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¿Qué es el deseo erótico? Esta es una de las mejores definiciones jamás escritas

Filosofía

Por: pijamasurf - 01/08/2018

El antifilósofo francés Michel Onfray ha acuñado con su rebeldía una estimulante definición del deseo erótico

Michel Onfay es uno de los filósofos más interesantes de nuestra época. Por su origen francés pertenece a una tradición de polemistas e intelectuales incómodos que han buscado ir a contracorriente del pensamiento establecido. En este sentido se le puede alinear junto a Michel Foucault o Jean-Paul Sartre, pero sólo por esa cualidad contestataria, porque el camino que ha seguido su obra tiene diferencias remarcables.

¿Contra qué pelea Michel Onfray? Una respuesta sencilla podría mostrarlo como un filósofo empeñado en contar otra historia de la filosofía. Con notable espíritu nietzscheano, Onfray ha construido una obra que recupera puntos de vista soslayados, autores considerados menores, ideas descartadas en ciertos períodos del pensamiento filosófico, todo porque, en las circunstancias correspondientes, hubo alguien más que se impuso, por distintas razones: Sócrates y Platón sobre los sofistas, el neoplatonismo de los Padres de la Iglesia sobre ideas más hedonistas y epicúreas, la lógica analítica de Wittgenstein por encima de una filosofía más cercana a la tradición de la eudaimonía, etcétera. 

Y es que, en parte, ese es el lugar desde donde Onfray sostiene su lucha: la certeza de que la filosofía es, desde su origen, una serie de principios, organizados bajo cierta coherencia, que tienen como propósito ayudarnos a vivir, a entender la existencia, a enfrentar las contrariedades propias de la vida. De Aristóteles a Nietzsche, la filosofía se ocupó esencialmente de la vida en el mundo.

En este sentido, en su obra Onfray cuenta con un libro dedicado al erotismo. Como sabemos, a lo largo de la historia el amor, el deseo sexual y el erotismo han tenido distintas manifestaciones, pero salvo ciertos momentos específicos, en general se la ha buscado contener, deformar, ajustar a ciertos lineamientos. Onfray sigue parte de esa historia desde una perspectiva filosófica y tomando una postura clara, la de la defensa del cuerpo y su sexualidad que, al ejercerla libremente, también es fuente de conocimiento.

A manera de estímulo para la curiosidad, en esta ocasión compartimos un breve fragmento de esa "teoría del cuerpo enamorado", que es el título que lleva el libro. En pocas líneas, Onfray elabora una de las definiciones más bellas y precisas que se han hecho del deseo, al cual entiende como lo que nunca debió ser: la fuerza que nos mantiene con los pies en la Tierra, amantes de las cosas que tenemos y las personas con quienes nos relacionamos, puesto nuestro deseo en cada una de las acciones que realizamos cotidianamente, a cada instante. Escribe Onfray:

Consultando mis diccionarios de etimología, me alegró aprender que el término deseo procede de los astros. No estamos, pues, lejos de la esfera y del cielo habitado por magníficos y poéticos planetas. Dejar de contemplar la estrella, así dicen los étimos: de y sidere. Esto es tanto como decir que el deseo rompe con lo celeste, lo divino, lo inteligible, el universo de las ideas puras, ése donde danzan Saturno y Venus, Marte y Júpiter, la melancolía y el amor, la guerra y el poder. Aquel que desea baja la mirada, renuncia a la Vía Láctea, al azul apabullante y arraiga su voluntad en la tierra, en las cosas de la vida, en los pormenores de lo real, en la pura inmanencia. Algunos, volveré sobre este tema cuando trate de los cerdos epicúreos, celebran acertadamente al animal que tiene siempre el hocico a ras del suelo y la mirada incapaz de dirigirse a las estrellas. Desear supone menos buscar una unidad perdida que preocuparse por la Tierra y apartar la vista del firmamento. Lejos de las Pléyades y otras constelaciones que absorben el cuerpo y restituyen un alma extasiada de absoluto, el deseo obliga a reconciliarse felizmente con las divinidades ctónicas.

 

En este enlace, una digitalización de Teoría del cuerpo enamorado

 

Ilustraciones: Sara Herranz

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Filosofía

Por: pijamasurf - 01/08/2018

La filosofía estoica invita al ser humano a vivir en austeridad, templanza y un examen continuo de nuestras acciones, nuestros deseos y nuestros pensamientos

La filosofía estoica ha cobrado cierta relevancia en tiempos recientes que, en cierta forma, es inesperada. Si de por sí la filosofía en general ocupa un lugar más bien marginal en nuestras sociedades contemporáneas, de todas las escuelas de pensamiento ha resurgido una que, en su momento, invitó al ser humano a vivir en austeridad, templanza y un examen continuo de nuestras acciones, nuestros deseos y nuestros pensamientos. 

Pero quizá si miramos esta suma de cualidades a luz de la hiperestimulación placentera en que vivimos, la producción y el consumismo económicos incesantes y la imposibilidad aparente de hacer una pausa para reflexionar sobre lo que hacemos, entonces puede ser que el estoicismo haya resurgido como un recurso del ser humano contemporáneo para de todos modos hacer eso que necesita: comprender el curso de su vida.

Es esta ocasión compartimos un fragmento en el que Epicteto, uno de los estoicos más célebres y destacados, expone con sencillez y claridad el que quizá sea el método más simple para evitarnos sufrimientos innecesarios en la vida, ese sufrimiento que advertimos cuando en medio de una situación de pronto nos preguntamos qué hicimos para llegar hasta ahí. En muchos de estos casos, esa adversidad se explica por un encadenamiento de circunstancias que sin embargo tienen un origen primero y único que Epicteto miró con lucidez. Veamos:

 

En cuanto a todas las cosas que existen en el mundo, unas dependen de nosotros, otras no dependen de nosotros. 

De nosotros dependen nuestras opiniones, nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras inclinaciones, nuestras aversiones; en una palabra, todas nuestras acciones. 

Las cosas que no dependen de nosotros son el cuerpo, los bienes, la reputación, la honra; en una palabra, todo lo que no es nuestra propia acción. 

Las cosas que dependen de nosotros son por naturaleza libres, nada puede detenerlas, ni obstaculizarlas.

Las que no dependen de nosotros son débiles, esclavas, dependientes, sujetas a mil obstáculos y a mil inconvenientes y enteramente ajenas. 

Recuerda pues que, si tú crees libres a las cosas por naturaleza esclavas, y propias a las que dependen de otro, encontrarás obstáculos a cada paso, estarás afligido, alterado y te quejarás continuamente de los dioses y a los hombres. 

En cambio si consideras lo que te pertenece como propio y lo ajeno como de otro, nunca nadie te forzará a hacer lo que no quieres ni te impedirá hacer lo que quieres. No increparás a nadie, ni acusarás a persona alguna; no harás ni la más pequeña cosa que no desees; nadie, entonces, te hará mal alguno y no tendrás enemigos, pues nada aceptarás que te sea perjudicial. 

Aspirando entonces a tan grandes bienes, recuerda que tú no debes trabajar mediocremente para lograrlos y que, en lo que concierne a las cosas exteriores, debes enteramente renunciar a algunas y dejar otras para otro momento. Pues si buscas armonizarlas y ambicionas estos bienes y también riquezas y honores, quizá no obtengas ni siquiera estos últimos, por desear también los otros; y seguramente dejarás de alcanzar los únicos bienes que pueden darte libertad y felicidad.

Así, ante toda fantasía perturbadora, apresúrate a decir: “Tú no eres más que pura imaginación y nada de lo que parece”. Enseguida examínala con atención y ponla a prueba. Para ello sírvete de las reglas que tienes, principalmente con esta primera, procurando distinguir si esa idea pertenece a aquello que depende de ti o, por el contrario, forma parte de aquello que no depende de ti. Y si pertenece a aquello que no depende de ti, piensa sin titubear: “Esto en nada me atañe”.

 

Las líneas provienen de los fragmentos conservados de Epicteto que se han editado bajo los títulos de Máximas, Manual o Enquiridión; este último es el término en griego con que se conoce en los estudios especializados a la compilación de enseñanzas que realizó Flavio Arriano de Epicteto, su maestro, labor por la cual la filosofía de vida del estoico llegó a nuestra época. 

En español, la editorial especializada en literatura clásica y filosofía Gredos cuenta en su catálogo con el ejemplar Disertaciones por Arriano, pero igualmente circulan en Internet algunas versiones del texto digitalizadas en formato PDF.

 

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