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Estas son las cualidades auténticas de una persona creativa (observadas en histórica reunión de artistas y científicos)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 02/09/2016

Aunque se trata de una preocupación contemporánea, es posible que un estudio de la década de 1960 haya descubierto las cualidades auténticas de la creatividad

En los últimos años, la creatividad se ha convertido en una especie de oro etéreo y elusivo que muchos elogian, otros anhelan, algunos más presumen pero, según se cree, pocos poseen realmente. La creatividad es ahora valorada en ámbitos tan distintos como las artes y la publicidad, la industria del entretenimiento y el desarrollo de políticas públicas.

Pero si bien es cierto que este enfoque más o menos obsesivo por la creatividad podría considerarse reciente, han existido investigaciones que buscan desentrañar el misterio en torno a su origen.

Así, por ejemplo, uno de los estudios pioneros al respecto, llevado a cabo por el psicólogo de la Universidad de California en Berkeley Frank X. Barron en 1960. De manera histórica, Barron consiguió reunir a algunas de las personas más creativas de su época, entre las cuales destacaban los escritores Truman Capote, William Carlos Williams y Frank O’Connor, además de arquitectos, científicos, empresarios y matemáticos del momento, a quienes llevó por unos días a una casa dentro del campus para que pasaran tiempo juntos y en observación por parte de su equipo. En parte el objetivo de esta sincronía singular y acaso irrepetible era encontrar ciertos rasgos de conducta, personalidad y psicológicos exclusivos de las personas creativas (si es que eso era posible).

Para sorpresa de muchos, una de la observaciones más inesperadas obtenidas en dicha ocasión fue el curso divergente que podían seguir inteligencia y creatividad, dos características cognitivas que, de suyo polémicas, desde cierto punto de vista podríamos creer relacionadas de alguna manera.

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Imagen: Matheus Lopes

Sin embargo, en esta investigación se notó que mientras que cierta noción de inteligencia puede comprenderse como una suma de habilidades mesurables, por ejemplo, con un examen de Coeficiente Intelectual, en el caso de la creatividad su aprehensión es más elusiva, pues implica una combinación delicada de características intelectuales, emocionales, motivacionales e incluso morales que, en breve, conduce a estos rasgos puntuales de personalidad:

-Apertura hacia la vida interior propia

-Gusto por la complejidad y la ambigüedad

-Una tolerancia poco usual al desorden y el desarreglo

-Habilidad de encontrar orden en el caos

-Independencia

-Excentricidad

-Voluntad para tomar riesgos

En la época, Barron consideró que la personalidad creativa destacaba por las contradicciones en las que parecía moverse continuamente. El genio creativo, escribió, parece ser “por igual más primitivo y más culto, más destructivo y más constructivo, a veces más loco pero aun así más cuerdo”, todo esto en comparación con una forma “normal” de ver y vivir la vida.

Cabe mencionar, quizá como mera anécdota, que Barron fue un compañero de clase del legendario Timothy Leary, con quien compartió, aunque en contextos distintos, el entusiasmo por la investigación controlada con sustancias psicodélicas como el LSD y la psilocibina.

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Jackson Pollock en su estudio (Imagen: NPR)

Ahora bien, en un aspecto más detallado del estudio, Barron y un colega suyo, Donald MacKinnon, encontraron que en particular los escritores se encontraban en el 15% marginal de la población con una marcada tendencia hacia la psicopatología; sin embargo, dejando esto de lado, calificaban también entre las personas con mejor salud psicológica. ¿Cómo explicar este fenómeno?

Según se propuso entonces, la inclinación de los escritores hacia la introspección y la exploración de su mundo interno los lleva hacia sus zonas más oscuras, aquello de nosotros mismos que menos nos agrada pero que, por esta indagación consciente, emerge a la superficie. Usualmente esto no sucede en la vida de la mayoría; muchos preferimos evadir, ocultar o francamente ignorar esas regiones tenebrosas de nosotros mismos. Por eso, por hacer lo que no hace la mayoría voluntariamente, los escritores y otros artistas y personas creativas parecen acercarse a las “montañas de la locura”.

No obstante, lo interesante es que quizá por su misma creatividad, por su creencia en un propósito ulterior, las personas creativas pueden retornar de dicho viaje y al hacerlo regresan con una visión más amplia de la naturaleza humana, de nuestras contradicciones y los conflictos que se libran siempre al interior de cada uno de nosotros. De ahí que, salvo ciertas excepciones, el riesgo de lo patológico se anule y, a cambio, se obtenga una suerte de bienestar mental que hace posible la comprensión psicológica tanto de uno mismo como de los semejantes.

Y esa dualidad, según los análisis de Barron y otros al respecto, parece ser la fuente de la creatividad.

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Primera parte de una serie sobre la idea del microcosmos en la filosofía esotérica antigua

Quizás la idea más importante (y seguramente la más poética) que nos ha legado la antigüedad, común a todas las grandes culturas, es la noción de que el ser humano es un microcosmos del universo y que la Tierra recibe la energía y los arquetipos del Cielo, y por lo tanto existe una relación de dependencia: "lo de abajo es como lo de arriba y lo de arriba es como lo de abajo, para obrar los milagros de una sola cosa". Lo anterior, tomado de la Tabla Esmeralda, encierra el secreto de la teoría del microcosmos y el macrocosmos: que esta relación, esté vínculo ubicuo, sólo puede existir a través de la unidad. Los antiguos imaginaron el universo como el vasto cuerpo de una deidad; Platón llama al cosmos un animal divino y sugiere que los astros son animales divinos inteligibles dentro de este animal cósmico superior. Los filósofos de los Vedas entendieron que el mundo y todos los seres existían dentro del cuerpo de Prajapati (o Brahma). ¿Cómo podría el Ser, el Uno, crear sino a través de sí mismo? ¿Y cómo podría la creación no reflejar en todas sus partes el Espíritu creador?

El biólogo Ernst Haeckel señaló que la ontogenia recapitula la filogenia, en el crecimiento del organismo es perceptible la historia de la vida misma:

La historia del germen es un epítome de la historia de la descendencia... la serie de formas que el organismo individual atraviesa en su progreso del óvulo a su estado de formación total, es una breve, y comprimida reproducción de la larga serie de formas que los animales ancestros del organismo (o las llamadas formas ancestrales de la especie) han pasado desde  los períodos más tempranos de creación orgánica hasta el tiempo presente.

Así la teoría del microcosmos es una forma de herencia que se manifiesta en todos los aspectos del ser humano y del planeta mismo. Manly P. Hall en Man, Grand Symbol of the Mysteries, escribe:

El ser humano no es un pequeño universo por el dictado arbitrario de una tiranía divina, sino más bien producto de la ley universal liberándose a través de la concatenación de organismos evolutivos. El ser humano es un microcosmos por herencia. Es la progenie de la sustancia y el movimiento. El universo es la causa del hombre, y si lo similar produce lo similar el ser humano no puede ser otro que el universo.

Para los filósofos de la tradición pitagórica el universo era una mónada, unidad absoluta y los números y la multiplicidad existían como unidades dentro de esta mónada, no como fragmentos, sino como enteros que participaban en la totalidad (siendo esto, por supuesto, el antecedente de la monadología de Leibniz). Escribe Manly P. Hall:

De acuerdo a la teoría pitagórica, los enteros no están compuestos de partes en el sentido de fracciones o fragmentos sino en realidad de enteros más pequeños, que son llamados partes sólo cuando comparadas con una unidad superior que conspiran para formar... los macrocosmos, entonces, están compuestos de agregados de microcosmos: el todo es similar a las partes y las partes del todo: la diferencia yace en la magnitud no en la cualidad.

El barón von Leibniz escribió:

Cada porción de la materia puede ser concebida como un jardín lleno de plantas y como un estanque lleno de peces, pero cada rama de la planta, cada miembro del animal, cada gota de sus humores, es también un jardín o un estanque similar.

Esto es, cada mónada es un "espejo viviente" en el que se representa el universo. De la mónada pitagórica al espejo viviente de Leibniz ordenado por una armonía preestablecida podríamos llegar a la totalidad implicada de David Bohm y al espacio como un holograma que contiene la totalidad de la información del sistema universal. Una misma idea cuyo origen se pierde en la arena del tiempo (arena que es una imagen del universo), pero que los antiguos sugirieron había sido grabada en una serie de estelas o pilares por Thoth, el escriba de los dioses en Egipto, o por su heredero o avatar Hermes Trismegisto, una sabiduría antediluviana que merecía ser salvada del fuego o del agua y de los ciclos de destrucción que son también en el cuerpo de la Tierra reflejos de los ciclos cósmicos de crecimiento y muerte.

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Una idea que es quizás la más bella puesto que establece los vínculos, el pegamento cósmico, los bhandas, las afinidades y las simpatías, la red universal que nos conecta con los otros seres --como una suerte de Eros, con los planetas y las estrellas, con los dioses y los principios creativos. Una madeja analógica como el collar de perlas del dios Indra, una sinfonía como la música de las esferas, una conspiración, la symnoia panta que entendió Hipócrates en la anatomía y de la cual Plotino escribió:

Las estrellas son como letras que se inscriben a cada momento en el cielo. En el mundo todo está lleno de signos. Todos los acontecimientos están coordinados. Todas las cosas dependen de todas las demás. Tal como se ha dicho: todo respira junto. 

el homnre y el zodiacoLa idea más bella porque llena nuestra mente de estrellas, nuestro cuerpo de planetas y hace de las flores espejos de los astros, nos hace pequeños emperadores de nuestros órganos y células que serán también algún día vastos organismos, astros en nuevos campos del espacio (las estrellas hacen átomos y los átomos hacen estrellas), a la vez que humildes sirvientes de una gran obra, de una magnitud inconmensurable, nos hace espejos vivientes de una única luz que reflejamos con la delicia del tono y el color, la multiplicidad a través de la cual la Unidad se deleita, inmersa en la materia, soñando que es otra. Dice Manly. P. Hall:

Paracelso especulaba que el hombre era un orden de vida, no sólo células dentro de un cuerpo, sino un vasto gobierno, una jerarquía de estructuras internas, no sólo había dioses en los cielos, había dioses en el hombre, no sólo había jerarquías en el universo, había jerarquías en la estructura orgánica del individuo, así dentro de las células, dentro de la estructura atómica y electrónica había ley y orden, gobierno  e  imperio, república, dictaduras, democracias, tiranía, cada forma de relación que existía en el medio ambiente del ser humano existía también dentro de su propia estructura. Así como las guerras devastan la tierra, también hay guerras dentro del cuerpo humano y son llamadas enfermedades y pueden devastar vastas áreas. Así  como las tormentas pueden devastar provincias, humores, temperamentos, odios, todo éstos son tormentas que perturban la atmósfera interna de la vida psíquica del ser humano. Y de la misma forma que existe un poder unificante y sintético que actúa sobre el mundo en su totalidad, también en el hombre hay un ser, una entidad que ocupa dentro de la  vasta jerarquía del cuerpo humano el lugar que Dios ocupa en el universo.

Hasta aquí esta introducción a la filosofía del microcosmos, una breve probada de lo que esperamos sea un recorrido por diferentes culturas en su entendimiento de esta relación entre el universo y el hombre, el sello de unidad a través de la función y la forma, la resonancia de una sola conciencia que se manifiesta y mantiene su hilo conectivo a través de la geometría y la belleza, proporciones del pensamiento divino que llena el espacio.

 

Twitter del autor: @alepholo