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Podemos concebir el clima como una manifestación del "anima mundi"

Las asociaciones entre el aire y el alma o el espíritu son vastas y ocurren en casi todas las culturas (términos como chi, prana, pneuma, nephesh y nuestra misma palabra respiración lo ilustran).  En su libro Climate, Soul of the Earth, Dennis Klocek escribe:

Trazando la etimología de la palabra atmósfera, uno ve cómo, para los griegos, existía una comunidad entre los conceptos de viento, aliento, alma, aire, vapor y principio vital y los conceptos de espíritu o animación. Más tarde, en la Edad Media, el alma fue conocida como el "aire del cuerpo" y considerada como el asiento de la conciencia de aquel que la poseía. Asimismo, el aire o atmósfera fue considerado el alma de la Tierra, el centro vital de los influjos y movimientos que surgen cuando los otros cuerpos celestes interactúan con la Tierra. La historia nos dice que Pitágoras fue el primero en "escuchar" e interpretar la relación geométrica de las interacciones planetarias como una música celestial. Subsecuentemente, filósofos medievales creyeron que estas influencias, causadas por movimientos de otros planetas, que se registraban en el alma de la Tierra, eran manifestaciones de lo que había sido llamado "la música de las esferas". Hoy llamamos a estos impulsos armónicos "patrones climáticos".

Klocek dice que el clima puede considerarse musical porque "es un fenómeno matemático rítmico" y puede ser o "armónico o disonante". Kepler incluso teorizó que las perturbaciones armónicas en el cuerpo pneumático de la Tierra se manifestaban como eventos meterológicos (pocos saben que Kepler incluso escribió música para estas mociones). El clima entendido incluso como una emoción planetaria. 

La idea de Klocek de concebir al clima como ocurriendo en el alma de la Tierra o en su cuerpo sutil toma de la visión analógica o macro-microcósmica del mundo. Para medicinas como la china, la tibetana o la india, los vientos que corren por el cuerpo significan la energía y su correcto flujo determina la salud. Así la atmósfera está correlacionada con la energía y la salud de la Tierra como un organismo complejo que nos abarca a todos. Este sistema no es un sistema cerrado, sino que está abierto al cosmos y también a la actividad humana, animal y vegetal, a la operación de las células, por así decirlo, del  vasto cuerpo del planeta. Así, entonces, el cambio climático, el calentamiento global y la destrucción de la biósfera pueden entenderse como perturbaciones de la armonía natural del alma de la Tierra. En cierta forma son generadas por nosotros mismos, por nuestra falta de armonía. A su vez, en un circuito de retroalimentación, los sucesos climáticos y los llamados desastres naturales son generados por "el alma de la Tierra" como ajustes y reacciones inmunológicas. El psicólogo James Hillman escribió: "el alma enferma hasta que no obtiene lo que quiere". Esta visión "psicoclimática" nos sugiere que lo que estamos viviendo es la enfermedad del alma de la Tierra, una crisis que pese a ser caótica tiene un sentido y propósito, que es en realidad una especie de mensaje urgente o, términos jungianos, "un símbolo de transformación".

Twitter del autor: @alepholo

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Crowley recita algunos de sus poemas en esta vieja grabación de principios del siglo XX

Pocas figuras tan polémicas han existido en el medio de las tradiciones ocultas como Aleister Crowley. Este británico, quien se autonombró “la bestia 666” o “el anticristo”, gustó tanto de la provocación como del protagonismo.

Aborrecido por muchos e idolatrado por otros tantos, Crowley sería expulsado del grupo conocido como "Secret Order of the Golden Dawn" (Orden hermética del dorado amanecer), y decidió formar su propia “religión” bajo el nombre de Thelema.

Heroinómano, yogui, alpinista y viajero, Crowley también dedicó algo de energía a la escritura. Y precisamente algunos de los poemas que resultaron de esta faceta lírica quedaron registrados en una compilación de audios –por cierto las únicas grabaciones de su voz–, creada alrededor de 1920. 

La compilación de piezas fueron reunidas en un disco titulado Aleister Crowley The Great Beast Speaks 1920 – 1936, en el que escuchamos crípticamente a Crowley leer diversos poemas con tintes invocatorios, entre ellos "The Pentagram", "The Gitana" y "The Poet".