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"Los cráneos humanos pueden ser venerados por diversas razones, desde el culto a los antepasados hasta la creencia en la transmisión de propiedades protectoras u otras propiedades de los difuntos a los vivos"

Al sudeste de Turquía se encuentra Göbekli Tepe, el centro religioso más antiguo del mundo. Se cree que fue erigido por cazadores y recolectores del Holoceno temprano –hace más de 10 mil años– mediante una serie de cráneos que servían en el Neolítico inicial como un ritual para conectar la vida y la muerte.

De acuerdo con las últimas excavaciones, este centro resguardaba huesos fragmentados de tres cráneos parcialmente conservados, las cuales presentaron modificaciones artificiales que indican una interacción peculiar con los fallecidos de cierto estatus. Es decir que ante la muerte, las personas de la región solían decorar y exhibir el miembro del cuerpo en ciertos puntos del santuario.

En palabras de Julia Gresky, Juliane Haelm y Lee Clare, autores de la investigación publicada en Science Advances:

Los cráneos humanos pueden ser venerados por diversas razones, desde el culto a los antepasados hasta la creencia en la transmisión de propiedades protectoras u otras propiedades de los difuntos a los vivos. Hay muchas evidencias arqueológicas que demuestran que, en el neolítico, en el sudeste de Anatolia y el Levante se le daba un estatus especial al cráneo humano. Los restos recuperados en Göbekli Tepe llevan incisiones profundas hechas intencionalmente –las cuales estarían hechas con cuchillas de pedernal, con el objetivo de colgar verticalmente los cráneos–.

La seducción hipnótica de la muerte resulta recurrente en numerosas civilizaciones y culturas tanto de la Antigüedad como de la actualidad. Lo que los investigadoras descubrieron es que esta atracción humana hacia la muerte creó una serie de representaciones antropomórficas como una estatua de 60cm de altura intencionalmente decapitada, la cual fungía como un “portador de ofrendas que sostenía una cabeza humana entre sus manos”, o un pilar de bajorrelieve sobre un individuo itifálico, sin cabeza y con un brazo elevado.

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Hay una idea a la cual el ser humano está atado, y es la causa de toda guerra y conflicto

Nisargadatta Maharaj fue uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Un hombre humilde que recibió por años a innumerables buscadores en su casa de Bombay, compartiendo la sabiduría intemporal de la tradición advaita (no-dualidad) fincada en el profundo océano de dharma de la India. En el clásico libro que reúne sus conversaciones, Yo soy Eso, Maharaj habla sobre la guerra con una lucidez que trasciende cualquier dogma o credo:

En un lugar u otro, en alguna forma u otra, la guerra siempre está ocurriendo. ¿Hubo un tiempo donde no hubiera guerra? Algunos dicen que es la voluntad de Dios. Otros que es el juego de Dios. Esto es otra forma de decir que la guerra es inevitable y que nadie es responsable.

A la pregunta de quién es responsable entonces, Maharaj contestó:

Busca al culpable adentro. Las ideas de "mí" y "mío" están en la raíz de todo conflicto. Libérate de ellas y estarás libre de todo conflicto.

Se podría pensar que esta es la típica respuesta de que la guerra empieza en el interior (e igualmente la revolución) (lo cual no deja de ser cierto). Pero es más profundo que esto, puesto que apunta directamente a la causa de todo conflicto, del cual la guerra es una extensión, una especie de reproducción fractal externa de un estado interno multiplicado colectivamente:

Luchas contra otros constantemente por tu supervivencia como un cuerpo-mente separado, como un nombre y forma particular. Para vivir debes destruir. Desde el momento en el cual fuiste concebido, empezaste una guerra con tu ambiente --una guerra sin piedad de mutua exterminación hasta que la muerte te libere.

Inevitablemente, si uno se identifica con un yo separado de un mundo ajeno de objetos, surge una cierta belicosidad, una oposición, puesto que uno siente que debe proteger a ese ser separado y frágil que es uno mismo y para hacerlo debe imponerse sobre lo demás (ya que todos los otros objetos del universo no tienen especial interés en el beneficio de ese yo separado).

Para Maharaj la realidad es que, simplemente, lo que uno es no tiene límites. Lo que es es el Ser que abarca todos los seres como una conciencia-presencia luminosa atemporal. El ser individual no es. Pensar que uno es sólo este yo, esta mente o este cuerpo individual con su drama cotidiano es un callejón sin salida, puesto que no habrá nunca libertad del sufrimiento. Nunca dejará de existir la guerra. ¿Quién es responsable?:

Nadie y todos. El mundo es lo que contiene y cada cosa afecta a todas las demás. Todos matamos al niño y todos morimos con él. Cada evento tiene innumerables causas y produce innumerables efectos...

En realidad todos somos creadores y criaturas de cada uno, causando y llevando el peso del otro. 

El camino, entonces, para vivir en un mundo distinto, es descubrir la interdependencia y conocer el Ser que se despliega como el mundo en amor:

Es la naturaleza del amor expresarse a sí mismo, afirmarse, superar dificultades. Una vez que has entendido que el mundo es amor en acción, lo verás de una forma muy distinta. Pero primero debe cambiar tu actitud ante el sufrimiento. El sufrimiento es primordialmente una petición de atención, que es en sí misma un movimiento de amor. Más que la felicidad, lo que el amor quieres es crecer, profundizar y ampliar la conciencia y el ser. Cualquier cosa que impide esto se convierte en una causa de dolor, pero el amor no se encoge con el dolor... Cuando [el desarrollo justo y ordenado] es obstruido se vuelve en contra de sí mismo y se vuelve destructivo. Donde sea que el amor es retenido y donde sea que se permite que el sufrimiento se esparza, la guerra se convierte en inevitable. Nuestra indiferencia al dolor de nuestro vecino trae sufrimiento a nuestra puerta.