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Asistir a conciertos aumenta tu esperanza de vida más que el yoga o caminar (ESTUDIO)

Buena Vida

Por: pijamasurf - 03/28/2018

Más conciertos, ¿más vida?

Si alguna vez te preguntaste qué efecto tiene en tu vida asistir a un concierto –más allá del placer que puedes obtener, las anécdotas y acaso incluso las frustraciones– este estudio te puede ofrecer algunas respuestas.

De acuerdo con una investigación reciente, pasar al menos 20 minutos en un acto musical de ese tipo incremente hasta en un 21% la percepción subjetiva de bienestar, lo cual, de mantenerse, es capaz de incrementar la esperanza de vida hasta en 9 años.

El estudio se llevó a cabo con un grupo de voluntarios en los que se examinó su estado general de salud, tanto física como mental, con exámenes cardíacos y psicométricos y a través de tres distintas actividades: salir a caminar con un perro, practicar yoga y la ya dicha: asistir a un concierto.

De acuerdo con las mediciones realizadas, las personas que acudieron a una presentación musical incrementaron en un 25% su percepción de autoestima y cercanía emocional con otros, y en un 75% su estimulación mental.

La investigación fue dirigida por Patrick Fagan, profesor en la Universidad Goldsmith de Londres, y estuvo auspiciada por O2, una de las compañías de telecomunicaciones más importantes en el Reino Unido y que posee también una división encargada… de organizar conciertos.

Sea como fuere, los datos pueden al menos animarte a experimentar contigo mismo y preguntarte si, efectivamente, después de uno o muchos conciertos te sientes mejor contigo mismo, con quienes te rodean y con tu vida en sí.

 

También en Pijama Surf: Escuchar esta canción reducirá tu ansiedad en un 65% (AUDIO)

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Ikigai, el concepto japonés para encontrar satisfacción en la vida

Buena Vida

Por: pijamasurf - 03/28/2018

Encontrar el equilibrio de estos 4 ámbitos de la vida es la clave para la felicidad

El ser humano es, hasta donde sabemos, el único ser vivo que necesita dar a su existencia un propósito. Entre el momento en que nace y adquiere conciencia de sí y el instante de su muerte, su tiempo en esta tierra necesita estar animado por algo, lo cual a su vez va cambiando a lo largo del tiempo, pues el sentido de la vida no nos parece el mismo en la juventud –cuando comenzamos a preguntarnos sobre ello– que en la madurez o la vejez. 

Al respecto, vale la pena decir esto que a veces se olvida: no hay una sola respuesta a la pregunta por el sentido de la vida porque, de entrada, cada persona debe elaborarla por sí misma y, por otro lado, porque esa es una pregunta que es necesario sostener al hilo de nuestra existencia, que a veces, a la luz de ciertos hechos que vivimos, responderemos de algún modo y a veces de otro.

En ese curso, sin embargo, contamos con alguna asistencia de otros como nosotros que se han preguntado qué hacer con su vida. En el caso de la filosofía oriental, encontramos la idea del “ikigai”, una palabra japonesa que se traduce como “vivir la realización por la que habíamos esperado” y también como “aquello por lo cual vivir es valioso”. Nada más y nada menos. Recordemos que ya Albert Camus, al inicio de El mito de Sísifo, consideraba que no era otro el problema fundamental de la filosofía más que decir si la vida valía o no la pena de ser vivida. En Japón, esa respuesta está en el ikigai.

Aunque el desarrollo de esta idea es histórico, en años recientes ha cobrado nuevos bríos en razón, probablemente, de la insaciable búsqueda de sentido del hombre contemporáneo. Ahogados como vivimos en la prisa de vivir, en las múltiples ocupaciones, en la respuesta incesante a estímulos omnipresentes, el ikigai se ha presentado como una posibilidad de dar curso a la vida, de parar por un momento para reflexionar y decidir conscientemente sobre la dirección de nuestra propia existencia.

En ese sentido, el ikigai está basado en cuatro simples preguntas:

¿Qué amas hacer?
¿Qué eres bueno (a) haciendo?
¿Qué necesita el mundo de ti?
¿Por qué de lo que hagas puedes recibir un pago?

Si cruzamos esas áreas, el resultado es este:

Como vemos, la felicidad se encuentra ahí donde todo está en equilibrio: amas lo que haces, eres bueno (a) en lo que haces, esa ocupación genera un impacto positivo en el mundo y además recibes un ingreso a cambio que te permite vivir dignamente. 

Asimismo, cabe hacer notar que dicho balance se refiere tanto al individuo como a la sociedad, pues no es sólo que, egoístamente, puedas hacer lo que quieras, sino también que esto genere un cambio favorable en la comunidad a la que perteneces.

Fuera del papel puede parecer difícil vivir así, pero parte del propósito de filosofías como esta también es animarnos a construir el mundo que queremos. Quizá hoy tu ocupación principal te parezca vacía o insatisfactoria; quizá hoy amas lo que haces pero batallas para pagar las cuentas más elementales… ¿pero quién puede decir que mañana será igual? ¿Quién puede decir si no, quizá mañana, todos tengamos al menos una oportunidad de vivir una vida de plenitud?

 

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