*

X

Por qué la definición del infierno de Dostoyevski probablemente sea la mejor que existe

Filosofía

Por: pijamasurf - 02/23/2018

Dostoyevski vivió algo parecido al infierno en la Tierra y exploró profundamente el alma humana para llegar a esta sencilla pero contundente afirmación

Pocos novelistas han sido capaces de sondear la profundida del alma humana como Fiódor Dostoyevski. El novelista ruso reflejó en sus novelas los abismos de la conducta humana -los cuales conoció en la prisión en Siberia-, así como también la belleza y la más noble fe del espíritu. En Los hermanos Kamarazov Dostoyevski escribió:

Padres, maestros, me pregunto, "¿Qué es el infierno?". Mantengo que es el sufrimiento de no poder amar.

No poder amar es el infierno; el amor es, entonces, el cielo. Difícilmente se puede decir algo más sencillo y profundo. Es una definición que aunque puede tener un significado religioso (y ciertamente Dostoyevski fue profundamente religioso en sus últimos años de existencia), no se constriñe solamente a lo religioso y puede tener una interpretación secular. Abarca toda la existencia, ya que, ciertamente, para el ser humano la más alta felicidad y a la vez también aquello que da más claramente sentido y propósito es el amor. Asimismo, algunos filósofos, como Platón, han dicho que el amor es el primer impulso que permite al alma emprender el vuelo hacia la realidad, hacia el mundo de las Ideas, hacia el mundo divino. O incluso, que el amor es la misma vida en su estado puro, el elan vital: Eros fue el primer dios en brotar del caos, según la teología órfica. Siendo lo primero, es lo que nos regresa al origen, al estado de unidad. 

En la misma novela, Dostoyevski revela cómo es que un ser humano llega a la infernal incapacidad de amar:

Un hombre que se miente a sí mismo y cree en sus propias mentiras, se vuelve incapaz de reconocer la verdad, tanto en sí mismo como en cualquier otro, y acaba perdiendo todo respeto para sí mismo y para los otros. Cuando no tiene respeto, ya no puede amar, y acaba cediendo a sus impulsos, indulge en la forma más baja del placer y se comporta como un animal satisfaciendo sus vicios. Y todo se produce por la mentira -a otros y a uno mismo-.

Así que la mentir es lo que conduce realmente al infierno. En esto coincide Alexander Solzhenitsyn, quien vivió la máxima atrocidad de los gulags rusos y consideró que tal violencia y tal abyección del espíritu -que padecieron millones de personas asesinadas o torturadas en el régimen de Stalin- tienen como causa las mentiras. Solzhenitsyn explicó que la violencia no puede sostenerse mucho tiempo si no es con las mentiras y el engaño. El psicólogo Jordan Peterson ha comentado sobre esto, diciendo que el infierno es cuando todos dicen mentiras. Podemos crear fácilmente el infierno en la Tierra; hemos tenido pruebas de ello con los gulags rusos o con los campos de concentración nazi, y lo que lleva a esto son el engaño y la mentira, los cuales, a fin de cuentas, revelan cobardía y una debilidad del espíritu que no es capaz de encarar con dignidad la realidad y encarnar su verdadera naturaleza.

De alguna manera, el budismo y el hinduismo coinciden con esto. Para estas religiones, el sufrimiento de este mundo (el samsara) y la posible reencarnación en infiernos se deben fundamentalmente a la ignorancia, al engaño o a la falta de conocimiento de lo que es verdadero. La liberación, lo que alcanza el estado de dicha e inmortalidad, por otra parte, es la sabiduría, establecerse en lo verdadero. Como dice el famoso mantra de los Upanishad:

asato mā sad gamaya,
tamaso mā jyotir gamaya,
mṛtyor mā amṛtaṃ gamaya.

 

(Condúceme de la falsedad a la verdad

de la oscuridad a la luz,

de la muerte a la inmortalidad).

(Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad)

 

Toda la religión de la India se ha construido sobre esta base: el sufrimiento e incluso la muerte se alimenta solamente de la ignorancia, ambos existen por no conocer lo que somos. La ignorancia es el triunfo de la muerte, la verdad el triunfo de la vida, aquello que libera para siempre de la muerte (como se dice también en el Evangelio de San Juan). Toda acción que no tenga que ver con el conocimiento de sí mismo o de la conciencia es una distracción. Para poder mantenerse fijo en esta búsqueda de la realidad es fundamental que el individuo no diga mentiras y practique una completa honestidad intelectual; de otra manera, su búsqueda lo conducirá a nuevas ilusiones y a la inflación del ego.

Evidentemente no es fácil saber cuál es la verdad, pero lo que sí es obvio es que la forma más clara de acercarse a ella que tiene el ser humano es diciéndose la verdad y diciendo la verdad a los demás. Es bastante simple. Esto es ya una fuerte tentativa de alineamiento con el orden y las leyes del cosmos.

Te podría interesar:

¿Qué es el deseo erótico? Esta es una de las mejores definiciones jamás escritas

Filosofía

Por: pijamasurf - 02/23/2018

El antifilósofo francés Michel Onfray ha acuñado con su rebeldía una estimulante definición del deseo erótico

Michel Onfay es uno de los filósofos más interesantes de nuestra época. Por su origen francés pertenece a una tradición de polemistas e intelectuales incómodos que han buscado ir a contracorriente del pensamiento establecido. En este sentido se le puede alinear junto a Michel Foucault o Jean-Paul Sartre, pero sólo por esa cualidad contestataria, porque el camino que ha seguido su obra tiene diferencias remarcables.

¿Contra qué pelea Michel Onfray? Una respuesta sencilla podría mostrarlo como un filósofo empeñado en contar otra historia de la filosofía. Con notable espíritu nietzscheano, Onfray ha construido una obra que recupera puntos de vista soslayados, autores considerados menores, ideas descartadas en ciertos períodos del pensamiento filosófico, todo porque, en las circunstancias correspondientes, hubo alguien más que se impuso, por distintas razones: Sócrates y Platón sobre los sofistas, el neoplatonismo de los Padres de la Iglesia sobre ideas más hedonistas y epicúreas, la lógica analítica de Wittgenstein por encima de una filosofía más cercana a la tradición de la eudaimonía, etcétera. 

Y es que, en parte, ese es el lugar desde donde Onfray sostiene su lucha: la certeza de que la filosofía es, desde su origen, una serie de principios, organizados bajo cierta coherencia, que tienen como propósito ayudarnos a vivir, a entender la existencia, a enfrentar las contrariedades propias de la vida. De Aristóteles a Nietzsche, la filosofía se ocupó esencialmente de la vida en el mundo.

En este sentido, en su obra Onfray cuenta con un libro dedicado al erotismo. Como sabemos, a lo largo de la historia el amor, el deseo sexual y el erotismo han tenido distintas manifestaciones, pero salvo ciertos momentos específicos, en general se la ha buscado contener, deformar, ajustar a ciertos lineamientos. Onfray sigue parte de esa historia desde una perspectiva filosófica y tomando una postura clara, la de la defensa del cuerpo y su sexualidad que, al ejercerla libremente, también es fuente de conocimiento.

A manera de estímulo para la curiosidad, en esta ocasión compartimos un breve fragmento de esa "teoría del cuerpo enamorado", que es el título que lleva el libro. En pocas líneas, Onfray elabora una de las definiciones más bellas y precisas que se han hecho del deseo, al cual entiende como lo que nunca debió ser: la fuerza que nos mantiene con los pies en la Tierra, amantes de las cosas que tenemos y las personas con quienes nos relacionamos, puesto nuestro deseo en cada una de las acciones que realizamos cotidianamente, a cada instante. Escribe Onfray:

Consultando mis diccionarios de etimología, me alegró aprender que el término deseo procede de los astros. No estamos, pues, lejos de la esfera y del cielo habitado por magníficos y poéticos planetas. Dejar de contemplar la estrella, así dicen los étimos: de y sidere. Esto es tanto como decir que el deseo rompe con lo celeste, lo divino, lo inteligible, el universo de las ideas puras, ése donde danzan Saturno y Venus, Marte y Júpiter, la melancolía y el amor, la guerra y el poder. Aquel que desea baja la mirada, renuncia a la Vía Láctea, al azul apabullante y arraiga su voluntad en la tierra, en las cosas de la vida, en los pormenores de lo real, en la pura inmanencia. Algunos, volveré sobre este tema cuando trate de los cerdos epicúreos, celebran acertadamente al animal que tiene siempre el hocico a ras del suelo y la mirada incapaz de dirigirse a las estrellas. Desear supone menos buscar una unidad perdida que preocuparse por la Tierra y apartar la vista del firmamento. Lejos de las Pléyades y otras constelaciones que absorben el cuerpo y restituyen un alma extasiada de absoluto, el deseo obliga a reconciliarse felizmente con las divinidades ctónicas.

 

En este enlace, una digitalización de Teoría del cuerpo enamorado

 

Ilustraciones: Sara Herranz