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Polémica medida del Ministerio de Educación japonés busca eliminar ciencias sociales y humanidades para responder a necesidades puntuales de la sociedad

En la genial película de Jean Luc Godard, Alphaville, una sociedad tecnócrata ha abolido todas las artes, persigue a los poetas e incluso ha llegado a editar el lenguaje, aboliendo palabras que expresan emociones como el amor. Se trata de una especie de Matrix low-fi, gobernada por los algoritmos, por la exactitud de la ciencia y por la visión hiperutilitaria y deshumanizada que Godard ya apreciaba en el modelo económico industrial. No puedo dejar de ver un viso de esta distopía en las medidas tomadas por el Ministerio de Educación en Japón, que recientemente ha ordenado a diversas universidades la clausura de las humanidades y las ciencias sociales, con el fin de "servir a áreas que mejor responden a la necesidades de la sociedad". Aparentemente el gobierno japonés cree que la sociedad solamente necesita crear máquinas y ganar dinero. 

Según informa el sitio Times Higher Education, de las 60 universidades nacionales que ofrecen cursos en estas disciplinas, 26 habían confirmado que cerrarían estas facultades o que disminuirían la presencia de las humanidades y las ciencias sociales. Algunas universidades como la de Tokio y la de Kioto se han negado a cumplir con esta petición gubernamental. Actualmente la medida se encuentra enfrascada en una  ola de protestas que han detenido la implementación de esta intención ejecutiva. 

El gobierno japonés ha defendido su propuesta, la cual ha sido calificada de un regreso al militarismo, diciendo que es parte de un plan de austeridad general, teniendo en cuenta que muchas instituciones están operando a la mitad de su capacidad. Sin embargo, la medida claramente parece estar alineada con el llamado del primer ministro Shinzo Abe a proveer "una vocación educativa más práctica que anticipe las necesidades de la sociedad". Evidentemente, se cree que las humanidades y las ciencias sociales son prescindibles y no así las carreras científico-técnicas. 

Aunque no en el mismo tenor casi dictatorial, esta situación también existe en las universidades en países occidentales. El profesor Terry Eagleton hace unos meses denunciaba los efectos de la mentalidad neoliberal que había colmado las universidades británicas, haciendo que éstas operen como grandes corporaciones. Eagleton explicaba que "el modelo económico dominante está ligado a una política tecnócrata", y por lo tanto "las humanidades son las que más están siendo orilladas". Se distribuyen fondos y becas en las universidades para la ciencia, la medicina y la ingeniería, pero "se ha dejado de entregar recursos significativos a las artes. No es disparatado cuestionarse si departamentos enteros de humanidades desaparecerán en los años siguientes. Si los departamentos de inglés sobreviven, tal vez sea sólo para enseñarles a los estudiantes de administración de empresas cómo usar el punto y coma", dice irónicamente Eagleton (dando una pista de algo que también podríamos perder: el humor crítico del humanista). 

En esta tendencia puede verse cómo el dogmatismo del paradigma científico y de la vida humana sometida a los imperativos de la economía se vuelve una especie de policía del pensamiento, una intolerancia al aspecto cualitativo de la realidad, el cual se quiere someter al yugo exacto de la cantidad y el usufructo. Se defiende a la ciencia como una forma de conocimiento superior, que trasciende la opinión y la emotividad del arte, creando un frío reino llamado a conquistar la naturaleza (y en el curso de encontrar sus secretos, saquearla). Si esta ideología germina y se cataliza en otros lugares podríamos estar asistiendo a los albores de una de las pesadillas de Philip K. Dick, un mundo tecnototalitario, de una visión única que excluye toda diversidad de opinión, encaramado en un fanatismo secular: seguros avanzando hacia el crecimiento infinito de la economía y al anquilosamiento del alma, una vida precisa y predecible, mas sin significado.  

 

Twitter del autor: @alepholo

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Cruzamos el punto de no retorno del calentamiento global (y esas son las buenas noticias)

Ciencia

Por: pijamasurf - 03/05/2016

Durante el último mes nuestro planeta experimentó las temperaturas más altas jamás registradas en la Historia

El miércoles 2 de marzo de 2016 fue un día como cualquiera, pero marcó un umbral imperceptible que el planeta y todos los seres que vivimos en él atravesamos por unas horas: cruzamos los 2°C que los gobiernos del mundo colocaron como el punto de no retorno del calentamiento global. Aunque esta medida es arbitraria, se basa en las temperaturas promedio registradas históricamente; desde el inicio de la era industrial en el siglo XIX hasta octubre del año 2015 la temperatura global aumentó 1°C, y sólo 5 meses después se incrementó otro grado.

Las consecuencias de este aumento general de la temperatura no siempre son visibles, pero ya existen indicios de que los problemas asociados al calentamiento global no serán cosa de las "generaciones futuras", sino que amenazan a nuestra propia civilización. Por ejemplo, los organizadores de la famosa carrera de trineos Iditarod --donde los carros tirados por perros entrenados cubren una distancia de más de 1,600km-- tuvieron que traer nieve desde otros sitios debido a que el invierno fue caluroso y en la mayor parte del hemisferio fue más bien caliente.

Información dada a conocer por la NASA el sábado 12 de marzo confirmó que febrero fue el mes más caliente registrado en la Historia, con 1.35°C por encima del promedio histórico. Febrero también tuvo el infame récord de haber superado a enero (el mes más caliente registrado hasta entonces) por 0.2°C. No queremos alarmar a nadie ni ser amarillistas, pero febrero de 2016 fue el mes más caliente que la especie humana ha vivido en el planeta.

Sin embargo, es necesario recalcar que sólo 7% de los gases de invernadero se quedan en la superficie terrestre, donde sentimos sus efectos a través de eventos meteorológicos como el ciclón tropical Winston que azotó las costas de Fiji en febrero, registrando los vientos más fuertes de la Historia; otro efecto superficial del calentamiento global es la diseminación del mosquito que transmite el virus de Zika, y un efecto más puede hallarse en la sequía que azotó a Siria, la cual ha movilizado a miles de familias por Europa, creando un ambiente de tensión racial y social.

¿A dónde va el 93% del calor restante? A los océanos.

[caption id="attachment_107177" align="aligncenter" width="720"]Blanqueamiento de corales en el Pacífico Sur (Crédito: XL Catlin Seaview Survey, 2016) Blanqueamiento de corales en el Pacífico Sur (Crédito: XL Catlin Seaview Survey, 2016)[/caption]

 

Las altas temperaturas del Pacífico (que se corresponden con los mínimos históricos registrados de hielo polar) producen un fenómeno conocido como "blanqueamiento de corales" (en el GIF superior), donde los arrecifes de coral del océano son incapaces de alimentarse y mueren, dejando inmensas barreras de huesos. Solamente en tres ocasiones se han registrado blanqueamientos coralinos: en 1998, en 2010 y en 2016, años donde El Niño hizo su aparición. Por las altas temperatura del Pacífico (llegando en algunos sitios a superar los 6ºF) se espera que a fines de este año también aparezca La Niña (temperaturas bajísimas del agua).

Nunca ha estado muy claro si una acción correctiva global podría frenar los devastadores e imprevisibles efectos del cambio climático, o si el umbral de la temperatura representa un signo de no retorno por el que nos encaminamos a una catástrofe medioambiental irremediable. Sin embargo, activistas como Bill McKibben se preparan para manifestarse en forma de desobediencia civil no violenta en los mayores depósitos de carbono del planeta: las minas de carbón de Australia, las minas de alquitrán de Canadá y los yacimientos de gas de Rusia. Como afirma McKibben, "el único lugar seguro para el carbón es enterrado bajo el suelo, donde ha permanecido por eones".