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¿Rascacielos que no hacen sombra? Existen, y son una tendencia de la arquitectura armónica

Por: pijamasurf - 01/03/2016

Varios arquitectos en el mundo comienzan a diseñar grandes rascacielos que tienen la sorprendente característica de no crear sombra, con el propósito de establecerse armónicamente en el área que ocupan
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Solar Carve Tower

 

La sombra es un elemento profundamente simbólico que sin embargo, quizá por cotidiano, pocas veces tomamos en cuenta. En el ámbito de la imaginación se ha fantaseado no pocas veces con un mundo idéntico al nuestro salvo en que la sombras no existen, e incluso ha sido un motivo más o menos usado en la literatura (el cuento de Adelbert von Chamisso, “La maravillosa historia de Peter Schlemihl”, es un buen ejemplo de ello).

Si es posible plantear dicha idea en el terreno de la fantasía es porque, incluso desde el sentido común, que una sombra desaparezca nos parece imposible, quizá porque es un hecho físico tan evidente, tan fácil de comprender (el paso de la luz interrumpido por un objeto sólido). Sin embargo, una nueva tendencia en arquitectura está construyendo los primeros rascacielos que no hacen sombra. No una pequeña casa ni un monumento de dimensiones medianas, sino enormes edificios que contrario a lo que podríamos esperar, no dejarán marca de su existencia, al menos no en términos lumínicos.

Con su proyecto Solar Carve, Jeanne Gang es una de las artífices de este sueño. Dicho edificio, que por ahora se encuentra únicamente en diseño, podría construirse en la zona de Nueva York conocida como High Line, entre Manhattan y la ribera del río Hudson. Su construcción busca no ser invasiva sino, por el contrario, integrarse armónicamente a las áreas verdes que caracterizan ese espacio, además de también formar parte del panorama de manera equilibrada. Para conseguir esto, la estructura exterior del rascacielos está diseñada para colectar los rayos del Sol y después proyectarlos sobre la superficie donde se asienta para, de esta manera, no cubrir con su sombra el área a su alrededor, sino más bien hacer como que el paso de la luz no se interrumpe por su presencia.

Cabe resaltar, por otro parte, que muchas de esas construcciones que hacen una gran sombra son comunes en zonas más bien privilegiadas de una metrópoli y que, en este mismo sentido, muchas veces la preocupación por la obstrucción de la luz en el espacio se percibe también como una especie de afrenta a ese mismo privilegio. En Sydney está, por ejemplo, el complejo de apartamentos One Central Park, que para evitar afectaciones sobre construcciones residenciales vecinas tiene cristales angulados de alta tecnología que convierten su sombra en un resplandor.

De este modo, la técnica podría sobreponerse a las leyes físicas e incluso a las civiles. Atrás podrían quedar los años en que resoluciones administrativas —como la 1916 Zoning Resolution de la ciudad de Nueva York, que previno que calles y edificios quedaran privados de luz y aire por grandes rascacielos— se ocupen de un fenómeno natural con afectaciones en lo humano.

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Una dosis diaria de LSD y una obsesión con el mito del héroe: la clave para estas increíbles fotografías

Por: pijamasurf - 01/03/2016

Steven Arnold, amigo y protegido de Salvador Dalí, vivió una temporada en una pequeña isla de España, entre LSD y obsesiones creativas, y al final materializó esta obra fotográfica

La relación entre drogas y creatividad siempre ha sido un asunto polémico. Para muchos, la creatividad se presenta tal cual, como una cualidad o como un chispazo, quizá como algo sostenido que algunos pocos elegidos tienen desde el nacimiento o como un lucky strike que llega de pronto a coronar el trabajo realizado. “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”, dijo alguna vez Picasso.

Sin embargo, también está el otro bando, el de aquellos que defienden la influencia positiva que el consumo de ciertas sustancias puede tener sobre las actividades artísticas y que, por decirlo de algún modo, requieren ir más allá de ciertos límites fijados por la convención. Del alcohol a otras drogas prohibidas, hay quienes consideran que ese impulso suplementario es indispensable para entrar a ciertas zonas del alma creativa a las que ordinariamente no tenemos acceso.

Que una u otra cosa sea verdad no es fácil decirlo. Las pruebas se podrían ofrecer en ambos bandos. Y en esta ocasión toca citar un ejemplo para el segundo caso, el de aquellos que concretaron una obra increíble gracias, en parte, a “la apertura de las puertas de la percepción” que usualmente se atribuye a los psicodélicos. Ese fue el caso de Steven Arnold, un fotógrafo ahora casi olvidado que en su tiempo fue protegido de Salvador Dalí y amigo de otros importantes artistas.

Arnold, de origen californiano, vivió una temporada en Formentera, una pequeña isla al sur de Ibiza, durante 3 meses de 1964. Ahí fue uno de los muchos entusiastas que experimentaron recreativamente con el LSD, sustancia que en aquella época aún no tenía las restricciones que conoció después y que, por sus efectos sobre la mente, gozó de enorme popularidad entre artistas de distintas disciplinas e incluso filósofos y otro tipo de pensadores. “Esta nueva droga era tan eufórica y visionaria, tan positiva y ensanchadora de la mente… Ascendía a otra dimensión, una tan bella y espiritual que nunca fui el mismo”, dijo alguna vez Arnold a propósito de la experiencia que tuvo consumiendo diariamente LSD.

En ese estado, el artista dio rienda suelta a una obsesión que por entonces tenía tomados sus intereses intelectuales: el mito del héroe tal y como lo estudiaron, entre otros, Carl G. Jung y más famosamente Joseph Campbell. Arnold combinó ese poderoso arquetipo con algunos de los elementos del surrealismo y, finalmente, la técnica artística del tableau vivant, que congrega a una multitud de personas para evocar escenas clásicas de los imaginarios mítico o religioso.

La obra de ese período es perturbadora y transgresora. Tiene también una poderos fuerza creativa que proviene de la originalidad con que combinó motivos nuevos y antiguos, temas que el arte ya había tratado con su propia forma de acercarse a ellos.

¿Lo hubiera conseguido sin su consumo cotidiano de LSD? No podemos saberlo. Después de todo, lo único cierto es que esa fue la forma en que llegó a su obra.