiento introspectivo de la conciencia, de lo objetivo hacia lo subjetivo, nació la doctrina del Atman. Descubrieron, dice Dasgupta, que hay algo que subyace "al mundo cambiante exterior, una realidad inmutable que es idéntica a aquello que subyace la esencia del hombre". Al inspeccionar la conciencia, al bucear en el mar del ser, los contemplativos descubrieron una luz invariable: el Atman (el Sí mismo o el alma), que, notaron, es igual a Brahman (el Ser universal, Dios). Este es el eje central de toda la filosofía india -ya que todo de alguna manera gira en torno a esta idea, incluyendo el budismo, ya sea como comentario, como reapropiación o como intento de refutación-. El Atman es el referente omnipresente. Es sin duda también el origen de la proposición básica que mueve a la espiritualidad moderna que se desmarca como "no religiosa" y del llamado new age, en su versión diluida, la idea de que "Dios está en el interior".

Tenemos ciertamente aquí la versión hindú, probablemente más antigua, de aquella máxima de Delfos que debió ser el eje rector del pensamiento filosófico helénico: Conócete a ti mismo. Según Marsilio Ficino, el gran traductor platónico, el mismo Platón entendió que la máxima tenía el sentido de que cuando uno se conoce a sí mismo conoce también a Dios. Encontramos aquí una cierta hermandad axial, siguiendo el término de Jaspers.  

Ahora bien, quizás lo más interesante para nosotros -que tendemos a buscar lo pragmático y tratar de hacer que el conocimiento se convierta en algo productivo que nos dé un beneficio- es el método que desarrollaron estos filósofos contemplativos. Ese método originalmente fue llamado de manera un tanto misteriosa y difusa tapas, término que fue traducido muchas veces como "austeridad" o "ascetismo", pero que es mejor traducido como el ardor de la concentración o la energía de la concentración -y que también se puede describir, con cierta licencia poética, como el fuego de la atención-. Fuego en el sentido prometeico: la chispa divina que existe en la naturaleza humana. Fuego que ahora se nos roba de regreso, con la tecnología digital moderna de la distracción masiva y con la llamada economía de la atención que monetiza el tiempo en línea. Antiguo fuego védico, que llevaba al cielo, ahora rehén, ahogado en lo que Neil Postman llamó "un mar de irrelevancia". "Orwell temía que la verdad nos sería ocultada. Huxley temía que la verdad sería anegada por un mar de irrelevancia". 

Los contemplativos de la India observaron, desde la época de los Upanishad y ciertamente también en la difusión budista, que algo ocurría cuando la mente se concentraba. Una especie de alquimia psicológica. Cuando la atención se fija de manera estable en un punto, esto genera algo así como un fuego que purifica, un fuego en el que arde toda la miasma del pensamiento y quizás todo el detritus inconsciente también (es limpieza de los llamados sankharas y, ciertamente, medicina para las epidemias modernas: la depresión y la ansiedad). Asimismo, cuando la mente se calma, se obtiene estabilidad, y esto permite conocer la realidad. Esto es igual a cuando deja de soplar el viento en la superficie de un pozo de agua y entonces podemos ver reflejado nítidamente el Sol. O cuando un espejo se limpia y podemos ver nuestra imagen. El maestro de meditación budista Alan Wallace compara esto con el uso de un telescopio, el cual, para producir imágenes del cosmos de validez científica, debe mantenerse estable. Wallace ha dicho atinadamente que los contemplativos de la India descubrieron su propio telescopio Hubble al menos 2 mil 500 años antes que Occidente. Este telescopio es el samadhi que se erige sobre la base de la ecuanimidad, la concentración y la paz contemplativa. El samadhi es de alguna manera el avatar del tapas, pasando por el yoga de Patanjali y con sus matices distintos en el budismo. Término polisémico: literalmente samadhi se refiere a algo que está unido o integrado. Algo así como una mente o un intelecto integrado y ecuánime. Con el tiempo ha llegado a significar tanto el estado de concentración unipuntual como la paz, la purificación y el éxtasis que produce. En el budismo es uno de los ocho elementos del noble sendero que llevan al despertar o iluminación y en el yoga de Patanjali es el octavo miembro, es decir, el estado final de integración iluminada o yoga. En el tantrismo budista, el samadhi connota un estado de ananda o mahasukha: dicha suprema. Esto es porque, según se enseña, el estado natural de la mente, sin agitaciones y obstrucciones, es una luminosidad dichosa.

Aunque me parece que los primeros en desarrollar esta noción de la concentración como esencia y sumo bien de la práctica religiosa fueron los contemplativos hindúes, no hay duda de que existe una larga tradición en Occidente. Sabemos que los padres del desierto practicaron su forma de mindfulness o atención plena. Se buscaba hacer honor a aquel verso de la Carta a los Tesalonicenses de San Pablo que dice "ora constantemente". Había que estar sumido constantemente en la oración, incluso cuando se realizaban acciones cotidianas. La forma de hacerlo era manteniendo una cierta concentración, teniendo a Dios siempre en la mente, cultivando un fuego en el corazón. En el budismo se elegiría siempre observar los aires vitales, cómo entra y sale, entra y sale. El profesor Radhakrishnan, en su traducción de los Upanishad, nos dice que, de hecho, la concentración es la oración. Estar concentrados, con la mente fija como un rayo, es estar orando. La forma más alta de oración -el silencio interior-, la cual no distingue entre lo sagrado y lo profano, lo religioso y lo secular, entre lo interno y lo externo.

Dice Patanjali (Yoga-sutra 3.3) que samadhi es "cuando sólo el objeto de meditación brilla, [y la mente] está libre de su propia naturaleza [reflexiva]". La mente se diluye en la pura conciencia luminosa. El traductor Edward Bryant explica que "cuando no se está consciente más que del objeto de meditación en samadhi convencional, entonces ese objeto constituye el universo". Esto es importante porque, según enseñan los Upanishad, uno se convierte en aquello en lo que medita. Y cuando hay un solo objeto, ese objeto es el universo. Así, nos podemos convertir en ese objeto, en la pura luz de la conciencia, en el palacio iluminado de un mandala, en el universo, en Dios, etc. Esta es la gran sabiduría contemplativa de estas tradiciones.

El poeta místico Angelus Silesius escribió: 

Si tan sólo pudieras quedarte quieto, y dejaras de buscar

ansiosamente a Dios -lo encontrarías en tu lugar.

Creo que este es el sentido del salmo (46:10) que dice: "Quédate quieto y conoce que yo soy Dios". Sea Dios o el sí mismo, la realidad sólo puede conocerse con esa quietud -que no es una aquiescencia-, es un silencio desde el cual se oficia, es un ardor, una llama pura que devora toda división, toda noción de separación. Como dice Eckhart, en ese espacio contemplativo que es el fondo del alma:

Actuar y llegar a ser son uno. Dios y yo somos uno en la operación: Él actúa y yo llego a ser. El fuego transforma en sí mismo todo lo que alcanza: le impone su naturaleza. No es el fuego el que se transforma en madera, sino la madera en fuego. Igualmente, somos transformados en Dios a fin de conocerlo tal como es.

 

Twitter del autor: @alepholo