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Gregory Corso contempla a un tigre en el Zoológico de Chapultepec

Arte

Por: Adán de Abajo - 07/25/2016

El escritor ladeó su rostro para intentar colocarse dentro de los ojos del tigre y mirar lo que estaba mirando

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Sus ojos eran opacos y la mirada de muerte. El espíritu emigró lejos del cuerpo desde hace tiempo. La boca entreabierta, abandonada a sí misma, mostraba un colmillo astillado con el que otrora derribó y descuartizó grandes presas en las planicies africanas.

El poeta se encontraba ubicado del otro lado del enrejado, tras una valla de alambres y arbustos y de un foso con agua pestífera que separaba la jaula de los visitantes. Algo se retorció en su estómago y aguijoneó su pecho. Un sentimiento inmisericorde. Nostalgia por sus varios años de condena en dos de las prisiones más violentas de Estados Unidos cuando aún era menor de edad. Dolor ante un ser que ni siquiera anhelaba ya la libertad, sirviendo de diversión a niños y adultos, quienes eran incapaces de entender por qué estaba ahí. ¿Por qué terminó sus días confinado en un exhibidor de bestias si nació libre y anduvo, recorrió, cazó y se reprodujo a su antojo?

En la cárcel conoció a muchos convictos, quienes se hacían cuestionamientos semejantes.

Gregory Corso desconocía si el felino dormía o estaba en algún tipo de trance. Los cuencos mortecinos se dirigían con indiferencia hacia el vacío, sin importarle la prisión que le rodeaba ni los mirones que no le quitaban los ojos de encima, y mucho menos aquel poeta, considerado el más joven de los escritores beats, quien lo estudiaba con detenimiento y se esforzaba en vano en reconstruir su vida anónima.

El escritor ladeó su rostro para intentar colocarse dentro de los ojos del tigre y mirar lo que estaba mirando. Hizo un enorme esfuerzo de atención y concentración en la bestia, intentando ubicarse dentro de su perspectiva de animal cautivo. Unas gotas de sudor rodaron por su frente, su corazón comenzó a latir a toda máquina.

Por un segundo tuvo la certeza de que el felino ya no respiraba.

 

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Imagen: www.youtube.com

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Llegó desde Nueva York haciendo autostop junto con su mejor amigo, el gran poeta beat Allen Ginsberg. Acababan de recorrer juntos casi todas las universidades estadounidenses y algunos países de Europa leyendo alocados y vanguardistas versos, organizando performances y siendo protagonistas de duraderas fiestas. Ginsberg lo desenterró de un bar de lesbianas en San Francisco, donde trabajaba como cuidador y escribía poemas sobre una mesita en sus ratos libres. Quiso ligárselo desde un inicio y fracasó una y otra vez. Empero, se hicieron enormes amigos y compañeros de viaje. Recién terminaba una condena de 3 años por robo en la frontera con Canadá, donde conoció a los más temidos mafiosos italianos, quienes lo acogieron y patrocinaron sus estudios autodidactas en la biblioteca de la prisión.

En Ciudad de México se reunieron con Jack Kerouac, el cual muy pronto los abandonaría para recorrer Europa y Marruecos, dejándoles abierta la invitación de reencontrarse con él en el norte de África, donde los esperaba el padre de todos los beats: William Burroughs.

Gregory Corso logró apreciar las cualidades más íntimas de la piel del felino: las comisuras de donde brotaban los bigotes, el tono amarillento de los dientes desgastados, la sinuosidad con la que sus rayas negras surcaban la piel rojiza y majestuosa a pesar de los años y el cautiverio.

Estaba haciendo un profundo estudio de todos sus detalles fisiológicos y psíquicos, diseccionando su anatomía y su espíritu.

En prisión, el escritor estuvo a punto de ser violado en las regaderas, hasta que un gorila de Lucky Luciano le salvó el culo al defenderlo y despedir a sus agresores, quedando con esto comprometido definitivamente con la mafia italiana. Le presentarían al Padrino: Lucky, quien lo recibiría como a un hijo y lo adoptaría igual que a mascota, incitándolo a que leyera y escribiera, aprovechando las largas horas en la prisión.

 

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El sonido metálico del candado de la jaula sonó. Un cuidador del zoológico arrojó los despojos de un aborto de becerro. El animalito casi palpitaba todavía, probablemente habría sido sacado apenas hace un par de horas del vientre de su madre, sacrificada en el matadero. Una tensión desgarró el aire y el ambiente como un cuchillo muy fino, como los colmillos casi en hoz del felino.

Cierta cantidad de gente alrededor de la jaula y en torno a Corso se congregó, a la expectativa de lo que haría el gran depredador con el becerro. Todos querían un espectáculo. El poeta se sintió compadecido, ahora por el pequeño bovino, molesto contra aquel publico bestial que añoraba ver sangre.

Su primer libro se lo patrocinaron sus amigos de la Universidad de Harvard, en donde transcurrió un par de años haciéndose pasar por estudiante, durmiendo en los apartamentos de sus compañeros, colándose en el comedor tres veces al día, seduciendo a las muchachas, escribiendo poesía y obras de teatro, devorándose sin piedad la biblioteca completa, metiéndose de oyente a las clases sobre literatura y filosofía grecolatinas, hasta que fuera descubierto por el decano y éste desistiera de echarlo cuando leyera su bella obra, convirtiéndolo en un poeta visitante.

El público ni siquiera se dio cuenta cómo ocurrió. En un instante en que los niños y las señoras ya estaban gritando asustados y los varones y muchachos decían "¡Oh!", y el poeta se precipitaba a  extraer su libreta del saco de terciopelo para tomar apuntes mientras parpadeaba.

El tigre se incorporó de un saltó, apoderándose del cuerpo entero de la trémula cría, para trepar en otro segundo imperceptible a su nido fabricado con troncos por sus cuidadores, masticándolo a placer hasta convertirlo en nada.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

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Imagen: lafuga.cl

Serguéi Eisenstein fue uno de los más innovadores y radicales creadores cinematográficos del siglo XX, y como otros gigantes del cine (como Orson Welles) dejó una serie de notas y proyectos sin terminar. Uno de los más exigentes fue el de llevar a la pantalla grande Das Kapital, probablemente el tratado de economía política más influyente de la historia, obra del filósofo y activista alemán Karl Marx. 

Eisenstein jugó con la idea de filmar este libro después de terminar Octubre en 1927-8, que al igual que El acorazado Potemkin (probablemente su film más conocido) conjuga la revisión de los tumultos sociales y bélicos de la Rusia comunista con lo que el cineasta llamaba "nuevo cine", en contraposición al "antiguo cine", donde la narrativa lineal sería sustituida por una "dramaturgia esférica", toda una nueva manera de contar historias a través del medio cinematográfico, comunicándose directamente con el cerebro de las personas, por así decirlo, en lugar de empaquetar las historias en dispositivos prefijados y esperables. Hacia 1929, Eisenstein escribe a su amigo Léon Moussinac:

La 'proclamación' de que voy a hacer una película de Das Kapital de Marx no es una campaña publicitaria. Creo que las películas del futuro van a ir por esta dirección (¡o de lo contrario van a estar filmando cosas como La idea de la Cristiandad desde el punto de vista burgués!). En todo caso, van a tener qué ver con la filosofía... el campo es absolutamente nuevo. Tabula rasa.

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Lo que intrigaba a Eisenstein no era cómo representar el capital --una abstracción finalmente-- sino cómo mostrarlo en pantalla sin caer en la trampa ideológica de filmar la bolsa de valores y las fábricas y los obreros para dar una (falsa) impresión de que el capitalismo era una máquina bien aceitada que funcionaba sin apenas supervisión; sus notas al respecto (apenas 20 páginas) son interesantes no sólo por la forma en que lee la obra de Marx sino porque la lee desde su particular visión sobre el futuro del cine: "En el cine antiguo, una trama es elaborada desde diferentes perspectivas. El nuevo cine utiliza el montaje para desarrollar una perspectiva desde múltiples tramas". Como diría Walter Benjamin más o menos por las mismas fechas, "no hay afuera del capital".

El director alemán Alexander Kluge rescató las notas de Eisenstein y montó un filme monumental de casi 9 horas de duración que no se parece a una película convencional ni a un documental. La crítica Julia Vassilieva ha escrito un análisis a fondo del filme, y si tuviéramos que extraer una reseña sobre qué se puede esperar de tan épico trabajo tendríamos que echar un ojo al reparto, guiados por ella:

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