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Estos son los mejores libros según el Premio Nobel de Literatura, Samuel Beckett

Arte

Por: PijamaSurf - 10/16/2017

En sus inicios, bajo las enseñanzas de James Joyce, mostró un particular sentido de humor negro y sórdido, "desprestigiando a la palabra como medio de expresión artística"

Sombrío, minimalista y profundamente nihilista, Samuel Beckett fue uno de los personajes más importantes del experimentalismo literario del siglo XX. En sus inicios, bajo las enseñanzas de James Joyce, mostró un particular sentido de humor negro y sórdido, desprestigiando -según su traductora, Antonia Rodríguez-Gago- “la palabra como medio de expresión artística y creando una poética de imágenes, tanto escénica como narrativa”.

Mediante sus conocimientos de literatura, teatro, filosofía, psicoanálisis, música y medios audiovisuales, Beckett logró retratar la tragicomedia de la condición humana. Gracias a ello, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1969, tomando en consideración su renovación de la novela y el drama. Para el autor que consideraba que “Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre”, existe una serie de libros indispensables para cambiar las premisas de vida. La lista fue publicada por Cambridge University Press en el 2011:

Andrómaca (1668), de Jean Racine. Beckett releyó este libro “con una mayor admiración que nunca y con una mayor comprensión, al menos con una mayor comprensión sobre las posibilidades del teatro en la actualidad”.

– La vuelta al mundo en ochenta días (1873), de Julio Verne. En palabras de Beckett: “Tiene vitalidad”.

El castillo (1926), de Franz Kafka. Según Beckett: “Me sentí como en casa, demasiado –quizá eso fue lo que me hizo no dejar de leerlo. Caso cerrado ahí y entonces”.

El guardián entre el centeno (1951), de J. D. Salinger. De acuerdo con Beckett: “Me gustó mucho en realidad, más que cualquier cosa en mucho tiempo”.

Crooked House (1949), de Agatha Christie.

Effi Briest (1895), de Theodor Fontane. Beckett menciona al respecto: “Lo leí por cuarta vez el otro día con las mismas lágrimas en los mismos espacios viejos”.

El jorobado de Notre Dame (1831), de Víctor Hugo.

Viaje al fin de la noche (1932), de Louis-Ferdinand Céline.

Lautréamont y Sade (1949), de Maurice Blanchot. “Algunas excelentes ideas o inicios de las ideas, y un poco de verborrea para ser rápido de leer. Lo que emerge a través de un verdadero gigante Sade, celoso de Satán y de sus tormentos eternos”.

Destino del hombre (1933), de André Malraux.

Mosquitos (1927), de William Faulkner.

El extranjero (1942), de Albert Camus. En palabras de Becket: “Inténtalo y léelo, creo que es importante”.

La tentación de existir (1956), de Emil Cioran.

La 628-E8 (1907), de Octave Mirbeau. “Es una jodida buena pieza de trabajo”.

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Jorge Luis Borges y Terence McKenna: la realidad de los sueños y la imaginación, literatura fantástica y psicodelia

Arte

Por: pijamasurf - 10/16/2017

Las extrañas pero fascinantes convergencias entre Borges y McKenna, dos maestros de la exploración de la imaginación, de una curiosidad irreprimible

Terence McKenna y Jorge Luis Borges son personajes muy diferentes. Uno fue una celebridad de los principios de Internet, exponente de la cultura psicodélica, del DMT y los hongos, de un regreso al paganismo o a las culturas tribales, de un impulso hacia la deificación de la naturaleza a la vez que la utilización de la tecnología para surfear los misterios de la conciencia humana. McKenna escribió algunos libros y realizó investigación etnobotánica, pero sobre todo se le recuerda por sus conferencias y diálogos, con su voz sumamente nasal y su semblante de duende. En cierta forma fue un activista, llamando a abandonar la cultura de la programación masiva y a explorar la propia conciencia. De Borges no es necesario hacer un semblante biográfico, basta decir que es el escritor más importante en lengua española del siglo XX.

El académico William Rowlandson, experto en Borges, hizo una interesante participación en la conferencia Breaking Convention ligando el pensamiento de Borges y McKenna a través de una misma curiosidad intelectual, una capacidad de asombro y un agnosticismo. Rowlandson dice que él no tomó LSD o fumó cannabis a los 15 años, como algunos de los asistentes a esa conferencia, sino que leyó a Borges desde los 15, y eso ha sido su experiencia del despertar de la imaginación. El académico británico señala que ambos autores entendieron "que la realidad es simbólica y que la realidad se comunica con nosotros tanto como nosotros con ella". McKenna decía que la naturaleza no es muda -a diferencia de lo que creía Sartre- sino que es una matriz lingüística, que permanentemente se comunica a sí misma. Ambos autores vivieron la articulación de una asombrosa paradoja, "el incesante impulso a entender algo que es ininteligible" o al menos inexplicable, aquello que "entendemos que no se puede entender, pero aun así buscamos entender" -es inefable, es inexplicable, pero no nos damos por vencidos, y hay una cierta belleza en esta búsqueda paradójica del acertijo de la existencia que nunca podremos responder. Esto era algo que le importaba enormemente a Borges, quien se definía, al igual que McKenna, como agnóstico: "ser agnóstico quiere decir que todo es posible, incluso Dios. Hasta la Santísima Trinidad. Siendo agnóstico vivo en un mundo más grande y más fantástico, casi espectral". McKenna escribió reiteradamente que "el universo no sólo es más extraño de lo que creemos, es más extraño de lo que podemos imaginar". Y expresó su amor al asombro: "Vivir en la dimensión psicodélica es vivir en una atmósfera de continuo desdoblamiento de entendimiento para que cada día sepamos más y veamos las cosas con mayor profundidad".

En una notable entrevista Borges habla sobre la importancia de la palabra asombro en su obra, una palabra que hace pensar en una sombra y en algo a la vez incognoscible. Borges dijo estar sintiendo asombro y azoro permanentemente. Este es el estado base del lector y del escritor de historias de fantasías, de aventuras especulativas. La sustancia misma de su obra es el asombro, que por otra parte, según Aristóteles y Platón, es el origen de la filosofía. Otro término importante es el de "horror sagrado", una mezcla de misterio, temor y una sensación numinosa. Y otra palabra importante es la inglesa "amazement", que le gustaba tanto a Borges: sentirse en un laberinto, la sensación de perplejidad y asombro que produce la existencia, que es como un laberinto. En su poema "Los enigmas":

Qué errante laberinto, qué blancura
ciega de resplandor será mi suerte,
cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte?
Quiero beber su cristalino Olvido,
ser para siempre; pero no haber sido.

Una sensación de perplejidad y asombro que McKenna describía dentro de sus viajes al interior del "crisantemo" del DMT; cruzaba el umbral y era recibido por un extraño orden de realidad donde raros seres lúdicos -los famosos "machines elves"- manipulaban la realidad usando el lenguaje y presentaban al psiconauta un acertijo, un enigma.

Dice Rowlandson que en Borges vemos que la experiencia de los sueños o de la imaginación es tan real o valiosa como la realidad -por ejemplo, leer a Chesteron le hizo a Borges conocer más Londres que cuando fue a Londres a caminar por sus calles. Mckenna, por supuesto, sugiere que las experiencias psicodélicas pueden ser tan reales como la realidad. La realidad y la imaginación disuelven sus fronteras en estos dos autores. No hay necesariamente un "afuera" en oposición a un "adentro". Todo es un signo, un símbolo, algo que nos cifra y deletrea. 

Una de las citas más famosas de McKenna dice: "La realidad tiene una naturaleza sintáctica -el verdadero secreto de la magia es que el mundo está hecho de palabras. Y si conoces las palabras de las cuales está hecho el mundo, puedes hacer con él lo que quieras". Por supuesto, Borges compartía esta noción, habiendo imaginado la piel de un tigre como un texto divino, el universo como una inmensa biblioteca o una letra (Aleph) que contiene el universo entero sin superponerse. McKenna se interesó por la magia ceremonial y la alquimia; Borges por la cábala y las experiencias visionarias de personajes como Swedenborg o Böhme.