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Más personas mueren cada año por tomarse selfies que por ataques de tiburón

Sociedad

Por: pijamasurf - 07/08/2016

Desde 2014 la tendencia de las muertes por selfies ha aumentado de manera un tanto preocupante; este año ya van más de 20 muertos

La selfie parece ser uno de los signos que definen nuestra cultura: obsesión por nuestra propia imagen, consumismo rampante y enajenación (vivir para las apariencias, distraídos y ser víctima de modas generadas por las marcas). Sintomático de esto es que en 2015 más personas murieron por tomarse selfies en lugares peligrosos o de manera distraída e imprudente que por ataques de tiburón. 

Esta tendencia ha estado incrementándose este año con más de 20 muertes, incluyendo seis niños que fueron sacudidos por el río Ganges.

Hace unos días autoridades peruanas reportaron dos incidentes separados en los que turistas murieron por intentar sacarse una selfie. Un turista coreano falleció en unas cascadas en el Amazonas y un alemán en Machu Picchu.

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¿Puede haber una muerte más estúpida que tomándose una selfie?

Algunos países, como Rusia, ya están advirtiendo a sus ciudadanos sobre el peligro de sacarse selfies en ciertos sitios, esto luego de que también se popularizara en Internet el fenómeno de tomarse dichas imágenes en las alturas o en lugares que desafían la seguridad. Posts de estas selfies logran gran cantidad de likes y los likes son una especie de divisa con la cual se mide el éxito e incluso, en ocasiones, pueden canjearse por dinero.

Otro fenómeno peculiar de nuestra era tiene que ver con el gran número de accidentes producidos por personas que utilizan sus smartphones mientras conducen un auto. De nuevo aquí se observa un fenómeno de distracción y enajenación tecnológica. 

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Datos del 2015

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¿Los ataques terroristas son la nueva forma de la lucha de clases?

Sociedad

Por: Dante Noguez - 07/08/2016

Siguiendo la interpretación de Slavoj Zizek, es posible entender los ataques terroristas tan comunes en nuestra época como una nueva forma de la lucha de clases

En su último libro, La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror, Slavoj Zizek nos ofrece una interpretación socioeconómica y psicoanalítica de los atentados terroristas que puede ilustrarnos la realidad hoy presente y que tuvo ayer una de sus penosas manifestaciones en Niza.

El pensador esloveno nos ofrece una aproximación desde Marx y Lacan en vez de recurrir a la explicación teológica, y la exposición de argumentos misma nos hará ver el porqué. Zizek ve al terrorismo actual como un síntoma del capitalismo y la globalización; ve a la violencia como una lucha contra la clase alta bajo un fundamento yihadista. La religión islamita le sirve al musulmán como subjetivación de los problemas que le atañen y como medio para «solucionarlos».

Hay dos razones para el odio musulmán hacia Occidente: su Deseo de Occidente y el rechazo mismo que recibe de Occidente. La clase baja tiene un fuerte Deseo de Occidente, una envidia del modo de vida que tiene aquel Primer Mundo y un deseo que se convierten en frustración radicalizada y odio de clase (o, lo que Lacan llama, un passage à l'acte). Occidente se convierte en un obstáculo para conseguir la meta primermundista y toda la frustración se vuelca contra aquel obstáculo. Luego, por otra parte, están aquellos inmigrantes que son rechazados por los países occidentales y, a causa de ello y por falta de alternativas, buscan un refugio y placeres en las armas, dinero y sexo que les ofrece ISIS.

La cosa no acaba aquí porque el odio se vuelve autodestructivo cuando, al ver la clase marginada a todos aquellos musulmanes «moderados» viviendo en el Primer Mundo, dirigen ataques contra ellos con el fin de acabarlos e incitar a los gobiernos a tomar medidas de seguridad en contra de ellos. Los islamistas atacan a los inmigrantes que aceptaron la globalización.

[caption id="" align="aligncenter" width="480"] Minneapolis, 1935[/caption]

El terrorismo es, según Zizek, una manifestación de la nueva lucha de clases. La lucha entre una clase capitalista interiorizada que deja fuera de su esfera a la clase baja y una clase baja que sólo se queda ante dos opciones: la aceptación del servilismo y la opresión o la rebelión violenta en contra de todo ello. Las clases media y alta, por su parte, ven amenazados sus valores morales y su economía por aquella clase baja. La nueva lucha de clases sirve también para ilustrar, por ejemplo, las matanzas en Estados Unidos de policías blancos clasemedieros a negros de clase baja; o los feminicidios por parte de trabajadores de clase media que ven en las mujeres una amenaza y competencia laboral en México. Todo aquello ya supone una subcultura con rituales simbólicos que erradican lo que se percibe como amenaza.

Como ya dijimos, no todo es cuestión ética y Zizek menciona también cómo el imperativo de la exportación y globalización terminan por arruinar y hacer insuficientes las agriculturas locales, además de también conseguir una mano de obra barata como en México y China. Y todo por el capricho capitalista. Países primermundistas aceptan inmigrantes que contratan bajo condiciones semiesclavizantes (de hasta 16 horas diarias de trabajo) en algunas partes; se apoderan de tierras con riqueza de donde destierran a los nativos; o también enfrentan a los mismos habitantes con el fin de quedarse con la riqueza en otras.

Y a todo esto, el filósofo propone dejar el sentimentalismo y la solidaridad seudoética y entrar en un análisis económico y político concreto. Hace falta usar la razón sin tapujos, dejar los tabúes atrás y aprovechar la fuerza de la ley en nombre de la tolerancia y unión. Hace falta un cambio económico radical que elimine las condiciones que crean a los refugiados y Europa lo sabe. Es hora de izar la bandera roja, es hora de una voluntad colectiva, dice el filósofo. Basta de que la clase alta se proteja llamando utopía a todo aquello que signifique una renuncia a sus comodidades.